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El cristianismo es una demostración de amor divino y compromiso de entrega del hombre a Dios en el servicio de la humanidad. (Meditación para la Misa del día de la Natividad del Señor).

   Meditación.

   El cristianismo es una demostración de amor divino y compromiso de entrega del hombre a Dios en el servicio de la humanidad.

   Esta noche hemos vivido la Navidad con gran júbilo muchos cristianos, y, a pesar de que entre los que hemos vivido esta celebración no todos somos católicos, tenemos algo en común que nos ha unido, es decir, creemos en Dios, y por ello lo adoramos. En esta ocasión deseo proponeros que centremos esta meditación en las siguientes preguntas, pues, aunque las mismas parecen muy fáciles de responder, no se contestan con mucha facilidad por nuestra parte en muchas ocasiones ante quienes no aceptan el hecho de que Nuestro Creador existe. Las preguntas de las que os hablo son las siguientes:
   -¿Existe Dios?
   -En el caso de que creamos que Dios existe, ¿qué imagen tenemos de Él?
   -¿vemos a Dios como a un Juez implacable, o como a un Padre amoroso?
   -¿Queremos que Dios sea exclusivamente Nuestro Señor, o creemos que Nuestro Padre común es el Dios de toda la humanidad?
   -Si creemos que Nuestro Criador es el Dios de la humanidad, ¿estamos dispuestos a dar testimonio de nuestra fe, con el fin de que aumente el número de los hijos de la Iglesia?
   -Como miembros de la Iglesia, ¿qué misión tenemos en común los religiosos y laicos?

   1. ¿Existe Dios?

   ¿Quién es Dios? Si bien podría responder esta pregunta como debe hacerlo un buen católico, tengo que ser franco y recordar que no todos los seguidores de todas las creencias existentes pueden definir a Dios con las mismas palabras, dado que todas las definiciones de Dios existentes no son idénticas. Quienes somos monoteístas (creemos en un sólo Dios), creemos que la Divinidad es el ser supremo que ha creado el universo y al que le rendimos culto sagrado y le hablamos (oramos), convencidos de que Él nos escucha. Dios tiene atributos que describen su perfección, tales como su infinitud, inmutabilidad, eternidad, omnisciencia (conocimiento) y omnipotencia (poder).
   Los argumentos a favor de la existencia de Dios son tantos como las razones que impiden que la mayor parte de la humanidad crea en Él. Hay que tener en cuenta que, aunque la mayor parte de la humanidad sabe de la existencia de Dios, no le acepta, no porque no cree en Él, sino porque su fe y su amor no son lo suficientemente inquebrantables como para someterse al cumplimiento de la Ley del Altísimo.
   Los ateos niegan absolutamente el hecho de que Dios exista. Mientras que algunos ateos creen que el universo material es la realidad última, otros argumentan que la existencia del sufrimiento y del dolor en el mundo hacen imposible el hecho de que exista el Dios del amor.
   Los agnósticos creen que la evidencia tanto a favor como en contra de la existencia de Dios es cuestionable, así pues, al no poder resolver esta cuestión, no pueden ir más allá de sus dudas.
   Los positivistas creen que sólo existen las realidades demostrables mediante la ciencia, por lo que piensan que no tiene sentido el hecho de pensar en la existencia de Dios, dado que ello no es demostrable por medios humanos.
   ¿ha existido el universo siempre?
   ¿Existe un Dios que ha llamado al universo a la existencia?
   ¿De dónde venimos?
   ¿Son nuestros antepasados Adán y Eva?
   Estas y otras preguntas nos hacen cuestionarnos la existencia de Dios, de manera que comprendemos la incertidumbre que desde el punto de vista de la fe incompleta tenemos con respecto al pasado y el futuro de la humanidad, y también comprendemos la necesidad que el hombre ha tenido desde que existe de creer en un ser superior que rija su destino. Podríamos recurrir a los escritos de grandes filósofos como Santo Tomás de Aquino para encontrar argumentos que nos ayuden a creer que Dios existe, pero, a no ser que nuestro corazón se abra a la trascendencia divina, después de estudiar dichos argumentos, comprobamos que seguimos con las mismas dudas que tenemos antes de considerarlos. Yo no tengo que recurrir a la Filosofía ni a la Metafísica para saber que Dios existe, pues no creí esta realidad hasta que Nuestro Padre común se me manifestó a través de la lectura lenta y pausada de la Biblia, la instrucción de la Iglesia y mis experiencias vitales. Yo oro todos los días porque sé que Dios me escucha, y, aunque no me conceda todo lo que le pido en un momento, no pierdo la fe, porque Él sabe en qué momento tiene que venir en mi ayuda.

   2. En el caso de que creamos que Dios existe, ¿qué imagen tenemos de Él?

   ¿Vemos a Dios como a un Juez implacable, o como a un Padre amoroso?
   (1 JN. 1, 5. 3, 7-10). Dios es Todopoderoso, así pues, aunque no sea fácil para nosotros el hecho de vivir según las exigencias evangélicas, si somos constantes en el cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, Él nos enviará a su Espíritu Santo, a fin de que nos perfeccione y santifique, ora a través del estudio de la Biblia y la instrucción de la Iglesia, ora mediante las experiencias que tengamos que vivir. En lo que respecta a mí, oro mucho para que tanto en vosotros como en mí se cumplan las siguientes palabras de Nuestro Señor: (LC. 21, 19). Fijaos que Jesús no dice en el versículo lucano que estamos meditando que nos vendrá la ayuda del cielo para que seamos buenos cristianos, y no repite las palabras referentes al envío del Paráclito a nuestra vida según dice en el Evangelio de San Juan como diciéndonos que estemos tranquilos porque no tendremos que hacer absolutamente nada para salvarnos, de hecho, el contexto en que aparecen las palabras recogidas por San Lucas en su Evangelio referentes a nuestra perseverancia en el cumplimiento de la Ley divina, nos indica que los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu de Dios son nuestros, por cuanto nos han sido dados, y, aunque son ciertas las palabras del Mesías escritas en JN. 15, 5, se nos insta a que seamos fuertes, pues, aunque sabemos que dependemos de Dios, seamos capaces de hacer rendir al máximo el poder que hemos recibido, ora para enfrentarnos a situaciones adversas, ora para dar testimonio de la esperanza que tenemos de vivir en un mundo más justo que nuestras sociedades actuales.
   (1 JN. 4, 7-8). En cada ocasión que leo un texto bíblico, se me mezclan en la mente pensamientos y recuerdos. El texto de San Juan referente a que Dios es amor, me recuerda a una niña de mi primer grupo de catequesis de primera Comunión, simpática, graciosa y rebelde, que contribuía más a inquietar a sus compañeros con sus juegos, que a intentar que nuestros encuentros fueran amenos. Uno de los días que dicha niña no asistió a nuestro encuentro semanal, me la encontré llorando, y, cuando le pregunté por qué estaba triste, me dijo que su madre le había dicho que Dios la iba a castigar por no haber acompañado a sus compañeros a la catequesis. Hace unos meses también me encontré a una mujer a la que le salió mal un negocio, y, aunque ello es un hecho muy habitual en España en este tiempo debido a la recesión económica que estamos viviendo en mi país, dicha señora no pensó en esta situación tan difícil de sobrellevar para algunos ni en que podía haber hecho algo mal que justificara su fracaso, pues sólo se preguntaba: ¿Por qué me habrá hecho Dios esto? Si verdaderamente creyéramos que Dios es amor, comprenderíamos la razón por la que tenemos que comprometernos con el cumplimiento de los sueños de nuestros prójimos de la misma manera que nos esforzamos con la intención de cumplir nuestros deseos, pues Jesús nos dice: (MT. 19, 18-19).
   Recordemos, ante todo, las palabras del Evangelista: (1 JN. 4, 9-10).
   La humildad que les demuestra San Juan a sus lectores hablándoles de "nuestros pecados" y no de "vuestros pecados", le da credibilidad a su mensaje.
   (1 JN. 4, 16). En este día en que se nos insta a que permanezcamos muy unidos porque Dios es amor y en quienes somos sus hijos tienen que cumplirse las palabras que San Pablo les escribió a los Efesios (EF. 5, 1-2), sin negarnos a compartir nuestro tiempo con nuestros familiares y amigos -recordemos que quienes tienen más ocupaciones tienen más tiempo libre si ello es lo que desean que los desocupados-, además de orar por las necesidades de la humanidad y las carencias de nuestros familiares y nuestras, quiero pediros que nos unamos espiritualmente y que quienes podamos también lo hagamos de forma presencial, para dedicarles nuestro tiempo a algunas personas que estén sufriendo por cualquier causa. Recordemos a los ancianos, los discapacitados, los enfermos graves, los desamparados, los que no tienen ni comida, ni ropa ni vivienda. Oremos por quienes atienden a estas personas tan especiales para Dios durante todo el año, y propongámonos construir un mundo más justo.
   Sé que muchos os preguntáis: ¿Por qué permite Dios las injusticias y el sufrimiento?
   Si verdaderamente Nuestro Padre común ha prometido que vamos a ser felices viviendo en su presencia, ¿por qué no cumple sus promesas en lugar de hacerse rogar tanto?
   Dios es amor, y sabe por qué, dónde, cómo y cuándo tiene que actuar, pero, ¿Hasta qué punto nos hemos cristianizado nosotros?
   Con respecto a la tardanza de Dios en cumplir sus promesas, San Pedro nos dice: (2 PE. 3, 8-9).
   Con respecto a los atribulados, hay unas palabras en la Biblia que podemos memorizar, sobre todo, quienes a veces no somos perseverantes para lograr alcanzar ninguna meta, aunque ello se trate de esperar para mejorarnos de alguna enfermedad que no sea muy grave (1 COR. 10, 13).
   A veces las pruebas a las que erróneamente hemos creído que Dios nos somete con el fin de fortalecer nuestra fe son muy difíciles de sobrellevar, pero Jesús dijo unas palabras la noche en que fue entregado a sus enemigos por Judas, las cuales pueden aplicarse a la vivencia de nuestras circunstancias difíciles de vivir (JN. 16, 20).
   Si las palabras con que Nuestro Señor preparó a sus Apóstoles para que soportaran persecuciones terribles son consoladoras, éstas otras palabras mesiánicas, nos ayudan a pensar, con respecto a nuestro sufrimiento, que tenemos que animarnos, para que pase el tiempo de la tristeza, y dejemos que la alegría invada nuestro corazón , porque Nuestro Señor nos dice: (JN. 16, 22).
   “Quiénes fueron a adorar al Niño Jesús a la cueva cercana a Belén en que nació el Mesías? Los pastores que por causa de su pobreza extrema eran tenidos como ladrones, fueron los únicos avisados por Dios a través de sus ángeles, para que se alegraran por causa del Nacimiento de su Hijo. En esta Navidad tan especial en la que estáis descubriendo que no estáis solos porque Dios os ama, y porque le podéis enviar vuestras inquietudes al autor de este texto a:
joseportilloperez@gmail.com
Si queréis tener a un amigo con quien hablar, e incluso podéis llamarlo al teléfono móvil o celular: 601001370, anteponiendo el 0034 si le llamáis desde fuera de España, alegraos y orad conmigo (SAL. 42).

   3. ¿Queremos que Dios sea exclusivamente Nuestro Señor, o creemos que Nuestro Padre común es el Dios de toda la humanidad?

   Gracias a las palabras que se contienen en la Biblia, sabemos que Yahveh es un Dios personal de cada uno de nosotros, pero, el hecho de que Él sea una comunidad familiar compuesta por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, nos hace entender que no debemos estudiar su Palabra y aplicarnos únicamente las enseñanzas que nos competen a nosotros por dos razones, por consiguiente, si queremos conocer a Dios, tenemos que compartir con nuestros prójimos lo que ya sabemos, porque así experimentamos la fuerza y sapiencia del Espíritu Santo, y porque tanto nuestras dudas como las inquietudes de nuestros interlocutores nos van a hacer estudiar y por tanto fortalecer nuestra fe, y, además, según el refrán español: "Es de bien nacidos el ser agradecidos", por consiguiente, si tenemos en cuenta todo el bien que Dios nos ha hecho, ¿cómo nos vamos a negar a aumentar el número de sus hijos?
   A Dios le podemos tratar como nuestro protector personal (SAL. 16, 1). El Salmista le pidió a Dios que, ya que confiaba en Él, que lo protegiera, a fin de que no perdiera la fe, al enfrentarse a las circunstancias difíciles características de su vida.
   San Pablo escribió en una de sus Cartas: (1 COR. 10, 17). Si la familia cristiana es miembro del Cuerpo místico de Cristo, no han de extrañarnos las palabras con que Jesús inició la oración modelo que nos enseñó: (MT. 6, 9).
   El autor de la Carta a los Hebreos también habló de Dios diciendo de Él que es nuestro Padre (HEB. 12, 9). Es curioso, pero, aunque quizás vemos justo el hecho de que nuestros  padre nos pegaran a muchos cuando éramos pequeños con el fin de inculcarnos sus principios, consideramos que Dios es injusto al someternos a prueba con el fin de que alcancemos la santidad. Santiago escribió en su Epístola universal: (ST. 1, 12).
   Pidámosle a Dios que nos ayude a amarnos unos a otros, a fin de que podamos aplicarnos las palabras del Apóstol: (1 TES. 3, 12-13).

   4. Si creemos que Nuestro Criador es el Dios de la humanidad, ¿estamos dispuestos a dar testimonio de nuestra fe, con el fin de que aumente el número de los hijos de la Iglesia?

   (ROM. 10, 9-10). San Pablo nos ha dicho muy claramente que somos amigos de Dios, pero la predicación es tan importante, que, si nos negamos a dar testimonio de nuestra fe, corremos el riesgo de no ser salvos. ¿Cómo puede ser esto posible? Desde los primeros siglos de existencia del cristianismo, los religiosos han predicado mucho más de lo que lo han venido haciendo los laicos, por consiguiente, me  preguntaréis: ¿En qué hecho te basas para hacer una afirmación tan temeraria? Quienes dan testimonio de su fe, ya sea trabajando en favor de alguna causa noble o predicando la Palabra de Dios, tienen más a mano la esperanza que tanto necesitamos que quienes no trabajan para el Señor, así pues, esto no sucede porque Dios ama más a algunos de sus hijos que a otros, sino porque los predicadores viven en Dios, de Dios, y, para Dios, y, el hecho de intentar liberar los corazones oprimidos por las inquietudes de esta vida, les hace cristianos sabios con fe fuerte, incapaces de renunciar a Dios, dado que ello sería como negarse a sí mismos.
   (ROM. 10, 13-15). La importancia de la predicación es crucial, porque, al no poder valorar aquello de lo que carecemos, ¿cómo vamos a poder creer firmemente que seremos salvos, si no sabemos en qué consiste la salvación?
   ¿De qué nos serviría tener grandes cantidades de dinero, si no pudiéramos gastarlo, ni siquiera para adquirir los bienes necesarios para sobrevivir?
   Los predicadores no se pueden guardar su conocimiento de Dios, porque su vocación es más fuerte que el deseo de vivir sin complicaciones, por consiguiente, dichos mensajeros se aplican las palabras de Jesús: (MC. 4, 21).
   ¿Cuál es la recompensa que obtienen los predicadores a cambio de dedicar su tiempo parcial o totalmente a Dios? (MT. 10, 8. MC. 10, 29-30).
   Nos gusta realizar actividades por las que podemos obtener recompensas inmediatas, pero, ¿somos perseverantes como para emprender tareas que nos beneficien a largo plazo? Vemos que los predicadores de justicia no esperan tener recompensas en este mundo por el trabajo que realizan, con la excepción de la satisfacción que les produce el hecho de servir a Dios en los hombres, dado que ellos se emocionan y ven crecer su esperanza cuando leen las siguientes palabras de Nuestro Señor: (JN. 14, 1-3).

   5. Como miembros de la Iglesia, ¿qué misión tenemos en común tanto los religiosos como los laicos?

   Preguntémonos:
   -¿Nos sentimos miembros de la Iglesia?
   -¿Qué pensamos con respecto a la Iglesia?
   ¿¿Qué piensan nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo de la Iglesia y de nosotros, si se ha dado el caso de que nos hemos manifestado como católicos practicantes ante ellos, y actuamos en consecuencia como cumplidores de los Mandamientos de Dios y de nuestra Santa  Madre la Iglesia?
   -A Pesar de que los católicos a nivel estadístico somos la tercera religión mayoritaria del planeta, ¿somos también al citado nivel miembros de una religión que cuenta con un número de seguidores proporcional al de bautizados esforzándose en predicar la Palabra de Dios y vivir en conformidad con las exigencias evangélicas?
   -¿En qué debemos diferenciarnos los católicos de la gente que nos rodea y no comparte nuestra fe?
   Respondamos individualmente las preguntas que nos están ayudando a reflexionar para ver si concluimos esta meditación sabiendo lo mejor que podemos hacer, y, en consecuencia, asumiendo nuestro compromiso cristiano. Yo, por mi parte, con respecto a la misión que tiene que caracterizarnos como hijos de Dios, os recuerdo unos textos evangélicos.
   (MC. 4, 26-29). Aunque somos muchos los religiosos y laicos que en ciertas circunstancias nos hemos desanimado porque nos hemos sentido débiles para realizar la gran obra de la predicación de la buena nueva, el texto que estamos considerando nos enseña que no tenemos que pensar que somos unos fracasados cuando nadie acepta nuestro mensaje cristiano, porque Dios es el que hace crecer las semillas que nosotros sembramos, según las siguientes palabras de Nuestro Señor: (JN. 4, 36-37).
   (MC. 4, 30-32. MT. 5, 13-14).
   ¿La misión de los cristianos se reduce exclusivamente a la predicación? ¿Qué dice la Biblia con respecto a este tema? Aunque se le da mucha importancia a la predicación dada la necesidad existente de cristianos abnegados que sacrifiquen su tiempo y luchen por los derechos de los débiles, según constatamos  en el texto de MT. 9, 36-38, nuestra misión no se reduce exclusivamente a la predicación, según vemos en MT. 10, 8, un versículo bíblico que hemos interpretado anteriormente en esta meditación.
   Si los primeros cristianos pudieron predicar el Evangelio y muchos de ellos se jugaron la vida por no renegar de su fe, nosotros también podemos ser excelentes seguidores de Jesús. En los Hechos de los Apóstoles se dice de los Santos Apóstoles: (HCH. 5, 42).
   En todos los aspectos relacionados con nuestra vida podemos encontrar a dos tipos de personas: las que han fracasado, y las que nunca han fracasado. Quienes han fracasado han tenido que afrontar muchas derrotas, pero, de alguna manera, han logrado alcanzar una o varias de las metas que se propusieron alcanzar. Recordemos que, Alba Edison, el inventor de la bombilla eléctrica, fracasó 4999 veces al llevar a cabo dicho invento, pero, el último intento que hizo fue el definitivo, así pues, los intentos anteriores no podían considerarse inútiles, dado que hicieron que Edison fuera encontrando las pistas que necesitaba para alcanzar el éxito. Hermanos, ya sea al trabajar como religiosos, al educar a vuestros hijos, al esforzaros para obtener buenas calificaciones en vuestros estudios, o al intentar obtener éxito en cualquier otra empresa que queráis llevar a cabo, es muy probable que, sólo si os obstináis en pensar que no podréis alcanzar el éxito en vuestros proyectos, sucumbáis al fracaso. Naturalmente no os estoy diciendo que no vais a sufrir en la vida, pues el mensaje que os quiero transmitir, es el siguiente: No les quitéis las espinas a las rosas, porque lograréis que esas flores tan hermosas pierdan su belleza.
   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que nos ayude a serle fieles en los lugares que trabajemos como religiosos o laicos, entre nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com