Meditación.
Comenzamos el tiempo de Navidad con la celebración de la Misa Vespertina del 25 de diciembre. Durante las 4 semanas del tiempo de Adviento nos hemos preparado para recibir a Cristo Jesús en sus dos venidas. Faltan escasas horas para que el Hijo de María nazca en nuestros corazones y podamos sentir que tenemos en nuestros brazos al Dios que se hizo hombre porque su compasión al contemplar nuestra debilidad es ilimitada. Esta noche adoraremos con gran gozo a aquel a quien le debemos nuestra vida, nuestra filiación divina, y la eternidad que viviremos junto a Él cuando venga por segunda vez a exterminar nuestras miserias.
Mientras esperamos la llegada de la media noche para conmemorar el gran acontecimiento de la Natividad de Nuestro querido Jesús, vamos a pensar en nuestros defectos, nuestras enfermedades, vamos a considerar las cosas que queremos hacer y no nos sentimos capaces de llevar a cabo por causa de nuestro miedo o la pereza que nos invade, y vamos a pedirle a Dios que nos inste a sentirnos perdonados por Él, porque anhelamos alcanzar su perfección divina, y para que no desfallezcamos en nuestra larga lucha por ser cada día mejores personas cristianas.
En repetidas ocasiones hemos considerado que el Nacimiento de Jesús simboliza la Parusía o segunda venida del Mesías, el inicio del tiempo en que Nuestro Señor exterminará las causas por las que sufrimos actualmente. Isaías, el cantor de la esperanza que ha mantenido nuestra fe viva durante el tiempo de Adviento, nos insta a iniciar el tiempo de Navidad animándonos para que sintamos que fue Jesús quien se aplicó las palabras que hemos oído durante la proclamación de la primera lectura, que, por otra parte, nos animará a celebrar la Misa de la Aurora, así pues, al iniciarse el día de mañana, celebraremos gozosamente el nacimiento de Jesús, símbolo de la Parusía del Mesías.
Vamos a pedirle a Dios que, al oír el fragmento de los Hechos de los Apóstoles que constituye una de las segundas lecturas de esta celebración eucarística con que iniciamos el tiempo de Navidad, nos inste a meditar sobre todo lo que hemos aprendido durante el tiempo que hemos concluido hoy, para ver si nuestra vida es observada por quienes nos conocen como un testimonio de Cristo Jesús.
Jesús vino al mundo para salvarnos de nuestros pecados, para librarnos de nuestras enfermedades y de la muerte eterna. Nuestro Señor, por sus propias palabras, "ha venido al mundo para salvar lo que estaba perdido" (MT. 18, 11). Al concluir esta celebración eucarística nos dispondremos a celebrar la tradicional cena de Navidad. Durante el encuentro que vamos a tener con nuestros familiares y amigos, vamos a analizar nuestra vida con la ayuda de nuestros seres queridos, y vamos a intentar localizar nuestros defectos, y cuáles son nuestros deseos más profundos, y los sentimientos que nos impiden alcanzar nuestras metas. Vamos a dar un paso crucial para recibir al Mesías en su Natividad que celebraremos al fin dentro de muy pocas horas. Vamos a hablar con quienes tenemos mucha confianza, tengamos nuestros sentimientos más profundos a flor de piel, para poder celebrar con gran gozo la Navidad, logrando así ser más felices de lo que somos.
Con el propósito de que podamos comprender lo importante que es para nosotros celebrar la Natividad de Nuestro Hermano y Señor Jesús, la Iglesia, en la vigilia de Navidad, nos propone una serie de lecturas para aumentar en nosotros el deseo de que Cristo, además de manifestársenos individual y colectivamente dentro de escasas horas como un niño débil y humilde, transforme nuestra vida a través de la conversión, con el objeto de que podamos gozar, al final de los tiempos, de una existencia perdurable, sin dolor, sin rencores, sin malos entendidos que dificulten nuestras relaciones, y sin enfermedades que conviertan nuestra vida en una carga pesada.
Muchos de vosotros habéis recorrido grandes distancias para reuniros con vuestros familiares y amigos para conmemorar en su compañía la Solemnidad de la Natividad del Señor. Mientras aguardamos la llegada de la primera manifestación de Nuestro Señor, recordemos las hermosas palabras del Apóstol: (1 JN. 1, 1-3).
Fijaos, queridos hermanos y amigos, con qué sencillez nos da a conocer San Juan su testimonio de Jesús. El citado Evangelista nos dice en el fragmento de su primera Carta lo que se contiene en estos otros versículos de su Evangelio: (JN. 1, 1-2). San Juan nos dice que, junto a los demás Apóstoles, ha visto a Jesús, le ha oído, ha contemplado al Señor obrando prodigios que significan la abundancia del Reino de Dios, y que sus manos han palpado a aquel que es el Verbo o Palabra de Dios, el fundamento de nuestra vida, según consta en el Evangelio del más amado de los Apóstoles del Señor (JN. 1, 3).
San Juan vio la manifestación de la vida en Jesús, el cuál exclamó antes de resucitar a su íntimo amigo Lázaro: (JN. 11, 25-26).
San Juan también nos dice en su Evangelio con respecto a Jesús, las palabras expuestas en JN. 1, 14.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que avive en nosotros el deseo de ser fieles testigos de Jesús.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
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