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Meditación para el Domingo II de Adviento del Ciclo C.

   Meditación.

   (FLP. 1, 4). Hoy empezamos a celebrar la segunda semana del tiempo de Adviento, así pues, faltan escasas semanas para que el Señor Jesús nazca en nuestros corazones. Las palabras del Apóstol San Pablo con las cuales hemos empezado esta meditación, nos recuerdan que el tiempo litúrgico que estamos conmemorando, es para nosotros un periodo de penitencia, esperanza y oración. No existe mejor forma de contribuir con Dios a nuestra purificación que orar, y no existen mejores oraciones que las obras que hacemos en favor nuestro y de nuestros hermanos los hombres.
   El Adviento es semejante a una carrera durante la que hay que superar una serie de obstáculos para alcanzar la meta, es decir, hasta llegar a la Navidad después de haber superado un estado anímico que nos parecía insalvable, o después de haber logrado un propósito, algo que nos parecía imposible de obtener.
   Dios viene a nuestro mundo, a nuestro ambiente, a nuestra vida. ¿Cómo recibiremos este año a Jesús? No existe mejor manera de recibir a Nuestro Hermano en su Natividad que seguir al pie de la letra las recomendaciones que San Pablo nos hace en la segunda lectura de la Eucaristía que estamos celebrando (FLP. 1, 4-6. 8-11).
   El Apóstol nos dice, las palabras expuestas en FLP. 1, 5.
   ¿Constituye la Palabra de Dios un mensaje útil para los hombres del siglo XXI?
   ¿Es alentador para nosotros el Evangelio frente al rechazo de las utopías por parte de quienes se admiran ante los avances científicos?
   El autor de los Salmos nos dice con respecto a los interrogantes que nos estamos planteando, las palabras escritas en SAL. 119, 81.
   ¿Qué dádivas esperamos recibir de la Palabra de Dios?
   ¿Por qué esperamos día y noche que venga a nosotros Jesús, el "Sol de justicia"? (LC. 1, 78)?
   Siempre hemos sido víctimas de la enfermedad, el dolor, el error y la muerte. En Navidad conmemoraremos la primera venida de Jesús, un acontecimiento que simboliza la Parusía del Señor, el día en que seremos librados de los enemigos que nos acechan. Gracias a la fe que Dios nos ha concedido, aunque aún vivimos en un mundo que para la mayor parte de la humanidad es un valle de lágrimas, de alguna manera, estamos siendo vivificados por los dones y virtudes que hemos recibido de Nuestro Padre y Dios. Por nuestra fe sabemos que sólo esperamos de Dios que sea uno más entre nosotros, porque sólo nos queda esperar que la vida sobrenatural de nuestra alma espiritual, abarque también nuestro cuerpo mortal. Bajo esta óptica, la muerte es para nosotros una tentación que resulta difícil de rechazar, aunque no por ello abandonaremos nuestra actividad diaria, pues, cuanto más purificados y santificados seamos, más pleno será nuestro gozo con respecto a la vida que nos espera en el Reino de Dios.
   San Pablo les escribió a los cristianos de Filipos en estos términos: (FLP. 1, 19-22).
   San Pablo deseaba morir antes que vivir, pero quería quedarse en el mundo, para servir a Dios en sus prójimos los hombres.
   San Pablo nos dice: (FLP. 1, 6).
   Dios quiera que se cumplan en nosotros las palabras que Saulo de Tarso decía con respecto a sí mismo (GÁL. 2, 20).
   Si vivimos para nuestros familiares, satisfacemos nuestras carencias, y somos útiles para nuestra Iglesia y la sociedad mediante nuestras obras y oraciones, podemos aplicarnos las siguientes palabras de Pablo: (GÁL. 2, 20), pues es Cristo quien nos ha transfigurado y configurado a imagen suya, para que llevemos a cabo su obra de salvación.
   Al principio de la Carta a los Hebreos, encontramos las siguientes palabras: HEB. 1, 1-2.
   Dios nos habló a través de Jesús, así pues, después de que Nuestro Señor fuera ascendido al cielo, y de que el Espíritu Santo viniera a llenar nuestra existencia en Pentecostés, ¿por qué no somos nosotros los nuevos transmisores de la Palabra de Dios para que el mundo vea la luz?
   San Juan Bautista es uno de los más grandes predicadores del tiempo de Adviento, así pues, Dios le nombró Precursor de Jesús, para que fuera delante del Mesías preparándole el camino (LC. 1, 76), disponiendo el corazón de sus contemporáneos para que se convirtieran al Evangelio (LC. 3, 3).
   La mejor penitencia que podemos hacer en estos días, consiste en que preparemos a quienes nos rodean para que Jesús nazca este año en el corazón de toda la humanidad. Jesús no sólo vale la pena, vale la vida, y nosotros, si le hemos entregado nuestra vida al Señor de manera que es Él quien vive en nosotros, por nosotros y para nosotros, prepararemos a la sociedad para que acepte al Señor que está por venir. Sólo faltan escasas semanas para que conmemoremos el Nacimiento de Jesús, así pues, corramos dignamente salvando obstáculos propios y ajenos, porque el Señor está por nacer, y es necesario que hayamos recorrido una parte del camino de nuestra purificación el día de Navidad.
   En el tiempo de Adviento conmemoramos las dos venidas de Jesús a visitarnos. Teniendo en cuenta el hecho de que los ciclos litúrgicos culminan incitándonos a esperar el acontecimiento de la Parusía del Señor, durante las próximas semanas, nos centraremos en la preparación de la Navidad. El término "natividad" se traduce como "nacimiento", así pues, la Navidad es el nacimiento de Jesús en Belén de Judea.
   Las más grandes personalidades del Antiguo Testamento recibieron la revelación de Dios con respecto a que el Mesías vendría a visitarnos para "buscar y salvar lo que estaba perdido" (LC. 19, 10) Nosotros sabemos que Jesús, a través de su Pasión, muerte y resurrección, rompió las cadenas por cuya errónea visión no podemos ser felices. Dios Padre le entregó al Señor un mundo de ovejas perdidas y lo facultó para que reuniera su rebaño, así pues, una vez que Jesús concluyó el trabajo que le fue encomendado, sólo le queda esperar, según palabras del Salmista, sentado a la diestra del Padre, que este ponga a sus enemigos (el pecado, el error, la enfermedad y la muerte), por estrado de sus pies (SAL. 110, 1)
   El próximo 25 de diciembre no celebraremos solamente el Nacimiento de Jesús, pues conmemoraremos el hecho de que Dios se hizo Hombre, no un hombre cualquiera, sino aquel que había de ser considerado el más despreciable de los marginados de todos los tiempos. Al recordar la Encarnación del Verbo o Palabra de Dios, recordaremos también el inicio del cumplimiento del plan salvífico de Dios por parte de Nuestro Hermano y Dios Jesús. Un año más, el 25 de diciembre, Jesucristo nacerá en nuestros corazones murmurando una oración (HEB. 10, 7. SAL. 7, 10. 119, 7-8. 22, 10-11).
   A pesar de que la posición social de José no era extremadamente humilde, Dios quiso que su Hijo naciera siendo pobre. José y María no pudieron festejar el Nacimiento de Jesús durante una semana según tenían los judíos por costumbre, así pues, Dios quería celebrar aquella fiesta a su manera. Jesús nació en un tiempo en el que no había guerra en ningún país. No podemos decir que en aquel tiempo la paz mundial era absoluta, pero sí podemos decir que no había batallas en ningún país cuando nació el Señor. Jesús, en la primera Nochebuena, se rodeó de sus pobres, pastores tan miserables que quizá tuvieron que robar en más de una ocasión para poder sobrevivir, hombres de corazón joven que corrieron al portal de Belén salmodiando intuitivamente (SAL. 119, 9-10).
   Quizá alguno de nosotros se quedará sin asistir a la Misa de la Vigilia de la Natividad del Señor, quizá comeremos y beberemos para festejar la Nochebuena, sin caer en el detalle de pensar que muchos de los que leerán este texto pueden tener problemas con la Justicia de sus países de residencia, o quizá que alguno de nuestros hermanos tiene problemas sicológicos que le impiden ser feliz... ¡No podemos celebrar la Navidad pasivamente! Tenemos que asemejarnos a Jesús, el Hombre que estaba facultado para cautivar a mucha gente.
   ¿Qué le dijo Jesucristo a Mateo el publicano para que este abandonara su trabajo de recaudador de impuestos? (MC. 2, 14).
   ¿Por qué no les decimos a quienes viven en nuestro hogar que los invitamos a conocer a Jesucristo?
   ¿Por qué no salimos a la calle para decirles a quienes nos quieran escuchar que "el Reino de Dios ya está entre nosotros" (LC. 17, 21) y que "en casa de Nuestro Padre hay lugar para todos" (JN. 14, 2)?

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com