Meditación.
Mi Dios, mi fe, mi vida.
Los cristianos practicantes hemos optado en nuestra vida por seguir a Cristo. Al hablar de cristianos practicantes, no pretendo mencionar a quienes creen que cumplen con Dios sólo porque asisten a la Eucaristía dominical y después de salir del Templo no se toman la molestia de llevarles el Verbo de Dios a sus prójimos, pues me refiero a quienes vivimos para alabar a Dios, según decimos al celebrar la Liturgia de la Eucaristía, "por Cristo, con Él y en Él". Esta opción de vida que nos ha inspirado el Espíritu Santo hace que quienes no comprenden la forma según la cual nos entregamos a servir a Nuestro Padre y Dios se hagan muchas preguntas. Uno de esos interrogantes que inquieta a los no creyentes es el siguiente: Ya que la Iglesia no permite que los feligreses de la misma se expresen libremente con respecto a la contradicción de sus dogmas, ¿debemos considerar que Dios utiliza la fe para coartar nuestra libertad? Nuestro seguimiento con respecto a Jesucristo se fundamenta en que uno de nuestros principales objetivos consiste en convertirnos a través de la acción del Espíritu Santo en predicadores de la Palabra de Dios, así pues, con respecto a las creencias anticristianas, nos aplicamos las siguientes palabras que Dios le dirigió al predicador Jeremías en un momento en que el Profeta sufrió una gran crisis de fe: (JER. 15, 19). A pesar del significado literal de las palabras proféticas que hemos extraído de la Sagrada Biblia, cada día somos más los cristianos que optamos por respetar la libertad de quienes rechazan nuestras creencias, exceptuando las prácticas injustas que se llevan a cabo diariamente en nuestra sociedad.
Deseamos ser transmisores de la Palabra de Dios porque queremos ser imitadores de Jesús de Nazaret, el enviado de Dios de quien San Juan escribió: (JN. 1, 1-2).
Con respecto a la pregunta que estamos meditando, Dios nos propone que nos convirtamos a Él, pero no nos obliga a creer en su Palabra. Cuando Nuestro Padre celestial creó el Universo, creó al hombre libre, así pues, si Adán y Eva hubiesen estado sometidos a Nuestro Creador, hubieran carecido de libertad para alimentar la soberbia que les convirtió en los primeros que contradijeron al Todopoderoso, según palabras de Isaías: (IS. 55, 8).
Si nos basamos en la creencia de que Dios no manipula la libertad que Él mismo nos concedió al crear el género humano, podemos comprender, en cierta forma, parte del significado teológico que le atribuimos a la adversidad que atañe a nuestra vida. Algunas cosas nos suceden para que aprendamos a ser fuertes, son sucesos que no podemos evitar, pero ¿pensamos que debemos reconocernos culpables de los sentimientos que nos causan hechos como las opiniones de nuestros familiares, amigos y jefes con respecto a nuestra forma de actuar?
Es curioso constatar cómo teniendo un gran deseo de alcanzar la plenitud de la felicidad, muchos de nosotros corremos el riesgo de acabar consiguiendo justamente lo que más se contrapone a nuestras aspiraciones. Cuando el Profeta Jeremías era oprimido por sus enemigos, se dirigía a Dios en estos términos: (JER. 15, 15-16).
Jeremías también exclamó en cierta ocasión: (JER. 20, 7. 9).
A veces creo que Dios debe reírse mucho cuando queremos que manipule nuestra mala salud, que nos busque un buen trabajo y que de paso nos ponga algo de amor en nuestro camino, y no queremos serle dóciles ejercitando los dones y virtudes que Nuestro Padre nos ha concedido actuando consecuentemente para mejorar nuestra salud, alcanzarnos el éxito profesional y para que podamos aprender que la clave del amor radica en que es tan importante dar como recibir.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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