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Jesús nació cuando llegó la plenitud de los tiempos. (Meditación de la segunda lectura de la solemnidad de Santa María, Madre de Dios).

   Meditación.

   2. Jesús nació cuando llegó la plenitud de los tiempos.

   Meditación de GÁL. 4, 4-7.

   Antes de que Jesús viniera al mundo, muchos judíos que esperaban alcanzar la salvación por medio del cumplimiento de la Ley de Moisés e Israel, se esclavizaban al fallar reiteradamente en el cumplimiento de la misma. Gracias a la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Jesús, somos considerados como hijos de Dios y no como esclavos, pues tenemos una relación íntima con la Santísima Trinidad. Esto significa que no tenemos razón alguna por la que tenerle miedo a Dios, pues hemos sido hechos miembros de su familia.
   Cuando llegó el tiempo apropiado, Dios envió a su Hijo Primogénito a la tierra, para que nos hiciera sus hijos adoptivos por medio del Bautismo. ¿Tenemos el deseo de que Dios actúe cuando se lo pidamos, y nos cuesta comprender que, porque Él sabe cuándo debe hacer las cosas, no debemos pedirle que anticipe el tiempo que tiene previsto para actuar? Necesitamos aprender a dejar que Dios sea Dios, asimilando nuestra voluntad a la suya. No dejemos de confiar en Dios ni desesperemos cuando tarde en responder a nuestras oraciones, porque Él sabe mejor que nosotros cónmo debe actuar, qué es lo que nos conviene, y lo que ha de hacer para que nadie ni nada nos impida vivir en su presencia. Nuestra vida es limitada, pero Dios tiene la eternidad para actuar, y por eso actúa en orden a nuestra purificación, nuestra santificación y nuestra salvación.
   Jesús fue un ser humano como nosotros, y por eso nació de una mujer. El Señor fue igual a nosotros en todos los aspectos de la vida, pero jamás pecó (HEB. 4, 15). Como judío que era, Jesús cumplió perfectamente la Ley de Moisés. Si el Hijo de Dios y María hubiera pecado, su sacrificio no hubiera podido obtenernos la filiación divina ni la salvación, porque, nadie ni nada que esté relacionado con el pecado, puede pertenecerle a Dios. El sacrificio de Jesús hizo posible el hecho de que quienes podrían ser esclavos cumplidores de la antigua Ley divina, llegaran a ser hijos de Dios.
   Bajo la Ley de Roma, los hijos adoptivos perdían los derechos que recibían por parte de sus familias de origen, y adquirían los derechos de las familias que los adoptaban. Ya que somos hijos adoptivos de Dios, somos hermanos del Mesías, y no somos hijos de segunda clase. Esto es importante para nosotros, porque nuestra salvación no depende del cumplimiento de preceptos religiosos, lo cual no significa que dejamos de cumplir los Mandamientos divinos, porque con ello le agradecemos al Dios Uno y Trino, todo el bien que nos ha hecho.
   Como somos hijos de Dios y no esclavos, hemos recibido el Espíritu de Dios, que nos incita a llamar Abba (Papaíto) a Dios, de cuyo Reino somos herederos, por su voluntad divina.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com