Meditación.
Jesucristo es la luz del mundo.
Estimados hermanos y amigos:
El prólogo del Evangelio de San Juan (JN. 1, 1-18), nos ayuda a esquematizar la vida de Nuestro Salvador. Jesús no vino al mundo solamente para transmitirles un mensaje a quienes quisieran aceptar su Evangelio en el tiempo que habitó en Palestina, pues Dios desea que su Palabra sea aceptada por todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Esta es la causa por la que, en la segunda lectura de la Misa de medianoche de la Solemnidad que estamos celebrando, recordamos el siguiente texto de San Pablo: (TT. 2, 11-14). Las palabras del citado Apóstol son dignas de ser meditadas, porque describen cuál ha de ser el comportamiento que se espera que observemos los cristianos, rehusando todas las oportunidades que tengamos de pecar, mientras aguardamos la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros. Dios nos ha llamado a ser santos, y, según las siguientes palabras de San Pablo, por medio de su Hijo Jesucristo, nos ha demostrado su amor, de una manera admirable (TT. 3, 4-8).
El nombre de Jesús, se traduce a nuestro idioma, como "Salvador", o "Dios salva". Todos los nombres tienen un significado, que está relacionado con la misión que desempeñamos durante los años que se prolonga nuestra vida. Esta es la razón por la que, cuando son bautizados los nuevos cristianos, la Iglesia desea que los mismos tengan nombres de Santos, para que los mismos les sirvan de orientación, para realizarse como seguidores de Nuestro Hermano y Señor.
La misión con que Jesús vino al mundo, le fue revelada por el Arcángel San Gabriel a Nuestra Santa Madre, en el pasaje bíblico de la Anunciación. San Gabriel le dijo a Nuestra Corredentora: (LC. 1, 31).
Cuando San José pensaba en la posibilidad de separarse de la que fue su futura esposa, porque iba a tener un hijo, del que él no era el padre, tuvo un sueño, en que un ángel le dijo: (MT. 1, 21).
¿Qué significa el hecho de que Jesús salva a sus creyentes de los pecados que han cometido? Tanto las personas como las cosas que están en contacto con Dios, deben ser puras. Cuando Adán y Eva transgredieron el mandato divino de evitar comer del fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal, cometieron un pecado que, según enseña la Iglesia, siguiendo la doctrina de San Pablo, se transmitió a toda la humanidad, por ser descendiente de nuestros primeros padres.
El pecado es una ofensa contra Dios, y ha de ser juzgado tanto por este hecho, tanto como por la gravedad del mal que el mismo representa.
Dios, siendo conocedor de lo difícil que es corregir una vida desordenada, quiso que el castigo que merecen los pecados cometidos por toda la humanidad, fuera reparado, mediante un sacrificio mortal. Dado que todas las personas relacionadas con Dios deben ser totalmente puras, y el género humano fue mancillado por la desobediencia a Dios de nuestros primeros padres, sólo había una víctima que podía aplacar la justicia divina: Nuestro Señor Jesucristo. Si Jesús se hubiese sacrificado estando marcado por la mácula original, su sacrificio no hubiera sido aceptado por Nuestro Santo Padre, quien consintió la muerte de su Hijo, pero no lo hizo porque nos odiaba, sino para que creyéramos en Él, y nos sintiéramos motivados a recorrer el difícil camino de nuestra santificación, a pesar de nuestra debilidad, impotencia y cansancio, tanto a la hora de corregir nuestras desviaciones en el cumplimiento de la Ley divina, como a la hora de superar las dificultades que vivimos.
El hecho de que Jesús nos salvó de nuestros pecados, significa que sufrió el castigo que nos correspondía haber padecido, puesto que la mácula del pecado nos ha afectado a nosotros, y no a Él. La relación existente entre el Hijo de María y Dios Padre siempre fue perfecta, pero nuestra relación con Dios, fue afectada por causa del pecado.
Jesús se hizo Hombre, para demostrarnos que, a pesar de nuestra inconstancia en el seguimiento de Nuestro Salvador, nos es posible ser buenos cristianos, porque Dios distingue la diferencia que hay, entre la maldad, y la debilidad característica de nuestra vida.
Veamos cómo San Juan, en el Evangelio que meditamos este día tan especial, nos demuestra que Jesús vivió, cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre (JN. 1, 1).
San Juan nos recuerda que ha existido una magnífica relación entre Jesús y Nuestro Santo Padre, desde la eternidad. Recordemos un fragmento de la oración con que Nuestro Salvador se dirigió a Nuestro Padre común, antes de ser traicionado por Judas: (JN. 17, 5).
San Juan describe la misión que Jesús ha desempeñado a lo largo de la historia de la salvación, actuando como verdadero Dios, siempre obediente a Nuestro Santo Padre, por causa del amor y respeto, que le une a Nuestro Creador (JN. 1, 3).
Dios fue el "Diseñador" del mundo, Jesús fue el "Creador" de la obra divina, y, el Espíritu Santo, es quien nos dio la vida. Dios creó el universo por medio de Jesús, y, aunque Nuestro Señor es obediente para con Él, el Padre no hizo nada sin contar con su Hijo Primogénito. Ojalá todas las relaciones entre padres e hijos, fueran tan magníficas, como lo es la relación existente, entre el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo.
(JN. 1, 3-5). ¿Cómo fue Jesús luz para los hombres? Jesús predicó el Evangelio, y socorrió a quienes tenía necesidades espirituales y materiales. Estos hechos se constatan en el Evangelio de San Juan. Nuestro Señor le dijo al Padre, en su oración sacerdotal: (JN. 17, 6-8. 17-25).
Agradezcámosle al Dios Uno y Trino todo lo que ha hecho por nosotros. Démosle gracias al Padre por habernos creado, al Hijo por habernos redimido, y, al Espíritu Santo, por darnos la vida natural, y la vida eterna que aguardamos.
Os deseo, no sólo una feliz Navidad, sino una feliz vida, en que le pido a Dios que os colme de bendiciones, y os conceda la plenitud de la felicidad.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com