Meditación.
3. Dios ha suscitado para nosotros un Salvador, cuyo Nombre es Jesús.
Meditación de HCH. 13, 16-17. 22-25.
Cuando los Santos Pablo y Bernabé iban a una ciudad para testificar su fe en Jesucristo, lo primero que hacían era iniciar su predicación en la sinagoga, ya que el Cristianismo procede del Judaísmo, y por ello sabían que, si algunos judíos se unían a su causa, ello facilitaría su labor, y, cuando viajaran a otras ciudades, dejarían tras de sí, pastores encargados de que la fe en el Señor Jesús, no se extinguiera del corazón de los nuevos creyentes, independientemente de que los tales fueran judíos o paganos.
Aunque los judíos acudían puntualmente a sus reuniones sabáticas y eran devotos estudiantes de las Sagradas Escrituras, muchos de ellos no podían creer en Jesús, porque creían en un Mesías cuya misión consistía en glorificar a Israel, y en humillar a los romanos. Ellos no imaginaban que Jesús vino al mundo con la misión de extinguir el pecado de la humanidad, ni que volverá al final de los tiempos a juzgarnos. A pesar de que las creencias de los Santos Pablo, Bernabé y de la gran mayoría de los judíos respecto del Mesías eran diferentes, los citados Evangelizadores no dejaban de buscar posibles aliados en las sinagogas que visitaban, que les ayudaran a llevar a cabo su labor en primer lugar, y posteriormente a consolidarla.
Con el fin de que los judíos creyeran en el Señor Jesús, los citados predicadores recurrieron a mencionar personajes y circunstancias históricas que eran muy conocidas por sus oyentes (HCH. 13, 16-22), para posteriormente hablarles de San Juan Bautista, el Precursor del Mesías- (HCH. 13, 24-25), y terminar hablándoles de Jesús, y de la obra redentora mesiánica (HCH. 13, 26-41).
La manera de proceder de los citados Santos, ha de servirnos de ejemplo a los predicadores del Evangelio, pues, independientemente de que seamos religiosos o seglares, podemos tener la tentación de predicar sin la ayuda de nadie, y tenemos la misión de vivir y trabajar en nuestras comunidades de fe, con tal de que las diferencias que nos caractericen, en lugar de dividirnos, contribuyan a que difundamos lo que Dios quiera que digamos en cada momento.
Así como muchos judíos no podían aceptar a Jesús como Mesías, no todos los cristianos aceptamos al Dios que se nos predica por medio de las denominaciones a que pertenecemos, pues estamos expuestos a la tentación de inventarnos una deidad a nuestra imagen y semejanza.
A pesar de que los Santos Pablo y Bernabé no mantenían las mismas creencias que tenían la mayoría de los judíos respecto del Mesías, no cesaban de buscar aliados entre los tales. ¿Predicamos el Evangelio a pesar de que muchos de nuestros conocidos carecen de la fe que profesamos, o la negativa de los tales a creer disminuye notablemente nuestra actividad cristiana?
Los Santos Pablo y Bernabé recurrieron a circunstancias y a personajes históricos muy conocidos por sus lectores para terminar hablándoles de Jesús. ¿Nos adaptamos a las necesidades de quienes conocemos para predicarles el Evangelio, o no vamos más allá de la utilización de nuestras frases hechas,a pesar de que sabemos que las mismas no les dicen nada a quienes queremos anunciarles el Evangelio, aunque nos cueste reconocer dicha realidad, porque ello nos insta a buscar nuevas formas de llegar a nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y otros conocidos?
Nota: En la última meditación de esta sección, encontraréis una breve reseña de JN. 1, 1-3, un texto que también puede ser utilizado como segunda lectura de la presente vigilia de la Natividad del Señor.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com