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Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   1. Los textos que la Iglesia ha entresacado de las Sagradas Escrituras para que los meditemos en esta ocasión hacen referencia a nuestra forma de actuar en nuestro ámbito familiar y social. Es esta la causa por la cual deseo proponeros una serie de meditaciones extrabíblicas que pueden fomentar nuestras relaciones y hacer nuestra existencia más agradable.

   Una de las características que nos son comunes a los cristianos de todos los tiempos es la desunión que curiosamente se debe a la forma que tenemos de interpretar la Palabra de Dios.

   Cuando comprobamos que hemos cometido un error, puede sucedernos que deseemos considerarnos pecadores sin remedio, o quizá pensamos que nuestros fallos se pueden corregir de alguna manera, pero, ¿qué pensamos cuando la conducta y/o los pensamientos de nuestros prójimos no se corresponden con el beneplácito de nuestra voluntad?.

   Cuando nuestros prójimos no comprenden las circunstancias de su vida con la misma capacidad y rapidez que lo hacemos nosotros, tenemos tendencia a tacharlos de lentos e incompetentes, pero, cuando la lentitud de comprensión y conversión al Evangelio recae sobre nosotros, decimos que somos concienzudos y conscientes, y que necesitamos tiempo para ordenar nuestras ideas.

   Cuando nuestros prójimos no corrigen sus defectos, tenemos tendencia a tacharlos de pecadores malditos, pero cuando nos negamos a corregir nuestras deficiencias, decimos que no tenemos tiempo para meditar, que no sabemos cómo desechar lo malo de la vida y quedarnos con lo bueno, o que no sabemos escoger el camino correcto.

   Cuando nuestros prójimos cometen un fallo porque participan en una actividad en cuyo campo no se defienden muy bien, tendemos a decir que son unos entrometidos, que harían mejor si no se metieran donde nadie los llama, pero si el fallo es cometido por nosotros, o nos tachamos de pecadores irremediables, o decimos que todo el que tiene boca se equivoca.

   Cuando nuestros prójimos no se sienten identificados con los miembros de nuestro círculo social, solemos decir que tienen prejuicios con respecto a nuestros seres queridos y a nosotros, pero cuando nuestros prójimos se mueven en un ambiente que creemos perjudicial por sano que dicho medio sea, tendemos a decir que tenemos buen juicio, y que deseamos sacar a nuestros hermanos del círculo vicioso en que se hayan encerrados.

   Cuando nuestros prójimos no ceden en la afirmación de sus argumentos cuando discutimos con ellos, tenemos tendencia a decir que son tercos, pero cuando no cedemos en la defensa de nuestros pensamientos, nos sentimos orgullosos porque nuestra personalidad es firme y constante.

   Cuando nuestros prójimos se fijan en pequeños detalles, los tachamos de maníacos, pero nosotros hacemos lo propio cuando consideramos que debemos ser detallistas y cuidadosos.

   Por amor y respeto a Nuestro Dios y a nuestros hermanos los hombres, debemos aceptar a los demás como son, con sus virtudes y defectos, e incluso hemos de valorar los méritos de la discrepancia.

   2. El Evangelio de hoy me ha traído a la memoria una célebre frase: "Vive y deja vivir".

   No podemos permitir bajo ninguna circunstancia que nuestros prójimos se contagien de nuestras debilidades.

   No podemos consentir que nuestros familiares y amigos contraigan nuestro miedo a la condenación eterna, pues debemos inculcarles a nuestros hijos una educación que sustituya el miedo por el respeto, la tolerancia, la libertad y la responsabilidad.

   A la hora de transmitirles a nuestros familiares y amigos nuestros apreciados valores, debemos considerar las siguientes frases:

   "No camines delante de mí, que no te podré seguir. No camines detrás de mí, que no te podré conducir. Camina, justamente, junto a mí para, sencillamente, ser mi amigo".

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

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