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El Señor ha amanecido sobre nosotros. (Meditación de la primera lectura de la fiesta de la Epifanía del Señor).

   Meditación.

   1. El Señor ha amanecido sobre nosotros.

   Meditación de IS. 60, 1-6.

   En la primera lectura correspondiente a la Eucaristía de la Epifanía del Señor, se nos informa de que, a pesar de las dificultades que caracterizan a la humanidad, hemos sido iluminados por el Señor, quien ha amanecido sobre nosotros. Es interesante a este respecto detenernos a pensar en cómo percibimos la presencia del Señor en nuestras vidas, en el entorno en que vivimos, en el mundo y en la Iglesia, pensando que muchos que se dicen creyentes tienen serias dificultades para percatarse de que Dios no los ha desamparado, ya que lo desconocen, y, por consiguiente, ignoran su forma de actuar.

   Dios se nos ha manifestado por medio de Jesús. La mayor parte de la humanidad es víctima del sufrimiento, y por ello nos preguntamos por qué Dios no actúa en beneficio de sus hijos. Aunque estamos incapacitados para cambiar el mundo, tenemos la posibilidad de cambiar nosotros, primeramente para no tener una visión fatalista del padecimiento que nos puede caracterizar y de nuestros prójimos los hombres que nos impida reaccionar como se espera que lo hagamos los hijos de Dios, y en segundo lugar para que nos sea posible intentar hacer lo que esté a nuestro alcance para beneficiar al mayor número de personas posible, de hecho, tengamos presente que Jesús se nos ha revelado como Dios encarnado, para que adquiramos la habilidad de convertir problemas que parecen no poder resolverse en soluciones. Por eso se nos informa en IS. 60, 2 de que el mundo es víctima de grandes sufrimientos, y de que ello simbólicamente no nos afecta, porque el Señor ha amanecido sobre los hijos de Dios.

   Al leer las promesas divinas respecto de la completa instauración del Reino de Dios en el mundo, deseamos que las mismas se cumplan, pero necesitamos tener presente que en parte ello depende de nosotros porque como cristianos que somos tenemos muchas cosas que hacer para cumplir la voluntad divina, y que hemos de esperar que llegue el momento en que Nuestro Padre común concluya su obra salvadora. Cuanto más tiempo tarde el Señor en concluir su obra, más oportunidades tendremos de perfeccionarnos como cristianos, así pues, aprovechemos este tiempo que se nos concede, a fin de que podamos contribuir a la plena instauración del Reinado divino en el mundo.

   En el texto que estamos considerando, se mencionan lugares muy distantes de Israel. No perdamos la fe cuando veamos cómo quienes más amamos rechazan a Dios, porque Él se manifestará a quienes sabe de antemano que no lo van a rechazar (HCH. 16, 31). No temamos por nuestra salvación ni por la salvación de quienes más amamos, porque la capacidad de amar de Dios es superior a la nuestra. No nos debilitemos pensando que son pocos los que reconocen a Dios, porque llegará el día en que será conocido como el único Dios verdadero.

   El versículo primero del texto que estamos considerando, comienza con una palabra cuya misión consiste en infundirles coraje a los aletargados y a los desesperados. Si Dios ha amanecido sobre nosotros, es necesario que los primeros cumplan la misión cuya realización ha motivado su nacimiento sabiendo que no fracasarán, y que los segundos sepan que su dolor no es casual, porque tiene un propósito. También se nos invita en el citado texto a reír, porque llegará el día en que el sufrimiento será extinguido de la humanidad.

   Cuando parte de los judíos deportados a Babilonia y a otros países pudieron volver a Jerusalén gracias al edicto de Ciro, se encontraron con que no se cumplió la promesa divina de su retorno a la Ciudad santa tal como la vaticinó el autor del segundo Isaías. Ellos esperaban vivir en un paraíso, y se encontraron con que hubieron de empezar a vivir con escasos recursos y muchos problemas. A nosotros nos puede suceder lo mismo que les pasó a aquellos judíos. Se nos predica mucho el Reino de Dios, pero no vemos que las bendiciones divinas nos son derramadas como lluvia. La ciencia ha evolucionado mucho, pero no parece que vaya a ser vencido pronto el egoísmo que genera la pobreza, ni que vayan a ser exterminadas las enfermedades graves ni la misma muerte. ¿Se reducirá la existencia de Dios a un sueño irealizable y macabro inventado para que los más débiles puedan hacer algo para sobrevivir a duras penas a sus dificultades?

   Cuando Dios se revele a toda la humanidad, los creyentes le ofrecerán sus mejores dones. Ello nos hace pensar en lo que podemos hacer para que las diferencias que nos distinguen no impidan el hecho de que nos hermanemos. Yahveh es el Dios de toda la humanidad, y no la propiedad exclusiva de los adeptos de una religión determinada.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com