Meditación.
Jesucristo y la multitud de los hijos de Dios, sus hermanos.
Jesús de Nazaret fue -y aún es- un Hombre admirable, porque, siendo el dueño del mundo por cuanto fue el Creador del universo, se sumió en la miseria de los hombres, para posteriormente volver a recuperar la mayor grandeza jamás soñada por la humanidad. San Juan, en el Evangelio correspondiente a esta última celebración eucarística de la Natividad de Nuestro Salvador, sintetiza la vida del Hijo de Dios y María, cuya venida y obra al mundo, constituyen el tema central sobre el que tratan los dos Testamentos en que se divide la Biblia.
¿Por qué sabemos que Jesús es Dios?
¿No hubiera podido ser Nuestro Señor uno de los muchos falsos Mesías que ganaban prestigio en el siglo I de la era cristiana aprovechándose de los pobres incautos que añoraban la recuperación de la independencia de Palestina y la instauración del Reino de Dios en el mundo?
Jesús le dijo a Nuestro Santo Padre en su oración sacerdotal, LAS PALABRAS ESCRITAS EN JN. 17, 4-5.
Aunque Jesús no se manifestó a los hombres en tiempos del Antiguo Testamento, en algunos textos, como el que cito a modo de ejemplo, se habla del Emmanuel (el Dios con nosotros) (PR. 30, 4).
Los hijos de Dios se caracterizan porque son adoradores de Nuestro Padre común y constituyen el objeto de las bendiciones del Todopoderoso. En los dos Testamentos bíblicos encontramos abundante información relativa a los hijos de Dios, dado que, los tales, -como se ha dicho-, son el objeto de las bendiciones divinas.
¿Cómo interpretaríamos los polémicos dos primeros versículos del capítulo seis del Génesis? (GN. 6, 1-2).
¿Quiénes eran los hijos de Dios, y quiénes eran las hijas de los hombres, en el texto que estamos meditando?
SE han propuesto tres interpretaciones diferentes para el citado texto bíblico.
1. Los hijos de los hombres debían ser creyentes predilectos de Dios, mientras que las hijas de los hombres deberían haber sido gente de un rango inferior al de los citados hombres. Esta interpretación ha sido descartada por los teólogos.
2. Algunos expositores bíblicos, tales como Flavio Josepho, Clemente de Alejandría y Tertuliano, han llegado a creer que los hijos de Dios eran ángeles malignos que, abandonando su posición en el cielo, se hicieron hombres, con tal de poder mantener relaciones sexuales con las mujeres que escogieron a tal efecto.
3. Otros expositores de la talla de San Cirilo de Alejandría, San Agustín de Hipona y San Jerónimo, llegaron a creer que los hijos de Dios eran descendientes de Set, -el hijo que Dios les concedió a Adán y a Eva, con tal de consolarles por la muerte de Abel, a manos de su hermano Caín-, que, al vincularse a mujeres que no pertenecían a su línea, actuaron en contra de la espiritualidad característica tanto de sus antepasados como de ellos.
Veamos cómo defienden sus argumentos los defensores del punto 2 de esta meditación.
Los defensores de la creencia de que hubo ángeles que se humanizaron con tal de relacionarse con las mujeres, se apoyan en los siguientes textos bíblicos: (JB. 1, 6; 2, 1; 38, 4-7. SAL. 89, 7).
Los dioses mencionados en el citado texto, son los ángeles, pues, muchos defensores de la citada creencia, creen que los ángeles, como Jesús, son dioses de inferior categoría, al rango de Nuestro Padre común. Como en los textos expuestos en esta meditación se afirma que los ángeles son hijos de Dios, este hecho les es suficiente a los defensores de la creencia sobre la que estamos meditando, para sustentar su razonamiento, a pesar de que el mismo desde nuestro punto de vista actual es ilógico, porque, siendo los ángeles superiores a los humanos en dones y virtudes, ¿cómo pudieron ceder al deseo de humanizarse? Para los testigos de Jehová, ello sucedió porque los ángeles quisieron conocer el placer de mantener relaciones sexuales. Tales ángeles se humanizaron, y, por causa del poder que mantuvieron al hacerse hombres, los hijos que tuvieron con las mujeres fueron gigantes, los cuales llevaron a cabo, por ejemplo, la construcción de inmensas pirámides en Egipto.
En el libro de Daniel, leemos: (DN. 3, 23-24).
Dado que los citados personajes, por ser creyentes, eran hijos de Dios, entendemos que también se relatan en la Biblia acciones portentosas llevadas a cabo por humanos.
Ya que muchos creen que los ángeles sólo son siervos de Dios, los tales tienen dificultades para considerar a dichos espíritus como hijos del Altísimo, sin tener en cuenta, que, los humanos que nos consideramos hijos de Dios, también nos consideramos como siervos de Yahveh, al modo que lo hacían los creyentes del tiempo del Antiguo Testamento.
San Pedro escribió en su primera Carta: (1 PE. 3, 18-20). Aunque San Pedro habla en el citado texto claramente de los espíritus de quienes fueron condenados por su carencia de fe y sus acciones maléficas en tiempos de Noé, muchos que no creen que los humanos tenemos un alma espiritual, interpretan el citado fragmento bíblico, enseñando que Nuestro Señor, durante los días que permaneció muerto, fue al tártaro, -el lugar en que Dios tiene confinados para ser condenados a los ángeles desobedientes que se humanizaron en contra de la voluntad del Todopoderoso-, a predicarles, lo cual carece de sentido, si damos por supuesto que es inútil perder el tiempo predicándoles a quienes no serán salvos, en virtud de lo expuesto en el siguiente texto de San Juan: (1 JN. 5, 16). Si San Juan no quería que se orase por aquellos de quienes se sabía que se iban a condenar, ¿por qué fue Jesús al tártaro a predicarles a los ángeles desobedientes a Dios?
En la segunda Carta de San Pedro, leemos: (2 PE. 2, 4-5). ¿Se refiere San Pedro en este último texto que hemos considerado a los ángeles que se humanizaron, o a los ángeles que se pusieron de parte de Satanás, cuando éste quiso quitarle a Dios su gloria? A la luz del texto anterior, parece verosímil creer que los ángeles mencionados por el citado Apóstol, son los seguidores de Satanás, y no los padres de los supuestos néfilim, es decir, los gigantes mencionados anteriormente, a quienes Dios ahogó en tiempos del diluvio.
En la Carta de Judas, leemos: (JDS. 6). Creo que los ángeles aquí mencionados, siguen siendo los partidarios de Satanás, aquellos a quienes San Miguel, en desigual batalla, obligó a que abandonaran el cielo. No se puede demostrar que los ángeles citados en dichos textos de los Santos Pedro y Judas cometieron el pecado de humanizarse para vincularse a las mujeres.
Parece ser que la interpretación más coherente es la del punto 3, pues, en el Génesis, leemos: (GN. 4, 26).
Dado que Caín cometió el pecado de asesinar a su hermano Abel por envidia, los descendientes de Set constituimos la línea de los hijos de Dios. Esto no significa que Caín y sus descendientes serán condenados el día del juicio final, pues sólo simboliza que todo lo que Dios toca debe ser completamente puro.
En SAL. 73, 15, se da a entender que los hijos de Dios ni siquiera deben calumniar, con tal de no traicionar su dignidad (SAL. 73, 12-16).
En contra de la interpretación de los defensores del punto 2 de esta meditación, la Biblia, -la Palabra de Dios-, afirma: (MT. 22, 29-30). Según el citado texto, los ángeles no se casan ni viven como humanos, pues, en la Carta a los Hebreos, leemos: (HEB. 1, 14).
Los ángeles son espíritus cuya misión consiste principalmente en cuidar de que los creyentes eviten el hecho de pecar y sean purificados, con tal de que puedan vivir en la presencia de Nuestro Padre común. Ello indica que tales espíritus carecen del deseo de mantener relaciones sexuales, dado que no han sido creados para reproducirse.
Los defensores de lo expuesto en el punto 2 de esta meditación, afirman que, entre los ángeles desobedientes a Dios, hay que distinguir a quienes están esperando su condenación por haberse humanizado, y a aquellos que aún permanecen libres, sirviendo al demonio, los cuales también serán encarcelados a su debido tiempo (LC. 8, 30-31).
En la profecía de Isaías, Dios habla de sus hijos e hijas, los cuales son humanos (IS. 43, 6-7).
En el Nuevo Testamento se abarca ampliamente el tema de la dignidad de los hijos de Dios, los cuales nacen por la recepción del Bautismo, y se hacen santos, por el ejercicio de su fe (JN. 3, 1-8).
Dios es el encargado de engendrar a sus hijos, en términos espirituales (JN. 1, 12-13; 5, 21. EF. 2, 4-6. ST. 1, 18. 1 PE. 1, 23).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com