Domingo V de Cuaresma del Ciclo A.
Jesús es el Camino que nos conduce a Dios, la Verdad que nos hace libres, y la vida de gracia que experimentamos cuando nos disponemos a cumplir la voluntad divina.
Ejercicio de lectio divina de JN. 11, 1-45.
Lectura introductoria: (1 COR. 15, 13-14).
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Durante los Domingos III, IV y V de Cuaresma del presente Ciclo A de la Liturgia de la Iglesia Católica, a través del Evangelio de San Juan, descubrimos que Jesús representa para nosotros, la plenitud de la vida que deseamos alcanzar. San Juan nos presenta en su Evangelio al Dios hecho Hombre (JN. 1, 14), un Dios que se humanizó, hasta llegar a sufrir por quienes amó (JN. 11, 35), y experimentar en Sí mismo el padecimiento.
Al compararnos con los diversos personajes que aparecen en el Evangelio que meditaremos en el presente trabajo, podemos descubrir nuestra manera de vivir la fe que profesamos, pues vivimos recorriendo un camino en el que, la visión negativa que tenemos muchas veces de las dificultades que caracterizan nuestra vida, hace que nuestra fe tenga altibajos, así pues, es frecuente que sintamos que nuestra fe se agrande cuando no tenemos dificultades, y que se debilite cuando vivimos episodios en los que experimentamos un dolor intenso. A modo de ejemplo, en el Evangelio que meditaremos en este trabajo, vemos que las hermanas de Lázaro avisaron a Jesús cuando el amigo del Señor se enfermó (JN. 11, 3), y que la fe de ambas sufrió un duro revés, cuando su hermano falleció, y Jesús no impidió tan trágico acontecimiento, teniendo el poder necesario para hacerlo (JN. 11, 21 y 32). Quizás nosotros tenemos fe en el Señor y lo servimos puntualmente en nuestros prójimos los hombres, pero hemos sentido el debilitamiento de nuestra fe después de conocer la enfermedad de uno de nuestros familiares, cuando hemos perdido el trabajo, o cuando se nos ha muerto un familiar o amigo querido.
Los discípulos de Jesús seguían a su Maestro, pero su entrega al cumplimiento de la voluntad divina estaba limitada por el temor de que los judíos atentaran contra Jesús, e incluso tomaran represalias también contra ellos (JN. 11, 8). Quizás servimos al Señor en nuestros prójimos los hombres desde hace muchos años, pero aún no hemos conseguido que ello se convierta en una de nuestras prioridades más importantes. Cuanta más importancia le demos al seguimiento de Jesús, seremos mejores discípulos del Mesías.
A Santo Tomás Apóstol se le conoce porque no le fue fácil creer que Jesús resucitó de entre los muertos (JN. 20, 24-25), pero, en el Evangelio de hoy, se le ve queriendo morir con el Unigénito de Dios (JN. 11, 16). Tomás se entregó a la realización del proyecto de Jesús totalmente, pero perdió la fuerza cuando sospechó que el Mesías no podría escapar de sus enemigos, y fue tan intenso su dolor, que pensó que su vida no tenía sentido si la obra del Señor no se llevaba a cabo, y por eso, no sólo tomó la decisión de morir con Jesús, sino que fue tan grande su desánimo, que instó a sus compañeros a hacer lo mismo. Quizás nosotros también hemos emprendido un proyecto con muchas ganas, y nos ha invadido el pesimismo cuando las cosas no nos han salido como lo hubiéramos deseado. A lo largo de los años que llevo predicando en Internet, me he encontrado con bastantes predicadores que han trabajado en la viña del Señor durante muchos años sufriendo altibajos respecto de su fe. Empezaron a predicar el Evangelio con mucha ilusión, pero no contaban inicialmente con lo difícil que es predicar la Palabra de Dios en ciertas situaciones. Cuando tenemos dificultades, tenemos dos opciones, consistentes en que las resolvemos en cuanto nos sea posible, o nos negamos a ello, afrontando la frustración como podamos. Quizás nos hemos convertido al Cristianismo pensando en ser mejores personas, pero ello no nos será posible hasta que hayamos aceptado plenamente quiénes somos y qué somos. Cuando aceptamos nuestra realidad y dejamos de sufrir porque las cosas no son como queremos que sean, encontramos la manera de resolver nuestros problemas en la medida que nos sea posible, y de ser los hijos e hijas en quienes Dios está pensando desde la eternidad.
Entre quienes les daban el pésame a las hermanas de Lázaro, había quienes compadecían a Jesús por causa de su llanto y su dolor (JN. 11, 33 y 35), y quienes pensaban que, si verdaderamente el Señor había sanado a un ciego (JN. 9, 1-41), también debía poder resucitar a un muerto (JN. 11, 36-37). ¿Tenemos la costumbre de juzgar sin conocer profundamente las razones que mueven a actuar de alguna manera a quienes enjuiciamos?
Quizás no es esta la primera ocasión en la que hemos equiparado nuestra fe a la creencia en Jesús de los citados personajes que aparecen en el texto del cuarto Evangelio que meditaremos en el presente trabajo, pero quizás sí es esta la primera ocasión en la que equiparamos nuestra fe al cadáver de Lázaro. Es necesario hacer este trabajo, porque puede sucedernos que no sintamos que somos felices, y que pensemos que estamos muertos a todo aquello que necesita cualquier persona para poder realizarse en esta vida, para lograr alcanzar la plenitud de la felicidad. ¿Cuáles son las muertes arraigadas en la visión catastrófica que tenemos respecto de nuestra fragilidad que nos hacen perder la ilusión que necesitamos para seguir superando obstáculos y alcanzando metas? Podemos vivir como muertos si perdemos la esperanza de crecer, cuando no controlamos el miedo que nos es necesario para protegernos y no arriesgarnos demasiado y paraliza nuestra capacidad de superarnos día a día, cuando dejamos de luchar por lo que deseamos porque la creencia de que somos inútiles es más estable que nuestro afán de superación, cuando la indiferencia nos induce a abandonar la realización de nuestros buenos propósitos, cuando no distinguimos la soledad que tan necesaria nos es para conocernos del aislamiento que nos impide tener relaciones de calidad y con calidez, cuando nos quejamos de lo mal que está el mundo y no efectuamos los cambios necesarios en nuestro interior para impulsar el cambio positivo del mundo desde nuestro interior, y cuando cargamos a los demás con nuestras propias responsabilidades.
Para superar las muertes mencionadas, necesitamos aceptarlas, porque la aceptación, que no tiene nada que ver con la famosa resignación cristiana, nos hará renunciar a los lamentos estériles, y nos impulsará a buscar la manera de resucitar de tales muertes, de la misma manera que Lázaro salió de la tumba. Lázaro salió de su sepulcro envuelto en las vendas que fueron utilizadas para embalsamarlo antes de enterrarlo. Nosotros superaremos las muertes que nos caractericen, y, para lograr alcanzar tales propósitos, tendremos que quitarnos las vendas del miedo incontrolable, la falta de interés, la pereza y el hecho de dejar de creer que no somos personas válidas, a pesar de lo que no nos gusta de nosotros como las enfermedades que padecemos, con las que tendremos que aprender a vivir durante años, o quizás hasta el fin de nuestros días.
La resurrección de las citadas muertes no se lleva a cabo generalmente en nosotros en un periodo de tiempo corto, por lo que es posible que en algunos casos tarde años en concluirse, pues ello depende de la fuerza de voluntad con que queremos superar los citados estados. A modo de ejemplo, en el caso del fallecimiento de un ser querido, podemos dar los siguientes pasos:
1. Cuando fallece alguien a quien amamos mucho, podemos estar un tiempo pensando que queremos despertar de esa pesadilla. Cuando se pierde una cantidad de dinero respetable existe la posibilidad de que podamos volver a ganarla, o podemos aprender a vivir sin el mismo. Si perdemos un trabajo, podemos encontrar otro, o aprender a vivir con menos dinero. Si perdemos una relación de amistad, podemos relacionarnos con otra persona, o asumir la idea de que tenemos una relación menos. Cuando fallece alguien a quien amamos mucho, sentimos que nuestro corazón es sepultado, y que no podemos recuperarlo. Dado que la muerte es la pérdida más dolorosa que afrontamos durante los años que vivimos, es necesario dividir el proceso de duelo en varios pasos.
2. Ya que nos es difícil aceptar la pérdida de nuestros seres queridos, es posible que sintamos rabia contra ellos porque nos dejaron solos, contra el personal sanitario que los atendió si murieron enfermos porque a nuestro juicio cometió una negligencia que les costó la vida, que nos enfademos con nosotros por no haberles dedicado el tiempo que merecían y cuando fallecieron nos percatamos de lo que significaban para nosotros, o que nos enfademos con Dios por habérnoslos arrebatado. ¿Nos está permitido enfadarnos con Dios? Yo jamás me enfadaría con Buda ni con Mahoma porque no soy budista ni musulmán, pero puedo sentirme decepcionado por Dios si he depositado mi confianza en Él, y siento que me ha traicionado. A este respecto, no veamos el enfado como pecado, y expresemos nuestras emociones en voz alta cuando estemos solos, o hagámoslo por escrito, y quememos el papel en el que las plasmemos después de escribirlas y de volverlas a leer pausadamente si somos cristianos, o hagámoslo trozos muy pequeños y arrojémoslo al aire, si nuestras creencias son orientales.
3. Cuando dejamos de ver la muerte de quienes amamos como una pesadilla de la que queremos despertar y no podemos hacerlo, podemos empezar a buscar personas y causas tales como nuestro trabajo que nos ayuden a seguir viviendo, pero, como nuestros seres queridos han fallecido y no los tenemos con nosotros, el proceso de negociación se convierte en un gran fracaso.
4. El fracaso mencionado en el paso anterior, da lugar a un episodio de tristeza profunda.
5. Si la tristeza mencionada en el punto anterior se supera, se llega a la aceptación del fallecimiento de nuestros seres significativos. Esto no significa que nuestro dolor desaparecerá, sino que no viviremos permanentemente afectados por el sufrimiento de querer recuperar a quienes amamos, pues, aunque tenemos sus recuerdos, no podemos querer recuperar sus cuerpos en la actualidad, porque ello carece de sentido. Podemos recordar cómo los amábamos y correspondían nuestro afecto, pero no podemos desear abrazarlos. La espiritualidad desempeña un papel muy importante en el proceso de aceptación del fallecimiento de quienes amamos, y nos hace homenajear a quienes fallecieron intentando ser tan felices como ellos deseaban que lo llegáramos a ser. Ello puede suceder perfectamente si perdonamos a Dios y a todos aquellos con quienes nos hemos enfadado, y si también nos perdonamos por no haber estado a la altura de las circunstancias. Quizás en el pasado no veíamos ciertos sucesos que acontecieron como los vemos ahora, pero no olvidemos que, aunque nos equivocamos, actuamos lo mejor que pudimos, e hicimos lo que pensamos que teníamos que hacer.
Podremos resucitar de muchas muertes si ponemos un gran empeño en ello y nos hacemos instruir por personas capacitadas en recorrer el camino que conduce de la oscuridad a la luz, pero no olvidemos que necesitamos dividir nuestra resurrección en pasos que hemos de dar en el tiempo que necesitemos, tal como hemos dividido el proceso de superación de la muerte de un ser significativo en cinco pasos.
Oremos:
¿Cómo debemos predicar el Evangelio para que dicha labor sea fructífera? Desde que celebró el Concilio de Trento, la Iglesia Católica ha anunciado la Palabra de Dios partiendo de la grandeza del amor de la Divinidad que se interesa por la frágil humanidad, pero cada día estoy más convencido de que también es necesario predicar el Evangelio desde el hombre como buscador de respuestas que necesita para encontrar el sentido de su vida, el cuál es, desde el punto de vista de los cristianos, Nuestro Dios y Padre. Esto lo deduzco del hecho de que las hermanas de Lázaro partieron de la enfermedad del amigo del Señor para pedirle ayuda a Jesús (JN. 11, 3). También nosotros somos conscientes de que en nuestro ambiente hay enfermos físicos, psíquicos y espirituales que necesitan conocer al Señor, pero, ¿hacemos nuestro mejor esfuerzo para que ello sea posible?
(JN. 11, 5). Jesús amaba a los tres hermanos de Betania, y también nos ama a nosotros. Jesús ama a aquellos que necesitan que les prediquemos su Palabra, y también nos ama a nosotros. Jesús nos ama a todos, independientemente de que seamos sus discípulos y de cuál sea nuestro estado. Sirvamos a Jesús en nuestros prójimos los hombres, sin olvidar que, a lo largo de nuestra vida, tenemos tiempo para trabajar como discípulos, para ser ayudados como carentes de dádivas espirituales y materiales, y para ser socorridos como enfermos. Hagamos por nuestros prójimos los hombres lo que quisiéramos que ellos hicieran por nosotros, si necesitáramos de su compasión y de su ayuda (MT. 7, 12).
(JN. 11, 17). Cuando Jesús llegó a Betania, se encontró con que Lázaro llevaba cuatro días sepultado. Hace muchos años, me dijo un alcohólico: -No sé si debo rehabilitarme, porque me han dicho que ese proceso puede ser muy largo. Yo le dije: -Independientemente de lo largo que sea ese proceso, lo importante es que dejes de consumir alcohol. Oremos y esforcémonos para no perder la fe si Dios tarda en ayudarnos, porque algún día nos socorrerá, y nos percataremos de que no nos ha abandonado. Permanezcamos en estado de contemplación unos minutos, pensando en el hecho de que Dios no nos ha desamparado.
2. Leemos atentamente JN. 11, 1-45, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de JN. 11, 1-45.
3-1. Un enfermo llamado Lázaro (JN. 11, 1-2).
El pueblo de Betania estaba aproximadamente a unos tres kilómetros al este de Jerusalén en el camino de Jericó. Betania estaba tan cerca de Jerusalén como para que Jesús y sus discípulos corrieran peligro, pero a suficiente distancia como para que no llamaran la atención de los enemigos del Mesías apenas entraran en el pueblo. Este hecho me recuerda que hemos de estudiar los pros y los contras de las decisiones que tomemos a lo largo de los años que vivamos.
San Juan inicia el capítulo 11 de su Evangelio hablando de un enfermo llamado Lázaro. ¿Conocemos a los enfermos que viven en nuestro ambiente por sus nombres? ¿Nos relacionamos con ellos? ¿Podemos meditar la muerte y la resurrección de Lázaro sintiéndonos hermanos de los Lázaros que viven sin esperanza en los ambientes que frecuentamos?
3-2. Señor, estos hermanos míos a los que amas, están enfermos y tienen carencias espirituales y materiales (JN. 11, 3).
Tanto a nivel individual como a nivel comunitario, presentémosles al Señor en oración a los enfermos físicos, psíquicos y espirituales de los ambientes que frecuentamos. Averigüemos los nombres de quienes podamos, y oremos por ellos, así como Marta y María le hicieron llegar su inquietud a Jesús. Los que tienen enfermedades y carencias no son extraños para el Señor, pues son aquellos a quienes Jesús ama.
Las hermanas de Lázaro creían que el Mesías podía impedir que Lázaro muriera porque lo habían visto hacer prodigios. Jesús no ha hecho ningún prodigio en nuestra presencia, pero podemos considerarnos dichosos si creemos en su poder y en su amor (JN. 20, 29), pues sabemos de sus obras por lo que se dice de las mismas en el Nuevo Testamento, por nuestra conversión al Evangelio, y por cómo hemos visto que algunos de nuestros hermanos en la fe han cambiado sus vidas, a pesar de que muchos de sus seres significativos perdieron la fe en que ello sucediera. No sólo leyendo vidas de Santos, sino que también conociendo la fe de muchos cristianos de a pie, podemos comprobar que, cuando los tales han necesitado ayudas extraordinarias, Dios los ha socorrido con recursos extraordinarios.
3-3. Los padecimientos de la humanidad no son inútiles (JN. 11, 4).
Cuando el Patriarca Jacob murió, once de sus hijos tuvieron miedo de que José tomara represalias contra ellos, porque en el pasado lo vendieron como si hubiera sido su esclavo (GN. 37, 28). Ellos sabían que José no se vengaría de sus hermanos mientras viviera su anciano padre con tal de no hacerlo sufrir, pero, ¿qué haría a partir del día del fallecimiento del último de los Patriarcas? Cuando José fue interrogado al respecto de ello por sus hermanos, les preguntó si él ocupaba el lugar de Dios, ya que no se consideraba juez de nadie, y, del hecho de haber sido esclavo, vio como positivo el hecho de haber salvado a su familia de la pobreza que asoló la tierra de Canaán (GN. 50, 19-20), cuando fue a pedir ayuda a Egipto, y se encontró con que él había alcanzado un gran poder.
¿Creemos junto a San Pablo que Dios interviene en todo aquello que nos sucede para beneficiarnos, a pesar de que no nos evita el sufrimiento? (ROM. 8, 28). Nuestro sufrimiento sirve para glorificar a Dios si le permitimos al Espíritu Santo que nos ilumine para que obtengamos enseñanzas de lo que erróneamente llamamos adversidad, si consideramos que, a pesar de que nos causa dolor, nos termina beneficiando.
Nuestras dificultades ponen a prueba la fe que tenemos tanto en Dios, como en nosotros y en nuestros prójimos los hombres.
Dado que no queremos creer que Dios es malo, y no sabemos responder satisfactoriamente las cuestiones inherentes al sufrimiento, cuando queremos buscar respuestas a las mismas, se nos dice que los caminos de Dios son misteriosos, y que no investiguemos más, porque Él nos ama, y responderá dichas preguntas cuando lo considere oportuno, y no lo hará cuando deseemos que ello suceda, porque sólo Nuestro Padre común sabrá cuál será el mejor momento para ello. Esta respuesta pretende no dejar a Dios como un asesino sin escrúpulos, cosa que no todos los que la consideran aceptan fácilmente. Es cierto que nuestros sufrimientos nos aportan enseñanzas, como también lo es que Dios no quiere para nada el sufrimiento ni nos lo envía, y que no es tan mal pedagogo para no tener otra manera de inculcarnos sus enseñanzas que no consista en castigarnos con una refinada maldad de la que supuestamente tenemos que creer que no es otra cosa que el gran amor que nos manifiesta. Si amamos a nuestros familiares y damos por sentado que el amor y la sabiduría de dios son superiores a nuestro amor y a nuestra sabiduría, ¿cómo podemos creer que Dios desea que quienes ama sufran? ¿Cómo es posible que tengamos formas de transmitir nuestros conocimientos sin agresividad, y que Dios no encuentre una manera de enseñarnos su Palabra sin herirnos física y/o psíquicamente?
Nota: Para obtener más información sobre lo que pensaba Jesús sobre el sufrimiento, leed el apartado 3-2 del ejercicio de lectio divina del Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A.
3-4. ¿Por qué no le evitó Jesús la muerte a Lázaro? (JN. 11, 5-7).
Cuando Jesús supo que Lázaro estaba gravemente enfermo, estaba aproximadamente a medio día de distancia de Betania (JN. 10, 40). A pesar de ello, aunque el Señor amaba a los tres hermanos de Betania, permaneció dos días donde estaba, antes de buscar el cadáver para resucitarlo. ¿Por qué permitió Jesús que Lázaro muriera, si tenía el poder necesario para devolverle la plenitud de la salud a su amigo? Como todos sabemos, el cuarto Evangelio es un libro simbólico, por lo que no ha de ser interpretado literalmente.
Nota: Leed el apartado 3-2 del ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Dado que Jesús resucitó al tercer día de su muerte, el Señor inició su viaje a Betania a partir del tercer día de la muerte de Lázaro, en el que los judíos creían que las almas de los difuntos dejaban de rondar los cadáveres, y resucitó a su amigo el cuarto día de su muerte, día en el que debía empezar a descomponerse el cuerpo del fallecido.
Jesús resucitó a la hija de Jairo en la casa de su padre (LC. 8, 54-55), al hijo de la viuda de Naím a la entrada de la ciudad (LC. 7, 11-15), y a Lázaro en su mismo sepulcro (JN. 11, 43-44). Vemos cómo según avanzó el Ministerio público de Jesús el Señor resucitó muertos entre las casas de los tales y el sepulcro, cuyo acceso significaba la separación del mundo de los vivos del mundo de los muertos.
¿Por qué no nos evita el Señor el sufrimiento? Sabemos que nuestro sufrimiento nos aporta enseñanzas, pero no sabemos por qué Dios no nos lo evita apenas nos acontece. En el caso de Lázaro, el Señor no le evitó el sufrimiento y la muerte, porque la resurrección del citado amigo del Mesías era un símbolo de la Resurrección del Hijo de Dios y María, y por lo tanto simbolizaba también la vida eterna. Aunque Lázaro volvió a morir, Jesús le concedió un tiempo de vida que simbolizó la vida eterna que añoramos, en la que no existirá el sufrimiento.
3-5. El miedo de los discípulos de Jesús (JN. 11, 8).
Los discípulos de Jesús tenían miedo de que los enemigos del Mesías arrestaran al Señor y tomaran represalias contra ellos por ser sus seguidores. Dado que Jesús era Hombre, es muy probable que también le tuviera miedo a los castigos que pudieran infringirle las autoridades religioso-políticas e incluso a la muerte, pero, a pesar de ello, tenía que resucitar a Lázaro, y devolverles la alegría a las dos hermanas de su amigo.
¿Somos los discípulos de Jesús que Dios espera que lleguemos a ser, o nos lo impiden el miedo o el desinterés?
¿Es el cumplimiento de la voluntad de Dios una de nuestras prioridades, o se reduce nuestra profesión de fe a la vivencia de una serie de formalismos sociales?
¿Profesamos nuestra fe públicamente, o la guardamos celosamente?
3-6. El día y la noche (JN. 11, 9-10).
Andar durante el día, en el Evangelio que estamos considerando, significa cumplir la voluntad divina, y, andar de noche, significa vivir bajo la Ley del pecado. En el caso de que el Señor tuviera miedo de lo que pudieran hacer con Él sus enemigos, ello no le impedía cumplir con lo que consideraba su deber primordial. Ello nos llama la atención, porque quizás podemos caer en la tentación de ser poco productivos en nuestro trabajo si sospechamos que nos pueden despedir, o probablemente no hacemos algo que teníamos previsto para beneficiar a un familiar -o amigo- de quien no esperamos agradecimiento alguno por ello, pero Jesús sabía que vino al mundo para morir y resucitar, y por ello actuó pensando que la vida de Lázaro era superior a su vida terrenal. Jesús sabía que si se lo jugaba todo a la carta del Dios misericordioso, terminaría ganando el juego.
3-7. El sueño de Lázaro (JN. 11, 11-13).
En la biblia, el sueño es equiparado a la muerte. Cuando Jesús llegó a casa de Jairo y vio llorar a las mujeres que cobraban por ello, las instó a no llorar más, porque la hija del presidente de la Sinagoga estaba dormida (LC. 8, 52).
Jesús les habló a sus discípulos de la muerte de Lázaro con tanta naturalidad, que creyeron que el hermano de Marta y María estaba dormido.
3-8. ¿Hubiera evitado Jesús la muerte de Lázaro si hubiera estado en Betania cuando falleció su amigo? (JN. 11, 14-15).
Es probable que Jesús hubiera evitado el sufrimiento y la muerte de su amigo si hubiera estado en Betania. Desde esta perspectiva, si los discípulos del Mesías hubieran estado en el pueblo de los amigos del Señor, no hubieran podido creer en el poder que el Redentor de la humanidad tiene para resucitar a los muertos, si no hubieran tenido la oportunidad de ver salir a Lázaro atado con vendas y con el rostro envuelto en un sudario de su propio sepulcro.
3-9. La fe viva de Tomás (JN. 11, 16).
Tomás es uno de los Apóstoles de Jesús menos valorado, porque dudó de la realidad de la Resurrección del Mesías (JN. 20, 24-25). Entre nosotros hay muchos que afirman que creen que Jesús ha resucitado, pero, de su manera de proceder, no se deduce que sean cristianos. La fe cristiana se ha convertido para bastantes creyentes en una sucesión de formalismos sociales que los hacen aparecer ante la sociedad como personas de bien, y en un refugio en el que se ocultan para evitar la resolución de sus problemas. No llamemos pecador a Tomás porque quiso asegurarse de que Jesús resucitó realmente de entre los muertos, y pensemos qué tipo de seguidores de Jesús somos. Mientras que se nos ha enseñado a muchos cristianos a considerar que nuestra fe sólo se reduce al plano mistérico, Jesús se alegró porque Tomás quiso comprender y comprobar sus creencias en cuanto le fuera posible. Además, en el Occidente marcado por los avances científicos, cada día tienen menos aceptación los misterios, y prima más la necesidad de explicarlo todo.
Acercarse a Jerusalén era peligroso tanto para Jesús como para sus discípulos. Tomás y sus compañeros sabían que el hecho de ir a Betania los ponía a todos en peligro, y por ello intentaron hacer que el Señor desistiera de su pretensión (JN. 11, 8). Los discípulos no entendían por qué Jesús pretendía morir, pero le eran leales al Mesías.
¿Cuál es el precio que estamos pagando para poder ser seguidores de Jesús? El Cristianismo es un camino de felicidad y renuncias, y, si el seguimiento de Jesús no tiene ningún precio para nosotros, consideremos si realmente somos cristianos.
Tomás, como mellizo (Dídimo) del Señor, no quiso morir por Jesús como Pedro (JN. 13, 37), sino morir con Jesús. El pesimismo de Tomás ha sido invertido por los cristianos que pensamos que morir con Jesús significa morir implicándonos en la causa del Mesías. Morir por Jesús es ver la profesión de fe como una acumulación de sacrificios, tal como lamentablemente se les ha enseñado a muchos seguidores del Hijo de Dios y María a lo largo de la Historia.
3-10. El cuarto día a partir de la muerte de Lázaro (JN. 11, 17-19).
Los judíos creían que las almas dejaban de merodear en torno de los difuntos al tercer día del fallecimiento de los mismos, y sabían que al cuarto día, en que Jesús resucitó a Lázaro, empezaban a descomponerse los cadáveres. Jesús resucitó a Lázaro en el citado día para disipar las dudas de fe de quienes no creían que procede de Dios, ni aceptaban su poder divino. Recordemos nuevamente que el Evangelio de San Juan es un libro simbólico, por lo que hemos de evitar interpretarlo literalmente.
Dado que fueron muchos los judíos que consolaron a Marta y María por la muerte de su hermano, hemos de dar por cierto el hecho de que Lázaro y sus hermanas no rompieron sus relaciones con los saduceos ni con los fariseos tal como hicieron muchos creyentes en Jesús, ya que las autoridades religioso-políticas rechazaban a los seguidores del nuevo Mesías, hasta llegar a excomulgar a los tales de sus casas consagradas al culto (JN. 9, 22).
3-11. Dos maneras diferentes de tener fe en Dios (JN. 11, 20).
Marta salió al encuentro de Jesús, mientras que su hermana se quedó en su casa, atendiendo a quienes le daban el pésame. Atendiendo al texto de LC. 10, 38-42, recordamos cómo Marta debería haberse quedado atendiendo a la gente, y María debería haber sido la que tendría que haber ido al encuentro de Jesús, por haber permanecido escuchando las palabras divinas a los pies del Maestro. Contra todo pronóstico, Marta se sirvió de su fe intelectual para buscar al Señor, y la fe espiritual de María fue enterrada en la tumba de Lázaro. Mucho se nos habla a los católicos de la admiración que debemos sentir por los contemplativos, pero, en el Evangelio que estamos considerando, la fe de Marta la activa, fue superior a la fe de María la contemplativa.
La fe de los activos no es superior a la fe de los contemplativos, pero el Señor desea que conozcamos su Palabra, que pongamos en práctica sus enseñanzas, y que oremos insistentemente al mismo tiempo. Estos son los tres pilares que evitarán que nuestra fe se debilite hasta extinguirse.
3-12. el reproche a Jesús y la fe de Marta (JN. 11, 21-22).
Marta sabía que Jesús amaba a su familia, y por eso se sintió decepcionada por el Señor, ya que el Mesías no evitó el padecimiento ni la muerte de su hermano. Tal decepción no logró que Marta se sintiera rechazada por Jesús, de quien pensó que, de haber llegado a Betania a tiempo, no hubiera permitido que sucediera lo que aconteció. Ella sabía que Jesús podría haber socorrido a su hermano y no lo hizo, pero, como no concebía la idea de que el Mesías rechazó a Lázaro, pensó que no lo ayudó, en atención a algún propósito divino, de cuya existencia ella no sabía absolutamente nada.
Marta sabía que Nuestro Santo Padre no le negaría nada a Jesús, y por eso constataba el aumento de su dolor, al pensar que Jesús no fue a Betania a tiempo para evitar el padecimiento y la muerte de Lázaro.
¿Qué pensamos cuando sabemos que Dios puede evitarnos situaciones difíciles y no nos ayuda como queremos que lo haga?
3-13. Tengamos fe en el Señor aquí y ahora (JN. 11, 23-24).
Jesús le dijo a Marta que su hermano resucitaría aquel mismo día, pero ella entendió que el Señor actuaba como quienes le daban el pésame, consolándola haciéndola pensar en la resurrección general que acontecerá al final de los tiempos.
¿Creemos que el Señor nos auxilia en nuestro día a día, o pensamos que lo hará al final de los tiempos? Una mujer que tiene muchas deudas, me ha dicho: Yo sé que cuando me muera no me llevaré nada, y que la espiritualidad es más importante que los bienes materiales. Yo le he contestado: Mientras estemos en este mundo, los bienes materiales no perderán su importancia. Ella me ha dicho que tengo razón, pero, al decirme que la espiritualidad es más importante que los bienes materiales, creyó anticipar la respuesta que yo le daría a sus deudas, pues eso es lo que le dicen cristianos que tienen medios suficientes para prestarle parte de la ayuda que necesita, y se la niegan, y al mismo tiempo intentan consolarla, diciéndole que Dios es misericordioso. Desde luego, dichosos somos nosotros, porque Dios no carece de misericordia, como les sucede a muchos de quienes dicen que son sus hijos.
3-14. Jesús es la resurrección (JN. 11, 25-26).
Jesús es la resurrección que añoramos, una resurrección a una vida inmortal, en la que no existirá ningún tipo de sufrimiento. Quienes creemos en Jesús, aunque muramos antes de que acontezca la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, volveremos a vivir para no morir jamás. Quienes vivimos y creemos en Jesús, no perderemos la vida de la gracia divina. ¿Podemos creer esta realidad?
3-15. La fe intelectual de Marta (JN. 11, 27).
Para Marta, Jesús es el Enviado de Dios cuya venida al mundo fue esperada durante siglos por muchos hermanos de raza suyos, pero ello no le devolvía la vida a Lázaro. Quizás a nosotros nos sucede lo mismo que a Marta, en el sentido de que tenemos una fe intelectual y nos hemos aprendido muchos textos de nuestro Catecismo, pero ello no nos alivia el peso de las dificultades que nos caracterizan.
3-16. El Maestro está ahí y te llama (JN. 11, 28-29).
Marta no entendía que Jesús le decía que Lázaro resucitaría aquel mismo día, y sólo pensaba en lo referente a las afirmaciones de su fe de Catecismo respecto de la resurrección del fin del mundo. Fue por eso que recurrió a su hermana para pedirle ayuda, ya que ella pasó mucho tiempo sentada a los pies del Maestro escuchando sus palabras, y por ello quizás podría deducir por qué Jesús no evitó el padecimiento ni la muerte de Lázaro. Las amas de casa tienen una gran creatividad, y por ello tienen un gran discernimiento y una inmensa capacidad de ver lo que les sucede desde diversos puntos de vista, lo cual es mucho pedirles a quienes viven orando, y por ello se niegan a vivir como hijos de este mundo que el Señor nos pide que le ayudemos a salvar.
Marta salió discretamente al encuentro del Señor para evitar que los judíos se confabularan para entregarlo a las autoridades (JN. 11, 20), pero María salió corriendo a buscar al Señor, sin pensar que la gente la seguiría, y el Hijo de Dios y María podría correr un grave peligro (JN. 11, 29). La fe espiritual de María murió con Lázaro, y ella sólo se preocupaba por reprocharle al Mesías el hecho de no haberle evitado su dolor (JN. 11, 32).
3-17. el reproche de María a Jesús (JN. 11, 30-32).
Dado que Jesús era un proscrito, evitó entrar en Betania, para no llamar la atención de los habitantes del pueblo. Ya que la gente que les daba el pésame a ambas hermanas vio que María se levantó y salió corriendo de la casa, la siguió pensando que iba al sepulcro de Lázaro, para llorar por la muerte de su hermano.
No juzguemos a María cuya fe era espiritual por causa de la pérdida de la misma, pues, cuando le reprochó a Jesús el hecho de no haber socorrido a su hermano, sólo expresó sus sentimientos. Nuestras emociones son una energía muy poderosa que ha de fluir tanto en nuestro interior como fuera de nuestros cuerpos. Si no aprendemos a gestionar nuestras emociones y no las expresamos por temor a hacerle daño a alguien, quizás nos sucederá que experimentemos síntomas físicos tales como dolor de cabeza y de espalda.
3-18. La conmoción de Jesús (JN. 11, 33).
Jesús no interrumpe nuestros ciclos de enfermedad y de muerte, pero tiene una vida nueva para nosotros, que experimentamos según nos dejamos conducir por los impulsos del Espíritu Santo. A pesar de que tiene poder para socorrer a quienes padecen, Jesús reprimió el llanto ante quienes lloraban por la muerte de Lázaro, aunque no pudo reprimir la conmoción. El Señor experimentó nuestra debilidad y el dolor que nos caracterizan cuando fallecen quienes amamos.
3-19. El sepulcro de Lázaro (JN. 11, 34).
El sepulcro de Lázaro estaba excavado en la tierra, y se accedía al mismo a través de dos tramos de escalones, de los que al final del último tramo estaba el cadáver del hermano de Marta y María. Dado que el acceso al sepulcro simbolizaba el acceso al mundo de los muertos, el Mesías bajó el primer tramo de escaleras, situándose entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, para hacer que su amigo recuperara la vida.
3-20. Las lágrimas de Jesús (JN. 11, 35).
Jesús quiso reprimir el llanto, pero le fue imposible lograr su propósito. Él sabía que Lázaro iba a resucitar, pero el dolor y la incredulidad de los presentes terminaron conmoviéndolo.
¿Nos conmueve el dolor de quienes sufren hasta hacernos movilizarnos para ayudarlos en cuanto nos sea posible?
3-21. ¿Qué pensaban los judíos de Jesús? (JN. 11, 36-37).
Mientras que algunos acompañantes de Marta y María se compadecieron de Jesús, otros pensaban que, si realmente el Mesías había curado a un ciego (JN. 9, 1-41), también tendría que tener poder para resucitar a un muerto.
Vivimos en un mundo en el que existen muchas opiniones respecto de Jesús. ¿Qué pensamos del Hijo de Dios y María?
3-22. Marta seguía sin comprender que Lázaro iba a resucitar aquel día (JN. 11, 38-40).
Dado que los cadáveres empezaban a descomponerse a partir del cuarto día en que eran sepultados, Marta comprendía que, si abrían el sepulcro de su hermano, el olor del cadáver se extendería fuera de la tumba.
¿Cuál sería nuestra reacción si Jesús se nos apareciera y nos dijera que hoy mismo extinguiría nuestros problemas?
3-23. La oración de Jesús (JN. 11, 41-42).
Jesús le agradeció a Nuestro Padre común el hecho de escucharlo siempre que oraba. ¿Creemos nosotros que Dios escucha nuestras oraciones? Esto puede ser muy difícil que suceda cuando no se nos concede lo que deseamos.
Jesús sabía que Nuestro Padre celestial siempre lo escuchaba, pero oró para aumentar la fe de los testigos de la resurrección de Lázaro. Por ser Dios, Jesús tiene poder para hacer lo que desee, pero no tiene inconveniente alguno para reconocer que su poder es de su Abba (Papaíto).
3-24. Jesús llamó a Lázaro para que saliera de la tumba (JN. 11, 43).
Así como Jesús llamó a Lázaro para que resucitara de entre los muertos y abandonara su tumba, nos llama a nosotros para que vivamos cumpliendo la voluntad divina, y para que vivamos la vida que Él nos concede, porque somos hijos de Dios.
3-25. La resurrección de Lázaro y la fe en Jesús de algunos judíos (JN. 11, 44-45).
Dado que Lázaro fue embalsamado antes de ser sepultado, salió del sepulcro atado de pies y manos, y con el rostro envuelto en un sudario. Jesús pidió que su amigo fuera librado de aquellos símbolos del mundo de los muertos y de la fragilidad humana.
Muchos testigos de la resurrección de Lázaro, lograron creer en Jesús. Es con esta fe con la que la Iglesia Católica nos pide que nos dispongamos a celebrar la Semana Santa y la Pascua de Resurrección, y es por eso que hoy no concluimos la meditación del capítulo 11 del cuarto Evangelio completo, donde se nos informa de que, por haber resucitado a Lázaro, el Mesías terminó su Ministerio como proscrito (JN. 11, 46-54).
3-26. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-27. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN: 11, 1-45 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
¿Dónde estaba situado el pueblo de Betania?
¿Por qué necesitamos valorar los pros y contras de las decisiones que tomamos a lo largo de los años que vivimos?
¿De quién nos habla San Juan al principio del capítulo 11 de su Evangelio?
¿Conocemos a los enfermos que viven en nuestros ambientes?
¿Nos relacionamos con ellos?
¿Podemos meditar la muerte y la resurrección de Lázaro sintiéndonos hermanos de los Lázaros que viven sin esperanza en los ambientes que frecuentamos?
3-2.
¿Actuamos con respecto a los enfermos que viven en los ambientes que frecuentamos con la prontitud que Marta y María recurrieron a Jesús para que impidiera el sufrimiento y el fallecimiento de Lázaro? ¿Por qué?
¿Por qué no son extraños para el Señor los que tienen enfermedades y carencias?
¿Por qué creían Marta y María que Jesús tenía el poder necesario para evitar el sufrimiento y la muerte de Lázaro?
¿Por qué podemos sentirnos dichosos si creemos en el poder y el amor de Jesús?
¿Por qué tenemos conocimiento de los prodigios realizados por Jesús?
¿Hemos visto cambios tanto en nuestra vida como en la vida de nuestros prójimos impulsados por la profesión de la fe cristiana?
¿Conocemos testimonios de fe de gente que celebra el culto religioso con nosotros?
3-3.
¿Por qué temieron los hijos de Jacob que su hermano José tomara represalias contra ellos cuando falleció el último de los Patriarcas de Israel?
¿Por qué les preguntó José a sus hermanos si pensaban que él ocupaba el lugar de Dios a la hora de juzgar el hecho de haberlo vendido como si hubiera sido su esclavo?
¿Qué consecuencia positiva vislumbró José del hecho de haber sido esclavo?
¿Hemos extraído enseñanzas de los episodios difíciles que hemos vivido, o pensamos que los mismos carecen de sentido?
¿Creemos junto a San Pablo que Dios interviene en todo aquello que nos sucede para beneficiarnos, a pesar de que no nos evita el sufrimiento?
¿Qué ha de suceder para que nuestro sufrimiento nos sirva para glorificar a Dios?
¿Cómo pone a prueba la visión que tenemos respecto de nuestras dificultades la fe que tenemos en Dios, en nosotros y en nuestros prójimos los hombres?
¿Debemos investigar lo que Dios piensa respecto de nuestras dificultades, o debemos resignarnos a que llegue el fin de los tiempos para ver si Nuestro Padre celestial nos resuelve las dudas que tenemos?
¿Si Dios no quiere nuestro sufrimiento ni nos lo envía, por qué se nos ha enseñado a muchos católicos a ser portadores de la cruz de Jesús socorriendo a quienes sufren por cualquier causa?
¿Nos mortificamos y hacemos sacrificios para ayudar a Jesús a cargar con su cruz camino del Calvario, o pensamos que ello consiste mejor en conocer la fe que profesamos, en beneficiar a quienes sufren y en orar?
3-4.
¿Dónde estaba Jesús cuando supo que Lázaro estaba enfermo?
¿Por qué permitió Jesús que Lázaro muriera, si tenía el poder necesario para devolverle la plenitud de la salud a su amigo?
¿Por qué no debemos interpretar el cuarto Evangelio literalmente?
¿Por qué inició el Señor el viaje a Betania a partir del tercer día de la muerte de Lázaro?
¿Qué creían los judíos que sucedía con las almas de los difuntos a partir del tercer día de su fallecimiento?
¿Por qué resucitó Jesús a Lázaro cuatro días después de que aconteciera su muerte?
¿Qué significaba el acceso a los sepulcros de los difuntos para los judíos?
¿Por qué no nos evita el Señor el sufrimiento?
¿Cuál es el simbolismo de la resurrección de Lázaro?
3-5.
¿Por qué tenían miedo los discípulos de Jesús cuando conocieron la decisión del Mesías de ir a Betania?
¿Por qué consideró Jesús que la vida de Lázaro y la felicidad de la familia de Betania era más importante que su vida?
¿Son más importantes para nosotros las prioridades de nuestros prójimos que las nuestras? ¿Por qué?
¿Debemos renunciar a la realización de nuestras aspiraciones para servir a nuestros prójimos?
¿Somos los discípulos de Jesús que Dios espera que lleguemos a ser, o nos lo impiden el miedo o el desinterés?
¿Es el cumplimiento de la voluntad de Dios una de nuestras prioridades, o se reduce nuestra profesión de fe a la vivencia de una serie de formalismos sociales?
¿Profesamos nuestra fe públicamente, o la guardamos celosamente? ¿Por qué?
3-6.
¿Qué significa andar durante el día en el Evangelio que estamos considerando?
¿Qué significa andar durante la noche en el texto joánico que estamos reflexionando?
¿Por qué se lo jugó Jesús todo a la carta del Dios misericordioso?
3-7.
¿Por qué se equipara en la Biblia el sueño a la muerte?
3-8.
¿Qué les hubiera sucedido a los discípulos de Jesús si el Señor hubiera evitado la muerte de Lázaro?
3-9.
¿Por qué es Tomás uno de los Apóstoles de Jesús menos valorado?
¿Cómo es posible que haya cristianos que a pesar de que dicen que creen que Jesús está vivo no actúan como seguidores del Señor Resucitado?
¿En qué se ha convertido la fe cristiana para muchos creyentes, y qué consecuencias tiene este hecho?
¿Cómo podemos convertir la religión en un refugio para evitar resolver nuestros problemas?
¿Cómo puede ser la religión la catapulta que nos impulse a alcanzar la plenitud de la felicidad?
¿Por qué no debemos considerar que Tomás pecó al querer comprobar la veracidad de la Resurrección de Jesús?
¿Qué tipo de seguidores de Jesús somos?
¿Por qué deseamos los occidentales cada día más desentrañar los misterios? ¿Es esto perjudicial para nuestra profesión de fe? ¿Por qué?
¿Por qué quisieron los discípulos de Jesús evitar que el Señor quisiera ir a Betania?
Los discípulos no entendían por qué Jesús pretendía morir, pero le eran leales al Mesías. ¿Le somos leales al Dios Uno y Trino cuando no comprendemos su designio sobre nosotros? ¿Por qué?
¿Cuál es el precio que estamos pagando para poder ser seguidores de Jesús?
¿Cuál es la diferencia entre "morir por Jesús" y "morir con Jesús"?
¿En qué sentido vemos muchos cristianos el pesimismo de Tomás como una admirable adhesión a Jesús?
3-10.
¿Por qué resucitó Jesús a Lázaro el cuarto día a partir de su fallecimiento?
¿Por qué sabemos que Lázaro, Marta y María no rompieron sus relaciones con los saduceos y los fariseos?
¿Por qué se distanciaban muchos seguidores de Jesús de los saduceos y de los fariseos?
¿Por qué viven muchos cristianos profesando su fe sin relacionarse con los líderes religiosos de las comunidades de las que supuestamente forman parte?
3-11.
¿Por qué fue María la que salió al encuentro de Jesús, si la instrucción religiosa de su hermana era superior a la suya?
¿Por qué perdió María la fe en Jesús, si su formación espiritual era superior a la de su hermana?
¿Sucederá que la fe y la formación no tienen por qué estar relacionadas?
¿Cómo fue posible que la fe intelectual de Marta fuera más estable que la fe espiritual de María?
¿Cuáles son los tres pilares sostenedores de la fe cristiana?
3-12.
¿Por qué se sintió Marta decepcionada por el Señor?
¿Por qué pensaba Marta que Jesús no socorrió a Lázaro?
¿Qué pensamos cuando sabemos que Dios puede evitarnos situaciones difíciles y no nos ayuda como queremos que lo haga?
3-13.
¿Qué creyó Marta cuando Jesús le dijo que su hermano iba a resucitar?
¿Creemos que el Señor nos auxilia en nuestro día a día, o pensamos que lo hará al final de los tiempos?
¿Nos ayuda la religión a sobrevivir a los episodios adversos que vivimos, o la hemos convertido en una venda con que nos tapamos los ojos para no ver la realidad?
3-14.
¿En qué sentido es Jesús la resurrección que añoramos?
¿Cómo podrán resucitar a la vida de la gracia quienes pierdan la vida actual?
3-15.
¿Por qué la fe intelectual no nos es suficiente para aliviarnos el peso de las dificultades que nos caracterizan?
3-16.
¿Por qué recurrió Marta a María?
¿Por qué los activos son más creativos que los inactivos?
¿Por qué unos cristianos optan por la contemplación y otros lo hacen por la acción, si los dos estados nos son necesarios para mantener nuestra fe en Dios?
¿Por qué buscó Marta discretamente al Señor?
¿Por qué corrió María a encontrarse con Jesús sin pensar en las consecuencias que ello podría haber tenido para su Maestro?
3-17.
¿Por qué Jesús evitó entrar en Betania antes de que Marta se encontrara con Él?
¿Qué pensaron quienes le daban el pésame a María cuando la vieron salir corriendo de su casa?
¿Por qué no debemos juzgar a María por haber perdido la fe en Jesús?
¿Cuándo debemos expresar nuestros sentimientos?
¿De qué formas podemos expresar lo que sentimos cuando no es conveniente decírselo a nadie?
¿Qué puede sucedernos si nos bloqueamos emocionalmente para evitar sufrir?
3-18.
¿Por qué no interrumpe Jesús nuestros ciclos de enfermedad y de muerte?
¿Por qué no nos hace alcanzar Jesús la perfección evitándonos el sufrimiento y la muerte?
¿Qué necesitamos hacer para experimentar la vida que Jesús quiere concedernos?
¿Por qué reprimió Jesús el llanto?
¿Por qué no pudo evitar Jesús la conmoción?
¿Por qué experimentó Jesús nuestra debilidad y el dolor que nos caracterizan cuando fallecen quienes amamos?
3-19.
¿Cómo era el sepulcro de Lázaro?
¿Dónde estaba el cadáver de Lázaro?
¿Por qué llamó Jesús a su amigo desde el final del primer tramo de escalones que accedía al sepulcro?
3-20.
¿Por qué lloró Jesús?
¿Nos conmueve el dolor de quienes sufren hasta hacernos movilizarnos para ayudarlos en cuanto nos sea posible?
3-21.
¿Qué pensaban respecto de Jesús quienes les daban el pésame a las hermanas de Lázaro?
¿Qué pensamos del Hijo de Dios y María?
3-22.
¿Por qué sabía Marta que si abrían el sepulcro de Lázaro el olor del cadáver se extendería fuera de la tumba?
¿Cuál sería nuestra reacción si Jesús se nos apareciera y nos dijera que hoy mismo extinguiría nuestros problemas?
3-23.
¿Qué le agradeció Jesús a Nuestro Santo Padre cuando oró?
¿Creemos nosotros que Dios escucha nuestras oraciones?
¿Se debilita la fe en que Dios escucha nuestras oraciones cuando no nos concede lo que le pedimos?
¿Para qué oró Jesús?
¿Por qué no es el poder de Jesús un estimulante para que el Señor quiera desvincularse de Nuestro Padre celestial?
3-24.
¿Para qué nos llama Jesús?
¿Creemos que la vocación que hemos recibido del cielo contribuye a la realización del propósito que Dios tiene para nosotros?
3-25.
¿Por qué abandonó Lázaro su sepulcro atado de pies y manos, y con un sudario que le cubría el rostro?
¿Por qué quiso Jesús que Lázaro fuera librado de aquellos símbolos del mundo de los muertos y de la fragilidad humana?
¿Con qué fe nos insta la Iglesia Católica a celebrar la Semana Santa y la Pascua de resurrección?
¿Por qué no meditamos en esta ocasión el capítulo 11 del cuarto Evangelio completo?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el capítulo 15 de la primera Carta de San Pablo a los Corintios, un texto en el que se nos responden cuestiones acerca de la Resurrección de Jesús y de la resurrección que acontecerá al final de los tiempos.
6. Contemplación.
Había un enfermo en Betania (JN. 11, 1). Jesús sabe dónde están quienes sufren por cualquier causa, y quiere enviarnos a asistirlos según las posibilidades que tengamos en cada momento para hacer que ello sea posible. Si hemos sido llamados a experimentar un inmenso gozo en la presencia del Señor, también se nos concede el privilegio de participar en su obra evangelizadora.
(JN. 11, 3). Marta y María le enviaron a decir a Jesús que Lázaro estaba enfermo y podía morir de un momento a otro. El Señor nos pide que ayudemos a nuestros prójimos en cuanto ello nos sea posible, y que seamos humildes para dejar que otros presten servicios que no podamos prestar porque no estamos capacitados para ello, o porque tenemos que atender otras responsabilidades. Quienes están enfermos o sufren por otras circunstancias, son aquellos a quienes Jesús quiere, así pues, no nos privemos de ayudarles, ni de solicitar otras ayudas que puedan recibir, siempre que los tales las acepten.
(JN. 11, 4). Los sucesos adversos que vivimos no son desgracias sin sentido, pues, si los aceptamos, nos servirán para crecer como personas, y para glorificar al Dios Uno y Trino.
Agradezcámosle al Señor el hecho de permitirnos ser sus colaboradores.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 11, 1-45.
Llevemos a cabo a lo largo de la próxima semana una obra indicativa de que creemos en Jesús.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Inspírame el deseo de que me fortalezcas la fe, para que pueda dejarme llevar por el Espíritu Santo, a los lugares en que mejor pueda servirte, y donde mejor pueda predicar el Evangelio de salvación, con palabras y hechos.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el texto de SAL. 9, 10-15, meditando sobre la misericordia de Dios, que ha sido derramada sobre nosotros.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.