Ciclo C.
Jesús fue ungido como Mesías de Dios.
Ejercicio de Lectio Divina de LC. 3, 15-16. 21-22.
Lectura introductoria: ROM. 6, 17-18.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es no permitir que nuestras ocupaciones y preocupaciones interrumpan el encuentro que vamos a tener con el Señor para adorarlo y meditar su Palabra, porque, cuanto menos oramos, más débil es nuestra fe.
Orar es comunicarnos con Dios pronunciando palabras sinceras, y cumplir la voluntad de Nuestro Dios Uno y Trino, imitando la conducta, que observó Jesús, Nuestro Redentor.
Orar es predicar el Evangelio, sin ceder a la idea de querer tener mayor protagonismo que Jesús.
Orar es no ceder a la tentación de rechazar a quienes profesan una fe diferente a la nuestra, por tener el pensamiento de que nuestra religión es verdadera porque procede de Dios, y las demás religiones son falsas.
Orar es pedirle al Espíritu Santo que nos purifique y santifique, y que su fuego queme nuestras imperfecciones, a fin de que seamos dignos, de vivir, en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.
Orar es creer que Dios se nos revelará cuando nos comuniquemos con Él al hablarle, y vivamos imitando, la conducta que observó Jesús.
Orar es tener la certeza de que Dios nos acoge haciéndonos sus hijos, y por ello queremos hacer el bien como si nuestra salvación dependiera de las buenas obras que hacemos, porque queremos agradecerle al Dios Uno y Trino, todo el bien que nos ha hecho.
Oremos:
Oración al Espíritu Santo inspirada en LC. 3, 1-6.
Espíritu Santo:
Para que pueda recibir y aceptar al Dios Uno y Trino, hazme humilde.
Para que me sea posible aprender a vivir la sencillez espiritual de Juan el Bautista y Jesús, hazme humilde.
Para que aproveche la vivencia de las dificultades que me sumen en el desierto espiritual, hazme humilde.
Para que mis dificultades, en lugar de ser motivos de estancamiento mental, se conviertan en razones que me ayuden a superarme a mí mismo, hazme humilde.
Para que como predicador del Evangelio aplique lo que les enseño a otras personas a mi vida, hazme humilde.
Para que nunca me falte la voluntad para aprender la Palabra divina, ni el deseo de enseñarla, hazme humilde.
Para que en lugar de sentirme dueño de la Verdad divina cuando predique el Evangelio, me sienta poseído por la misma, para no evangelizar pretendiendo ser un poderoso manipulador de almas, sino hermano de quienes desean alcanzar la plenitud de la felicidad, hazme humilde.
Para que sea capaz de ayudar a disponerse a quienes viven la experiencia del desierto a alcanzar la plenitud de la felicidad, hazme humilde.
Para que la soberbia no me incite a considerarme superior a nadie, hazme humilde.
Hazme sentir tu presencia en mi vida, si me siento inferior, a mis prójimos los hombres.
Hazme un buen predicador del Evangelio que anuncie tu Verdad con bellas palabras y obras de buen seguidor de Jesús, para que, mis oyentes y lectores, vean la salvación de Dios.
2. Leemos atentamente LC. 3, 15-16. 21-22, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 3, 15-16. 21-22.
3-1. Muchos judíos creyeron que San Juan Bautista era el Mesías (LC. 3, 15).
Cuando San Juan Bautista empezó a llevar a cabo la misión de preparar a los israelitas a recibir al Mesías, hacía más de cuatro siglos que no aparecían profetas en Israel, que predicaran la Palabra de Dios, y denunciaran las injusticias llevadas a cabo por los poderosos, contra los menos favorecidos socialmente. Muchos hermanos de raza del Bautista creían que la Profecía reaparecería cuando el Mesías viniera al mundo.
(MAL. 3, 1). Muchos oyentes del Bautista pensaron que el hijo del sacerdote Zacarías era el Mesías, porque, la manera de predicar del citado mensajero divino, se identificaba con la manera de predicar la Palabra de Yahveh, que tuvieron los grandes Profetas del pasado, pues San Juan insistía en la necesidad que tenía Israel de volverse de sus pecados a Dios, si quería ser objeto de la misericordia y la aprobación divinas. Tengamos en cuenta que, el mensaje predicado por San Juan, es válido para que nos lo apliquemos, los cristianos de todos los tiempos.
3-2. El bautismo de San Juan Bautista y el Bautismo de Jesús (LC. 3, 16).
3-2-1. El bautismo de San Juan Bautista.
El bautismo de San Juan Bautista era un símbolo de la purificación del pecado de que fuimos objetos cuando recibimos el Bautismo de Jesús. El bautismo de San Juan exigía el arrepentimiento de los pecados de quienes lo recibían y el cambio de conducta de parte de los mismos.
¿Por qué afirmamos que el bautismo de San Juan era simbólico, y consideramos que el Bautismo de Jesús es una realidad? San Juan sabía perfectamente que Jesús era muy superior a él, y que por ello no era digno ni de desatarle la correa de sus sandalias. San Juan se reconocía inferior a Jesús, hasta el punto de que ni pensaba en compararse con el Mesías, ni en servirlo como esclavo pagano, porque muchos esclavos judíos eran eximidos de desatarles las sandalias a sus amos, por causa de la humillación que ello representaba. Teniendo este hecho en cuenta, podríamos reflexionar sobre si pensamos que somos superiores, iguales o inferiores a Nuestro Salvador.
3-2-2. El Bautismo de Jesús.
3-2-2-1. Hemos sido bautizados en el Espíritu Santo.
Tal como veremos en el presente trabajo, Jesús fue ungido con el Espíritu Santo, igual que en la antigüedad eran ungidos los profetas, los sacerdotes y los reyes con aceite, para que llevaran a cabo su misión. Cuando fuimos bautizados, recibimos los dones del Espíritu Santo, para que viviéramos como fieles hijos de Nuestro Padre común. Esta es la causa por la que podemos decir, -sin temor a equivocarnos-, que, al ser bautizados, recibimos el poder necesario, para cumplir la voluntad del Dios Uno y Trino.
Podemos pensar: Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no notamos su presencia en nuestras vidas de una forma mágica? Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no se diferencian nuestras vidas de la existencia de los no creyentes? Dios quiere hacer extraordinarias las situaciones ordinarias de nuestras vidas. Dios se nos manifiesta a través de una vida de constantes formación, acción y oración.
3-2-2-2. Hemos recibido el bautismo de fuego.
El Espíritu Santo tiene poder para purificarnos de nuestros pecados y santificarnos. Si hemos sido bautizados y conocemos a Nuestro Dios Uno y Trino, no podemos permanecer indiferentes con respecto a Él, así pues, o cumplimos su voluntad, o actuamos rechazándolo voluntariamente. Pidámosle al Espíritu Santo que su fuego nos quite la imperfección que nos caracteriza, para que seamos dignos de vivir, en presencia de Nuestro Padre común.
3-3. Jesús fue bautizado por Juan, como si hubiera transgredido el cumplimiento de la Ley divina (LC. 3, 21).
San Lucas, al narrar el bautismo de Jesús por parte de San Juan Bautista, tuvo en cuenta la humanidad de Nuestro Salvador, quien nació de padres humildes, y fue adorado por pastores y paganos, los cuales eran marginados, por los hijos del pueblo de Israel. En contra de las expectativas de quienes esperaban que el Mesías surgiera de la realeza, -recordemos que se creía que sería descendiente del Rey David-, Jesús, en lugar de identificarse con los líderes religiosos de su tiempo, se equiparó a quienes se consideraban simples pecadores, sin que su soberbia les impidiera demostrar su realidad. La humildad de Nuestro Redentor, es admirable. ¿Nos atreveremos a vivirla?
3-4. El Espíritu Santo descendió sobre Jesús, mientras que el Señor oraba (LC. 3, 21-22).
3-4-1. Lo más importante del Evangelio que estamos considerando.
San Lucas apenas le dio importancia al bautismo de Jesús, porque consideró que el bautismo de San Juan era simbólico, mientras que, el Bautismo predicado por Jesús, es real. Lo realmente importante para el tercer Evangelista del episodio de su primera obra que estamos meditando, fue el hecho de que, mientras Jesús oraba, el Espíritu Santo lo ungió, -es decir, ratificó la elección de Nuestro Santo Padre para que nos redimiera, y lo fortaleció, para que pudiera llevar a cabo su obra-.
En la actualidad, muchos religiosos y laicos, somos testigos de cómo los sacerdotes suelen ser acosados para que bauticen a los niños recién nacidos sin que se ocupen de averiguar la formación religiosa de los padres y padrinos de los tales, y de cómo esos nuevos cristianos, si, durante su infancia o su adolescencia, o los años de su edad adulta, deciden ser seguidores de Jesús, también son acosados, para que ignoren al Dios Uno y Trino. A pesar de que el bautismo de San Juan era simbólico, Jesús no se hizo bautizar para hacer una fiesta y olvidarse de Nuestro Santo Padre, sino para ponerse a disposición de Nuestro Creador, para hacer su voluntad, pero no lo hizo teniendo en cuenta su santidad por la que es muy superior a nosotros, sino relacionándose con los pecadores, lo cual lo hacía ser mal visto, porque, al ser el Judaísmo una religión muy fanatizada con la adquisición de la pureza, al reconocerse como un simple pecador, Jesús quedó muy mal. Recordemos que los judíos tenían leyes que, si las incumplían, no podían tocar a nadie ni a ninguna cosa, con tal de evitar el contagio de su impureza.
¿Nos consideramos santos, pecadores, o gente corriente, que no comete pecados considerados graves, pero que tampoco se esfuerza para alcanzar la purificación y la santidad?
3-4-2. Jesús estaba orando cuando recibió el Espíritu Santo.
(Leer el n. 534 del Compendio del CIC). La oración formaba parte de la vida de Jesús. Veamos unos ejemplos de ello, extraídos del Evangelio de San Lucas.
La noche anterior al día en que el Señor eligió a sus Doce Apóstoles de entre los miembros de su comunidad de discípulos, Jesús no durmió, porque estuvo orando (LC. 6, 12).
Jesús oró en el huerto de Getsemaní, antes de que Judas se lo entregara a sus enemigos. El sufrimiento no distrajo a Jesús de la oración, sino que le sirvió para acercarse más a Nuestro Padre común, quien no impidió su Pasión y muerte (LC. 22, 44).
¿Nos relacionamos más con Dios cuando creemos que Nuestro Santo Padre nos ha abandonado, o dicha creencia nos debilita la pobre fe que tenemos?
3-4-3. El cielo se abrió, cuando Jesús estaba orando.
El hecho de que el cielo se abrió, significa que reapareció el espíritu de profecía que muchos judíos esperaban, instantes antes de que, el Espíritu Santo, ungiera al Mesías.
¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma? Este hecho nos recuerda el tiempo del diluvio en que la humanidad pecadora fue aniquilada, y nos sugiere el pensamiento de que el Mesías, por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección, establecería el último pacto de Dios con los hombres, el cual no es temporal, sino definitivo. Por otra parte, los judíos esperaban que el Mesías se diera a conocer, por medio de la manifestación de un don especial del Espíritu Santo, según se deduce, de los siguientes textos bíblicos: (IS. 11, 2. 42, 1. 61, 1).
3-5. La voz del Padre.
Nuestro Santo Padre le habló a Jesús desde el cielo, manifestándole que lo amaba, y animándolo a cumplir su misión.
¿Escuchamos la voz de Dios en nuestros ratos de oración, diciéndonos que nos ama, y animándonos a cumplir su voluntad?
3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 3, 15-16. 21-22 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué creyeron muchos judíos que San Juan Bautista era el Mesías?
2. ¿Qué hecho significativo debía acontecer cuando llegara el Mesías, y cómo habría de conocerse el mismo?
3. ¿Cuál era el contenido del mensaje predicado por San Juan Bautista?
4. ¿Crees que el mensaje del Bautista es actual, o piensas que ha de ser desechado con otras enseñanzas del Antiguo Testamento, como la Ley de Moisés? Explica los razonamientos con que contestarías esta pregunta.
3-2.
3-2-1.
5. ¿Qué significaba el bautismo de San Juan Bautista?
6. ¿Qué exigencias implicaba la recepción del bautismo de San Juan Bautista?
7. ¿Por qué afirmamos que el bautismo de San Juan era simbólico, y consideramos que el Bautismo de Jesús es una realidad?
8. ¿Qué significa para ti el hecho de que un esclavo le desatara las sandalias a su amo?
9. ¿Qué dos significados tiene este gesto en el Evangelio que estamos considerando?
10. ¿Nos creemos superiores, iguales o inferiores a Nuestro Salvador?
3-2-2.
3--2-2-1.
11. ¿Sabes por qué los judíos ungían a sus profetas, sacerdotes y reyes con aceite en la antigüedad?
12. ¿¿Para qué recibimos los dones del Espíritu Santo cuando fuimos bautizados?
13. Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no notamos su presencia en nuestras vidas de una forma mágica?
14. Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no se diferencian nuestras vidas de la existencia de los no creyentes?
15. ¿A través de qué medio se nos manifiesta Dios?
3-2-2-2.
16. ¿Hacemos bien al permanecer indiferentes con respecto a Dios quienes lo conocemos? ¿Por qué?
17. ¿Por qué necesitamos que el Espíritu Santo sea para nosotros fuego purificador?
3-3.
18. ¿Por qué fue ungido el Mesías entre quienes se consideraban pecadores, en lugar de manifestarse entre los líderes religiosos de Israel?
19. ¿Nos atreveremos a vivir inspirados en la humildad de Nuestro Redentor?
3-4.
3-4-1.
20. ¿Por qué podemos decir que San Lucas apenas le dio importancia al hecho de que Jesús recibiera el bautismo de Juan?
21. ¿Qué hecho constituye la parte más importante del Evangelio que estamos considerando?
22. ¿Qué significa la unción de Jesús por parte del Espíritu Santo?
23. ¿Para qué se bautizó Jesús?
24. ¿Para qué se bautizan muchos cristianos actualmente?
25. ¿Qué riesgo corrió Jesús al relacionarse con quienes se dejaban bautizar por Juan reconociéndose pecadores?
26. ¿Nos consideramos santos, pecadores, o gente corriente, que no comete pecados considerados graves, pero que tampoco se esfuerza en alcanzar la purificación y la santidad?
3-4-2.
27. ¿Qué es para ti elevar el alma a Dios?
28. ¿Debemos pedirle a Dios cuando oramos que cumpla nuestros deseos, o que haga su voluntad? Razona tu respuesta a esta pregunta.
29. ¿Por qué es la oración un don de Dios que sale al encuentro del hombre?
30. ¿Por qué es la oración una relación personal que mantenemos con Dios?
31. ¿Por qué piensas que Jesús no prescindía de la práctica de la oración?
32. ¿Nos relacionamos más con Dios cuando creemos que Nuestro Santo Padre nos ha abandonado, o dicha creencia nos debilita la pobre fe que tenemos?
3-4-3.
33. ¿Qué significa la apertura del cielo en el Evangelio que estamos meditando?
34. ¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma?
3-5.
35. ¿Para qué le habló Nuestro Santo Padre a Jesús?
36. ¿Escuchamos la voz de Dios en nuestros ratos de oración, diciéndonos que nos ama, y animándonos a cumplir su voluntad?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el Salmo 2, pensando en la realeza de Jesús, y en nuestro acatamiento del cumplimiento de la voluntad divina.
6. Contemplación.
Contemplemos a una gran muchedumbre de judíos creyendo que San Juan Bautista era el Mesías, y preguntémonos qué personas, bienes materiales o proyectos nos separan de Nuestro Padre común, porque la pereza que nos caracteriza nos impide conocerlo profundamente, por medio del estudio de su Palabra, y de los documentos de la Iglesia, que interpretan la misma.
Contemplemos a San Juan Bautista, reconociendo, humildemente, que era inferior a Jesús, y veámonos acosados por la triple tentación de poder, riquezas y prestigio.
El bautismo de San Juan era simbólico, pues no tenía efectos, como sucede con el Bautismo de Jesús.
¿Nos percatamos de que a veces no les prestamos atención a los sacerdotes cuando celebramos la Eucaristía, y, en lugar de ello, nos distraemos con nuestros pensamientos, rezando el Rosario rutinariamente, o mirando imágenes de Santos?
Contemplemos a Jesús entre la multitud de pecadores que se hacían bautizar por Juan, sin que le importara ser marginado, por mezclarse con la gente considerada de mala reputación, y pensemos si existen colectivos sociales marginados por nosotros.
Contemplemos a Jesús orando, y veámonos con grandes dificultades para orar, porque no nos formamos espiritualmente, y por ello nuestra fe se reduce a la nada, sin que nos percatemos de ello, hasta que quizás sea demasiado tarde para recuperarla.
Contemplemos al Espíritu Santo en forma de paloma sobre Jesús, y visualicémonos con nuestra incapacidad de ver a Dios en las circunstancias que caracterizan nuestras vidas.
Contemplemos a Jesús extasiado escuchando la voz del Padre cargada de dulzura y ánimo para que cumpliera la misión de redimirnos, y contemplémonos con muchas dificultades, en un mundo en el que hay demasiado ruido, y por ello no escuchamos la voz, de quien más nos ama.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 3, 15-16. 21-22.
Comprometámonos a rezar el Padre nuestro pausadamente, meditando cada frase de dicha oración, pidiéndole al Espíritu Santo, que nos ayude a sentir su presencia, en nuestras vidas.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a imitar la humildad que os caracteriza a San Juan Bautista y a Ti.
En los días en que me cueste seguirte, recuérdame que el Espíritu Santo vive en mí, para que mi fe no se debilite.
Ayúdame a tener el deseo y la paciencia necesarios para conocerte por medio del estudio de tu Palabra, y la práctica de la oración.
Ayúdame a distinguir la voz de Nuestro Santo Padre de entre las voces que escucho en el mundo, para que así pueda conoceros, comprenderos, aceptaros y amaros.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el capítulo 12 del libro de Isaías, pensando en la misericordia de Nuestro Dios, Padre, Creador y Salvador.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com