Meditación.
4. Meditación del capítulo 1 del Santo Evangelio según San Lucas.
1. Anuncio del nacimiento de San Juan el Bautista.
Recordemos en esta celebración inicial del tiempo de Navidad, los acontecimientos descritos por San Lucas en el capítulo 1 de su Evangelio. Quisiera que mi humilde meditación nos sirva a todos para hacer un balance de lo que hemos hecho durante las semanas que se ha prolongado el Adviento, pues es importante que nuestro corazón esté dispuesto a recibir al Mesías en sus dos venidas.
(LC. 1, 5). Herodes el Grande el idumeo era hijo del Procurador de Judea Antípatro. El famoso asesino de los Santos Inocentes de Belén nació al sur de Palestina en el año 73 A. C. A pesar de que el Senado de Roma le concedió a Herodes su realeza en el año 39 A. C., este comenzó a ejercer su cargo dos años después de que el mismo le fuera concedido. Herodes contrajo matrimonio con la princesa asmonea Mariamna con el fin de granjearse la confianza de los judíos. El citado Rey es conocido porque, entre los años 25 y 13 A. C., reconstruyó el Templo de la ciudad santa, poniendo especial atención en los escrúpulos religiosos que caracterizaban a los judíos.
San Lucas nos dice en el citado versículo 5 del capítulo 1 de su Evangelio que Zacarías pertenecía a la clase sacerdotal de Abías. En el capítulo 24 del primer libro de las Crónicas, podemos leer el origen detallado de cada una de las clases sacerdotales existentes en Israel.
San Lucas nos dice que Elisabeth era descendiente de Aarón, el hermano de Moisés que ayudó al elegido de Dios a liberar a los judíos de la esclavitud a llevar a cabo la misión que le fue encomendada por Yahveh.
(LC. 1, 6). Los autores de la Sagrada Biblia (los Hagiógrafos) tenían la costumbre de resaltar las virtudes de los personajes cuyas experiencias nos transmitieron en sus obras, de la misma forma que no ocultaban los pecados que cometían algunos de los protagonistas de sus narraciones. Zacarías e Isabel eran justos delante de El-Shadday, cumplían puntualmente la Ley del todopoderoso, pero no tenían descendencia. En aquél tiempo existía la creencia de que quienes carecían de descendencia habían de ser considerados como muertos, -al igual que les sucedía a los leprosos y a los ciegos por las dramáticas circunstancias que vivían las cuales les impedían realizarse personalmente-, pues, cuando ellos fallecían, se extinguía su linaje.
(LC. 1, 7). No sabemos si Isabel era estéril o si su marido estaba incapacitado para darle un hijo, pues en aquél tiempo, la única causa que podía justificar la incapacidad de un hombre para tener hijos, era la ancianidad del mismo.
(LC. 1, 8-11). Cuando rezamos el Credo hacemos alusión al hecho de que Jesucristo resucitado está sentado a la diestra de Dios Padre en el cielo. El ángel que Zacarías vio en su visión se situó a la derecha del altar del incienso porque ello indicaba que el sacerdote había de respetar al mensajero de Dios que le iba a anunciar una realidad que él en un principio no podría creer.
(LC. 1, 12). ¿Por qué se turbó Zacarías al contemplar a aquél ángel que vio en el Templo de Jerusalén? Los judíos creían que, dado que se consideraban pecadores, si veían a Dios, morirían irremisiblemente, dado que la justicia del todopoderoso los exterminaría, por causa de sus iniquidades, aunque las mismas fueran pecados veniales, o incumplimientos de la Ley forzados por su humana imperfección. Si los católicos tuviéramos la oportunidad de ver a Dios o a uno de sus ángeles cara a cara, no sentiríamos miedo, pues se nos ha dicho que Nuestro Creador es Nuestro Padre, pero a los judíos no se les transmitió tanto la imagen del Dios Padre, como la creencia en el Dios Juez implacable.
(LC. 1, 13). El ángel consideró oportuno tranquilizar al buen sacerdote antes de comunicarle su paternidad. Sabemos que el miedo es una angustiosa perturbación anímica que no nos permite discernir correctamente los acaeceres que hemos de vivir, así pues, si Zacarías conseguía extinguir el miedo de su corazón, podría estar dispuesto a interpretar correctamente el mensaje que le iba a ser transmitido. Zacarías supo que su petición había sido escuchada por Nuestro Criador, pues así se lo hizo saber el espíritu que le fue enviado para comunicarle que no se afligiera más pensando en que, cuando falleciera, su linaje sería exterminado de la faz de la tierra.
(LC. 1, 14-15). Entre los versículos 1-21 del capítulo 6 del libro de los Números, encontraréis las disposiciones que habían de cumplir escrupulosamente los nazires o nazareos. Los nazires tenían terminantemente prohibidas la realización de las siguientes acciones: consumir bebidas alcohólicas, cortarse el pelo, y tocar e incluso aproximarse a un cuerpo muerto.
(LC. 1, 16-17). En la profecía del Profeta Malaquías encontramos el siguiente texto: MAL. 4, 5-6; CF. MT. 11, 14. 17, 10-13). CF. MC. 9, 11-13).
A pesar de lo expuesto anteriormente, San Juan Bautista era muy humilde, así pues, en JN. 1, 21, podemos constatar que él no decía de sí mismo que era Elías, a pesar de que su espíritu era fuerte, por lo cual decimos que el espíritu de Elías volvió a la tierra en el hijo de Zacarías y de Isabel.
(LC. 1, 18). Zacarías no podía creer que él y su mujer iban a tener un hijo siendo ambos ancianos. Nosotros no podemos comprender los misterios de Dios. Si no le abrimos el corazón a Nuestro Padre común, Él no podrá llevar a cabo sus obras en nuestra vida.
(LC. 1, 19). El Arcángel San Gabriel le dijo a Zacarías que no debía dudar del mensaje que él le comunicó, dado que aquella maravillosa noticia procedía de Dios.
(LC. 1, 20). Según nuestra mentalidad actual, el hecho de que le comuniquemos un mensaje a cualquier persona y no seamos creídos, no significa que hemos de castigar a esa persona. Lo que le sucedió a Zacarías significa que hemos de creer en Dios para que Él pueda actuar en nuestras vidas, así pues, si nos negamos a creer en Nuestro Creador, viviremos como quienes no pueden valerse por sí mismos en el terreno de la espiritualidad, caminando a tientas entre las tinieblas de la oscura noche del alma a la que se refería San Juan de la Cruz en sus famosos versos.
(LC. 1, 21-25). Zacarías concluyó el tiempo en que tenía que servir al Señor en el Templo de Jerusalén y volvió a su casa. Pocos días después de que el citado sacerdote volviera a su hogar, su mujer concibió a su unigénito. Fijaos que Dios no se publicitó haciendo que Isabel se quedara embarazada de una forma que fuera muy llamativa para sus vecinos, así pues, Nuestro Padre común lleva a cabo el propósito de redimirnos en nuestra vida ordinaria, en el interior de nuestro corazón, en nuestros ratos de oración contemplativa... San José no intervino en la concepción de Jesús, pero esto no sucedió porque Dios quiso hacer un milagro espectacular para demostrarnos su poder, sino porque Jesús es su Unigénito.
2. Anuncio de la Encarnación del Verbo de Dios.
(LC. 1, 26-27). A pesar de que los católicos veneramos más a Nuestra Santa Madre que a San José, no hemos de olvidar que, en el tiempo en que se redactaron los cuatro Evangelios, las mujeres eran tenidas en menor consideración que los hombres. San Lucas nos dice en su primera obra que Dios envió al ángel San Gabriel a Nazaret, a una virgen comprometida con un descendiente de la dinastía davídica cuyo nombre era José. Por su parte, San Mateo escribió en su Evangelio, el texto expuesto en MT. 1, 18). Mientras que San Lucas escribió su Evangelio para que el pagano Teófilo creyera en Jesús (Vé. LC. 1, 1-4), San Mateo redactó su Evangelio para que los judíos, -los conocedores del Antiguo Testamento-, aceptaran a Nuestro Señor, por consiguiente, esta es la causa por la que dice al comienzo del citado versículo de su obra: "El nacimiento de Jesús el Mesías fue así...", diciéndoles a sus lectores: Así aconteció el Nacimiento de Nuestro Salvador. Al igual que San Lucas, San Mateo nos dice que la Madre de Nuestro Redentor estaba comprometida con San José en matrimonio, mencionando a este último después de citar a la Madre de Nuestro Señor al contrario que lo hizo San Lucas en su relato de la Anunciación, no para contradecir al conocido médico y amigo de San Pablo, sino porque quiso transmitirles a sus lectores aquél episodio de una forma más resumida que lo hiciera el tercer Evangelista.
(LC. 1, 28). La gracia es un favor no ganado que Dios les concede a quienes se dejan redimir y santificar por la Trinidad Beatísima. San Gabriel le dijo a Nuestra Santa Madre que estaba llena de gracia porque confiaba plenamente en Nuestro Padre celestial, porque la futura Madre del Mesías evitó el hecho de pecar porque sabía que ello le agradaba a Yahveh, porque vivía atenta a lo que Nuestro Criador quería que hiciera, y porque aceptó la Maternidad de su Hijo amado. Ojalá deseemos ser llenos de la gracia divina.
(LC. 1, 29). Comparemos el texto de LC. 1, 29 que estamos meditando, con el texto de LC. 1, 18. Zacarías le dijo a San Gabriel que él era viejo y que su mujer era avanzada en edad, demostrándole a San Gabriel que respetaba a la futura madre de San Juan Bautista profundamente. Al comparar los 2 versículos de la primera obra lucana que estamos meditando, nos preguntamos: ¿Por qué castigó San Gabriel a Zacarías y respetó el pensamiento de Santa María? La respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es muy sencilla, así pues, mientras que Zacarías le dijo a San Gabriel indirectamente que no creía la noticia que le estaba comunicando, Nuestra Santa Madre pensó en el medio de que Dios podría valerse para que ella concibiera al Salvador del mundo, sin que hubiera tenido relaciones sexuales con ningún hombre. Al igual que le sucedió a Zacarías cuando le fue anunciada su paternidad, Santa María se turbó cuando vio a San Gabriel, pues no estaba acostumbrada a tener visiones. San Gabriel tranquilizó a Nuestra Señora, de la misma manera que también lo hizo con el sacerdote perteneciente al orden sacerdotal de Abías.
(LC. 1, 30-31). El ángel que convenció a San José en una visión de que su desposada no le había sido infiel al engendrar a Jesús, le dijo al carpintero descendiente de la familia del Rey David, las palabras que se contienen en MT. 1, 20-21. Para ilustrar el estado en que estaban María y José. Vé. SAL. 130, 1-8.
(LC. 1, 32-33. Vé. IS. 9, 6).
(LC. 1, 34-37). San Gabriel utilizó la concepción del Bautista para alentar la fe de María, así pues, ya que ella no había dudado con respecto al mensaje que le fue comunicado de parte de Dios, el mensajero divino, premió la credibilidad que le dio a su anuncio, manifestándole el futuro nacimiento del hijo de Zacarías, un argumento que, meses después, aumentó la credibilidad que le dieron los santos Joaquín, Ana y José, los padres y el marido de la Madre de la Iglesia Universal a María.
San Gabriel le dijo a Nuestra Señora que para Dios no hay nada imposible, así pues, ¿creemos nosotros las citadas palabras angélicas?
(LC. 1, 38). Cuando Nuestra Santa Madre se quedó sola se llenó de gozo al pensar que Dios la había elegido para que fuera la Madre de su Hijo, pero parte de su gozo se transformó en tristeza cuando les dijo a sus familiares y a los más allegados de sus conocidos que estaba embarazada, y que su prometido no era el padre de su Hijo. José se avergonzó mucho al saber que su prometida estaba encinta, pero, en lugar de apedrearla como le obligaba a hacerlo la Ley de Israel, tomó la decisión de abandonar a María secretamente.
¿Quién podría creer que María estaba encinta por la acción del Espíritu Santo?
¿Cómo podría ser creíble el argumento que María utilizaba para defenderse de las terribles acusaciones que se vertían contra ella de que una anciana a la que todos consideraban maldita por causa de su esterilidad llevaba seis meses embarazada?
María hubiera tenido alguna credibilidad si Isabel hubiera vivido cerca de Nazaret y sus familiares y demás conocidos hubieran podido comprobar la realidad de la concepción de San Juan Bautista, pero ello no era posible. José habló con Joaquín, y, ambos tomaron la firme decisión de enviar a María a Ain Karim, un pueblo perdido en los montes de Judea, a la casa de Zacarías, para ver si sus conocidos olvidaban la corta relación que ambos mantuvieron.
(LC. 1, 39-45). María debería haber servido a Isabel como si fuera esclava de su pariente, ya que la mujer de Zacarías la recibió en su casa en un estado en el que probablemente se avergonzaron de la Madre del Mesías muchos de sus familiares. A pesar de esta posible evidencia, San Lucas nos dice en su Evangelio que Isabel trató a Santa María demostrándole una gran veneración.
Los teólogos afirman que San Juan Bautista fue bautizado en las entrañas de su madre, apenas el futuro profeta, al oír la salutación que la prometida de San José le dirigió a su antecesora, supo que el Redentor de las naciones estaba ante él. Ojalá nosotros sintamos ganas de saltar de alegría cuando llegue la media noche, y empecemos a celebrar con gran gozo el Nacimiento de Nuestro querido Hermano y Señor.
A continuación meditaremos la oración que Nuestra Santa Madre pronunció emocionada ante el saludo que le dirigió Santa Isabel, un himno que está inspirado en la oración que Ana, la madre del Profeta Samuel, pronunció en el Templo de Jerusalén, para agradecerle a Dios el nacimiento de su hijo, ya que ella pensaba que era estéril, dado que Samuel tardó mucho tiempo en ser concebido, a partir de que aconteció el matrimonio de su madre con Elcana (I SAM. 2, 1-10; LC. 1, 46-55).
4. El nacimiento de San Juan Bautista.
(LC. 1, 56). Obviamente, María no podía permanecer indefinidamente en casa de su pariente, así pues, aunque vivió muy buenos momentos junto a la familia del Bautista, tenía que volver a Nazaret, para ver qué quería hacer José con ella. Si actualmente las mujeres pueden abrirse puertas en muchos países para vencer las dificultades que pueden caracterizar su existencia, María, en su tiempo, no podía hacer nada sin un padre o un marido que la protegiera. No olvidemos que tanto las viudas como las madres solteras normalmente tenían que trabajar como prostitutas para poder sobrevivir.
(LC. 1, 57-60). ¿Por qué querían los familiares de los padres del Bautista que el recién nacido tuviera el nombre de su antecesor? Dado que el Bautista fue el primogénito de un matrimonio que había querido ser vivificado con el don de la paternidad durante muchos años, debieron pensar que Zacarías, como jefe de familia, se alegraría mucho de que su hijo tuviera su nombre, pues lo compadecían por estar mudo. Dado que su marido estaba incapacitado para hablar, Isabel se enfrentó a aquella situación sola, sin poderles explicar a sus familiares y conocidos, que su hijo se llamaría Juan, porque Dios así se lo dijo a Zacarías, por medio del Arcángel San Gabriel. Todos vivimos circunstancias en las que son probados nuestros dones y virtudes, así pues, aquél día, Isabel tuvo que demostrar su fe ante sus familiares y vecinos.
(LC. 1, 61-63). Como Isabel no cedía a la pretensión de sus allegados con respecto a que su hijo se llamase Zacarías, todos acordaron preguntarle al citado sacerdote sobre aquella cuestión, por si él le había pedido a Isabel que, por una extraña circunstancia, su descendiente no fuera llamado con su nombre. Zacarías, con una decisión que habría de caracterizarnos a los discípulos de Jesús al profesar nuestra fe, escribió en una tablilla: "Juan es su nombre", se llama Juan. De esa forma, el marido de Isabel, zanjó aquella cuestión, que fue tan difícil para ambos, dado que él estaba impedido para hablar, y su mujer, Isabel, carecía de potestad para opinar al respecto.
(LC. 1, 64). El sacerdote que se quedó mudo por causa de su carencia de fe en Dios, recuperó su capacidad de hablar, una vez hubo creído y manifestado su credibilidad en el mensaje que le escuchó al ángel de su revelación, aunque ello sucediera 8 días después de que constatara el cumplimiento de aquella revelación celestial, es decir, el nacimiento de su unigénito.
(LC. 1, 65-66). Dado que Zacarías recuperó la voz el octavo día a partir de la natividad de su hijo, sus vecinos pensaron que él podía hablar porque su descendiente procedía de Dios. Ellos no pensaron que Dios había obrado el prodigio de restablecerle la voz a su sacerdote, sino que el niño, su intermediario ante Zacarías, sanó a su padre de su enfermedad actual. A pesar de que los católicos creemos en la intercesión de María Santísima y los Santos, e incluso intercedemos ante Dios por quienes amamos, y por las necesidades de la humanidad, no olvidemos que Dios es quien hace prodigios, aunque se valga de nuestros intercesores, para llevar a cabo sus obras.
5. El Benedictus.
(LC. 1, 67-68). Al igual que nos sucede a los cristianos, Dios redimió a los judíos en sentido figurado, así pues, aunque los judíos esperaban la venida del Mesías al mundo, y aunque Jesús ya ha vencido la muerte, nosotros aún no hemos alcanzado la perfección de Nuestro Criador. El Espíritu Santo habló por mediación de Zacarías de la misma forma que le inspiró la oración de Ana a Nuestra Santa Madre (el Magnificat), así pues, ambas oraciones han de ser interpretadas como si ya hubiéramos sido purificados y santificados y viviéramos en la presencia de Dios en el cielo, contemplando nuestro pasado, y nuestra vida actual marcada por la imperfección. Bajo esta óptica, podemos valorar que ambos fieles del Señor -María y Zacarías- oraban como quienes habían vivido la redención del género humano (LC. 1, 69-80).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com