3. Jesús no rehuyó el dolor.
Meditación de MC. 9, 30-37.
(MC. 9, 30-31). Si reflexionamos sobre la dedicación de Jesús a la Evangelización y a la realización de obras benéficas, no podemos dejar de sentir una gran admiración. Jesús adoctrinaba a las multitudes durante el día, instruía a sus discípulos cuando no enseñaba a las multitudes y durante las noches, y oraba cuando sus amigos dormían sintiendo tanto amor hacia Nuestro Santo Padre y sus hijos los hombres, que llegó a pasar muchas noches sin dormir para poder comunicarse con el Padre, sin que ningún asunto interrumpiera su conversación.
El tiempo de orar era sagrado para Jesús. Dado que el Señor pensaba que la predicación del Evangelio y la realización de obras benéficas eran inaplazables, oró durante las noches, sacrificando horas de sueño, para deleitarse en la presencia de Nuestro Padre común.
¿Somos conscientes de que Dios escucha nuestras oraciones?
¿Oramos impulsados por el amor y la fe que sentimos con respecto a Dios y a sus Santos, o pronunciamos palabras mecánicamente, haciendo de la oración una pesada rutina?
¿Utilizamos oraciones conocidas para dirigirnos a Dios en nuestros ratos de contemplación, y le hablamos con nuestras propias palabras?
Jesús se esforzaba en hacerse entender por sus oyentes cuando les predicaba el Evangelio, pues sabía que, cuanto menor es el conocimiento de Dios que tenemos, mayor es el riesgo que corremos de no creer en Él, pero Nuestro Salvador también era consciente de que tenía que ocuparse seriamente de la formación de sus discípulos, pues, cuando aconteciera su Ascensión al cielo, cuarenta días después de su Resurrección, ellos serían los continuadores de su obra evangelizadora y salvadora.
Nos es imposible tener una gran fe apenas conocemos al Señor. Nuestra experiencia nos recuerda que no podemos alcanzar un notable crecimiento espiritual en poco tiempo. Pensemos que, si los discípulos que convivían con Jesús, le oían predicarles a las multitudes constantemente, y tenían su propio ciclo formativo, necesitaban dejar su actividad evangelizadora ocasionalmente, para retirarse del mundo, para que ninguna distracción les impidiera crecer espiritualmente, para posteriormente poder sentirse capacitados por el Espíritu Santo, para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre celestial, ¿cuán grande será nuestra necesidad de alternar nuestras relaciones familiares, el tiempo que le dedicamos al trabajo, a nuestros amigos y a las actividades de ocio que desempeñamos, y el tiempo que necesitamos tener para crecer espiritualmente, si consideramos que no nos dedicamos a meditar la Palabra de Dios, con el deseo de ser mejores cristianos, el tiempo que necesitamos hacerlo?
(MC. 9, 32). Los discípulos de Jesús no entendían la razón por la que el Maestro observaba una conducta suicida, pues ello no era realista desde su punto de vista humano, y carecía totalmente de lógica, si consideraban que, ya que el Señor estaba dotado con el poder de Dios, no tenía sentido, el hecho de que el Mesías se dejara asesinar.
¿Estaban incapacitados los discípulos de Jesús para comprender la conducta de Nuestro Maestro, o no les convenía comprender a Nuestro Salvador, porque tenían pretensiones muy diferentes a las de Jesús?
¿Radicaría la dificultad que los discípulos tenían para entender la manera de actuar de Jesús en que, en vez de tener el deseo de alcanzar la mayor glorificación por medio del mayor sufrimiento para sí mismos y sus seguidores, estaban obstinados en alcanzar poder, riquezas y prestigio, valiéndose de Nuestro Redentor y del Evangelio, como medios para ver realizados sus sueños?
Muchas veces me sucede que, cuando algunos amigos me tienen confianza, me dicen quedamente que no debo dedicarme a la difusión de la Palabra de Dios tal como lo hago, porque nadie me agradece esta actividad que realizo, y porque ello no me reporta ninguna ganancia económica. En algunas ocasiones, quienes saben de las horas que invierto en estudiar y orar para escribir las meditaciones dominicales de Padre nuestro, me presionan para que no le dedique tanto tiempo a la Evangelización, diciéndome que, algún día, me arrepentiré de haber perdido tantas horas.
Jesús no nos prometió a sus seguidores que nos iban a sobrar las riquezas, las comodidades y los placeres en este mundo, pero, en cambio, nos aseguró que nunca nos faltarían dificultades que superar. Vivimos en una sociedad utilitarista en que para mucha gente carece de sentido el hecho de esforzarnos para realizar actividades que no nos aportan beneficios materiales.
¿Por qué los discípulos no le preguntaban a Jesús sobre el significado de sus palabras? Los amigos de Jesús recordaban cómo Jesús reprendió a Pedro en la ocasión en que les anunció su Pasión, su muerte y su Resurrección por primera vez, y no querían ser reprendidos seriamente otra vez, porque el Señor parecía estar muy seguro de lo que quería hacer, por más que no contaba con la aprobación de sus amigos para realizar su propósito, porque todos lo amaban demasiado, como para resignarse a perderlo, ya que no podían imaginarse que iba a resucitar de entre los muertos.
Los amigos de Jesús tenían miedo al pensar en lo que podría sucederles si el Señor moría. Esta es la razón por la que no comentaban sus profecías, porque, dado que no creían que el Maestro resucitaría de entre los muertos, no sabían qué sería de sus vidas, pues, en el mejor de los casos en que no fueran perseguidos, nunca podrían evitar la sensación de fracaso al volver a realizar sus actividades cotidianas, teniendo en cuenta que habían trabajado para lograr alcanzar un gran ideal, a pesar de que se obstinaban en reducir el mismo a la constitución de un Reino, en que ellos ocuparían cargos de máxima importancia, lo cual sería sumamente beneficioso para los citados seguidores de Jesús (MC. 9, 33-34).
Jesús les recordó a sus amigos lo que le iba a suceder en Jerusalén, los dejó solos para que meditaran, y ellos discutieron entre sí, para ver quién tendría la suerte de asumir la responsabilidad de ser el nuevo líder de la comunidad que fue fundada por Jesús.
¿A quién le importaba la grandeza de hacer el bien, si la comparaba con el poder que podría obtener, si utilizara la Evangelización y la realización de obras benéficas, para conseguir poder, riquezas y prestigio? Jesús intentó que sus amigos le dijeran sobre qué habían discutido, pero ellos guardaron silencio, quizás porque no quisieron discutir con Él sobre las diferencias existentes entre sus puntos de vista, porque lo amaban, ya que lo veían fanatizado con la idea de suicidarse inútilmente al ponerse a disposición de sus enemigos, o quizás porque se sintieron avergonzados, porque, aunque Jesús quería morir contra toda lógica humana, mientras que pensaba en el ideal de hacer de la humanidad una familia, ellos actuaban como enemigos, pues aún no aprendieron a amarse y respetarse como hermanos, y estaban muy lejos de hacerlo.
Si estimamos a Jesús, pero no nos decidimos a renunciar a nuestra condición egoísta, tenemos que constatar que, al comparar los motivos que impulsaron a Jesús a redimirnos con los ideales que caracterizan nuestra existencia, no podemos evitar sentir cierta sensación de tristeza. La evitación del pecado es semejante al tratamiento de una enfermedad. Tal como muchos enfermos tienen que soportar el dolor que les producen las inyecciones de morfina para sentir que se les reduce el dolor que sienten el cual es causado por sus enfermedades, la renuncia al pecado entraña muchas dificultades, pero nos aporta el beneficio de sentir que Dios nos purifica y santifica, y nos dispone a vivir en la presencia de Nuestro Padre común, según lo aceptamos, nos adaptamos al cumplimiento de su voluntad, y nos disponemos a amar a nuestros prójimos los hombres, especialmente a aquellos que nos han herido, a quienes, con el lento paso del tiempo, queremos aprender a no guardarles rencor.
No hagamos distinción entre las aspiraciones de Cristo y las nuestras. Ello será posible para nosotros, si renunciamos a todo cuanto nos separa de Dios, y hacemos nuestras las pretensiones de Nuestro Salvador. San Pablo nos demuestra que es posible hacer lo que os indico en este párrafo, en los siguientes términos: (FLP. 3, 10-11).
(MC. 9, 35-37). Los niños, por causa de su indefensión, eran considerados por los judíos como poco superiores a los esclavos, e inferiores a las mujeres. Jesús abrazó a un niño para ejemplificarles a sus amigos la necesidad existente de que contemplaran la posibilidad de dedicarse a servir a los más humildes, pero ellos solo pudieron comprender y aceptar las palabras de Nuestro Señor plenamente, cuando el Mesías resucitó de entre los muertos, ascendió al cielo, y recibieron el Espíritu Santo.
¿Qué podremos ganar si servimos a aquellos que no cuentan para el mundo?
¿Nos bastará la satisfacción de hacer el bien para sentirnos compensados si decidimos cumplir la voluntad de Dios, o hemos tomado la resolución firme de no hacer nada por los que sufren, si no nos compensan con dinero debidamente por ello?
Gracias a Dios, en nuestro tiempo, los niños tienen derechos reconocidos en muchos países. Nosotros, además de tratarlos como merecen, debemos poner la catequesis infantil y juvenil, a la altura que debe ser tenida la instrucción de los adultos. Todos tenemos derecho a conocer la Palabra de Dios. Los niños y los que sufren por cualquier causa, tienen derecho a sentirse amados, protegidos, y capacitados para superar grandes dificultades, sin sentirse desamparados.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre celestial, que nos ayude a aceptarlo, con la misma sinceridad que los niños confían en sus padres, de quienes solo esperan amor, comprensión, y la educación que hará de ellos los hombres y mujeres del futuro, que, en el caso de ser cristianos, deberán estar preparados, para contribuir a hacer de nuestra tierra, el Reino de amor y paz, del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, a quienes les pido que os colmen de bendiciones, y os concedan la plenitud de la felicidad. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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