Domingo II de Adviento del Ciclo C.
Preparemos el camino del Señor, y enderecemos sus sendas.
Ejercicio de lectio divina de LC. 3, 1-6.
Lectura introductoria: FLP. 1, 8.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Al iniciar la segunda semana de preparación del tiempo de Navidad, nos disponemos a meditar la Palabra de Dios, y a orar en presencia de Nuestro Santo Padre.
Invoquemos al Espíritu Santo para que, nuestras ocupaciones y preocupaciones, no nos distraigan en este tiempo de oración, para que podamos meditar el texto evangélico correspondiente a la Eucaristía de este Domingo II de Adviento del Ciclo C, y podamos aplicarlo a nuestra vida de cristianos comprometidos, con el cumplimiento de la voluntad, del Dios Uno y Trino.
Orar es dirigirnos a Nuestro Padre común, con la certeza de que se hace presente en nuestra vida, con el doble propósito, de purificarnos y santificarnos.
Orar es esforzarnos para que nuestras ocupaciones y preocupaciones no nos impidan escuchar la Palabra de Dios, en el desierto de nuestra vida.
Orar es pedirle a Dios que nos impulse a creer en Él, a amarlo y aceptarlo.
Orar es dirigirnos a Nuestro Padre celestial, quien nos ha creado a su imagen y semejanza, para que nos ayude a ser buenos imitadores, de Jesús y sus Santos.
Orar es pedirle a Dios que nos conceda su pureza, para que podamos reflejar en nuestra vida, la conducta intachable de Nuestro Salvador.
Orar es pedirle a Dios que elimine nuestra soberbia, y que nos haga plenamente humildes, para que podamos acoger su Palabra, y cumplir su voluntad.
Orar es creer que algún día nos sentiremos salvados por Nuestro Santo Padre, quien nos ayudará a superar las dificultades que caracterizan nuestra vida, y nos conducirá a su Reino de amor y paz.
Oremos:
Espíritu Santo:
San Lucas situó en el tiempo los hechos relacionados con el Ministerio público de Jesús, la realización de la obra redentora del Señor, y el surgimiento de la Iglesia. Te pedimos que tales hechos nos recuerden que necesitamos saber en quién creemos, y cómo demostraremos que tenemos fe en Él.
A pesar de que San Lucas menciona importantes personajes en el Evangelio que consideraremos en el presente trabajo, el más importante de los mismos es San Juan Bautista, el más humilde a nivel material, y el más afortunado a nivel espiritual, porque su alma estaba, llena del Dios, por causa de la extensión de cuya Palabra, sacrificó su vida.
La Palabra de Dios le fue dirigida a Juan en el desierto, el lugar en que se pone a prueba nuestra fe, y queremos mantenerla, mientras aguardamos la venida del Señor, para que haga de nuestra tierra, su cielo.
Te pedimos que nos inspires el ardor misionero de San Juan, para que ganemos muchas almas para el cielo, sin temor a que, quienes carecen de la fe que nos has dado, nos critiquen.
Haznos fuertes para preparar el camino del Señor y enderezar sus sendas, para que nuestros prójimos los hombres comprueben lo fácil que es, sentirse amados por Nuestro Padre celestial.
Te pedimos que no nos ciegue la soberbia, ni nos impida predicar el Evangelio, ganando almas para el cielo.
Espíritu divino:
Porque eres el Dios en quien confiamos, haznos vislumbrar tu salvación en este mundo para que nos sirva de estímulo para cumplir tu voluntad puntualmente, y haznos gozarla en tu Reino, para que tengan sentido nuestros desvelos, a la hora de cumplir los deseos, del Dios Uno y Trino.
2. Leemos lentamente LC. 3, 1-6, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 3, 1-6.
3-1. ¿En qué tiempo empezó San Juan el Bautista a predicar la venida del Mesías a Israel? (LC. 3, 1-2).
Para San Lucas, -el autor del tercer Evangelio, y de los Hechos de los Apóstoles-, era importante dar a conocer el tiempo exacto en que empezaron a suceder los hechos relacionados con la vida de Jesús y el surgimiento y la expansión de la Iglesia, porque ello podía ayudarle a hacer creíbles sus relatos. Ello es importante para nosotros, no solo porque nos ayuda a saber en qué año empezó San Juan el Bautista a predicar la venida de Jesús al mundo, sino porque nos recuerda que Dios actúa siempre con el propósito de purificarnos y santificarnos, en el tiempo que es apropiado para ello.
Tiberio César, gobernó el imperio romano, entre los años 14 y 37 después de Cristo.
El emperador Augusto destituyó a Arquelao el año seis después de Cristo. A partir de aquel suceso histórico, la provincia romana de Judea, fue gobernada por procuradores, de entre quienes Poncio Pilato fue el quinto. Dado que Tiberio se dejó influenciar por Séjano, Pilato empezó a ser procurador de Judea el año 26 después de Cristo, y llegó a la citada provincia acompañado por su esposa. Tácito escribió en sus Anales (3: 33) que la ley romana les había prohibido a sus procuradores durante muchos años que fueran acompañados por sus esposas, pero Tiberio permitió lo contrario.
Pilato se hizo odioso a los ojos de los judíos, porque utilizó el dinero del Templo de Jerusalén (el Corbán), para construir un acueducto para llevar a la capital de Judea el agua de las regiones montañosas del sur de la capital. Los judíos se sublevaron porque veían incorrecto el hecho de que el dinero consagrado a Dios fuera utilizado para realizar una obra secular, a pesar de que la misma era beneficiosa para ellos. Cuando los sublevados asediaron el tribunal del procurador, éste mezcló entre la multitud soldados disfrazados, armados con garrotes y puñales, los cuales, cuando la agitación alcanzó su punto culmen, y recibieron la señal esperada del yerno de Tiberio, causaron una gran matanza. Muchos judíos murieron al ser maltratados por los soldados, y no pocos perdieron la vida, al ser atropellados por la multitud.
Herodes Antipas y Filipo eran medio hermanos, pues eran hijos de Herodes el Grande, quien ordenó la matanza de los pequeños Santos Inocentes, que recordamos el 28 de diciembre.
La madre del rey Herodes Antipas fue una samaritana llamada Maltace, una de las diez esposas de Herodes el Grande, la cual también fue madre de Arquelao. El padre de ambos hermanos dispuso que el reino fuera heredado por Herodes, pero posteriormente cambió su voluntad, y se lo cedió a Arquelao. Herodes solo consiguió llegar a ser tetrarca de Galilea y Perea.
Herodes contrajo matrimonio con una hija del rey de los árabes nabateos llamado Aretas, pero, años después, cuando residía en Roma en casa de su medio hermano Filipo, cedió a una gran pasión hacia su cuñada Herodías, -la instigadora de la muerte de San Juan el Bautista-, con la que se vinculó, después de repudiar a su legítima esposa. El rey Aretas, indignado por el hecho de que su hija había sido burlada y despreciada, le declaró la guerra a Herodes, y terminó venciéndolo (Flavio Josepho. Ant. 18: 5, 1).
Herodías era una mujer muy ambiciosa que llegó a sentir envidia de su hermano Agripa, -quien llegó a ser rey de Judea-, pues Herodes Antipas solo llegó a ser tetrarca. Fue por ello que Herodías persuadió a su marido para que acudiera a Roma a reivindicar la corona. Esta fue la causa por la que Agripa le escribió una carta al emperador Calígula, acusando a Herodes de haberse aliado con los partos secretamente. Herodes fue desterrado a Lion (en las Galias) el año 39 después de Cristo (Ant. 18: 7), y, según otra obra de Flavio Josepho (Guerras, 2: 9, 6), murió en España.
Herodes Antipas, Filipo, Pilato y Lisanias, tenían el mismo poder en el gobierno de sus territorios. Sus trabajos dependían de Roma, y tenían el deber de mantener la paz.
Según la ley de los judíos, cuando un descendiente de Aarón llegaba a ser sumo sacerdote, debía ejercer su actividad laboral, mientras viviera. A pesar de ello, los romanos quebrantaron la citada ley, y nombraron sumos sacerdotes, que les ayudaron a subyugar al pueblo, y a mantener la paz. Los romanos depusieron a anás como sumo sacerdote, y le otorgaron el puesto a Caifás, su hijo político. Para los judíos, Anás siguió siendo su sumo sacerdote. Prueba de ello es que, antes de que Jesús fuera juzgado por Caifás, sus detractores lo llevaron ante anás (JN. 18, 13), quien se lo remitió a su yerno, que era el sumo sacerdote designado por las autoridades romanas.
Herodes Antipas, Poncio Pilato y Caifás, fueron los personajes más poderosos de Palestina, cuando San Juan el Bautista empezó a profetizar la inminente llegada del Mesías. El hijo de Zacarías desafió a las autoridades de su tiempo enérgicamente, y por ello, a los ojos de Dios, dicho profeta llegó a ser grande, en comparación con las autoridades político-religiosas de su país.
En nuestro mundo, sin poder, riquezas ni prestigio, nadie puede llegar a ser importante. Desde la óptica de Nuestro Santo Padre, la grandeza de los cristianos no debe medirse teniendo en cuenta lo que los tales tienen, sino teniendo en cuenta lo que hacen, para servir a Dios, en sus hijos los hombres.
La Palabra de Dios le fue dirigida a San Juan el Bautista, cuando vivía en el desierto, dedicándose a la contemplación y a la predicación. Los católicos tenemos la costumbre de vivir experiencias de desierto en el tiempo de Cuaresma. El desierto es la experiencia que tenemos a partir de nuestras deficiencias, en las que se vislumbra la grandeza de Dios, en conformidad con la fe que le manifestamos. Cuanto más nos entreguemos a Dios, más constataremos que su poder se manifiesta en nuestra vida.
3-2. El bautismo predicado por San Juan el Bautista (LC. 3, 3).
Desde el punto de vista de quienes no creen en Dios, el arrepentimiento del mal que los tales hacen es sincero, si adoptan el compromiso de no repetir sus malas acciones, y cumplen el mismo puntualmente, pero, para los cristianos, el arrepentimiento no puede ser considerado un proceso de conversión, si no incluye el acercamiento a Dios, como parte del proceso del cambio de vida que ha de operarse, en quienes cambian de conducta.
Los cristianos no podemos afirmar que creemos en Dios y vivir de la forma que creamos más conveniente, porque Nuestro Santo Padre desea que cumplamos su voluntad, que consiste en que alcancemos la plenitud de la felicidad, viviendo en su presencia. Ello es posible para nosotros, si estudiamos la Palabra de Dios escrita en la biblia e interpretada por los documentos de la Iglesia, ponemos en práctica lo aprendido a lo largo de toda una vida de formación, haciendo el bien, y si nos comunicamos con el Dios Uno y Trino, por medio de la oración.
Los cristianos no podemos observar la mejor conducta que pensemos que puede hacer que nos caractericemos como buenas personas sin relacionarnos con Dios, porque la misma no puede concedernos la salvación que aguardamos.
¿Por qué creemos en Dios?
¿Creemos en Dios porque tememos por la salvación de nuestra alma? Cuidémonos de que el miedo a la condenación en el infierno nos impida tener fe en Dios.
¿Creemos en Dios porque deseamos que la fe que nos caracteriza nos gane una buena posición en el cielo? Cuidémonos de no servir a Dios por egoísmo, sino por amor a Él y a nuestros hermanos los hombres.
El bautismo predicado por San Juan el Bautista, implicaba el compromiso de adoptar una nueva vida, caracterizada por el cumplimiento de la voluntad divina, y el deseo de alcanzar la salvación. El Bautismo predicado por Jesús, es el Sacramento que nos inicia en la vida de la fe y la gracia, y nos hace hijos de Dios.
3-3. Preparad el camino del Señor (LC. 3, 4).
En el tiempo que vivió Jesús, cuando un rey emprendía un viaje, sus mensajeros le preparaban el camino que debía recorrer, y planeaban minuciosamente, las visitas que iba a hacer. De igual manera, San Juan deseaba que sus oyentes se prepararan a recibir al Mesías.
Si queremos recibir al Señor cuando acontezca su Parusía siendo dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, haremos del ejemplo que Jesús nos dejó el centro de nuestra vida, escucharemos atentamente sus palabras, y obedeceremos ciegamente sus mandamientos, aunque nos cueste comprender las razones por las que nos amoldaremos al cumplimiento de su voluntad, especialmente, cuando ello sea sumamente difícil para nosotros.
3-4. Evitemos ser extremadamente soberbios, y exterminemos las formas de discriminación existentes (LC. 3, 5).
-Jesús nos pide que no nos dejemos esclavizar por la codicia ni por la excesiva preocupación por los bienes materiales, para que podamos hacer de Dios nuestra única riqueza.
-Bueno es para quienes quieran alcanzar la perfección divina no pensar que en el mundo hay quienes son inferiores a ellos.
-Si no aprendemos a ser humildes, no nos sentiremos necesitados de Dios, porque desconoceremos lo pobres que somos, si no comparamos sus riquezas espirituales, con la pobreza de nuestra sencillez.
3-5. Todos verán la salvación de Dios (LC. 3, 6).
Los judíos consideraban que eran la propiedad personal de Yahveh, el dios que sentía el mismo desprecio hacia los gentiles, que los caracterizaba a ellos. A pesar de este hecho, en la biblia se nos enseña que la salvación es universal. Si cuando Jesús concluya la instauración de su Reino entre nosotros hay quienes no forman parte del mismo, ello no se deberá a que Dios los margina, sino a que se obstinan en rechazar a Nuestro Santo Padre, quien no los obligará a vivir en su presencia, haciéndoles actuar contra su voluntad.
3-6. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 3, 1-6 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
¿Por qué era importante para San Lucas dar a conocer el tiempo exacto en que empezaron a suceder los hechos relacionados con la vida de Jesús y el surgimiento y expansión de la Iglesia?
¿Qué lección podemos extraer del deseo de San Lucas de situar sus relatos en un determinado tiempo histórico?
¿Qué significado tiene para nosotros el hecho de que San Juan el Bautista desafiara a las autoridades de Palestina, reprochándoles el hecho de que no cumplían la Ley de Dios?
¿Somos conscientes los cristianos del significado que tiene nuestra misión de profetas de quienes se espera que denunciemos constantemente las injusticias que se cometen en el mundo?
¿Somos injustos en lugar de profetas encargados de enseñar el modo en que Dios desea que la humanidad cumpla su voluntad?
¿Qué diferencia existe entre la grandeza que ama el mundo y la grandeza característica de los cristianos veraces?
¿A qué llamamos los cristianos católicos desierto?
¿Por qué hacemos los católicos experiencias de desierto precisamente antes de conmemorar el Misterio pascual?
¿Qué haremos para percatarnos de que el poder de Dios se manifiesta en nuestra vida?
3-2.
¿Cuáles son para los cristianos las dos características del arrepentimiento para que el mismo forme parte de nuestro proceso de conversión a Dios?
¿Cuáles son las tres cosas que queremos hacer para acercarnos a Dios y cumplir su voluntad?
¿Por qué no nos es suficiente a los cristianos observar una buena conducta moral para alcanzar la salvación que anhelamos?
¿Qué diferencia hay entre el bautismo de San Juan el Bautista y el Bautismo de Jesús?
3-3.
¿Cómo nos prepararemos a recibir al Mesías, tanto en la próxima Navidad, como cuando acontezca su Parusía?
¿Cumpliremos la voluntad de Dios cuando no comprendamos sus designios sobre nosotros? ¿Por qué?
3-4.
¿Son compatibles el amor a Dios, la codicia, y la excesiva preocupación por los bienes materiales? ¿Por qué?
¿Somos superiores o inferiores a quienes viven situaciones drásticas por las que son marginados? ¿Por qué?
¿Por qué es importante la humildad para los cristianos?
3-5.
¿Podrán salvarse quienes no sean cristianos?
¿En qué sentido es necesario el Bautismo para que podamos ser salvos los cristianos, y serán salvos muchos desconocedores de Dios que, si hubieran tenido la oportunidad de conocerlo, hubieran creído en Él?
5. Lectura relacionada.
Leemos y meditamos IS. 25, 6-9, y oramos para tener más fe, en el Dios Uno y Trino.
6. Contemplación.
Contemplemos a Dios, que espera pacientemente el tiempo en que actuará en nuestra vida, con tal de que creamos en Él, lo aceptemos y lo amemos.
Contemplemos a Jesús, sirviendo a los más desfavorecidos, y muriendo y resucitando para redimirnos, para enseñarnos a no desanimarnos cuando suframos, porque somos el objeto del amor de Nuestro Santo Padre.
Contemplémonos en este Adviento tal cuales somos, débiles, pobres, enfermos, y carentes de la fe que necesitamos, para prepararnos a recibir a Jesús, en la próxima Navidad, y cuando el Señor concluya la plena instauración, de su Reino, entre nosotros.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 3, 1-6.
Comprometámonos a demostrarles nuestro amor a aquellos de nuestros familiares y amigos a quienes no se lo hemos demostrado desde hace mucho tiempo.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal.
Padre bueno:
Aumenta mi deseo de conocerte, para que me prepare a recibir a Jesús, adquiriendo el conocimiento de tu Palabra, que está escrita en la Biblia, y es interpretada por los documentos de la Iglesia.
Ayúdame a ser solidario con las necesidades de los pobres, enfermos y solitarios, para que aprenda a dejar de quejarme, por causa de mis dificultades.
Ayúdame a creer más en Ti, para que pueda sentir tu presencia, en mis ratos de oración.
Concédeme lo que te pido en el nombre de Jesucristo, tu Hijo, y mi Hermano y Señor. Amén.
9. Oración final.
Leemos y meditamos el Salmo 16, afirmando nuestro deseo, de cumplir la voluntad divina.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com