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Preparémonos para recibir al Señor. (Meditación para el Domingo II de Adviento del Ciclo C).

   Meditación.

   Preparémonos para recibir al Señor.

   El Cristianismo es una religión extraordinaria, dado que contiene en sí una novedad especial con respecto a otras religiones, que consiste en que Dios nos llama a que vivamos en su presencia. Nosotros no tenemos que sacrificar a ninguno de nuestros hijos ni renunciar a la más valiosa de las posesiones que tenemos con tal de serle gratos a la Divinidad suprema como hacían los adeptos de ciertas religiones de la antigüedad, con el fin de que la misma se digne concedernos algún favor. Dado que al mismo tiempo que Dios sale a nuestro encuentro, nosotros iniciamos la búsqueda del encuentro con nuestro Padre común, el tiempo de Adviento significa que nos preparamos a salir al encuentro de Aquel que viene a buscarnos y a quien al mismo tiempo buscamos. Este hecho se ilustra perfectamente al recordar, -por medio de los Profetas de Israel-, la espera del Mesías que vivió el pueblo de Dios, la cual se prolongó durante muchos siglos.
   Dios nos ha buscado siempre, así pues, cuando Adán desobedeció a Nuestro Creador y comió del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, al percatarse de que estaba desnudo, se escondió de la presencia de Dios, cuando el Todopoderoso se paseaba por el Paraíso, interrogándolo: (GN. 3, 9). Dios sabía perfectamente en qué lugar se había escondido Adán, pero quiso que el hombre saliera voluntariamente a su encuentro, sin forzarlo a ello.
   Los católicos tenemos la certeza de que, cuando Jesús ascendió al cielo, no sólo se quedó en el Sacramento del Altar, sino que también se quedó en nuestros prójimos los hombres, dado que, la comunión con nuestros hermanos, nos ayuda a crecer espiritualmente, así pues, cuando Caín asesinó a Abel, Yahveh lo interrogó (GN. 4, 9).
   El Salmo 42 es una hermosa oración escrita para avivar la fe de quienes no perdemos la esperanza de encontrarnos con Nuestro Padre común (SAL. 42, 2-3).
   San Pablo, por su parte, nos demuestra que nuestra vida de creyentes está orientada a la Parusía del Señor (1 COR. 1, 4-9).
   En la Profecía de Zacarías, se anuncia la entrada de Jesús a Jerusalén, como la esperada llegada del Mesías, por parte de los judíos (ZAC. 9, 9).
   La primera venida del Mesías al mundo, es símbolo de la Parusía o presencia definitiva de Jesús en nuestro mundo, una presencia que no será como la actual, dado que, en aquel tiempo, la presencia del Mesías será plena, de manera que al fin se cumplirá el siguiente pasaje de los Salmos: (SAL. 97, 1).
   Los Profetas también hablan en sus escritos del día del Señor (SOF. 1, 7-9).
   San Pablo nos dice con respecto al día del Señor, lo expuesto en ROM. 13, 12. Vé. HEB. 10, 25).
   Este día también es denominado en la Profecía de Malaquías como "el día grande y terrible" (MAL. 3, 23).
   Este día también es conocido como el "día de Cristo" y el "día de Jesucristo" (FLP. 1, 6. 10. 2, 16; 1 COR. 1, 8).
   El día del Señor es también llamado día de Yahveh (o de Jehová por quienes creen que éste es el verdadero nombre de Dios), pues, en la Profecía de Joel, leemos (JL. 2, 2. 11. 3, 4-5).
   San Pablo les escribió a los Tesalonicenses sobre cómo sería la venida del día del Señor (1 TES. 5, 1-4).
   La catástrofe que se describe en varios pasajes bíblicos referentes a la llegada del día del Señor, simbolizan el hecho de que la tierra saludará a su creador, el cual nos premiará a todos según nuestras obras (2 PE. 3, 10-14).
   Jesucristo nos pide que estemos alertas esperando el día de su Parusía (LC. 21, 34-36).
   Jesucristo no pretende ser un malhechor que advierte antes de atacar inmisericordemente a sus víctimas, pues, en la versión del sermón escatológico de San Mateo, leemos las siguientes palabras de nuestro Señor, expuestas en MT. 24, 36.
   De la misma manera que no temeremos la llegada del día del Señor, el hecho de que la tardanza del mismo se prolongue indefinidamente, no ha de hacernos perder la fe, sino, más bien, aplicarnos las palabras del primo del Mesías (ST. 5, 7-8).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com