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La Navidad es la cumbre del Adviento. El mensaje central del Adviento. (Meditación para la Misa de medianoche de la Natividad del Señor).

   Meditación.

   La Navidad es la cumbre del Adviento. El mensaje central del Adviento.

   Estimados hermanos y amigos:
   Os deseo una feliz Navidad. Permitámosle a Nuestro Señor Jesucristo que nazca en nuestros corazones, con el fin de que podamos sentir que nuestra tierra es el cielo en el que mora Dios, y que el cielo que aguardamos por causa de la fe que tenemos en Nuestro Padre común, sea nuestra residencia eterna, cuando finalice el tiempo de purificación y perfección que estamos viviendo.
   Todos los días, cuando nos informamos de los hechos que ocurren, ya sea en nuestro país, o en cualquier otra nación del mundo, los medios de comunicación nos transmiten noticias referentes a guerras y maltrato de personas indefensas. El mal se ha hecho presente en el mundo con una fuerza tan latente, que son muchos los que han llegado a la fatal conclusión de que no pueden confiar en quienes les rodean, así pues, cuando leemos en la Biblia el relato de la creación del mundo por parte de Nuestro Padre común, en el cuál encontramos las palabras expuestas en GN. 1, 31, nos preguntamos: Si es cierto que Dios creó un mundo perfecto, ¿de dónde salió el mal?
   Si no somos capaces de comprender que dependemos unos de otros para poder sobrevivir, si no entendemos que el mundo sólo puede progresar cuando existen personas capaces de renunciar a su egocentrismo para sacrificar su vida para que el mismo avance a todos los niveles y se enriquezca espiritual y materialmente, y si no aceptamos el hecho de que la creación de una sociedad en la que no se margine a ninguna persona depende de todos nosotros, independientemente de nuestro estado social, dado que todos podemos actuar con el pensamiento de ayudar a crecer a los demás para que ellos nos ayuden a poder avanzar a todos los niveles a nosotros, no tenemos que preguntarnos de dónde ha salido el mal, pues, al no esforzarnos para crear un mundo más justo que el actual, estamos poseídos por el citado mal, lo cual nos convierte en los primeros perjudicados de nuestra forma de pensar y actuar.
   En este mundo en el que vivimos en que circunstancialmente acaecen hechos que nos sorprenden, al llegar el tiempo de Adviento, la Iglesia Católica, todos los años, nos recuerda la Historia de la salvación de la humanidad, -el relato bíblico muy resumido que encierra en sí la Historia del género humano, el cual, independientemente de lo marcado que esté por el sufrimiento y el pecado, ha sido redimido por el Dios de quien San Pablo escribió en su Carta a los Efesios, el texto que aparece en EF. 1, 5-.
   Recordar la Historia de la salvación de la Humanidad en el tiempo de Adviento, no consiste en encerrarnos en nuestro caparazón con el fin de pensar en una utopía irrealizable, sino en dejarnos invadir por la fuerza impetuosa y transformadora de la fe, la cual nos mueve a esforzarnos para que, por la vivencia de nuestros valores, y la transmisión de la Palabra de Dios a nuestros prójimos los hombres, todos juntos nos sintamos motivados a vivir bajo la inspiración del amor de Dios, cuyo Espíritu Santo puede transformarnos a la imagen y semejanza de Nuestro Creador, para que podamos crear la sociedad en la que soñamos vivir, después de haber superado las deficiencias que actualmente caracterizan nuestra vida.
   Si verdaderamente deseamos vivir en el Reino de Dios, aunque no somos todopoderosos para cambiar el mundo, hemos de esforzarnos para cambiar nosotros, pues, si lo deseamos, podremos superarnos en muchos aspectos, para que, al ver la transformación que vivimos, nuestros prójimos empiecen a creer que Dios existe, y que Nuestro Padre celestial se vale de nosotros para llevar a cabo su designio salvador.
   Si analizamos superficialmente lo que significará el Reino de Dios para nosotros, comprenderemos la razón por la que queremos vivir en el mismo.
   "De la misma manera que los estudiantes que desean prosperar se preparan convenientemente para trabajar al concluir su formación académica, quienes deseamos alcanzar la sabiduría divina, nos preparamos para ser iluminados por el Espíritu Santo, a través de la lectura de la Biblia, la lectura de los escritos de los Padres de la Iglesia, la participación en catequesis, en comunidades y grupos cristianos, y la participación activa en la celebración de los Sacramentos. El motivo por el cual queremos conocer al Dios Uno y Trino es muy claro, pues en el Evangelio de San Marcos encontramos las siguientes palabras del Señor Jesús: (MC. 1, 15).
   Si verdaderamente el Reino de Dios está cerca de nosotros, nos preguntamos: ¿De qué manera influirá el Reino de Dios en nuestra vida? El primero de los Profetas mayores, escribió: IS. 35, 4-6.
   El Profeta inspirado nos hace entender que cuando el Reino de Dios sea plenamente instaurado entre nosotros no existirán las enfermedades. Isaías nos dice con respecto a los moradores del Reino de Dios, el texto que leemos en IS. 33, 24. ¿Cómo será esto posible? Isaías responde esta pregunta indicándonos que hemos sido redimidos por Jesús (IS. 53, 4-6).
   Si Jesús sufrió como enfermo y murió tal como nos sucederá a nosotros algún día, no podemos acusar a Dios de habernos afligido, como si no conociera lo difíciles que pueden ser de soportar algunas circunstancias para nosotros, aunque Dios permite que vivamos las mismas, porque las tales nos pueden fortalecer espiritualmente.
   Otro signo evidente de la instauración del Reino de Dios entre nosotros, será el hecho de que nadie será explotado por ninguna persona que le supere en poder ni en riqueza. Seguramente todos hemos oído en alguna ocasión hablar de acoso laboral, pero esta situación no se dará en el Reino de Dios, pues nuestro Profeta escribió, el texto que leemos en IS. 62, 8-9.
   San Pablo insta a los trabajadores y a los patronos para que cooperen en la instauración del reino de Dios entre nosotros (EF. 6, 5-9).
   El exterminio de la pobreza será otro signo de la instauración del Reino de Dios entre nosotros (SAL. 72, 12-14; IS. 65, 21-23; SAL. 145, 14-16).
   El Reino de Dios será pacífico. (SAL. 37, 7-11. 46, 9; IS. 2, 4. 32, 17).
   La eliminación de la tristeza de nuestros corazones también indicará el comienzo de una nueva vida para la humanidad, sin que necesitemos tener fe para disfrutarla plenamente (AP. 21, 4).
   Dios nos promete que en su Reino olvidaremos el sufrimiento característico de nuestra vida actual (IS. 65, 17).
   Tal como hemos visto en el pasaje del Apocalipsis que acabamos de meditar, quienes vivan en el Reino de Dios, no morirán jamás (IS. 25, 8).
   Las siguientes palabras de Jesús son un motivo de alegría para nosotros (JN. 14, 2-3).
   Quizá quienes tengáis una fe débil os preguntéis: ¿Cómo será posible que exista la resurrección de los muertos? Aunque no podemos describir la forma en la que veremos cómo nosotros mismos seremos resucitados y cómo recuperarán la vida nuestros familiares y amigos queridos, tenemos una garantía digna de tener presente para que nuestra creencia no se debilite, pues San Pablo le escribió a Tito, el texto que leemos en TT. 1, 1-2. CF. NUM. 23, 19). Efectivamente, Dios no puede mentir, porque, el hecho de pecar, es contrario a su perfecta manera de conducirse por las sendas de amor, paz y justicia por las que desea que lo sigamos.
   Jesús le dijo a Marta antes de resucitar a Lázaro, las palabras que se contienen en JN. 11, 25-26; CF. 3, 16-17. 17, 3).
   A `pesar de las maravillosas promesas que esperamos que Dios cumpla, no hemos de olvidar bajo ningún concepto que Nuestro Criador es un Dios de justicia, a pesar de que también es un Dios de amor. Es cierto que esperamos que Nuestro Creador cumpla todas las promesas gracias a lo cual alcanzaremos la felicidad en su presencia, pero también es verdad que hemos de ganarnos la vivencia en el Reino de Dios. Yo sé que nosotros no podemos salvarnos por mediación del cumplimiento de la Ley de Dios porque nuestra imperfección es muy inferior a la perfección de nuestro Padre común, pero, la salvación por la mediación de la fe, no ha de hacer que dejemos de cumplir los mandamientos divinos. Nosotros, siguiendo el ejemplo de las vírgenes prudentes del Evangelio de San Mateo (MT. 25, 1-13), tenemos que permanecer vigilantes, en atención a las palabras de Jesús, escritas en LC. 12, 39-40.
   Esforcémonos por ser hijos de Dios, en virtud del texto de 1 COR. 15, 53-54). (Extracto del apartado 6. de la lectio divina del Domingo XXXII Ordinario del ciclo A).
   El hecho de que aún posiblemente falten miles -o millones- de años para que Dios concluya la instauración de su Reino entre nosotros no nos desanima, pues San Pedro escribió en su segunda Carta, las palabras contenidas en 2 PE. 3, 8-9).
   Dado que vivimos un número de años muy limitado, tenemos tendencia a desesperarnos cuando vivimos situaciones que consideramos adversas por el sufrimiento que las caracteriza. A pesar de ello, ya que Nuestro Padre común, -el cuál es inmortal y glorioso-, sabe en qué tiempo conviene a nuestra salvación que concluya la instauración de su Reino entre nosotros, hemos de confiar en que la Historia de la Humanidad no acabará mal, pues, lo mismo que muchos creyeron que Jesús no iba a resucitar de entre los muertos, por más injusticias que sucedan en nuestro entorno social, tenemos que tener la seguridad plena de que Dios cambiará las mismas por motivos de júbilo eterno.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com