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Señor, quiero ver, por mediación de la fe, tu luz maravillosa. (Meditación para el Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Señor, quiero ver, por mediación de la fe, tu luz maravillosa.

   Cierto día en el que Jesús salió de Jericó acompañado de sus seguidores y de una gran multitud, un ciego que pedía limosna junto al camino, pronunció unas palabras muy atrevidas: (MC. 10, 47). Cuando la gente oyó aquellas palabras tan atrevidas, quienes estaban más cerca de dicho mendigo, intentaron hacer que se callara, haciéndole entender que había perdido la cordura, o quizá que no sabía lo que estaba diciendo, o, peor aún, que era ciego por incumplir la Ley de Moisés según creían los judíos en aquel tiempo que los enfermos pagaban sus pecados o las transgresiones de la Ley de sus antecesores, que no debía usar aquella expresión tan controversial. Quizá algunos de los que estaban cerca de aquel ciego, aunque probablemente ignoraban que cualquier hombre no tenía derecho a ser llamado Hijo de David, dado que se creía que el sucesor espiritual del citado Rey tenía que ser el Mesías, quería que aquel hombre dejara de gritar, simplemente, porque valía tan poco, que no merecía la pena el hecho de que Jesús fuera molestado por él.

   Aunque en nuestro tiempo somos muchos los que mantenemos la firme creencia de que todas las personas, independientemente de la conducta que observemos, tenemos un valor que no pueden aumentar nuestras buenas obras, y que tampoco pueden disminuir nuestras maldades, para unos porque somos personas humanas, y para otros porque somos hijos de Dios, no nos es desconocido el hecho referente a las creencias que, a lo largo de la Historia de la humanidad, han existido en muchos países, las cuales sólo han servido para discriminar a los más débiles.

   Recuerdo que hace algunos años vi a dos niños que discutían entre sí. El niño mayor le dijo a su vecino que era un idiota, a lo que el otro, ni corto ni perezoso, le respondió al primero que su abuela era medio cegata, porque él la había visto ponerse gafas algunas veces. Lo que puede parecer una discusión sin importancia entre niños menores de diez años, no es más que el reflejo de la conducta de parte de una sociedad injusta que margina a los más débiles físicos y espirituales.

   Los que rodeaban al ciego del Evangelio que consideramos este Domingo, se dieron cuenta de que aquel mendigo llamaba Hijo de David a Jesús, y de que aquel personaje no debía molestar al Hijo de María porque, después de todo, si estaba en ese estado tan trágico, sólo era un pecador o un descendiente de transgresores de la Ley, que merecía ser castigado con la privación de la vista. No sabemos si alguno de los componentes de la multitud que acompañaba al Mesías se dio cuenta de que aquel hombre que pedía limosna al borde del camino tenía la vida destrozada.

   ¿A quién le importaba que los judíos considerasen muerto al citado ciego por estar privado para tener descendencia por causa de su difícil estado?

   El protagonista del relato de San Marcos que estamos meditando debía tener una gran fe en Nuestro Señor, así pues, a pesar de que se le reprendió por causa de los motivos sobre los que hemos meditado, en respuesta al rechazo social de que era víctima, se arriesgó a levantar la voz hasta el punto de que Jesús lo oyó, a pesar de que el Mesías estaba rodeado por mucha gente que hablaba, y que quizá ni se había percatado de que un mendigo ciego reclamaba la atención del Hijo de David.

   Hay mucha gente que, aunque se niega a progresar en cualquier campo en el que pueda desarrollarse, se muestra dispuesta a hacer todo lo que esté a su alcance para que los demás no sigan creciendo. Para lograr su propósito, tales personas se valen de insultos, habladurías, trampas, y de todos los medios que tienen a su alcance.

   Cuando Jesús oyó la voz del indigente hijo de Timeo, le pidió a la gente que permitiese que el pobre ciego se le acercase. El buen hombre, se desprendió de su capa, y, sin preocuparse del protocolo sin el que muchos no pueden vivir, porque se preocupan más de las cosas que carecen de importancia que de las cosas que realmente son necesarias, aunque ello no impide que se pueda hacer también lo otro, se plantó delante de Jesús.

   Muchos hermanos me han dicho, a lo largo de los años que he predicado, que están desesperados, porque Dios no escucha sus oraciones. Yo sé que Dios tiene un tiempo previsto para resolver nuestros problemas, aunque ello no significa que se nos solucionarán los mismos de un día para otro, dado que es preciso que adquiramos la experiencia del dolor, la soledad, y, en algunos casos, de la pobreza. Quienes estéis desesperados por cualquier causa, no dejéis de orar, porque, cuando menos lo esperéis, el Señor vendrá en vuestro auxilio, utilizando para ello quizás el medio que menos os imaginéis.

   ¿Qué le diríamos a Jesús si nos dijera las palabras con que se dirigió a Bartimeo? (MC. 10, 51).

   Aunque personalmente se me ocurre responder esta pregunta pidiendo que se me ayude, sé que debo responder con las palabras que Nuestro Hermano nos enseñó a orar (MT. 6, 10), porque, si el Reino mesiánico se establece definitivamente en el mundo, serán exterminadas todas las dificultades que caracterizan a la humanidad.

   Aunque Jesús le dijo a Bartimeo las palabras contenidas en MC. 10, 52, el recién curado no se alejó del Señor, así pues, se fue con el Mesías.

   ¿Nos hemos acordado de Dios cuando hemos tenido carencias, y nos hemos olvidado de Él, una vez que Nuestro Padre común ha satisfecho nuestras necesidades?

   Dios quiso que en Su Ley se abogara por la protección de los ciegos (DT. 27, 18. LV. 19, 14. JOB. 29, 15. IS. 35, 5).

   En la Biblia, la palabra "ciego" tiene un significado figurativo (IS. 56, 10).

   Muchas veces nos preguntamos cuál es la causa por la cuál sufrimos, pero la Biblia nos responde esta pregunta que es Dios quien nos aflige, no para hacernos sufrir por sufrir, sino para purificarnos y santificarnos, así pues, Nuestro Santo Padre le dijo a moisés en la vocación de éste: (ÉX. 4, 11.

   A pesar de que la Ley mosaica impedía que los hebreos maltrataran a los minusválidos, estos no podían servir como sacerdotes en el Santuario divino, así pues, esta prohibición que en nuestro tiempo sin duda alguna es considerada como injusta y discriminatoria, en el pasado, significaba que Dios quiere un pueblo purificado, así pues, esta es la causa por la que las enfermedades que padecemos los minusválidos significan en el lenguaje bíblico el pecado, y, por tanto, la imposibilidad que los transgresores de la Ley tenían de ser salvos, hasta que se convirtieran a Yahveh (LV. 21, 17-23).

   Dios le dijo a su pueblo que en tiempos de cautiverio sería tratado como un ciego (DT. 28, 29. IS. 59, 10. LC. 6, 39).

   Jesús juzgaba la ceguera espiritual como más grave que la ceguera corporal, así pues, he aquí un suceso que ocurrió un día en que Nuestro Maestro curó a un ciego de nacimiento: (JN. 9, 39-41; 3, 19-21).

   Pidámosle a Dios que se cumpla en nosotros el deseo de San Pablo con respecto al aumento de la fe de los cristianos de Éfeso: (EF. 1, 18).

   Quizás nos es útil el consejo de Nuestro Señor, contenido en AP. 3, 17-18. 1 JN. 2, 10-11. 2 PE. 1, 5-11).

   Sabemos que no se puede ser un ciego físico únicamente, pues la ceguera espiritual puede ser más dañina que la ceguera corporal, así pues, concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que se cumplan en nosotros las palabras que San Pablo les escribió a los Colosenses (COL. 1, 9-12).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

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