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El Señor es justo. (Meditación de la primera lectura del Domingo I de Adviento del Ciclo C).

   1. El Señor es justo.

   Meditación de JER. 33, 14-16.

   ¿Qué es la felicidad? Dios nos creó para que alcancemos la plenitud de la felicidad viviendo en su presencia. La felicidad es un estado anímico de complacencia que se manifiesta en nosotros, cuando vivimos sin carencias materiales y no tenemos desavenencias familiares si no creemos en Dios, o cuando intentamos vivir imitando la conducta de Nuestro Salvador, si nos consideramos cristianos practicantes. A este respecto, San Pablo les escribió las palabras expuestas en EF. 5, 14, a los cristianos de Éfeso.
   San Pablo animó a sus lectores para que despertaran del sueño en que se convierte nuestra vida cuando vivimos al margen de Dios. Mientras vivimos, establecemos relaciones con familiares y amigos, trabajamos para poder vivir dignamente, y evitamos hablar de la muerte, porque la consideramos tan desagradable, como los romanos consideraban el hecho de hablar de las crucifixiones. San Pablo nos invita a superar  el sueño de "vivir a tope" y a amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, para que podamos constatar que nacemos a la vida de la gracia, y que Cristo ilumina nuestra existencia.
   En la primera lectura correspondiente a esta primera celebración  eucarística del tiempo de Adviento del Ciclo C de la Liturgia de la Iglesia Católica, Jeremías hace referencia al cumplimiento de las promesas divinas. Cuando los hebreos fueron deportados a Babilonia, esperaron durante 70 años el cumplimiento de la promesa divina de volver a su tierra. Igualmente, quienes no pensamos que en  este mundo nos toca estar sanos o enfermos, o ser ricos o pobres, por causa de un azar caprichoso que nadie sabe cómo nos puede afectar, también aguardamos la conversión de nuestra tierra en el Reino de Dios, mientras recordamos la triple presencia de Jesús entre nosotros.
   Jesús vivió en Palestina, nos demostró cómo nos ama Dios por medio de su Pasión, muerte y Resurrección, y estableció su Reino en los corazones de quienes decidieron creer en Él. Cuando después de que Jesús ascendiera al cielo, los Apóstoles de Nuestro Salvador recibieron el Espíritu Santo en la celebración de Pentecostés, el mundo empezó a vivir una segunda presencia de Jesús, quien se empezó a manifestar, por medio de las palabras y obras de sus seguidores. De alguna manera, todos los cristianos representamos a Jesús en la tierra, y por ello, en cada ocasión que hacemos el bien, estamos hablando del Señor por medio de las obras que llevamos a cabo, y le demostramos al mundo que nuestras creencias, más que constituir una ideología, son una manera de vivir.
   Si Jesús se manifiesta al mundo por medio de sus seguidores, ello significa que no esperaremos que el Señor concluya su obra sin nuestra contribución a la realización de la misma, pues todos tenemos la posibilidad de trabajar para que nuestra tierra sea el cielo en que mora Dios. Recordemos que, al final de las celebraciones eucarísticas, se nos dice: "Podéis ir en paz", y que ello no significa que podemos irnos contentos porque hemos cumplido con Dios, sino que salimos de nuestras iglesias, llenos de la paz de Cristo, para transmitírsela a quienes quieran recibirla. Recordemos también que en las celebraciones eucarísticas permanecemos de pie escuchando los textos evangélicos y orando, indicando que nuestros corazones se levantan fervientes hacia el cielo de Dios, quien nos quiere activos durante los años que se prolongue nuestra vida, cumpliendo su voluntad, que consiste en que hagamos de la humanidad una familia, la familia del Dios Uno y Trino.
   La Palabra Adviento, además de hacer referencia a las dos presencias de Jesús que hemos considerado, también se refiere al anuncio de la Parusía o segunda venida de Jesús que aguardamos, un hecho que acontecerá al final de los tiempos. Jesús nos ha prometido volver a nuestro mundo a hacerles justicia a los oprimidos. Cristo es el vástago -o renuevo- que descendió de David. Cristo es el Hombre conforme al corazón de Dios, cuya venida aguardamos, porque de la misma depende nuestra consecución de la plenitud de la felicidad.
   La salvación de Judá de que se nos habla al final de la primera lectura bíblica que estamos considerando, es un anuncio de la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo. Dios nos ha prometido que viviremos tranquilos en su Reino de amor y paz, y que llamaremos a Jerusalén Señor-nuestra-justicia, porque veremos cómo Nuestro Santo Padre cumplirá nuestro deseo de ser plenamente felices.
   Jesús vino al mundo, nos redimió, y estableció su Reino en los corazones de quienes lo aceptan.
   Después de que el Señor resucitara y ascendiera al cielo, y de que el Espíritu Santo se manifestara en los Apóstoles de Nuestro Señor, Jesús se hizo -y aún se hace- presente en su Iglesia, y nosotros, como representantes suyos, lo anunciaremos al mundo, hablando de Él sin miedo y con profunda convicción, y haciendo el bien, para demostrar que es posible vivir, en conformidad con el cumplimiento de la voluntad divina.
   Jesús volverá a nuestro encuentro al final de los tiempos, y concluirá la plena instauración de su Reino entre nosotros, extinguiendo todas las causas existentes que hacen sufrir a la humanidad, y la muerte.

   Apliquemos la Palabra de Dios a nuestra vida.

   ¿Conocemos las promesas que Dios nos ha hecho?
   ¿Cambiaría nuestra vida en algún aspecto si no creyéramos en Dios?
   ¿Creemos que todo lo que nos sucede tiene un significado que algún día podremos descubrir si juzgamos lo que nos acaece desde el punto de vista de Dios?
   ¿Conocemos a Jesús profundamente, o solo conocemos los aspectos más relevantes de su vida?
   ¿Notamos la presencia de Jesús en la Iglesia, en el mundo y en nuestra vida?
   ¿Nos creemos necesitados de la acción de Dios en nuestra vida?
   Vivamos disponiéndonos a recibir a Jesús cuando acontezca su Parusía.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com