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¿Hace Dios milagros en nuestra vida? (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   La fe y la esperanza cristianas se demuestran sirviendo a Dios en sus hijos.

   ¿Hace Dios milagros en nuestra vida?

   Meditación de 1 RE. 17, 10-16.

   Elías fue uno de los muchos profetas que Dios envió a su pueblo, con el fin de que sus creyentes no adoraran  divinidades paganas, y no se separaran de Yahveh. Los reyes del Norte fueron malvados, e hicieron que el pueblo adorara a divinidades extranjeras. Esta conducta de los reyes norteños, impulsó a la mayoría de los sacerdotes levitas a emigrar a Judea, con tal de permanecerle fieles a Yahveh. Los sacerdotes que los reyes designaron para que sustituyeran a los levitas, eran corruptos e ineficaces, para servir a Dios, ya que su trabajo dependía de la sumisión a quienes les concedieron los cargos que ocupaban, y no de la libre y consciente profesión de su fe.

   Dado que la corrupción malogró el cumplimiento de la misión de reyes tanto del Norte como del Sur de Israel, Dios se sirvió de muchos profetas, asignándoles la misión de animar a sus creyentes, para que no perdieran la fe en Yahveh, y para que no hicieran el mal, que caracterizaba la vida de sus superiores político-religiosos. Durante unos trescientos años, los profetas intentaron impedir la decadencia espiritual y moral, que afectaba, tanto a muchos reyes y sacerdotes, como a gente del pueblo.

   Los adoradores de Baal confiaban en que su deidad haría llover para que sus cosechas fuesen abundantes. Elías, -por causa de su fe y su acercamiento a Dios-, hizo que una larga sequía azotara a su país, con tal de que, los adeptos de Baal, comprobaran que su dios no era más que una mera invención humana, y para conseguir que se dieran cuenta, de que estaban despreciando al único Dios existente.

   ¿De qué le servían al rey Acab su fuerte defensa militar y sus muchos sacerdotes baalitas, si no podía conseguir que lloviera?

   ¿Actuamos como el rey Acab, cifrando nuestra esperanza en las personas y bienes que nos separan de Nuestro Padre común?

   Elías confrontó a Acab con gran valentía. Hasta que Acab no volviera a creer ciegamente en Yahveh, no terminaría la sequía que asolaba su reinado.

   Quizás culpamos a Dios de ser el responsable de las circunstancias que nos impiden ser felices, pero, ¿nos volvemos a Él para conocer su Palabra, y comprobar qué nos dice por medio de la misma, para que podamos superar nuestras frustraciones, y seamos capaces de sobrevivir con las dificultades que, aunque no podremos superarlas, nos ayudarán a ser purificados y santificados?

   Dios se manifestó en Israel, a pesar de la rebeldía y las herejías de su pueblo. No pensemos que Dios no se nos manifestará porque en nuestro entorno hay poca gente que lo acepta. Dios sabe cuándo debe actuar, y a nosotros nos corresponde creer esta realidad, para no perder la fe, y gozarnos cuando Nuestro Padre común, venga a nuestro encuentro.

   En un país en que los profetas habían de ser cuidados por ser mensajeros de Dios, Elías, -el profeta que humilló a los seguidores de Baal, demostrándoles que su dios era falso, y mandó asesinar a sus cuatrocientos cincuenta profetas-, tuvo que ser alimentado milagrosamente por cuervos, y por una pobre viuda pagana. El profeta que tendría que haber sido tratado honoríficamente por haber desenmascarado a los adeptos de un dios falso, se convirtió en un proscrito, y así fue como aprendió, a fiarse plenamente de Dios, en medio de sus sufrimientos. Dios nos socorre cuando tenemos que afrontar y confrontar dificultades, aunque a veces actúa de una forma diferente a como lo haríamos nosotros, pero lo importante en esos casos, es que nos ayuda a seguir viviendo dignamente.

   ¿Cómo podía aquella viuda pobre darle al profeta la comida que tenía para su hijo y para ella? Después de comer por última vez, aquella mujer tenía pensado abrazar a su hijo, y esperar la llegada de la muerte. Los dos iban a sufrir la impotencia de no poder hacer nada para sobrevivir, se iban a enfrentar a los dolores que produce el hambre para ser vencidos, e iban a saborear macabramente sus últimas horas de vida. Si la pobre viuda le daba su comida al profeta, apresuraría el fin que tanto temía. El simple acto de fe de alimentar al profeta antes de comer la viuda con su hijo, produjo el milagro de que Dios les garantizara la supervivencia a ambos, mientras se prolongó la sequía.

   Muchas veces le pedimos dones a Dios, y queremos ser beneficiados sin hacer nada, de tal manera que, no nos damos cuenta, de que, antes de ser el objeto de los milagros divinos, necesitamos demostrarle a Dios, que tenemos fe en Él.

   Cuanto mayor sea nuestra fe, más cerca nos sentiremos de Dios. Quizás manifestamos nuestra fe dando pequeñas limosnas o rezando en ciertas ocasiones, pero la viuda que procedía de la tierra de Jezabel, -la reina que desencadenó la persecución contra Elías-, puso en las manos del profeta todo lo que tenía, y Dios la premió por ello.

   Nuestros problemas probablemente no se solucionarán, hasta que demos un paso de fe, después de pedirle a Dios, el milagro que necesitamos. Dios nos conduce por caminos que no son los nuestros, pero son los suyos (IS. 55, 8).

   Dios no nos concede milagros para que nos amoldemos a un estado de vida satisfactorio y dejemos de crecer espiritualmente, pues lo hace para que seamos capaces de afrontar y confrontar, situaciones más difíciles, que las que nos ayuda a superar en la actualidad.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

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