Meditación.
Se ha hecho visible la bondad de Dios, que trae la salvación a todos los hombres.
(TT. 2, 11).
El día de Navidad empezó a celebrarse oficialmente el año 345, gracias a la influencia de San Juan Crisóstomo y San Gregorio Nacianceno. La Iglesia absorbió el Saturnal romano y el Yule de Europa del norte con el fin de que la verdadera adoración no se le manifestara ni a Saturno ni al sol, sino a Jesucristo, la Aurora -o Sol- de justicia que nos visitó desde lo alto (LC. 1, 78). De la misma manera que la Iglesia absorbió hábilmente dichas celebraciones paganas para cristianizar a quienes las celebraran sin que los mismos se sintieran coaccionados para cambiar sus creencias en poco tiempo, los cristianos del siglo XXI podemos preguntarnos: ¿Qué diferencia existe entre los cristianos y quienes no comparten nuestras creencias? Nosotros no somos ni superiores ni de inferior categoría que quienes no comparten nuestra fe, pero nos diferenciamos de ellos en que conocemos el hecho de que la bondad de Dios se nos ha manifestado, según recordamos en la Misa de medianoche de la Natividad de Nuestro Señor. San Pablo nos dijo en aquella celebración tan especial: (TT. 2, 11-13).
El pasado día uno de noviembre celebramos la solemnidad de todos los Santos, y, aunque el día dos del citado mes fue agridulce al recordar a nuestros difuntos y la esperanza que significa para los cristianos creer que Dios cumplirá la promesa de llevarnos al cielo, la Iglesia, fiel a la misión que le encomendó Nuestro Señor Jesucristo, predicó incansablemente la futura instauración del Reino de Dios en el mundo, un Reinado en que, quienes descendemos del primer hombre (Adán), seremos vivificados según la imagen del segundo Adán (Cristo) (1 COR. 15, 45-50).
¿Qué podemos hacer para comenzar a vivir nuestra transformación espiritual o conversión? Antes de contestar esta pregunta, vamos a considerar el significado de la conversión, es decir, el hecho de volvernos a Dios. La conversión es imprescindible para nosotros porque, a través de ese gran giro que damos en nuestras vidas al aceptar a Nuestro Creador y al cumplir su voluntad, nos vamos haciendo miembros del Cuerpo místico del que lo es todo en todos, -es decir, la Iglesia- La conversión no es un acto teatral que se lleva a cabo en un determinado espacio de tiempo reducido, pues ello supone la equiparación de nuestros criterios y actitudes al modo de pensar y ser de Nuestro Maestro. Esta transformación no afecta únicamente la faceta religiosa, pues incluye todos los aspectos de la vida de los seguidores de Jesús.
Quizás nos diga alguien: "No estáis en contra del aborto porque defendéis la vida, sino porque sois unos fanáticos religiosos". Esta creencia nuestra no se basa en el supuesto "lavado de cerebro" que alguien nos ha hecho, sino en las palabras de Jesús, contenidas en MT. 22, 32.
Quizás también se nos diga: "Si fuerais tan buenas personas como pretendéis hacernos creer, no rechazaríais a los homosexuales". El Catecismo de la Iglesia Católica, dice: (CIC. n. 2358).
La conversión significa vivir en permanente estado de cambio y superación. El Rey Salomón le oró humildemente a Dios cuando Nuestro Santo Padre le encomendó el reinado de Israel, dado que se creía incapaz de gobernar a su pueblo. Por causa de su humildad, Dios le concedió más riquezas de las que jamás haya podido tener ningún hombre a lo largo de la Historia, pero, dicho Rey, en vez de dedicar toda su vida al ejercicio de los dones y virtudes que había recibido de Dios, al llegar a la ancianidad, acabó incumpliendo la Ley del Altísimo, no por falta de pruebas que le demostraran que Dios actuaba en su vida, sino porque, por causa de su orgullo, no siguió siendo humilde y creciendo espiritualmente, sino que se dejó arrastrar por el materialismo. De la misma forma que Salomón le falló a Dios, podemos seguir los pasos del hijo de David si no cuidamos nuestra fe convenientemente.
En respuesta al modo en que hemos de llevar a cabo nuestra conversión a partir del momento en que leéis esta meditación, San Pablo nos dice: (COL. 1, 1-3). ¿Debemos entender que San Pablo nos insta a que olvidemos nuestra realización como hijos del mundo y que nos dediquemos exclusivamente a la vida mística? San Pablo responde esta pregunta en su Carta a los Colosenses: (COL. 3, 17).
La conversión es un proceso lento, gradual y radical (COL. 3, 9-11).
¿Cuál tiene que ser la influencia de Jesús en nosotros, con el fin de que podamos convertirnos al Evangelio? (1 COR. 1, 30-31).
¿La conversión de nuestra alma al Señor es fácil? Naturalmente, de la misma manera que fracasamos al llevar a cabo muchas empresas, a lo largo de nuestra conversión, podemos desanimarnos, ora porque dejamos de fortalecer nuestra fe mediante la adquisición del conocimiento de Dios, ora por la visión de las circunstancias adversas que podemos vivir, pero, a pesar de ello, debemos tener presentes las palabras de San Pablo: (1 COR. 15, 57-58).
¿Debemos intentar convertirnos al Señor como si estuviéramos participando en una carrera de obstáculos en que tenemos que ser los primeros en llegar a la meta? El proceso de cambio de nuestra mentalidad es lento y gradual, y no hemos de actuar coaccionándonos como si el hecho de tener prisa por alcanzar un nivel místico elevado facilitara nuestra comprensión del misterio de Nuestro Creador. No debemos ser presionados para convertirnos al Señor por nadie ni por nosotros (2 COR. 3, 17-18).
El fin de la conversión es hacernos imitadores de Cristo. Aunque el hecho de servir a Dios nos reporta una gran alegría a los cristianos que hemos optado por hacer obras de misericordia y/o predicar el Evangelio, hemos de tener presentes las siguientes palabras de Jesús, pues las mismas son la explicación de las contradicciones a las que nos vemos sometidos muchas veces: (JN. 17, 14-15).
El ejemplo de San Pablo nos demuestra que, aunque su conversión fue dolorosa, la satisfacción de servir a Dios fue superior a su sufrimiento, pues él les escribió a los cristianos de Corinto: (2 COR. 11, 24-33).
Dado que somos imperfectos, ¿podemos permitirnos algún margen de error en el tiempo del cambio? Por causa de nuestra imperfección con la que Dios nos quiere porque nos ha creado con ella, nos vamos a equivocar muchas veces, y en ciertas ocasiones puede sucedernos que cometamos errores graves, pero ello no significa que los mismos sean pecados, sino que podemos aprender a superarnos a partir de nuestro estado actual. ¿Tenemos, por ejemplo, el defecto de que nos airamos fácilmente? San Pablo nos dice que nos superemos lentamente (EF. 4, 26). A veces tenemos que enojarnos sencillamente porque debemos hacernos respetar en nuestro entorno si no somos asertivos, pues en ciertas circunstancias podemos vernos obligados a hacer justo lo que no deseamos porque nos presionan y no podemos actuar contra nuestra conciencia. Cuando tengamos que afrontar periodos difíciles, nos aplicaremos esta frase del Apóstol: (EF. 5, 17).
San Pedro escribió: (1 PE. 3, 15-17).
Aunque en muchos países concluyó el periodo de vacaciones navideño el día uno del presente mes, en otras naciones el mismo se prolongará hasta el día de la Epifanía del Señor. El hecho de que celebremos la Navidad social es muy positivo, siempre que, imitando a la Iglesia que cristianizó los ritos paganos llamados Saturnal y Yule, sepamos darle a dicha celebración un sentido cristiano. Algunos habéis tenido el privilegio de viajar o de recibir en vuestros hogares a familiares y amigos, con quienes habéis pasado unos días estupendos hablando de vuestros recuerdos y proyectos, pero, ¿habéis reparado en que la Sagrada Familia puede estar abandonada en la representación de vuestro nacimiento? ¿Habéis pensado que la Trinidad Beatísima representada por vuestro árbol de Navidad puede sentirse desamparada por vuestra posible ignorancia voluntaria de Ella?
Convertirnos a Dios no significa privarnos de celebrar la Navidad social, sino darle a esa celebración un sentido entrañable humano y divino, es decir, apagar el televisor, bajar el volumen de la música, jugar con los niños, dejar que los padres mayores y abuelos cuenten cientos de veces las mismas historias, hacer un alto en el camino para abrazar y ser abrazados, ultimar los preparativos para perfeccionar los proyectos que tenemos en mente, y apartar tiempo para dedicarnos a los enfermos, los desamparados y los pobres, pues ellos también son nuestros hermanos. Si algunos pobres se han hecho a sí mismos, de la misma manera que nos estamos convirtiendo al Señor, démosles también a ellos la oportunidad de vivir y soñar, para que sus corazones se abran al Dios de quienes quizás creen que los ha abandonado.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que esta Navidad no se dé nunca por finalizada por quienes somos sus hijos, y que podamos seguir celebrándola así en la tierra como en el cielo. Amén.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com