Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
La actitud profética.
Ejercicio de lectio divina de LC. 4, 21-30.
Lectura introductoria: IS. 62, 6-7.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Comencemos a meditar el Evangelio de hoy orando, y pidámosle a Nuestro Padre común que, por medio de la ayuda del Espíritu Santo, podamos actuar como verdaderos cristianos, cosa que se ha de notar, en la manera de dedicarnos a nuestras ocupaciones, y en la manera de intentar sobrellevar nuestras preocupaciones.
Orar es tener conciencia de la importancia que tiene nuestro encuentro con el Dios Uno y Trino, el cual debe servirnos para fortalecernos, a fin de que llevemos a cabo nuestros múltiples deberes, a lo largo de la próxima semana.
Orar es tener conciencia de que las palabras que Jesús dijo en la sinagoga de Nazaret las cuales describían su misión, se siguen cumpliendo en nuestros días, en la medida que predicamos el Evangelio, y hacemos el bien, intentando imitar la conducta que observó Jesús, cuando habitó en Palestina.
Orar es pensar que no nos basta con admirar a Jesús, porque nuestra meta en esta vida, consiste en parecernos al Salvador de la humanidad.
Orar es recordar que Jesús siempre fue humilde.
Orar es pensar que nos estamos construyendo el futuro que nos aguarda cuando Jesús concluya la plena instauración del Reino mesiánico entre nosotros, pues la salvación se nos concede porque Dios nos ama, pero está en nuestras manos la posibilidad de aceptarla o de rechazarla.
Orar es saber que no queremos sentirnos propietarios de Dios, ni caer en la tentación de imponerles normas demasiado difíciles de observar, a quienes empiezan a creer en Nuestro Padre común.
Orar es saber que muchos que no observan nuestra conducta, serán dignos de ser salvos, por más que pensemos que los tales no tienen posibilidades de ser nuestros hermanos espirituales.
Oremos:
"Oración del Cardenal Mercier
Os voy a revelar un Secreto
para ser santo y dichoso.
Si todos los días, durante cinco minutos,
sabéis hacer callar vuestra imaginación,
cerráis los ojos a las cosas sensibles
y los oídos a todos los rumores de la tierra,
para penetrar en vosotros mismos, y allí,
en el santuario de vuestra alma bautizada,
que es el templo del Espíritu Santo,
habláis a este Espíritu Divino, diciéndole:
“¡Oh, Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro!
Ilumíname, guíame, fortaléceme, consuélame;
dime que debo hacer, dame tus órdenes;
te prometo someterme a todo lo que desees de mí
y aceptar todo lo que permitas que me suceda:
hazme tan sólo conocer tu voluntad”.
Si esto hacéis, vuestra vida se deslizará feliz,
serena y llena de consuelo, aun en medio
de las penas, porque la gracia será en proporción
a la prueba, dándonos la fuerza de sobrellevarla,
y llegaréis así a la puerta del Paraíso cargados
de méritos. Esta sumisión al Espíritu Santo
es el secreto de la Santidad.
(
http://www.celebrandolavida.org
).
2. Leemos atentamente LC. 4, 21-30, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 4, 21-30.
3-1. Las palabras descriptivas de la misión de Jesús se seguirán cumpliendo, mientras haya en el mundo quienes imiten la conducta que observaron los Profetas bíblicos (LC. 4, 21).
¿A qué palabras hizo referencia Jesús en el relato de San Lucas que estamos considerando? El Evangelio que meditamos en esta ocasión, es el desenlace de la presentación de Jesús como Mesías en la sinagoga de Nazaret, que empezamos a considerar, el Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo C. Estas son las palabras a las que Jesús hizo referencia: (LC. 4, 18-19).
Cuando Jesús fue bautizado por San Juan Bautista (LC. 3, 21-22), el Espíritu Santo lo ungió para evangelizar a los pobres, para anunciar la liberación de los presos en las redes del pecado, para instruir en el conocimiento de la verdad de Dios a quienes quisieran creer en Él, y para proclamar la liberación de los oprimidos por su situación social, por los vicios, o por la creencia de que no sirven para nada. Esto es lo que significa el año de gracia del Señor del que Jesús informó a sus oyentes de la sinagoga de Nazaret, antes de enrollar el libro de Isaías, y de devolvérselo al ayudante del presidente del culto.
Las palabras descriptivas del Ministerio y la obra de Jesús, se han cumplido durante veinte siglos, y deben seguir cumpliéndose, mientras que Dios suscite profetas entre nosotros, que no acepten vivir en estructuras pecaminosas, y denuncien las injusticias, aunque las mismas sean llevadas a cabo, por quienes se dicen cristianos.
3-2. La falsa admiración (LC. 4, 22).
Quizás podemos tener la impresión de que los habitantes de Nazaret se admiraron de la manera en que Jesús se declaró a Sí mismo el Enviado de Dios, que sus hermanos de raza habían esperado, durante siglos. Los familiares y vecinos de Jesús, debían haberse admirado, de que el Mesías no se declaró como tal ante la alta sociedad, sino ante los pobres, a quienes, -como hemos recordado anteriormente-, vino a anunciarles el Evangelio.
Hay gente que no quiere -o no puede- progresar en ningún campo, y no sabe qué hacer, para impedir el progreso de los demás.
¿Cómo podrían aceptar los habitantes de Nazaret que Jesús, quien se crió entre ellos, fuera el Enviado de dios, si quizás ni siquiera tuvo el dinero necesario, para estudiar la Palabra de Dios y las leyes de los judíos, en el Templo de Jerusalén?
Si en nuestro tiempo alguien que tiene pocos recursos consigue una buena posición social, podemos pensar que se ha abierto puertas, pero, en el tiempo de Jesús, los pobres no podían tener una mejor posición social jamás, porque eran considerados réprobos por Dios, tal cual también les sucedía a los enfermos.
En nuestro tiempo, a quienes predican el Evangelio, puede sucederles algo parecido, a lo que le sucedió a Jesús, entre sus familiares y vecinos. De la misma manera que nos puede gustar más un trabajo que otra actividad laboral, podemos caer en la tentación, de aceptar los preceptos religiosos, que más se acomoden, a la consecución de nuestros intereses. Al describir esta situación, siempre utilizo dos ejemplos, que pueden darse, fácilmente, en nuestras comunidades.
¿Les gustará a quienes no quieren socorrer a los pobres que se les insista en la necesidad existente de que hagan el bien?
¿Les gustará a quienes se dejan llevar por el afán de hacer muchas cosas a un mismo tiempo que se les diga insistentemente que deben orar, para que la fe no se extinga de sus corazones?
La misión profética no es nada fácil de desempeñar. Mientras que a muchos nos gusta tener una vida estática, y tenemos la costumbre de acogernos a la parte de la religión que más se adapta a nuestro carácter, la misión profética tiene el deber de remover las conciencias, con el fin de instarnos a mejorar la calidad y calidez, de nuestra vida cristiana, pero la misma se dificulta, si los profetas les predican, a quienes, ni quieren superarse a sí mismos porque se conforman tal cual están, ni soportan que nadie avance, en su ambiente.
Recuerdo que hace varios años asistí a una comunión cuyo celebrante era un sacerdote mayor, el cual, antes de iniciar la celebración, nos dijo a los asistentes a la misma, que la Eucaristía duraría en torno a dos horas, y que, quienes no pudieran guardar silencio durante ese tiempo, que, por favor, salieran del templo, con el fin de no interrumpir, la celebración. Es indescriptible el malestar que originaron las citadas palabras del celebrante entre bastante gente.
3-3. Predica el Evangelio entre tus familiares y amigos, tal como lo haces lejos de los tales, entre quienes no te conocen, o en Internet (LC. 4, 23).
Jesús inició su Ministerio público pronunciando discursos que le ganaron amigos y enemigos, y haciendo prodigios, para demostrar que Dios existe, y ama a sus fieles hijos. ¿Por qué no acompañó Jesús su declaración como Mesías en Nazaret con la realización de signos que le dieran credibilidad a los versículos de Isaías que leyó, y se aplicó a Sí mismo? Si algo aprendemos los cristianos, ello consiste en que no podemos forzar a Dios a hacer lo que queremos, pues, por causa de su perfección, necesitamos ser nosotros quienes nos adaptemos a Él. Los nazarenos no le pidieron a Jesús que llevara a cabo ningún signo, sino que se lo exigieron, lo cual fue la causa, por la que, Nuestro Salvador, no llevó a cabo, ninguna señal milagrosa. Esta es la causa por la que San Marcos completa el Evangelio de hoy, añadiéndole, el siguiente hecho: (MC. 6, 5-6A).
Si Jesús hubiera llevado a cabo prodigios en Nazaret aceptando el desafío de sus vecinos, no hubiera demostrado su poder divino, sino su prepotencia humana, dado que algunos de sus vecinos lo hubieran seguido, pero no lo hubieran hecho porque es el Mesías, sino esperando ser beneficiados por los prodigios de Nuestro Salvador.
¿Cumplimos los preceptos de nuestra religión porque amamos a Dios y a sus hijos, o porque esperamos que Dios o los hombres nos aporten algún beneficio? De la misma forma que los habitantes de Nazaret querían comprobar si era verdad el rumor de que Jesús llevaba a cabo prodigios, a nosotros nos puede suceder que cumplimos escrupulosamente los preceptos religiosos relacionados con el culto, y/o que les predicamos el Evangelio por medio de grandes discursos a quienes no conocemos, pero nos avergonzamos de vivir como cristianos en nuestro medio familiar y social. Jesús no hizo milagros en Nazaret porque prefirió mostrarse humilde antes que prepotente, pero a nosotros nos corresponde vivir como cristianos, no solo mientras celebramos la Eucaristía dominical, sino, siempre.
3-4. Los profetas deben sobrevivir al rechazo, cuando, la denuncia de las injusticias, les exige estar de parte de Dios, y de los pobres, los enfermos, y los desamparados (LC. 4, 24).
Hace tiempo me sucedió que, uno de mis lectores, que se emocionó leyendo mis meditaciones, me dijo que quería escribir conmigo, porque deseaba predicar la Palabra de Dios en Internet. Pocas horas después de manifestarme su deseo de ayudarme, el citado lector me llamó, diciéndome que no podía trabajar conmigo, porque sus familiares se lo impidieron, porque se avergonzarían si sabían que en Internet se publicaban textos religiosos, firmados por él.
Es más fácil que se nos reconozca como cristianos practicantes cuando predicamos el Evangelio fuera de nuestro ambiente familiar y social, que cuando lo hacemos donde se conocen nuestras virtudes, defectos y pecados. Recordemos que en la Biblia se nos enseña que podemos iniciar la predicación del Evangelio en nuestro entorno familiar y social. Veamos dos ejemplos de ello.
Todos recordamos cómo Nuestra Santa Madre concibió a Jesús. San José debió sufrir mucho en Nazaret, sobrellevando las burlas de quienes le decían que su prometida le había sido infiel. Quizás la Sagrada Familia quiso quedarse en Belén cuando nació Jesús, lejos de quienes conocían el difícil episodio que podría haber ocasionado la lapidación de María, si José no la hubiera amado más, que al fanatismo de sus hermanos de raza, que cumplían sus leyes mecánicamente, sin importarles el daño que podían causarles a sus prójimos.
Cuando la Sagrada Familia retornó de Egipto, y José supo que Arquelao gobernaba en Judea, decidió volver a Galilea, a seguir afrontando, el trato discriminatorio, de los nazarenos (VÉ. MT. 2, 22-23). Tal como le sucedió al Profeta Jeremías, que fue forzado por Yahveh a realizar una misión que no quería llevar a cabo, a veces Dios nos permite vivir experiencias que no queremos tener, las cuales, con el paso del tiempo, son fundamentales, para nuestro crecimiento espiritual.
San Marcos, en el capítulo cinco de su Evangelio (MC. 5, 1-20), nos cuenta cómo Jesús liberó a un poseso de las garras de los demonios que lo atormentaban, por lo cual, era marginado, por la gente de su tierra. Cuando Jesús liberó al poseso, este le pidió que lo dejara acompañarlo, pero el Señor lo dejó en su tierra encomendándole la misión de evangelizarla, cosa que hizo puntual y exitosamente. Pensemos en lo que debió sufrir el pobre geraseno para demostrarles a sus vecinos que estaba curado, y para evangelizar a los tales.
3-5. No somos propietarios de nuestra fe. Hay quienes, aunque no comparten nuestras creencias, pueden ser más dignos de ser salvos, que nosotros (LC. 4, 26-27).
Si disponéis de tiempo, podéis leer la historia de la viuda de Sarepta, en 1 RE. 17, 1-16, y, la historia de Naamán el sirio, en 2 RE. 5, 1-19.
De la misma manera que Jesús no hizo prodigios en la sinagoga de Nazaret para no mostrarse prepotente, no creeremos que tenemos derecho a ser salvos, porque cumplimos los preceptos, de la religión que profesamos, ni tenemos derecho a marginar, a quienes no comparten nuestra manera de pensar.
Los judíos quisieron despeñar a Jesús, porque comprendieron, por medio del recuerdo de la viuda de Sarepta y de Naamán el sirio, que la misión del Mesías se refería a que debían cambiar de mentalidad, por cuanto la viuda de Sarepta era pobre, y el segundo estuvo enfermo de lepra, y ellos marginaban a los pobres y a los enfermos, considerándolos pecadores, y ni la citada viuda ni Naamán el sirio eran judíos, lo cual significaba que el Mesías no tenía por qué despreciar a los paganos, imitándoles.
3-6. He aquí un anuncio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús (LC. 4, 28-30).
el hecho de que Jesús fue llevado a la cima del monte, nos recuerda su Pasión y muerte en cruz, y, el hecho de que se les escapó a sus enemigos, nos recuerda la Resurrección del Mesías, por cuanto sus ejecutores no pudieron lograr aquello por lo que lo asesinaron, lo cual era impedir que el Evangelio siguiera predicándose en Israel.
Por medio de los textos Evangélicos de los Domingos III y IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C, San Lucas nos recuerda cómo expuso Jesús su misión en su pueblo, y cómo lo persiguieron los líderes religioso-políticos hasta ejecutarlo, aunque no por ello impidieron que se cumpliera la misión del Mesías, quien resucitó de entre los muertos, y aún sigue predicando el Evangelio, por medio de sus fieles creyentes.
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 4, 21-30 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Podrías explicar el significado de las palabras contenidas en LC. 4, 18-19?
2. ¿Tienes alguna prueba de que las palabras descriptivas de la misión del Mesías expuestas en LC. 4, 18-19, se están cumpliendo en tu ambiente familiar y social?
3-2.
3. ¿Por qué sabemos que los nazarenos no se admiraron de que Jesús se les reveló como Mesías?
4. ¿Por qué fue mirado Jesús recelosamente por sus vecinos?
5. ¿Somos mirados con recelo porque somos cristianos?
6. ¿Marginamos los cristianos a algún colectivo?
7. ¿Por qué los pobres y enfermos no podían tener una buena posición social en el tiempo en que vivió Jesús?
8. ¿Tratamos los cristianos a los pobres y enfermos como a iguales, o los marginamos?
9. ¿Tratamos a los pobres, a los enfermos y a los desamparados como si fueran nuestros familiares, o simplemente nos limitamos a prestarles un servicio social?
10. ¿Por qué la misión profética puede ser causa de sufrimientos para los predicadores del Evangelio, aunque los tales les prediquen a quienes se dicen cristianos?
11. ¿Por qué tienen los profetas la misión de remover las conciencias de sus oyentes y/o lectores?
3-3.
12. ¿Por qué no acompañó Jesús su declaración como Mesías en Nazaret con la realización de signos que le dieran credibilidad a los versículos de Isaías que leyó, y se aplicó a Sí mismo?
13. ¿Por qué no podemos forzar a Dios a hacer lo que queremos cuando lo deseemos?
14. ¿Por qué le exigieron los habitantes de Nazaret a Jesús que hiciera milagros?
15. ¿Cumplimos los preceptos de nuestra religión porque amamos a Dios y a sus hijos, o porque esperamos que Dios o los hombres nos aporten algún beneficio?
16. ¿Nos avergonzamos de ser imitadores de Jesús en nuestro ambiente familiar y social? ¿Por qué?
17. ¿Por qué prefirió Jesús ser humilde en lugar de demostrarse prepotente?
18. ¿Por qué no hizo Jesús milagros que lo acreditaran como Mesías delante de sus vecinos, y nosotros no tenemos excusas para evitar imitar la conducta que observó Nuestro Salvador?
3-4.
19. ¿Por qué es más fácil para nosotros que se nos reconozca como cristianos donde nos escuchan predicar el Evangelio y somos desconocidos, que donde conocen nuestras virtudes, defectos y pecados?
20. ¿Por qué debemos predicar el Evangelio en nuestro entorno familiar y social antes de optar por predicarles al Señor a quienes no nos conocen?
21. ¿Has tenido en alguna ocasión la sensación de que Dios te ha llevado por un camino que no has querido recorrer?
22. ¿Por qué piensas que dios permite en algunas ocasiones que vivamos circunstancias contrarias a nuestra voluntad?
23. ¿Has aprendido algo necesario para tu crecimiento espiritual de tales experiencias?
3-5.
24. ¿Qué podemos hacer para merecer alcanzar la salvación de nuestra alma?
25. ¿Es lo mismo servir a dios y a sus hijos por amor, que hacerlo para comprar la salvación?
26. Aunque no despreciaremos a quienes no comparten nuestro pensamiento, ¿debemos abrazar todas las creencias de los tales? ¿Por qué?
27. ¿Por qué quisieron los nazarenos asesinar a Jesús?
3-6.
28. Explica la relación existente entre el intento de los nazarenos de asesinar a Jesús, y la Pasión, la muerte y la Resurrección, de Nuestro Redentor.
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos uno de los relatos evangélicos paralelos a los Evangelios de los Domingos III y IV del tiempo Ordinario (MT. 13, 54-58. MC. 6, 1-6A).
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús exponiéndoles a sus vecinos el programa que llevó a cabo durante los años que se prolongó su Ministerio público.
Imaginémonos cumpliendo el citado programa de Jesús, por medio de nuestra predicación, las oraciones que rezamos, y el bien que hacemos.
Contemplemos a los nazarenos que miraron a Jesús con odio, examinando cada una de las sílabas pronunciadas por el Señor, para justificar su asesinato.
Contemplemos a Jesús narrando las historias de la viuda de Sarepta y de Naamán el sirio, para recordarnos que la salvación no es un derecho que hemos ganado, sino un don celestial, y que no queremos marginar a quienes no comparten nuestra manera de ser y pensar.
Contemplemos a Jesús empujado por sus vecinos, quienes buscaban el lugar apropiado para ejecutarlo.
Contemplemos a Jesús distanciándose de sus vecinos, quienes no pudieron ejecutarlo, porque no había llegado la hora de nuestra redención.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 4, 21-30.
Comprometámonos a intentar vivir imitando la conducta que observó Nuestro Salvador durante un día. Si la prueba nos resulta satisfactoria, podemos repetirla, aumentando el tiempo que la llevaremos a cabo.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Te pido que tu ejemplo de amor y entrega a Nuestro Santo Padre y a los hombres, me motiven a ser un buen seguidor tuyo.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 61.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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