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en esta noche santa de la Natividad del Señor, se nos ha manifestado la gracia de Dios. (Meditación de la segunda lectura de la Misa de medianoche de la Natividad del Señor).

   Meditación.

   2. En esta noche santa de la Natividad del Señor, se nos ha manifestado la gracia de Dios.

   Meditación de TT. 2, 11-14.

   La gracia es un favor que recibimos de Dios sin haberla obtenido por medio de mérito alguno nuestro. en el fragmento de la Carta de San Pablo a Tito que estamos considerando superficialmente, Jesús es la gracia -o la bondad divina- que nos ha sido manifestada, en esta noche santa de la Natividad del Señor Jesús (TT. 2, 11). Dado que Jesús quiso cargar sobre Sí el castigo que merecía la humanidad por causa de sus pecados cometidos, el Espíritu Santo es quien nos amolda al cumplimiento de la voluntad divina, a fin de que nos sea posible vivir cumpliendo la voluntad de Dios. Si el Paráclito nos ha facultado para que cumplamos la voluntad divina, estamos dispuestos a mirar hacia un futuro que no sabemos si es cercano o lejano, en que viviremos en la presencia del Dios Uno y Trino, sin ser afectados por el sufrimiento.
   San Pablo nos dice respecto de Jesús que el Señor hace posible que podamos renunciar al hecho de no creer en Dios y a sucumbir bajo las pasiones humanas, a fin de que llevemos una vida caracterizada por la justicia y la sensatez (TT. 2, 12). No tiene sentido el hecho de que renunciemos a todo lo que se opone al cumplimiento de la voluntad divina, si no hacemos lo que Dios espera de nosotros. Si somos los hijos que Dios desea tener desde la eternidad porque nos ama y cumplimos su voluntad, aguardaremos con el corazón henchido de esperanza la manifestación del Rey de reyes en su segunda venida (TT. 2, 13).
   (TT. 2, 14). Jesús murió para demostrarnos cómo nos ama el Dios Uno y Trino, y para disponerle a Nuestro Padre común un pueblo creyente, apto para hacer grandes obras, que se asemejen a las buenas obras que llevó a cabo Nuestro Redentor, durante los años que se prolongó, su Ministerio público.
   No ignoremos que Jesús mediante su Muerte y Resurrección no sólo nos evitó la condena merecida por los pecados que cometimos, pues también falleció para librarnos de la influencia que el pecado puede tener en nuestra vida actual.
   Tengamos cuidado a la hora de culpar al demonio de los pecados que cometemos, pues puede suceder que lo utilicemos para justificar actitudes no relacionadas con lo más importante que podemos hacer durante los años que se prolonga nuestra vida, que es el cumplimiento de la voluntad de Dios.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com