Domingo III de Cuaresma del ciclo A.
Jesús, el Hijo de Dios y María, desea darnos agua viva.
Ejercicio de lectio divina de JN. 4, 5-42.
Lectura introductoria: ROM. 5, 5.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Los Evangelios de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos ayudan a meditar sobre el Sacramento del Bautismo, y, por consiguiente, nos disponen a celebrar la Pascua de Resurrección. Aunque en algunas celebraciones eucarísticas los tales se acortarán por razones concernientes a la brevedad de dichos actos litúrgicos, conviene leerlos completos, e incluso es interesante valorar la posibilidad de que sean leídos por tres personas: un narrador, alguien que interprete a los personajes que aparecen, y un diácono o el sacerdote celebrante que haga las veces de Jesús. Si se pretende acortar las celebraciones, en lugar de reducir los Evangelios, conviene que se acorte el tiempo dedicado a las homilías según las normas litúrgicas, aunque esto es complicado, dado que los textos evangélicos necesitan ser interpretados adecuadamente, con el fin de que puedan ser debidamente comprendidos.
Hoy empezamos a vivir la tercera semana del Tiempo de Cuaresma, por lo que es conveniente que recordemos los textos evangélicos que hemos meditado las dos semanas anteriores, con el fin de que seamos conscientes de cuál es nuestra disposición a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe, y a celebrar la Pascua de Resurrección.
el Domingo I del presente tiempo litúrgico, recordamos cómo fue tentado Jesús en el desierto, tal como también lo somos nosotros, a lo largo de los años que vivimos (MT. 4, 1-11).
Satanás quiso que Jesús convirtiera piedras en panes (MT. 4, 3). Si Jesús nos diera a todos lo que quisiéramos apenas se lo pidiéramos, sería el Dios más estimado de todos los tiempos, pero Nuestro Señor sabe que el hecho de tener más dinero y bienes de los que realmente necesitamos podría hacer de nosotros grandes egoístas, de la misma manera que no ignora que la avaricia se cura compartiendo lo que tenemos en cuanto ello sea necesario, intentando no derrochar nuestras dádivas entre quienes no las necesitan porque pueden solventar sus carencias por sí mismos, y evitando crear dependencia, así pues, pensemos hasta qué punto merece la pena alimentar a los pobres, y enseñarlos a sembrar, para que puedan mantenerse sin depender de la recepción de ayudas externas. El hecho de dar no nos evita ser egoístas cuando lo hacemos con la intención de que ello haga que se difunda un a imagen social de la que carecemos. No avergoncemos a quienes necesitan nuestras dádivas extendiendo el hecho de que no han sucumbido bajo el efecto de la miseria gracias a nuestra caridad.
Satanás quiso que Jesús se arrojara desde el pináculo del Templo de Jerusalén (MT. 4, 5-6), para que hiciera una demostración de la soberbia de la que Jesús sabía que se cura con la oración, porque Dios es superior al hombre, el cual, cuanto más reconoce sus cualidades y limitaciones, es más engrandecido por su Padre celestial.
En tercer lugar, Satanás tentó a Jesús con la ebriedad, la impureza, la glotonería, el alcohol y las drogas (MT. 4, 8-9), las cuales se curan por medio de la abstinencia, pues hemos sido llamados a privarnos de todo lo que nos esclaviza y no nos permite ser dueños de nosotros mismos.
¿Para qué vamos a hacer grandes esfuerzos para evitar las tentaciones -o seducciones diabólicas- que hemos recordado? La respuesta a la pregunta que nos hemos hecho la encontramos en el Evangelio del Domingo II de Cuaresma (MT. 17, 1-9), un texto del que deducimos que, si nos asemejamos a Nuestro Dios y Salvador, seremos dignos de vivir en su Reino de amor y paz.
Los textos evangélicos de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos recuerdan la formación que recibían los primeros cristianos antes de ser bautizados, ayudan a los catecúmenos de nuestro tiempo a tener más fe en el Dios Uno y Trino, y, a quienes hemos sido bautizados, nos recuerdan nuestra adhesión a Dios, y nuestros compromisos bautismales. Por ello es necesario que en esta ocasión reflexionemos sobre el agua viva que simboliza tanto a Nuestro Padre celestial, a Jesús como al Espíritu Santo (JN. 4, 5-42), y que el Domingo siguiente meditemos sobre la luz del mundo que simboliza a Jesús (JN. 9, 1-41), para reflexionar el Domingo V de Cuaresma sobre Jesús, como resurrección y vida de fe, amor y gracia (JN. 11, 1-45).
Oremos:
Oración de quienes desean encontrarse a sí mismos y creer sinceramente en el Dios Uno y Trino.
El abrasador sol del mediodía iluminaba el campo, y yo caminaba con calor, sed y un cántaro, para buscar el agua que necesitaba. Las mujeres hacían ese camino muy temprano y al final de las jornadas de trabajo, pero yo lo hacía al mediodía, porque nuestro sistema de creencias es muy exigente, y discrimina a quienes no lo siguen tal cual ha sido definido. Seis hombres han formado parte de mi vida, seis dioses han sido incapaces de enseñarme a creer en nadie ni en nada, y la soledad me evitaba tragarme el desprecio de quienes me tratan como si me prostituyera, porque son incapaces de confrontar sus debilidades y pecados con la Palabra de Dios.
¿Qué tenía para justificar mi necesidad de seguir viviendo? Seis hombres me han utilizado como si fuera un objeto, seis dioses caprichosos me han impuesto creencias que ni comprendo ni deseo entender, y para mi pueblo soy una mujer indigna, pero tenía calor, sed, y un cántaro. El calor me hacía sentirme viva y me recordaba la necesidad de buscar agua para satisfacer mi sed. La sed me recordaba mi soledad y la vulnerabilidad que me caracterizaban, y el agua calmaba mi sed física, aunque, espiritualmente, me sentía vacía. Calor, sed y un cántaro es todo lo que tenía para buscar el agua que me mantenía viva, y también tenía el recuerdo de seis hombres y seis dioses que pasaron por mi vida, los cuales me dejaron el deseo de ser lo que jamás pude ser, y de tener lo que perdí la esperanza de poseer. Si las mujeres casadas sólo son amantes, madres y esclavas de sus maridos, ¿cómo hemos de ser tratadas las mujeres que no nos hemos vinculado a un hombre hasta que la muerte concluya nuestras relaciones?
Un judío estaba sentado junto al pozo de Jacob, esperando que alguien saciara su sed. Los sureños nos desprecian a los samaritanos desde que fuimos obligados a mezclarnos con los asirios, y por eso nos tratamos hostilmente. A lo largo de los siglos, los samaritanos impidieron celebraciones en el Templo de Jerusalén llenando el recinto sacro para los sureños de huesos de cadáveres, y Juan Hircano destruyó el Templo de los samaritanos, para demostrar que el culto de los judíos ha de extinguir el nuestro. No sería yo quien saciara la sed de ese extranjero.
Con el paso del tiempo comprendí algo importante respecto de aquel extranjero cuya sed en un principio me negué a saciar, pues las horas del día tienen su significación respecto de las diferentes etapas de la Historia de la salvación. El mediodía, -la hora en que me encontré con aquel judío piadoso-, significa que llegó el tiempo en que Israel debía aceptar el Evangelio, antes de que la Buena Nueva se les empezara a a predicar a los extranjeros. Nunca pude imaginar que Aquel Hombre, siendo conocedor de las hostilidades existentes entre judíos y samaritanos, quiso utilizarme a mí para predicar su Evangelio, porque, aunque era judío, para Él lo trascendental no era el lugar en que se le tributaba culto a Dios, sino la intención con que se adoraba a Yahveh. La mayoría de los líderes religiosos de todos los tiempos utilizan sus conocimientos para adquirir poder, riquezas y prestigio, pero a Jesús de Nazaret sólo le interesaba predicar la Verdad del Dios del amor y la paz.
Es habitual el hecho de que los predicadores cuando llegan a nuevos territorios de misión inicien sus discursos hablando de la grandeza de Dios y de cómo se puede conocer a la Divinidad por medio de ellos, pero a Jesús sólo se le ocurrió satisfacer mi sed, manifestándome su vulnerabilidad, lo cual fue para mí una absurda ironía en un principio, pues, ¿por qué se mostró tan humilde un judío ante una simple mujer samaritana, si para los sureños el hecho de ser llamados samaritanos era un insulto muy grave? Mi interlocutor, además de que no tuvo inconveniente alguno para hablar con una mujer como yo en el campo, hiló finamente, pues, al manifestarme su sed, hizo posible que yo le mostrara mi alma tal cual es, aunque ello no me fue fácil.
Yo pensaba en el pozo de Jacob de cuya agua nos saciávamos tanto las personas como los animales, pero el Señor hacía referencia a mi sed espiritual. Yo me sentía cansada de que se me prometieran salvaciones que nunca pude experimentar. Fue por eso que le pedí al judío que habló conmigo que saciara mi sed corporal, con tal de ahorrarme el hecho de buscar el agua que necesitaba diariamente. No son pocos los ateos e incluso los que se dicen creyentes que, cuando se les habla de Dios, exigen que la Divinidad lleve a cabo prodigios delante de ellos, con el fin de que puedan creer en el Todopoderoso. Para mí los dioses sólo eran prometedores de salvaciones utópicas irrealizables, y amos despiadados, cuyas normas servían para concederles una excelente posición social a sus ministros, y para tiranizar a la inmensa mayoría de sus creyentes. Mis correligionarios me hicieron creer que una mujer como yo carecía de valor personal, pero no por eso me mostré dispuesta a que se me ilusionara nuevamente haciéndoseme falsas promesas religiosas, de las que estaba segura que jamás se cumplirían.
Jesús me dijo que Él era el surtidor de agua capaz de saciar mi sed y de darme la vida eterna. Ante mi vano intento de cambiar de conversación para evitar que el Señor abriera las heridas de mi corazón, Aquel de quien supe que era el Mesías esperado, me dijo que buscara a mi marido, y que después volviera a seguir conversando con Él. Cuando le dije que no tenía marido, me recordó que conviví con seis hombres y que creí en seis dioses, por lo que supuse que era un profeta. Respecto de los designios de Dios, yo no iba a pasar a la historia como mujer de la vida, sino como representante de una tierra que creyó en seis dioses, de los que Yahveh no era su Dios legítimo, porque Él es celoso, y se le rendía culto a seis divinidades distintas. Le dije a mi interlocutor que no tenía marido, porque pensé que no hice nada por lo que tenía que ocultarme avergonzada, como si hubiera hecho algo de lo que tenía que arrepentirme.
Quizás les damos mucha importancia a las normas religiosas relativas al culto, y no pensamos en cómo podemos servir a dios más y mejor ayudando a sus hijos los hombres a extinguir las carencias que los caracterizan, en la medida que ello nos sea posible.
El Hombre que descubrió mi interioridad, me dijo que Él es el Mesías. Yo dejé mi cántaro junto al pozo, y, sin que me importara la forma que tenían mis correligionarios de tratarme, fui a buscarlos, para decirles que encontré a un Señor, que probablemente era el Mesías, porque adivinó lo que hice en el pasado. Ya no necesitaba el cántaro en el que transportaba el agua que saciaba mi sed corporal temporalmente, pues quería dejarme purificar por el agua que podía saciar mi sed espiritual definitivamente. Mis correligionarios podían seguir tratándome como si me estuviera prostituyendo, pero yo pensé en la posibilidad de creer que había alguien en el mundo que se interesaba por mí, y me valoraba como persona, sin aprovecharse de mi vulnerabilidad, para explotarme a placer, para tener presentes mis pecados para ocultar los suyos, ni para desahogar su rabia y su ira.
Muchos habitantes de Sicar creyeron en Jesús basándose en mi testimonio respecto de que el Señor adivinó mi pasado, y se pusieron en camino conmigo para ir a su encuentro. Le rogamos a Jesús que nos instruyera espiritualmente, y accedió a nuestra petición durante dos intensos días. Mis convecinos me dijeron que no creían en el Mesías por causa de mi testimonio, sino porque ellos mismos habían escuchado al Enviado de Dios. Teniendo el alma llena del amor del Dios que cumple sus promesas, no me sentí marginada por mis convecinos, sino que alabé a YHWH, porque, por mi mediación, Jesús pudo predicar el Evangelio de salvación.
2. Leemos atentamente JN. 4, 5-42, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de JN. 4, 5-42.
3-1. El cansancio de Jesús (JN. 4, 5-6).
Como vigilantes de la ortodoxia del Judaísmo, los fariseos se alarmaron del hecho de que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a quienes aceptaran el Evangelio (JN. 4, 1-4). Dado que el Mesías inició su Ministerio hacía muy poco tiempo, no quiso enfrentarse a sus opositores, y abandonó Judea para predicar en Galilea, la región a la que llegó pasando por Samaría. El Señor pudo haber pasado por el valle del Jordán para haber evitado encontrarse con los samaritanos, pero Él no apoyaba ni a estos ni a los judíos respecto de sus hostilidades religiosas en el sentido de que no marginaba a nadie por causa alguna, y el hecho de pasar por el valle del Jordán después de celebrar la Pascua, le hubiera hecho pasar un calor sofocante al acercarse al río cuya orilla está bajo el nivel del mar. En su camino, a través de la montaña, Jesús se encontró un pozo, junto al cual se sentó, porque hacía mucho calor al mediodía, y sus discípulos fueron a la ciudad a comprar provisiones. Da la impresión de que el Mesías sabía lo que iba a suceder a continuación.
Contemplemos a Jesús, fatigado por causa del calor y su largo viaje, sentado junto al pozo, esperando que alguien quisiera satisfacer su sed. Jesús no apareció como un Dios Todopoderoso y despectivo, sino como un Hombre débil, a quien no le incumbió mostrarse vulnerable. Siendo superior a los hombres por causa de su Divinidad, Jesús no se mostró prepotente, para lograr que sus creyentes se confiaran a Él plenamente. El cansancio y la sed de Jesús eran reales, como también lo son nuestro cansancio y las frustraciones que nos caracterizan. A pesar de que hacía poco tiempo que el Señor inició su Ministerio público, ya tenía enemigos jurados, porque intentaba hacer que sus seguidores rompieran con las corruptas instituciones judías (JN. 1, 1-11, 45). Jesús no se mostró ante sus hermanos de raza como Hombre poderoso rodeado de siervos y esclavos, sino como trabajador de las mieses de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 36). Contemplemos al Señor esperando sentado junto a un pozo (JN. 4, 6), predicando en la cima de un monte (JN. 6, 3), pescando con un grupo de amigos (LC. 5, 6), y, en general, en cualquier lugar y circunstancia, en que pudiera predicar el Evangelio. Ello nos enseñará que no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar que nuestros prójimos nos busquen si es que desean conocer nuestras creencias, pues es necesario que seamos nosotros quienes salgamos a su encuentro para predicarles el Evangelio, partiendo de sus gozos, necesidades y tristezas.
3-2. La sed de Jesús (JN. 4, 7-8).
Aunque las mujeres buscaban el agua que necesitaban a primera hora de la mañana y a última hora de la tarde para evitar el calor del mediodía, una mujer fue a buscar agua al pozo a la hora sexta. Jesús, siendo consciente del vacío espiritual de aquella samaritana, no se le mostró como un líder religioso poderoso, sino como un peregrino fatigado por la sed, el calor y los días de largas caminatas.
Los discípulos de Jesús no pudieron darle agua al Señor, porque fueron a aprovisionarse a la ciudad de Sicar.
3-3. Las hostilidades entre judíos y samaritanos (JN. 4, 9).
El año 721 antes de Cristo, el Reino de Asiria deportó a muchos asirios al Norte de Israel, y también deportó a muchos judíos a otros lugares. La consecuencia lógica del hecho de que judíos y asirios se vieran obligados a convivir en la citada tierra, fue la fusión de sus creencias religiosas. En el año 409 antes de Cristo, los samaritanos levantaron un Templo en el monte Garizim, que fue destruido por los soldados de Juan Hircano el año 128 antes de la era común, el cual concluyó para ellos sus viajes al Templo de Jerusalén, para celebrar las fiestas impuestas por la Ley de Israel. Dado que samaritanos y judíos no mantenían buenas relaciones, porque ambas partes creían que sus creencias eran las verdaderas, los samaritanos en ciertas ocasiones concluyeron las celebraciones religiosas del Templo jerosolimitano, arrojando huesos humanos dentro del recinto sacro. Ya que los judíos encendían fuegos para guiar a los peregrinos durante las noches festivas a la Ciudad Santa, los samaritanos hacían lo propio dos o tres días antes, para confundir a quienes viajaban a la capital cultural de Judea. Por estas razones, los judíos evitaban su paso por Samaría, y tenían prohibido beber agua en los vasos utilizados por los habitantes del Norte del país.
Los samaritanos estaban orgullosos de ser los descendientes de los Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, y también estaban orgullosos del pozo que decían que habían heredado del último de los Patriarcas, por medio de su hijo José (GN. 33, 19; 48, 22; JOS. 24, 32). Respecto de sus creencias religiosas, los samaritanos creían en seis divinidades diferentes, de las cuales Yahveh era su último Dios, el cual no les era legítimo (2 RE. 17, 30-33), porque no consentía que se le adorara junto a dioses falsos, por lo que Él mismo reconoció que era celoso de sus creyentes (EX. 20, 5).
Jesús se mostró vulnerable ante la mujer samaritana, y ella se aprovechó de aquella circunstancia para humillar al Hijo de Dios y María. ¿Cómo era posible que un judío quisiera que una samaritana saciara su sed, si los habitantes del Sur de Israel trataban a los norteños como impuros, y no podían beber agua en los mismos vasos que ellos?
Si realmente nos consideramos seguidores de Jesús, no tiene sentido el hecho de que nos dejemos conducir por los prejuicios de los saduceos y de los fariseos, quienes se vincularon para asesinar al Hijo de Dios y María. Necesitamos estudiar detenidamente nuestras creencias, y no aceptar las que nuestros líderes religiosos nos quieran imponer basándose en el hecho de que son enviados por Jesús, sin pensar qué creencias desea el Señor que tengamos, y qué creencias desean imponernos nuestros líderes religiosos, con tal de alcanzar sus metas humanas. No olvidemos que San Juan escribió los veinte capítulos de su Evangelio afirmando que Jesús es el Templo de Dios ante las denominaciones cristianas y esotéricas que pugnaban por ganarse a los seguidores del Salvador de la humanidad y sus Apóstoles, y que posteriormente se le añadió el último capítulo, para concienciar a los creyentes de que han de dejarse pastorear por el Papa y sus colaboradores los Obispos, quienes son los sucesores de San Pedro y los demás Apóstoles del Mesías. Posteriormente, según fueron apareciendo diferentes denominaciones cristianas, cada cual adoptó interpretaciones diferentes del texto sagrado.
Respecto de la mujer samaritana, pertenecía a la raza híbrida de asirios y judíos, tenía mala reputación por haber tenido seis maridos -o amantes-, y se atrevió a aparecer en un lugar público. Si ella sabía que ningún judío respetable le dirigía la palabra en tales circunstancias, ¿por qué humilló al Mesías? Contestemos esta pregunta por medio de un símil. Cierto día caminaban dos amigos cerca de un río, y vieron cómo un perro se estaba ahogando. Uno de los amigos corrió a salvar al animal, el cual le mordió. El buen hombre, mirando su herida, se preguntaba: ¿Por qué me ha mordido el perro, si mi intención ha sido salvarlo? Su amigo le contestó: -No te ha mordido el perro, sino sus heridas. La samaritana era mal vista por la sociedad, y trataba a la gente tal como ella era tratada. Es cierto que Jesús no la despreció, pero, ¿qué podía querer un judío si se consideraba honrado que se atrevía a hablarle donde podía ser visto?
el Evangelio debe serle anunciado a toda la humanidad. La raza, la posición social y los pecados cometidos, no son excusas válidas para eximir a nadie de la oportunidad de hacerse discípulo -o Apóstol- de Jesús. Necesitamos estar dispuestos para evangelizar con nuestras palabras y obras en todo tiempo y en las circunstancias que vivamos.
3-4. El don de Dios, Jesús y el agua viva (JN. 4, 10).
Para poder interpretar el versículo joánico que estamos meditando, necesitamos saber quién es el don de Dios, quién es Jesús, y quién es el agua viva. El don de Dios es el Espíritu Santo (HCH. 2, 38; 5, 30-32; 8, 18-20; 10, 44-45; 11, 17; 15, 7-8), y Jesús es el Hijo de Dios (JN. 1, 49. 5, 25. 10, 36. 11, 4 y 27. 19, 7. 20, 31) y el Mesías esperado por muchos de sus hermanos de raza durante siglos (JN. 1, 41; . Para que Jesús nos dé a beber su agua viva, necesitamos tener sed de la misma, ya que Dios se les revela a quienes sabe de antemano que no lo van a rechazar.
¿Quién es el agua viva con quien Jesús nos puede familiarizar? En el Antiguo Testamento encontramos versículos en los que la sed de Dios es comparada con la sed de agua (SAL. 42, 3; IS. 55, 1). En la Profecía de Jeremías, el mismo Dios se define como agua viva (JER. 2, 13). Dios es el agua viva que puede saciar nuestra sed de justicia (MT. 5, 6) y de eternidad. En el Antiguo Testamento, se afirma que en Dios está el manantial de la vida (SAL. 36, 10), y también se nos informa de que Dios es el manantial de la vida (JER. 17, 13).
Cuando Jesús le dijo a la mujer samaritana que podía darle agua viva, le dijo que es el Mesías (JN. 4, 26), ya que sólo Él puede saciar nuestra sed de Dios y de felicidad.
3-5. ¿Quién es Jesús para nosotros? (JN. 4, 11-12).
¿Cómo podría sacar Jesús agua de un pozo hondo, si no tenía con qué sacarla? ¿Dónde podría conseguir el Señor un agua capaz de saciar la sed material de la mujer samaritana, si ni siquiera podía sacar agua del pozo junto al que estaba sentado? ¿Es Jesús superior al Patriarca Jacob, de quien los samaritanos creían haber heredado el pozo de cuya agua tanto sus antepasados como ellos bebieron e hicieron que bebieran sus ganados durante muchos siglos? La mujer samaritana empezó a sentir curiosidad respecto de quién era Jesús, y dado que por la forma de vestir del Mesías supo que era judío, y por su acento también supo que procedía de Galilea, empezó a sospechar que se sentía superior a los samaritanos, en lo concerniente a su profesión de fe.
¿Quién es Jesús para nosotros?
¿Por qué creemos en Jesús?
¿Qué esperamos de Jesús?
3-6. La sed y el hambre espirituales y físicas (JN. 4, 13-14).
Así como nuestro cuerpo necesita agua y alimentos físicos, nuestra alma necesita al Dios simbolizado por el agua viva (JN. 4, 10), y el alimento consistente en cumplir su voluntad (JN. 4, 34). La samaritana confundió las dos clases de agua porque por ser mujer nunca tuvo derecho a ser instruida espiritualmente dado que ese privilegio era exclusivo de los hombres. El ejemplo que nos dejó Jesús y la Palabra de dios escrita en la biblia, pueden satisfacer nuestra sed de Dios, y nuestra hambre de cumplir su voluntad, con el fin de que podamos concluir la búsqueda de la tan ansiada felicidad.
¿Cómo podía obtenerse agua viva de un pozo lleno de agua sucia del que bebían indistintamente personas y animales? El agua que nos da Jesús, se convierte en nosotros en una fuente que brota para que alcancemos la plenitud de la vida eterna. No olvidemos que San Juan es el más irónico de los cuatro Evangelistas canónicos.
3-7. ¿Nos aprovechamos quienes laboramos en la viña del Señor del trabajo que llevamos a cabo para alcanzar nuestros intereses personales? (JN. 4, 15).
La samaritana quiso que Jesús le diera agua viva porque, si al beberla saciaba su sed corporal mientras se prolongara su vida, no tendría que ir al pozo a buscar más dicha sustancia vital. Quizás nosotros hemos deseado en alguna ocasión hacer pequeños sacrificios a cambio de que Dios y sus Santos nos concedan grandes favores. Uno de los descubrimientos que hacemos los lectores de la Biblia, aunque no trabajemos en la viña del Señor, consiste en que Jesús no les promete a sus seguidores una vida fácil, para evitar ser seguido por causas más relacionadas con el egoísmo que con la imitación del Señor, a quien queremos servir en nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir pago alguno de dios ni de los hombres por ello.
No olvidemos que Jesús no vino al mundo para evitarnos las dificultades características de los años que vivimos, sino a amoldarnos al cumplimiento de su voluntad partiendo de nuestras circunstancias y de nuestra manera de ser, y a darnos el poder que necesitamos para resolver unos problemas y vivir durante largos periodos de tiempo con otros, actuando como lo haría Nuestro Redentor, si viviera nuestras circunstancias.
a la samaritana le fue difícil comprender lo que Jesús le dijo. También a nosotros nos supone un notable esfuerzo en ciertas ocasiones modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas, pero nos es necesario analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia, para evitar la pereza que retarda el crecimiento psicológico y espiritual, y el estancamiento de quienes se acuartelan en su zona de confort, y se niegan a seguir creciendo, porque se sienten cómodos.
Jesús le dio tiempo a su interlocutora para que lo interrogara y por sí misma hiciera un buen reajuste respecto de sus creencias. Los predicadores del Evangelio necesitamos tener un alto nivel de empatía para evitar forzar a nuestros oyentes y lectores para que se dejen arrastrar a nuestro terreno. Dado que son muchas las religiones existentes en la actualidad, y desde el punto de vista de la Psicología se nos enseña a ser libres, necesitamos aprender a evangelizar sin ejercer presión sobre nuestros oyentes y lectores, y sin hacerles imposiciones a los tales. Salgamos al encuentro de la gente olvidando las palabras prepotencia e imposición. Si algo aprendemos quienes anunciamos el Evangelio sin hacer imposiciones, ello consiste en que nuestro trabajo no produce frutos a corto plazo, y en que debemos darle a la gente el tiempo que necesite para que acepte -o rechace- nuestras creencias.
3-8. La cortina de humo (JN. 4, 16-19).
Desde el principio de su conversación con la samaritana, Jesús se percató de que ella tenía sed de amor divino y humano, y gradualmente fue encauzando su diálogo hasta llegar a tratar el tema por cuya visión ella iba a buscar agua cuando sabía que la iba a ver poca gente, con el fin de evitar ser marginada. La samaritana cambió hábilmente de conversación haciendo referencia a cuál era el lugar correcto para rendirle culto a YHWH (JN. 4, 20), porque aún no tenía la confianza suficiente para pensar que Aquel Hombre no la iba a despreciar.
Si vemos a la citada mujer como representante de la fe de Samaria, los cinco maridos de la samaritana representaban cinco dioses, y el sexto amante era YHWH, quien no era su Divinidad legítima (2 RE. 17, 30-33).
Tal como le sucedió a Jesús con la samaritana, también podemos encontrar en nuestro camino a quienes no quieran hablar con nosotros de sus problemas. Es cierto que los amigos más sinceros y leales no son los que nos dicen lo que nos gustaría escuchar, sino quienes, aunque nos hagan daño, nos dicen lo que saben que es correcto, pero seamos prudentes a la hora de ponerles a nuestros oyentes y/o lectores los dedos en sus llagas, porque tienen derecho a que respetemos su intimidad. Por otra parte, es muy fácil decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando no hemos vivido sus circunstancias, y probablemente es muy difícil actuar para nosotros, cuando somos los que viven situaciones difíciles de afrontar.
La presencia de Cristo es molesta por cuanto saca los pecados cometidos a la luz, pero sólo Dios perdona las infidelidades de sus hijos, y, por otra parte, es necesario que no juzguemos a nadie, no sólo porque somos imperfectos, sino porque no somos jueces de los demás.
3-9. Los Templos más queridos por Dios son los corazones de sus creyentes (JN. 4, 20-25).
La samaritana cambió de conversación hábilmente porque no quería que Jesús le hablara de la razón por la que tenía sed del amor de Dios y del amor de los hombres, y el Señor respetó su decisión de no hablar más de su intimidad, y recondujo nuevamente el tema que ella empezó a tratar, para decirle cuál era su opinión respecto del mismo. Para Jesús, no es tan importante el lugar en que se adore a Dios, como lo es la intención con que se le tribute culto. Este punto de vista es peligroso para los cristianos que piensan que sus denominaciones son las verdaderas porque fueron fundadas por los Apóstoles del Mesías, pues, si la intención con que se adora a Dios es más importante que los lugares de culto, ¿qué razones tenemos para pelearnos por causa de nuestras diferencias a la hora de interpretar la biblia y para no vivir como hermanos?
Es interesante constatar cómo Jesús estaba de parte de los judíos respecto de los conflictos religiosos surgidos entre judíos y samaritanos (JN. 4, 22; GN. 12, 3; IS. 49, 6), pero no se valió de ese hecho para provocar una discusión inútil, así como también hizo lo propio la samaritana, dándole a entender al Señor, que sólo el Mesías podría acabar con las citadas diferencias (JN. 4, 25). Ambas partes tenían sus creencias, pero fueron inteligentes como para no usarlas para distanciarse.
¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad? Porque Dios es Espíritu, no puede ser encerrado en ningún templo, por lo que, consecuentemente, puede ser adorado, en cualquier lugar, y a cualquier hora. Para Dios, es más importante cómo lo adoramos, que el lugar en que le tributamos culto. Esto es muy difícil de aceptar por quienes invierten grandes fortunas en la adaptación de locales para adorar a Dios, pero, para el Dios de Jesucristo, no hay mayor riqueza que podamos darle, que la adoración en espíritu, y en la verdad y sinceridad de una profesión de fe, caracterizada por el conocimiento de su Palabra, el cumplimiento de su voluntad, y la práctica constante de la oración.
¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios? Dado que no sabemos orar en el sentido de que no siempre le pedimos a Dios lo que más ha de beneficiarnos con respecto a nuestra salvación, el espíritu Santo acude en nuestra ayuda (ROM. 8, 26). Con el fin de que vivamos como hijos de Dios, el Espíritu Santo nos enseña y recuerda las enseñanzas de Jesús (JN. 14, 26), y ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones (ROM. 5, 5).
3-10. Jesús es el Mesías (JN. 4, 26).
Jesús no le dijo jamás a nadie tan claramente que es el Mesías tal como se lo dijo a la mujer de Sicar. Ella le dijo que sólo el Mesías podría exterminar las diferencias religiosas existentes entre judíos y samaritanos, y el Señor le dijo que Él es el Enviado de Dios que fue esperado durante siglos.
¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?
3-11. Jesús fue fiel a sus creencias (JN. 4, 27).
Los discípulos de Jesús llegaron de la ciudad, y se sorprendieron al ver cómo el Señor hablaba con una mujer a pesar de que podía ser visto, pues ningún maestro de la Ley hubiera hecho tal cosa fuera de su hogar, ni siquiera con su propia esposa. Dichos seguidores de Jesús aún no habían aprendido que su Maestro no marginaba a nadie por ninguna causa, porque todavía llevaban poco tiempo siguiendo al Hijo de María.
¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?
¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?
3-12. El cántaro de la samaritana (JN. 4, 28).
San Juan no nos dice si finalmente la samaritana quiso satisfacer la sed de Jesús, pero sí nos informa de que dejó el cántaro con que fue a buscar el agua al pozo, y se fue a decirles a sus convecinos que había encontrado a quien podía ser el Mesías, sin que la caracterizaran el miedo a ser rechazada, la rabia por ser despreciada, la impotencia por no exterminar dicho problema, o el sentimiento de desamparo que le hizo buscar agua a una hora en la que era poco probable que la vieran las mujeres consideradas honradas. También el ciego Bartimeo se desprendió del manto que le servía como abrigo, para taparse durante las noches y recoger las monedas que mendigaba para sentirse más libre a la hora de pedirle a Jesús que le concediera el don de la vista (MC. 10, 50). ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?
3-13. ¿Será Jesús el Cristo de Dios? (JN. 4, 29-30).
La samaritana pensaba que Jesús podía ser el Mesías, porque había adivinado su secreto más íntimo. Los hombres de Sicar la siguieron, porque sintieron curiosidad al verla hablar del Señor con seguridad y entusiasmo.
¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe?
3-14. El alimento de Jesús y de sus fieles seguidores (JN. 4, 31-34).
Dado que los discípulos tenían que servir a sus maestros espirituales a cambio de la instrucción que recibían, los seguidores de Jesús quisieron que el Señor se alimentara. Por su parte, Jesús, que seguía pensando en la conversación que había tenido con la samaritana, quería seguir hablando de temas relacionados con la espiritualidad. Es por eso que, mientras que los discípulos pensaban en el alimento material, Jesús pensaba en el alimento espiritual, que para Él consiste en cumplir la voluntad divina. Recordemos que la samaritana, habiendo creído en seis divinidades distintas, no encontró al Dios que es el manantial de agua viva que necesitaba, y los discípulos de Jesús, teniendo junto a sí la fuente de agua viva, aún no fueron capaces de permitir que Jesús extinguiera su sed.
el alimento espiritual, no sólo se reduce a la atenta lectura de la biblia, a la oración y a la asistencia al culto y a la instrucción eclesiásticos, así pues, si no ayudamos a Dios en nuestros prójimos carentes de dádivas espirituales y materiales, no podremos ser saciados del alimento divino. Recordemos que no sólo nos alimentamos con la instrucción que recibimos, pues también nos saciamos con las dádivas espirituales y materiales que repartimos sin tacañería.
3-15. ¿Quién recogerá el fruto de nuestra siembra? (JN. 4, 35-38).
Hace años hice un curso de Psicología para padres cuyos instructores nos enseñaron a mis compañeros y a mí habilidades para que aprendiéramos a ser más comunicativos y nos dieron instrucciones sobre cómo negociar con los hijos para resolver conflictos. Al final del curso, una de mis compañeras quiso saber cómo podía conseguir que sus hijos le agradecieran lo que hizo por ellos, y recibió la siguiente respuesta de los instructores: Dentro de muchos años, cuando tus hijos sean padres y estén en una situación análoga a las circunstancias que estás viviendo, pensarán que te hicieron sufrir, pero, mientras llegue ese día, no esperes que te agradezcan lo que has hecho por ellos. En el campo de la predicación nos sucede algo parecido, en el sentido de que quienes predicamos el Evangelio queremos ver resultados positivos y a corto plazo referentes a nuestra actividad en la viña del Señor, pero ello no siempre es posible. Dado que no podemos -ni debemos- forzar a nadie para que crea en Dios, sólo Nuestro Padre celestial puede recolectar el resultado de nuestra siembra.
Oremos -y trabajemos- para no descuidar la instrucción espiritual de nadie, amparándonos en la excusa de que no está preparado para conocer a Dios. Dado que Jesús nos invita a creer que en el mundo hay mucha gente dispuesta a acoger el Evangelio, trabajemos con alegría y esperanza en la viña del Señor, y oremos para que Dios recoja un buen fruto respecto de nuestra siembra. Sintamos la alegría de trabajar para Jesús y de ver cómo el Señor tiene mucha gente dispuesta a creer en Él. Nosotros por ser sembradores apenas vemos las semillas que sembramos, pero Dios ve en nuestro esfuerzo grandes resultados, ya que el Espíritu Santo nos acompaña y nos fortalece, para que llevemos a cabo la misión que nos ha sido encomendada. Aquellos que se fatigaron que son mencionados en JN. 4, 38, son San Juan Bautista, -el Precursor del Mesías (LC. 1, 76)-, y los Profetas del Antiguo Testamento (HB. 1, 1). También nosotros laboramos teniendo presente el trabajo que han llevado a cabo muchas almas santas, tal como lo hicieron los Apóstoles de Jesús, partiendo de la predicación de San Juan Bautista, y de los Profetas de la primera parte de la biblia.
3-16. Muchos samaritanos creyeron en Jesús por causa del testimonio de la mujer de Sicar (JN. 4, 39-40).
Antes de conocer a Jesús, la samaritana fue a buscar agua al pozo de Jacob al mediodía, una hora en que, por causa del calor que hacía, iba a ser vista por poca gente. Después de conocer al Señor, a pesar de que no estaba segura de que Aquel Hombre es el Mesías, no le importó comunicarles su gozo a sus convecinos, quienes la siguieron al encuentro de Jesús, porque sintieron curiosidad. Quizás hemos cometido errores de los que nos hemos arrepentido y hay mucha gente que sabe de nuestro pasado, pero, cuando Jesús nos toca el corazón, no nos importan dichos errores tanto como nos incumbe el hecho de testimoniar nuestra fe. Habrá quienes nos consideren pecadores imperdonables cuando cambiemos, pero otros sentirán curiosidad respecto de la causa que originó nuestro cambio, y abrazarán la fe que profesamos. Atrevámonos a dar testimonio de lo que el Señor ha hecho con nosotros, para aumentar los hijos de Dios.
3-17. ¿Cómo le agradecieron los habitantes de Sicar a su convecina el hecho de que les dio la oportunidad de conocer al Mesías? (JN. 4, 41-42).
Jesús, quien no discriminaba a las mujeres por considerarlas inferiores a los hombres, pasó dos días predicándoles el Evangelio a los habitantes de Sicar, quienes le dijeron a su convecina que no creían en el Señor porque ella se los presentó, sino porque ellos habían oído al Redentor. De este hecho, extraemos los siguientes puntos:
1. Ojalá se nos pudiera decir a quienes predicamos el Evangelio por parte de nuestros oyentes y lectores: No creemos en Jesús por vuestra causa, sino porque el Señor se nos ha manifestado.
2. Así como la samaritana no perdió su imagen de prostituta por el hecho de haberles presentado a Jesús a sus convecinos, nuestros conocidos nunca olvidarán cómo eran nuestras vidas antes de que nos convirtiéramos al Señor. Si nos comprometemos seriamente con la causa de Jesús, dispongámonos a ser contestados, pues, si ello nos sucede, ocurrirá que seremos predicadores leales al Señor, y no trabajaremos para vivir a costa de quienes corran con nuestro elevado tren de vida.
3-18. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-19. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 4, 5-42 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué se alarmaron los fariseos al saber que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a sus seguidores?
2. ¿Por qué abandonó Jesús la región de Judea?
3. ¿Por qué no quiso Jesús enfrentarse abiertamente a los fariseos?
4. ¿Por qué no quiso Jesús ir a Galilea pasando por el valle del río Jordán?
5. ¿Por qué no rechazaba Jesús a los samaritanos por causa de las hostilidades religiosas que los separaban de los habitantes del Sur de Israel?
6. ¿Por qué se sentó Jesús junto al pozo que los samaritanos creían haber heredado del Patriarca Jacob?
7. ¿Por qué se mostró Jesús vulnerable, y no actuó como un Dios todopoderoso y despectivo?
8. ¿Por qué no hizo Jesús alarde de una gran prepotencia?
9. ¿Por qué tenía Jesús enemigos jurados?
10. ¿Por qué no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar si alguien desea conocer al Dios en quien hemos depositado nuestra confianza?
11. ¿Qué necesitamos tener en cuenta para predicar el Evangelio exitosamente?
3-2.
12. ¿Por qué buscó la mujer samaritana agua a una hora en la que sabía que la iba a ver poca gente?
13. ¿Por qué actuó Jesús ante la samaritana como peregrino fatigado por la sed y las horas de viaje?
14. ¿Por qué no pudieron los discípulos de Jesús saciar la sed de su Maestro?
3-3.
15. ¿Cuál fue el detonante que hizo que surgieran hostilidades entre judíos y samaritanos?
16. ¿Por qué destruyó Juan Hircano el Templo del monte Garizim?
17. ¿Por qué no mantenían buenas relaciones los judíos y los samaritanos?
18. ¿Sabes algo de las creencias que mantenían los samaritanos?
19. ¿Por qué humilló la samaritana a Jesús?
20. ¿Por qué necesitamos examinar las creencias religiosas que se nos quieran imponer antes de aceptarlas?
21. ¿Por qué se le añadió al cuarto Evangelio el capítulo 21?
3-4.
22. ¿Quién es el don de Dios?
23. ¿Quién es Jesús?
24. ¿Quién es el agua viva?
25. ¿Qué necesitamos para que Jesús sacie nuestra sed de agua viva?
26. ¿A quiénes se les revela Dios?
27. ¿Qué le dijo Jesús a la samaritana cuando le dijo que podía darle agua viva?
3-5.
28. ¿Por qué sintió la mujer samaritana curiosidad respecto de Jesús?
29. ¿Por qué sospechó la samaritana que Jesús creía que su fe era superior a la de ella?
30. ¿Quién es Jesús para nosotros?
31. ¿Por qué creemos en Jesús?
32. ¿Qué esperamos de Jesús?
3-6.
33. ¿Quién es el agua viva que puede extinguir nuestra sed espiritual?
34. ¿Cuál es el alimento divino que puede saciar nuestra hambre espiritual?
35. ¿Por qué confundió la samaritana el agua del pozo de Jacob con el agua viva que Jesús le ofreció para saciar su sed?
36. ¿Qué pueden hacer respecto de nosotros el ejemplo que Jesús nos dejó y la Palabra de Dios escrita en la biblia?
3-7.
37. ¿Por qué no les promete Jesús a sus seguidores una vida fácil?
38. ¿Por qué muchos cristianos esperan grandes favores tanto de Dios como de sus Santos a cambio de hacer pequeños sacrificios?
39. ¿Por qué queremos servir a Dios en nuestros prójimos los hombres sin esperar que ni Nuestro Padre celestial ni ningún hombre pague nuestros servicios?
40. ¿Para qué vino Jesús al mundo?
41. ¿Por qué nos supone un notable esfuerzo modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas?
42. ¿Por qué necesitamos analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia?
43. ¿Por qué le dio Jesús tiempo a su interlocutora para que lo interrogara?
44. ¿Por qué necesitamos los predicadores del Evangelio tener un alto nivel de empatía?
45. ¿Por qué necesitamos predicar el Evangelio sin mostrarnos prepotentes y sin hacerle imposiciones a nadie?
46. ¿Por qué no produce habitualmente frutos a corto plazo el trabajo de los predicadores del Evangelio?
3-8.
47. ¿Por qué cambió la samaritana hábilmente el tema de conversación?
48. ¿Confiamos en Jesús? ¿Por qué?
49. ¿Qué representan los cinco maridos y el amante de la samaritana?
50. ¿Por qué conviene que seamos prudentes a la hora de tratar temas que pueden herir la sensibilidad de nuestros oyentes y/o lectores?
51. ¿Por qué es fácil para nosotros decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando viven circunstancias difíciles?
52. ¿Por qué nos cuesta actuar en ciertas ocasiones en que vivimos situaciones difíciles?
53. ¿Por qué es molesta la presencia de Cristo en ciertas ocasiones?
54. ¿Por qué conviene que nos amparemos en el no juicio a la hora de tratar con nuestros prójimos los hombres?
3-9.
55. ¿Por qué respetó el Señor la decisión de la samaritana de no hablar más de su intimidad?
56. ¿Por qué no es tan importante para Jesús el lugar en que se adora a Dios como lo es la intención con que se le tributa culto?
57. ¿Por qué estamos divididos los cristianos?
58. ¿A qué nos conducen a los cristianos las divisiones internas y externas a nuestras iglesias o congregaciones?
59. ¿Por qué no utilizaron Jesús y la samaritana sus creencias contrapuestas para discutir?
60. ¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad?
61. ¿En qué consiste la adoración a Dios en espíritu y en verdad?
62. ¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios?
63. ¿en qué sentido no sabemos orar?
64. ¿Qué nos enseña y recuerda el Espíritu Santo respecto de Jesús?
65. ¿Qué ha derramado el Espíritu Santo en nuestros corazones?
3-10.
66. ¿Por qué le hizo Jesús a la samaritana la afirmación más directa de su mesianismo?
67. ¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?
3-11.
68. ¿Por qué se sorprendieron los discípulos de Jesús al encontrar al Señor hablando con una mujer donde podía ser visto?
69. ¿Por qué no margina Jesús a nadie?
70. ¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?
71. ¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?
3-12.
72. ¿Por qué llegó a ser más importante para la samaritana el anuncio de lo que Jesús hizo en su vida que la satisfacción de su sed corporal?
73. ¿Por qué se desprendió el ciego Bartimeo de su manto para que le fuera más fácil acercarse a Jesús?
74. ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?
3-13.
75. ¿Qué hizo que los hombres de Sicar caminaran detrás de una mujer considerada impura?
76. ¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe? En el caso de que la respuesta a esta pregunta sea negativa, ¿se debe este hecho a nuestro mal ejemplo de profesión de fe, a nuestra falta de entusiasmo para seguir a Jesús, o a que nuestros oyentes y/o lectores no están interesados en el Evangelio?
3-14.
77. ¿Por qué quisieron los seguidores de Jesús que el Señor se alimentara?
78. ¿Qué hacemos para agradecerles a quienes nos predican el Evangelio los esfuerzos que llevan a cabo en nuestro beneficio?
79. ¿Por qué quería Jesús seguir hablando con sus amigos de temas relacionados con la espiritualidad?
80. ¿en qué consiste para Jesús el alimento espiritual?
81. ¿Por qué la samaritana no pudo saciar su sed espiritual antes de conocer a Jesús y de creer en el Señor?
82. ¿Por qué los discípulos de Jesús no consiguieron su alimento espiritual a pesar de que seguían al Señor?
83. ¿Cómo podemos saciar nuestra hambre espiritual?
84. ¿Cómo podemos alimentarnos espiritualmente a través de un buen ciclo de formación, acción y oración?
3-15.
85. ¿Por qué no podemos esperar quienes anunciamos el Evangelio que los resultados de nuestra siembra siempre sean positivos?
86. ¿Por qué tenemos que esperar los resultados de nuestro trabajo evangelizador a largo plazo, y necesitamos aprender que sólo Dios recogerá los frutos de nuestra siembra?
87. ¿Por qué no podremos recoger los frutos que hayan de ser cosechados de nuestra siembra?
88. ¿Por qué hemos de evitar predicar el Evangelio forzando a nuestros oyentes y/o lectores a abrazar nuestras creencias?
89. ¿Nos negamos a predicar el Evangelio amparándonos en la excusa de que nuestros oyentes y/o lectores no están preparados para tener y ejercer fe en Dios?
90. ¿Cómo desea Jesús que trabajemos en la viña que llamamos Iglesia?
91. ¿Cómo podemos trabajar con alegría en la viña del Señor si nunca podremos cosechar el resultado de nuestros esfuerzos?
92. ¿Quién nos acompaña y nos fortalece para que llevemos a cabo nuestro trabajo?
93. ¿Quiénes se han fatigado para que nos sea posible seguir predicando el Evangelio a través de nuestras palabras y de nuestro ejemplo de profesión de fe?
3-16.
94. ¿Son nuestros errores un obstáculo que nos impide predicar el Evangelio?
95. San Pedro negó a Jesús durante la noche del amor y las traiciones (JN. 18, 25-27), pero llegó a ser el primer Papa de la Iglesia Católica (JN. 21, 15-17). San Pablo persiguió, torturó y asesinó cristianos antes de hacerse seguidor de Jesús (HCH. 22, 4-5), pero llegó a ser el Evangelizador de los no judíos por antonomasia. No permitamos que la visión de nuestros errores nos impida avanzar en ningún terreno.
3-17.
96. ¿Debemos esperar que aquellos que se conviertan al Evangelio ayudados por nosotros nos agradezcan nuestra dedicación a ayudarles a ser seguidores de Jesús? ¿Por qué?
97. ¿Ha de depender nuestra satisfacción por hacer el bien del agradecimiento que se nos manifieste, o de la seguridad de estar haciendo lo que consideramos correcto?
98. ¿Podemos ser los cristianos que Dios desea que lleguemos a ser desde la eternidad si evitamos el hecho de ser contestados en nuestro medio social? ¿Por qué?
5. Lectura relacionada.
Leamos, meditemos y oremos el Salmo 9, en el que los no creyentes y los extranjeros simbolizan las dificultades que deseamos que sean resueltas, con el fin de que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, viviendo en presencia del Dios Uno y Trino.
6. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 4, 5-42.
Si verdaderamente el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ROM. 5, 5), comprometámonos a llevar a cabo una obra durante la próxima semana, que sea demostrativa de que, el cumplimiento de la voluntad de Dios, es nuestro alimento espiritual(JN. 4, 34).
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Agua viva del manantial de la vida:
Sacia mi sed de amor y justicia, para que pueda llegar a ser el cristiano en que estás pensando que puedo ser, desde la eternidad.
8. Oración final.
Leamos, meditemos y oremos el texto del SAL. 36, 6-11.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com