Meditación.
El amor de Jesús nos congrega en la presencia del Padre.
En la noche en que Nuestro Hermano y Señor cenó por última vez con sus futuros Apóstoles antes de ser entregado por Judas Iscariote a sus enemigos, el Mesías les dijo a sus seguidores muchas cosas importantes, de las cuales vamos a recordar el distintivo que ha de hacer que quienes no aceptan nuestra fe nos conozcan (JN. 13, 34-35).
¿Qué significa para nosotros el hecho de amarnos unos a otros de la misma manera que Nuestro Señor nos amó, hasta el punto de morir para demostrarnos que la Santísima Trinidad nos ama?
Si nos amamos de la misma manera que Jesús nos amó, ello significa que hemos de anteponer, -en la medida de lo posible-, las necesidades de nuestros prójimos a las nuestras, así pues, San Pablo nos dice las palabras que leemos en FLP. 2, 1-5.
Si por razones comprensibles y aceptables no damos el paso de considerar las necesidades de nuestros prójimos como superiores a las nuestras, -especialmente si tales prójimos no viven bajo nuestro techo-, hemos de sentir un gran respeto por quienes, inspirados por la vivencia de su fe ejemplar, se aplican las palabras de Jesús que leemos en JN. 15, 13.
Dado que gracias a Dios todos los cristianos no estamos destinados a morir como mártires, entiendo que hemos de vivir nuestra fe a partir del estado actual de vida que nos caracteriza, pues San Pablo les escribió a los cristianos de Galacia, las palabras que leemos en GÁL. 6, 1-2.
San Pablo nos dice que, como hijos espirituales de Dios que somos, debemos corregir a quienes cometen errores. Supongamos que una adolescente que está a favor del aborto se une a un grupo de jóvenes católicos, porque, aunque difiere en la citada creencia con respecto a los mismos, le atrae la forma en que sus nuevos amigos se relacionan entre sí. Quizás habría quien se mostrase en desacuerdo con el hecho de que tal adolescente se relacionase con los jóvenes católicos siendo defensora de la práctica del aborto, pensando en evitar la posibilidad de que haga que sus nuevos amigos abracen su creencia. En este caso, los educadores católicos de los citados cristianos, deberían velar permanentemente por la fe de los tales, y deberían de acoger con amor y respeto a la citada adolescente, pues quizás, sin percatarse de ello, con el paso del tiempo, al acostumbrarse al hecho de dejarse guiar por la voz del Señor, y al comprender lo importante que es el respeto a la vida humana, ella aceptaría nuestras creencias, pero, si esta adolescente, desde el primer momento que se une a los miembros del grupo católico que acaba de conocer, tiene la seguridad -o la sensación- de que la están satanizando porque quieren forzarla a compartir una creencia que rechaza, se le hará perder la oportunidad de conocer al Señor.
San Pablo nos ha dicho claramente que no satanicemos a quienes no comparten nuestras creencias y que seamos compasivos y comprensivos con aquellos de nuestros hermanos de fe que cometen errores, porque todos los seres humanos, a lo largo de nuestra vida, estamos expuestos a la posibilidad de equivocarnos muchas veces. Antes de tachar como pecadores a quienes no comparten nuestras creencias o desde nuestro punto de vista cometen errores, deberíamos pensar en la forma en que nos gustaría ser tratados si nos equivocáramos en nuestra forma de proceder, ateniéndonos a las palabras de nuestro Hermano y Señor contenidas en MT. 7, 12.
Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles en Cesarea de Filipo, las palabras contenidas en MT. 16, 24. Según las anteriores palabras de Nuestro Maestro, si queremos ser discípulos del Mesías, es decir, si queremos ser cristianos practicantes, hemos de dar tres importantes pasos:
1. Negarnos a nosotros mismos,
2. Tomar nuestra cruz, y
3. Caminar detrás de Jesucristo.
1. ¿Qué significa el hecho de negarnos a nosotros mismos?
San Lucas, después de exponernos en su Evangelio la conversión del jefe de recaudadores de impuestos Zaqueo, nos evidencia las altas expectativas que los futuros Apóstoles tenían con respecto a Jesús, en los siguientes términos: (LC. 19, 11).
Si Jesús se negó a sí mismo sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Dios, los cristianos practicantes podemos imitar al Hijo de María, pues Jesús les dijo a sus Apóstoles: (JN. 15, 20).
Imaginemos la siguiente escena evangélica: Jesús les preguntó a sus Apóstoles quién decía la gente que era Él. Después de que sus íntimos amigos le dijeron lo que le habían escuchado a quienes les habían predicado con respecto al Hijo de David, Jesús les preguntó de golpe: (MT. 16, 15).
La mayoría de los futuros Apóstoles enmudecieron porque, aunque llevaban bastante tiempo siguiendo al Señor, quizás aún no se habían planteado esa pregunta, dado que el proceso de la conversión es lento y gradual. Sin embargo, el Espíritu Santo aprovechó al impulsivo San Pedro, para inspirarle la siguiente declaración de fe: (MT. 16, 16).
Jesús elogió a Pedro porque el Señor no se le había revelado como enviado de Dios, pues fue el Espíritu Santo quien le hizo saber que Jesús era el Mesías.
Nuestro Señor, además de felicitar a Pedro por haber estado pronto a dejarse inspirar por el Paráclito, le encomendó a dicho Apóstol el cuidado de la fe de la Iglesia, con estas palabras: (MT. 16, 17-19).
De la misma manera que Jesús felicitó a Pedro por causa de su fe y le encomendó el cuidado de su Iglesia, también nos anima a nosotros, a través de la recepción de los Sacramentos, la instrucción bíblica y catequética, y, en general, por medio de los acontecimientos que conforman nuestra vida diaria, para que seamos imitadores de grandes personajes bíblicos como Noé, de quien San Pedro escribió en una de sus Cartas Católicas que era "pregonero de justicia" (2 PE. 2, 5).
Para los futuros Apóstoles debió ser glorioso el momento en que Jesús le otorgó a Pedro el cuidado de la fe de su futura Iglesia, pero, Nuestro Señor, a aquellos que en muchas ocasiones discutían entre sí para averiguar cuál de ellos sería el sucesor de Jesús y por tanto el líder a quien habían de someterse sus compañeros, probablemente debió recordarles el siguiente pasaje de San Marcos: (MC. 9, 33-35).
A pesar de la felicidad que embargaba a los Apóstoles cuando el señor le concedió a Pedro la primacía sobre la futura Iglesia, Jesús estropeó aquella escena, cuando, con el recuerdo del siguiente hecho, les demostró a sus futuros Apóstoles que, con el fin de que aprendieran a negarse a sí mismos, Él les iba a servir de ejemplo (MC. 8, 31).
¿Qué sentido tiene el hecho de negarnos a nosotros mismos, hasta el punto de que atendamos las aspiraciones de nuestros prójimos antes de satisfacer nuestros deseos?
¿Qué ventajas tiene para nosotros el hecho de considerarnos inferiores a nuestros prójimos?
Cuando Jesús les dijo a sus FUTUROS Apóstoles que iba a morir, Pedro, haciendo uso de la autoridad que el Mesías le había concedido sobre su futura Iglesia, y quizás pensando que Jesús lo estimaba de una forma más sobresaliente que a sus compañeros, llevó al Mesías aparte, y le dijo: (MT. 16, 22).
Cuando sentí el deseo de ser sacerdote, y se lo comuniqué a algunos de mis familiares y amigos, algunos de ellos me dijeron:
¿Vas a renunciar a la posibilidad de casarte?
¿Qué beneficios vas a tener de la soledad a la que se enfrentan los curas?
Durante los años que he podido pagarme la conexión a Internet para enviaros las meditaciones de Padre nuestro, no cesan de preguntarme:
¿De qué te sirve pasar horas y horas leyendo la Biblia y perder tiempo y dinero en una actividad que sólo te trae dolores de cabeza?
Pedro se sentía plenamente realizado cuando Jesús le dijo que él sería su sucesor, pero se le cayó el mundo encima cuando supo que el Maestro iba a aplicarse sus palabras, es decir, iba a negarse totalmente a sí mismo, iba a caminar con su cruz a cuestas, e iba a cumplir la voluntad de Nuestro Padre común, con todas las consecuencias que ello implicaba.
(MT. 16, 23). Aunque en la versión original del texto sagrado Jesús no llamó a Pedro Satanás, en la mayoría de las traducciones bíblicas, se pone en la boca del Señor el término con que se conoce al mayor enemigo de Dios, para recordarnos a los creyentes, que, ante todo, y, ante todos, lo más importante para nosotros, es cumplir la voluntad de Dios, según las siguientes palabras de nuestro Hermano: (MT. 6, 31-34).
2. ¿Qué significa el hecho de tomar nuestra cruz?, y ¿para qué sirve este gesto?
Vivimos en una sociedad en que en ciertas situaciones no nos conviene sacar a relucir nuestros defectos, no precisamente porque nos avergonzamos de ello, sino por necesidad. Si yo busco trabajo como teleoperador para trabajar desde mi domicilio, puede suceder que encuentre o no encuentre empleo, pero, si envío a las empresas que dan esta opción de trabajar desde casa un currículum vitae afirmando que soy ciego, tengo bastante garantizado el hecho de que jamás encontraré trabajo. En ciertas ocasiones, el hecho de dar a conocer las causas por las que sufrimos, puede significar que debemos estar preparados para ser rechazados, en algunos casos, tal como eran perseguidos, deshonrados y ejecutados los criminales que morían crucificados en el tiempo que vivió Jesús.
Con el fin de recordar el mensaje que nos transmite la cruz, recordaremos a continuación las siguientes palabras de San Pablo: (1 COR. 1, 18-24).
Aunque los cristianos somos miembros de este mundo en el que hemos aprendido a amar y en que más o menos hemos alcanzado la felicidad porque Dios nos ha dado la oportunidad de crecer espiritualmente en él, hemos de aplicarnos las palabras de Jesús que nos hacen comprender las ocasiones en que no somos comprendidos por causa de una fe que les resulta extraña e incluso obsesiva a la mayoría de quienes no comparten nuestras creencias (JN. 15, 18-19. 1 PE. 4, 1-4).
Recuerdo que hace años asistí a un encuentro de jóvenes que se preparaban para confirmarse. Al final del día, durante la celebración de la Eucaristía que finalizaba el encuentro, algunas chicas que se percataron de que en el pueblo había chicos de fuera, entraron en el templo, y saludaron a los jóvenes que estaban cerca de mí. Ante la pregunta que una chica le hizo a uno de ellos sonriendo: ¿Vas a ser cura? El respondió: Hoy estoy en Misa, pero yo también le doy a la botellita de vez en cuando. Los niños y adolescentes, más que nadie, son muy susceptibles de ser presionados. Desgraciadamente, vivimos en un mundo que es arrastrado por las creencias mayoritarias, así pues, en el tiempo de la dictadura española, todos los que estaban en mi país estaban obligados a asistir a la Eucaristía dominical y, ahora, en el tiempo en que la Iglesia ha perdido poder, hasta muchos creyentes se sienten libres para prescindir de ella, así pues, vuelve a triunfar la mayoría, aunque en este caso no dicte la norma de considerar que actúan incorrectamente quienes faltan a las celebraciones cristianas. Es esta la causa por la que todos deberíamos recordar las palabras del Señor: (MT. 5, 11-12).
"En su Omnipotencia, el Señor nos concede, ‑de hecho, quiere que le llamemos Padre‑, la gracia de ser sus hijos, por lo cual, podemos hablarle en el dolor, en la alegría, contemplando un amanecer, o el crepúsculo de la tarde. Podemos hacer, ‑además‑, que nuestras obras, ‑que llevamos a cabo por el Amor de Dios, y en tan gran don del cielo‑, sean bellas oraciones, gratas y humildes ofrendas que le ofrecemos al Altísimo. El Señor se complace en nosotros, si le ofrecemos nuestros quehaceres de la vida cotidiana.
Si fracasamos en alguna de nuestras empresas, ‑el fracaso es un signo de la imperfección‑, podemos ofrecerle al Señor el dolor de nuestro fracaso, ‑no debemos, bajo ninguna circunstancia, sentirnos derrotados o aplastados‑, pues Él lo transformará en perenne alegría, aunque sea otorgándonos algo que no tiene relación alguna con aquello que nosotros luchábamos por obtener.
No nos limitemos a juzgar a Dios, en virtud de aquello que nos ofrece, o que no nos concede, porque, no nos es necesario hacerlo. Pensemos, ‑pues‑, en el Padre que nos infunde aliento de vida, bien para que no cometamos errores, o para que seamos fortalecidos, para que la debilidad de las enfermedades físicas y psíquicas, no nos haga desfallecer.
En virtud de que Nuestro Padre del cielo nos hizo sociales, para que podamos ser felices, además de relacionarnos con el Padre, debemos, ‑conforme al Mandamiento nuevo‑, tener fundadas relaciones, con nuestros prójimos los hombres, creaturas divinas, que Dios ha de salvar" ("Trigo de Dios, pan de vida". Fragmento de: "Hablémosle hoy a nuestro Dios").
3. ¿Qué significa el hecho de caminar detrás de Jesucristo?, y, ¿por qué hemos de seguir al Señor?
(1 COR. 9, 16). Dado que todos los cristianos tenemos una vocación diferente, que va desde fundar una familia a la profesión religiosa, no debemos considerar que todos tenemos el deber de predicar, pues San Pablo escribió: (ROM. 12, 1-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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