Meditación.
3. ¿Cuál es nuestra mayor riqueza?
Meditación de MC. 10, 17-30.
1. El joven rico.
(MC. 10, 17). San Marcos nos presenta en el Evangelio de hoy, a un joven que corrió a interrogar a Jesús, y se arrodilló delante de Nuestro Salvador, indicando que lo consideraba como un afamado intérprete de la Ley, o como un gran profeta.
¿Tenemos la costumbre de orar?
¿Le transmitimos a Dios cuando oramos el amor, la confianza y el respeto que nos inspira?
El joven rico corrió a interrogar a Jesús, demostrando que tenía un gran interés en ser uno de los mejores seguidores del Señor, aunque, cuando se percató de que para Nuestro Redentor las riquezas espirituales son más trascendentales que las materiales, cambió radicalmente de opinión. Quizás nos sucede que, al terminar la Semana Santa, o al hacer unos ejercicios espirituales, sentimos un enorme deseo de ser cristianos practicantes, el cual, cuando volvemos a realizar nuestras actividades ordinarias, se debilita rápidamente, e incluso puede llegar a extinguirse. Dios nos ama, y, aunque este hecho puede llenarnos de alegría, no olvidemos que no es fácil para nosotros ser cristianos. Las dificultades que vivimos tienen la misión de proporcionarnos la oportunidad de que seamos seguidores de Jesús veraces, capacitados para asumir cada día un mayor compromiso de servicio a Dios en sus hijos, según se nos acrecienta la fe que tenemos.
el joven le preguntó a Jesús: "¿Qué haré para heredar la vida eterna?". Si fuéramos nosotros quienes interrogáramos al Señor, le preguntaríamos por todos los aspectos relacionados con nuestra vida, y quizás también estaríamos interesados en la salvación de nuestra alma. El joven rico parecía estar interesado exclusivamente en la vida eterna, lo cual parecía dar a entender que tenía una fe ejemplar, pero, al seguir analizando el texto evangélico que estamos considerando, nos percataremos de que tal fe no poseía la plenitud que aparentemente se deduce de la misma, pues el joven era lo suficientemente rico como para tener cubiertas sus necesidades vitales, hasta el punto de llegar a considerar que solo tenía que preocuparse de su crecimiento espiritual, ya que, a nivel material, no le faltaba absolutamente nada.
Quizás el joven rico cumplía la Ley, pero no lo hacía porque amaba a Dios, sino porque tenía la mentalidad de los fariseos, que no cumplían la Ley porque amaban a Yahveh, sino porque, según su forma de pensar, su amistad con el Altísimo, se medía en conformidad con la puntualidad con que cumplían los preceptos legales.
Me gusta ver la vida como una competencia, en que tenemos que superar a un gran rival que nos pone muchos obstáculos en el camino, para que no podamos desarrollarnos. el citado adversario somos nosotros, cuando nos rendimos ante las dificultades que tenemos sin esforzarnos en superarlas. Todos tenemos dificultades que vencer a lo largo de los años que vivimos. Mientras que unos hemos tenido que esforzarnos en crecer a los niveles espiritual y material al mismo tiempo, otros, que no tienen carencias materiales, -e incluso les sobran el dinero y los bienes-, no han cultivado la espiritualidad, e incluso se sienten necesitados de afecto humano, porque se han preocupado tanto de conseguir riquezas materiales, que han pasado por alto la posibilidad de ganarse el amor de sus familiares, y carecen de amigos.
(MC. 10, 18). Nadie es plenamente bueno en el sentido de que nuestro crecimiento no es pleno en la actualidad, sino Nuestro Dios Uno y Trino. Al llamar el joven rico a Jesús "Maestro bueno", le estaba llamando Dios. Aunque Jesús es Dios, sabiendo que su interlocutor lo consideraba un gran legista o profeta, le dijo que no lo llamara bueno, pues, como el joven no sabía que Jesús es Dios, el Señor quería ser visto por él como uno de sus creyentes, como un hombre necesitado de seguir creciendo espiritualmente, para animarlo con tal que fuera su seguidor, invitándolo a perfeccionar su conocimiento del Padre, conviviendo los dos juntos.
En la Profecía de Isaías, leemos con respecto al Siervo de Yahveh: (IS. 50, 4-5). Jesús, -el Siervo de Yahveh-, predicó el Evangelio con lengua de discípulo, -es decir, Jesús predicó la Buena Noticia de nuestra salvación en términos comprensibles para sus oyentes y los creyentes de todos los tiempos-, para hacernos asequible la comprensión de los misterios divinos, y para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama inmensamente.
Dado que los judíos acostumbraban rezar por la mañana, Jesús pasaba noches enteras en oración, y así amanecía dispuesto a seguir acatando el cumplimiento de la voluntad del Padre en su vida y en la humanidad.
¿Nos resistimos al Señor cuando quiere abrirnos el oído para penetrar nuestro corazón con su Palabra, que es la espada que llega a nuestro interior, para cortar el mal de raíz de nuestra vida, a fin de que todo lo bueno que nos caracteriza se multiplique? (HB. 4, 12).
¿Nos hacemos atrás cuando el Señor nos invita a vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre? (LC. 9, 61-62).
Dado que quienes aran la tierra tienen que estar pendientes de la profundidad con que hacen los surcos, no pueden mirar atrás. La excusa que el personaje de que nos habla San Luca en los versículos de su Evangelio que estamos considerando brevemente de despedirse de su familia antes de seguir a Jesús, representa las excusas que nosotros podemos tener, para no vivir como cristianos auténticos. Los estudios, las diversiones, el trabajo, el cuidado de los padres mayores, y otros asuntos, pueden impedirnos desarrollarnos como cristianos, si no queremos vivirlos haciéndolos dependientes de la fe que nos caracteriza, la cual, en vez de instarnos a olvidar los mismos como creen que sucede quienes nos consideran fanáticos religiosos, nos hace vivirlos plenamente, dando lo mejor que tenemos, en cada situación que vivimos.
¿Quienes tenemos conocimientos bíblicos, ¿somos capaces de exponerlos ante quienes no conocen la Palabra de Dios, de una forma clara para que los comprendan, y tomen la decisión de profesar la fe que nos caracteriza?
(MC. 10, 19-20). El joven rico le dijo a Jesús que cumplió cabalmente los Mandamientos de la Ley, y que quería hacer algo que le ayudara más y mejor a crecer espiritualmente. Quizás a algunos de nosotros nos sucede lo mismo que al joven rico, pues estamos acostumbrados a observar ciertas prácticas religiosas desde que éramos niños, no hemos matado a nadie, no hemos robado, no les hemos sido infieles a nuestros cónyuges... Frecuentemente recibo cartas de hermanos que me piden que les recomiende libros de lectura religiosos, porque afirman que están cansados de leer los Evangelios, pues dicen que casi se los saben de memoria. Yo respondo esos correos preguntándoles a dichos hermanos si aplican el mensaje evangélico a su vida si es verdad que se lo saben, porque, el joven rico, alardeando de que para él el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley era cosa de niños, cuando estuvo ante la posibilidad de seguir a Jesús, cambiando la seguridad que le aportaban las riquezas materiales, por la seguridad que le aportaba la posibilidad de sentirse amado y consecuentemente protegido por Dios, se llevó una gran decepción, porque esperaba de Jesús que le ordenara rezar más de lo que lo hacía, que diera alguna limosna más de las que daba, y otras cosas que no supusieran recibir un golpe donde más le dolía.
En los Hechos de los Apóstoles, leemos que Saulo de Tarso cayó en tierra cuando se le apareció Jesús cuando se dirigía a Damasco a encarcelar a los cristianos, lo cual indica que el Señor lo vació de sus convicciones, para adaptarlo al cumplimiento de la voluntad del Padre, y de la misión que le encomendó, de evangelizar a los paganos. En los Evangelios, en los relatos de las negaciones a Jesús de San Pedro, se nos da la clave para comprender la razón por la que dicho Apóstol del Señor tuvo que aprender a confiar más en Dios que en sí mismo.
¿Quién puede abrazar plenamente la fe que profesamos, sin hacer una gran renuncia, que puede ser percibida como un enorme sacrificio? No creamos nunca que nuestra fe es completa, ni que el cumplimiento de alguna prescripción religiosa es muy fácil para nosotros, para evitar llevarnos una gran decepción, ya sea de Dios, o de nosotros mismos, como le sucedió al joven rico.
(MC. 10, 21-22). Aunque Jesús sabía que el joven rico nunca llegaría a ser su seguidor, lo miró con amor sincero, indicándonos que hagamos lo propio, cuando estemos ante quienes no quieran aceptar nuestras creencias. Recuerdo una anécdota que me contó una señora hace bastantes años. Un día en que le estaba enseñando a su hija que no se debe mentir, sonó el teléfono de su casa. La niña descolgó el auricular del teléfono, y cuando le dijo a la madre que la llamada era para ella, le preguntó quién la llamaba. Cuando la pequeña le dijo el nombre de una de sus amigas con quien no quería hablar, le respondió rápidamente: Dile que no estoy.
Si predicamos que debemos amar a toda la humanidad, y no soportamos a quienes contradicen nuestras ideas, ¿será creíble el mensaje que pretendemos difundir?
el joven rico quiso saber lo que necesitaba conocer para alcanzar la perfección, y Jesús le dijo que debía renunciar a sus riquezas, y como la riqueza material afectaba su vida hasta el punto de entorpecer su crecimiento espiritual, se le hizo necesario vender sus bienes y darles el dinero obtenido a los pobres, con tal de mejorar su relación con Dios y, consiguientemente, con sus hermanos los hombres.
¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestro hombre viejo para llegar a unirnos a Dios hasta llegar a hablar de nosotros, porque no existe nadie ni nada que nos pueda separar de Él?
Si Dios nos amara superficialmente, no nos pediría que nos perfeccionemos para ser dignos de vivir en su presencia. Los padres que aman a sus hijos superficialmente, no hacen hincapié en que estudien o encuentren la manera de buscar un trabajo que los haga autónomos y los disponga a superar cualquier dificultad que puedan tener. El amor profundo y sincero dice la verdad, pues, aunque la misma sea dolorosa, el hecho de conocerla, siempre nos aporta beneficios, aunque, antes de experimentar los mismos, tengamos que superar el dolor que nos servirá de pórtico para vivir la gloria de Dios.
Jesús miró al joven rico -nos dice San Marcos en el Evangelio de hoy-, y le amó.
¿Nos sentimos amados por Dios en nuestras dificultades, o captamos la mirada de Nuestro Santo Padre como la de un espía que acecha nuestro defecto más insignificante para enviarnos al infierno?
Jesús le dijo al joven rico: Una cosa te falta para ser perfecto.
¿Qué nos falta para alcanzar la perfección que Dios quiere para nosotros?
Venzamos nuestros defectos, empezando por el más insignificante, y así iremos superándonos a nosotros mismos, a medida que gradualmente venzamos defectos más difíciles de superar.
Cuando hayamos superado nuestro defecto dominante, según nos dejemos purificar y santificar por Dios, estaremos dispuestos a recibir el tesoro que nos ah sido reservado en el cielo, en conformidad con la disposición con que llevemos con dignidad la cruz que nos sirve de medio para superarnos a nosotros mismos, pues somos nuestros mayores rivales.
Jesús le pidió al joven rico que vendiera sus posesiones, porque las mismas obstaculizaban su crecimiento espiritual. No debemos entender bajo ninguna circunstancia que Jesús nos exige que vendamos nuestras posesiones, pues, lo que nos pide, es que las administremos de manera que no tengamos carencias, y tampoco dejemos sin atender a quienes necesitan de nuestros bienes, para no vivir bajo el umbral de la pobreza.
Pensemos si el dinero es nuestro servidor, o si es nuestro amo.
¿Trabajamos para vivir, o vivimos para trabajar?
2. La fe, la riqueza y el egoísmo.
(MC. 10, 23). Hay ricos que tienen plenamente cubiertas sus necesidades, y también tienen garantizado el cumplimiento de todos sus deseos relacionados con la consecución de bienes terrenos. Tales ricos no pueden crecer espiritualmente con ninguna facilidad, porque confían más en sus posesiones que en Dios. Esta misma situación también la viven quienes, aunque no son ricos, consagran su vida a la consecución de bienes materiales, aunque ello sea muy difícil para los tales.
Cuando muchos que tienen dinero pierden algún bien que es muy importante para ellos, o se sienten vacíos interiormente por causa de la muerte de un familiar u otra situación dolorosa, intentan deshacerse de su tristeza, por medio de la adquisición de más bienes de los que tienen. No necesitamos ser ricos para huir de nuestros problemas alcoholizándonos, viendo TV., o comprando cosas que nos gusten o, aunque carezcan de importancia para nosotros, nos eviten pensar en los problemas que no queremos -o no podemos- resolver.
La abundancia de bienes, el disfrute excesivo de los placeres mundanos, y la invención de una realidad superflua que enmascara una situación dolorosa ante los demás, son medios que agravan los problemas que tenemos y retrasan la solución de los mismos, creándonos dificultades, tanto a corto como a medio y largo plazo.
¿De qué nos sirve la ambición excesiva de alcanzar riquezas, si carecemos de afecto humano, y estamos expuestos a sufrir las consecuencias de vivir aislados, a no ser que estemos preparados para que ello no nos aporte grandes dosis de sufrimiento? (MT. 16, 24-26).
(MC. 10, 24-26). Los judíos creían que las riquezas y la buena salud eran bendiciones de Dios merecidas por quienes cumplían puntualmente su Ley, y que, la pobreza y las enfermedades, caracterizaban a quienes merecían ser castigados, por incumplir los preceptos divinos. Esta es la razón por la que los discípulos de Jesús, pensaron, cuando escucharon las citadas palabras de Nuestro Maestro y Señor: Si para los ricos prácticamente es imposible salvarse, ¿qué esperanza tenemos los pobres de vivir en la presencia de Dios aunque sea en la actualidad, si no terminamos de pagar nuestras culpas?
Aunque en nuestro tiempo hay denominaciones cristianas que siguen defendiendo la citada creencia de los judíos de que las riquezas simbolizan la religiosidad de quienes las poseen, lo cierto es que hay creyentes muy ricos, y creyentes extremadamente pobres. Las riquezas que podamos tener, no significan que tenemos fe en Dios, ni que nos es indiferente su existencia.
3. ¿Qué recompensa merecemos quienes intentamos vivir como cristianos practicantes por nuestra predicación y las buenas obras que realizamos?
(MC. 10, 27-30). Jesús les dijo a sus discípulos que, quienes inviertan algo de valor en su causa, serán recompensados cien veces más en este mundo, aunque no necesariamente recibiendo lo mismo que den. A modo de ejemplo, quienes se han separado de sus familiares porque los mismos no les permitían ser cristianos, han recibido muchos más hermanos y madres que a los que renunciaron, aunque los mismos no son carnales, sino, espirituales.
Aunque Dios recompensa a sus creyentes por servirle en sus hijos los hombres, no debemos olvidar que podemos ser víctimas de persecuciones. En el caso de que ello nos suceda, oremos para que nunca se deba a nuestra conducta inadecuada, sino al rechazo que muchos sienten con respecto a Dios.
Jesús se valió de la realidad de la persecución, para que nadie lo siga teniendo en mente la consecución de recompensas materiales. No todos los cristianos tenemos que vivir persecuciones a muerte necesariamente.
Concluyamos esta serie de tres estudios bíblicos, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a entender que, el Dios Uno y Trino, es nuestra mayor riqueza.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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