Meditación de la Infancia de Jesús.
1. Durante el tiempo de Navidad hemos vivido una serie de acontecimientos trascendentales que no hemos de olvidar durante las semanas que faltan para comenzar la Cuaresma, los 40 días de preparación que nos adentran en la Semana Santa y la Pascua de Resurrección. El relato del Nacimiento de Jesús no es una escena bíblica que hemos de recordar en la noche de Navidad para olvidarla durante el resto del año, así pues, Jesús nació para hacernos hijos de Dios y hermanos suyos.
2. Los Evangelistas Lucas y Mateo nos describen brevemente algunos pasajes de la infancia del Señor. En LC. 2, 1-20, encontramos el relato de la Natividad de Jesús y el encuentro de los pastores con el Mesías. En LC. 2, 21, podemos leer que José le impuso al Señor el nombre de Jesús el día en que su Hijo adoptivo fue circuncidado por mandato expreso del ángel Gabriel (LC. 1, 31). El nombre Jesús se traduce como "Dios salva", o como "Libertador". Es esta la razón por la que Yahveh, el Dios de los israelitas, se gloría de su siervo diciéndole las palabras que leemos en IS. 49, 6.
En LC. 2, 22-24, se nos habla de la presentación de Jesús ante Dios como primogénito de José y de María. Jesús le fue presentado a Dios para que Yahveh hiciera con él lo que estimara oportuno, pero fue rescatado inmediatamente después de su ofrecimiento, para servir a Dios en medio de su pueblo. Del texto que estamos meditando podemos deducir sin equivocarnos que José no tenía hijos, así pues, si hubiera tenido otros hijos anteriormente al establecimiento de su relación con María, ¿por qué le presentó a Dios a su último Hijo, cuando la Ley sólo le obligaba a consagrarle a su Criador a su primer hijo? José pudo poner a Jesús a disposición de Dios por ser el Mesías el primer hijo que tuvo con María. No debemos desestimar el hecho de que los personajes de los que San Marcos y San Mateo hablan en sus Evangelios eran primos de Jesús. Los nazarenos decían cuando oían a Jesús impartiendo magistralmente la enseñanza de su doctrina, las palabras escritas en MC. 6, 3, y en MT. 13, 55-56. El sacrificio de dos tórtolas o dos pichones o de un cordero que llevaron a cabo José y María para que la Madre de Jesús obtuviera su reconocimiento legal como mujer purificada, nos hace entender que la Sagrada Familia era pobre o acomodada, en el caso de que ofrendara un cordero. Muchos especuladores hablan de que Jesús y María provenían de familias muy acomodadas, basándose en el siguiente texto: (JN. 19, 23-24). Los citados especuladores han llegado a fantasear hasta el punto de difundir la idea de que Jesús se dio en matrimonio, protagonizando las bodas de Caná, un hecho que nosotros sabemos que no es cierto. Quizá el Evangelista llama a Jesús Nazareno en MT. 2, 23 porque ese fue el primer nombre con que se conoció a los cristianos y porque con ese nombre era conocido Jesús, pero, si estudiamos profundamente las Escrituras, podemos comprobar que Dios quería que su Hijo fuera conocido como nazareo o nazir, hombre casto, con el pelo corto, con la barba rasurada, que sólo vivía para cumplir la voluntad de su Criador. Aunque no todos estemos versados en el estudio del Antiguo Testamento, seguro que recordamos al famoso Sansón, su romance con la filistea Dalila, y las rogativas que le hizo a Dios para que acabara con su vida, con la esperanza de exterminar a quienes oprimían a su pueblo y le quemaron los ojos.
En LC. 2, 25-35, podemos leer el encuentro del anciano Simeón con la Sagrada Familia. Las prescripciones legales que José y María cumplieron aquel día les llenaron el corazón de júbilo, pero ciertamente su alegría fue perturbada por aquel misterioso anciano. Todos nos hemos preguntado en alguna ocasión por qué Dios oprime a los justos, sin entender que el sufrimiento nos ayuda a ser mejores personas cristianas (LC. 2, 25). Los cristianos, ante el mundo en que vivimos, a veces somos tenidos por visionarios e inconformistas. Dios quiere que el deseo de superarnos en nuestro medio sea parte del sentido de nuestra vida, así pues, quienes gustan de tener dinero son insaciables, de la misma manera que Simeón, además de ser un justo pacificador, no podía conformarse sin ver al Mesías antes de morir, porque, su encuentro con Dios, era el punto cúlmen de su felicidad. Para Simeón, el encuentro con Jesús, era el momento para el que había vivido durante mucho tiempo. Él era anciano, y sabía que sus servicios en el Templo cada día eran más escasos, porque se sentía débil, pero no por ello se dio a la estéril tarea de mortificarse, porque, siendo una creatura de Dios, no podía menospreciarse, para no rechazar a Yahveh.
Simeón les dijo a José y María que Jesús sería el motivo por el que muchos humildes serían levantados y muchos soberbios caerían desde el poder en Israel, y que su Hijo sería un signo de contradicción para sus enemigos. José no viviría para contemplar a su Hijo desangrándose en la cruz, pero María sufriría como si una espada atravesara su corazón lentamente siendo empuñada por un verdugo que disfrutaría haciéndola morir lentamente como jamás lo hubiera podido hacer llevando a cabo otra acción. Quizá José y María, ante aquel anuncio doloroso, se preguntaron qué sentido tendría el hecho de que el Mesías de Dios muriera ajusticiado como uno de los zelotes que eran castigados hasta ser asesinados por los soldados que odiaban intensamente a los judíos.
En LC. 2, 36-38, el Evangelista nos habla brevemente de la experiencia que tuvo la profetisa Ana sirviendo a Yahveh durante muchos años. Ella se consagró al servicio de Dios después de quedarse viuda durante el séptimo año de su matrimonio. Ana, al ver a Jesús, empezó a avivar la esperanza de sus oyentes, hablándoles de la redención de Jerusalén. Ana no se refería a la expulsión de los colonizadores de Palestina, sino a la purificación del pueblo.
Después de que la Sagrada Familia volviera de su viaje forzado a Egipto y se estableciera en Nazaret, se inició un largo periodo, del que ninguno de los Evangelistas que forman parte del canon bíblico (canónicos) nos han aportado ningún dato. Con respecto a este periodo, Lucas, el compañero de fatigas de San Pablo, nos dice: (LC. 2, 39-40). El Evangelista nos dice que Jesús era un niño saludable que se fortalecía, y, al mismo tiempo, adquiría conocimientos terrenos y la sabiduría de Dios se manifestaba en el Hijo de María. Pienso que todos los padres deberían cuestionarse sobre si sus hijos crecen en los aspectos citados anteriormente.
¿Son vuestros hijos saludables?
En el caso de los niños que padecen enfermedades que dificultan su vida, ¿se les aportan todos los medios que necesitan para adaptarse a su entorno?
¿Adquieren los niños conocimientos mediante el estudio y sus experiencias vitales?
¿Conocen vuestros hijos a la Trinidad Beatísima?
El siguiente episodio de la infancia del Mesías, nos lo narra San Lucas, entre los versículos 41 y 51 del capítulo 2 de su segunda obra. Cuando el Señor tenía 12 años, en conformidad con la Ley de Israel, el Hijo de María asistió a la celebración de la Pascua hebrea, que, como sabemos, era una fiesta que se celebraba en la capital de Judea, con motivo de la liberación de los descendientes de Abraham de la esclavitud de Egipto, que llevó a cabo Moisés, bajo la inspiración de Dios. Jesús debió vivir aquella fiesta intensamente con el corazón lleno de alegría recitando y meditando los Salmos graduales (los mismos que se utilizan en las horas tercia, sexta y nona, en la oración de la Liturgia de las Horas). Durante el tercer día de la celebración, José le ordenó a María que se dispusiera a preparar rápidamente el retorno a Nazaret, que habría de durar unos dos días. No era conveniente que se separaran de los nazarenos que los acompañaban y de sus conocidos de pueblos cercanos, pues ello podría contribuir a evitarles una serie de peligros muy desagradables, pues los zelotes acechaban en las tinieblas para ejecutar a sus víctimas. José inició su viaje de retorno pensando que su Hijo estaba con María. María pensaba que Jesús estaba con su marido, con la familia de San Juan Bautista, o con otro de sus conocidos. Cuando anocheció aquel día, José y María se separaron de la comitiva de peregrinos para volver a Jerusalén para buscar al Mesías. Ellos tenían muchos temores fundados que les hacían sospechar que Jesús podía estar siendo torturado, si es que no había sido sacrificado. José y María no tenían tiempo de culparse el uno al otro por la pérdida del niño, así pues, apenas llegaron a la ciudad, iniciaron una búsqueda que se prolongó durante tres días, al cabo de los cuáles, encontraron al Niño Dios en el Templo, meditando la Palabra de Dios junto a a los doctores de la Ley, que estaban admirados de la sabiduría de aquel niño. Cuando María pudo acercarse a su Hijo, hizo un gran esfuerzo por ocultar sus lágrimas, pero no pudo evitar que su preocupación se convirtiera en enfado. Jesús, temiendo una buena reprimenda de sus padres, le dijo a María que tenía que anteponer el cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común ante la observancia de las órdenes de ellos. Jesús no le dijo a María que no la amaba, sino que tenía que vivir atento al cumplimiento de la voluntad de Dios, aunque ello le costara un gran esfuerzo. José y María no comprendieron a Jesús, pero, con la alegría de haber encontrado a su Hijo, iniciaron nuevamente su viaje a Nazaret, intentando recuperar parte del tiempo que habían perdido.
A partir de la pérdida y aparición de Jesús en el Templo, se extendió un silencio en la vida de Jesús en las predicaciones de los Evangelios canónicos, que abarcó un periodo aproximado de 16 años, durante el cuál, San Lucas nos dice que "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (LC. 2, 52). Con la meditación de los misterios de la Infancia de Jesús por parte de María y la maduración de Jesús, San Lucas finaliza su relato de la infancia del Señor (LC. 2, 51-52).
Por su parte, San Mateo, el recaudador de impuestos que se convirtió en Apóstol o testigo ocular del Mesías, hizo un breve resumen del Nacimiento de Jesús, que se extiende entre los versículos 18 y 25 del capítulo 1 de su obra, antecedido por una genealogía de Jesucristo. Si San Lucas enfocó su Evangelio de forma que sus lectores pudieran abarcar la misericordia divina, San Mateo, que tenía la intención de hacer que sus lectores hebreos comprendieran que las antiguas profecías mesiánicas se cumplieron en Jesús, juzgó oportuno escribir un relato de la infancia del Señor diferente al de San Lucas, aportando la visita de los Magos de Oriente a Herodes y al Mesías. (Para obtener información del capítulo 2 de San Mateo, consúltese la fiesta de la Epifanía del Señor).
3. A pesar de que finalizamos el tiempo de Navidad celebrando el Bautismo del Señor, la Iglesia nos pide que, al leer y meditar el Evangelio de hoy, recordemos nuevamente la citada fiesta. Jesús es el Cordero de Dios que fue sacrificado para conducirnos a la presencia del Padre inmaculados e indefectibles.
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