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¿Por qué tarda tanto el Señor en concluir la plena instauración de su Reino entre nosotros? (Meditación de la segunda lectura del Domingo II de Adviento del Ciclo B).

   Meditación.

   3. ¿Por qué tarda tanto el Señor en concluir la plena instauración de su Reino entre nosotros?

   Meditación de 2 PE. 3, 8-14.

   Mientras que Dios cuenta con la eternidad para llevar a cabo el cumplimiento de su designio salvífico sobre sus hijos, nosotros, al vivir un número de años reducido, somos impacientes, y, al ver que tarda miles de años en cumplir la promesa de conducirnos a su presencia, perdemos la esperanza muchas veces.
   Entre los primeros cristianos, se extendió la creencia de que estaba por acontecer la Parusía de Nuestro Señor. Algunas décadas después de que los Apóstoles de Nuestro Salvador fundaran la Iglesia, al ver que no se cumplía la promesa de la que nuestra fe es objeto, muchos cristianos dejaron de creer en Jesús. Por su parte, San Pedro, que tenía el don de examinar las Escrituras en su conjunto y los signos de los tiempos, les escribió a sus lectores: (2 PE. 3, 8-9).
   Si el Señor tarda en conducirnos a su presencia, en lugar de pensar que nuestra fe es una vana ilusión, aprovechemos este tiempo de gracia y salvación para crecer espiritualmente, estudiando la Palabra de Dios, cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre, y pidiéndole al Todopoderoso que nos santifique, por medio de la oración.
   Apliquémonos los siguientes consejos que San Pablo les escribió a los cristianos de la iglesia que fundó en Tesalónica: (1 TES: 5, 14-24).
   Los símbolos bíblicos con que se describe el fin del mundo, no deben ser interpretados literalmente, para no ser tenidos como la contradicción de Dios, pues, ¿por qué debe querer destruir Nuestro Santo Padre el mundo que creó para que sus hijos fueran santificados? En el texto que nos ocupa, tales símbolos significan que el mundo será transformado, para que pueda ser el Reino de Dios, es decir, cuando nos amoldemos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, estaremos preparados para habitar en su Reino de amor y paz.
   (2 PE. 3, 10-12). El día del Señor vendrá repentinamente, igual que un ladrón sorprende momentáneamente a su víctima. Dios no quiere que nos sea revelada la fecha en que va a concluir la instauración plena de su Reino entre nosotros, para que nos probemos la sinceridad con que nos acercamos a Él.
   Si supiéramos que faltan pocos días para que Dios venga a nuestro encuentro, actuaríamos como lo hacen los Santos, pero podría suceder que no nos impulsara la fe a hacer el bien, sino el temor a la condenación eterna. Si no sabemos cuándo va a cumplir Dios la promesa de conducirnos a su presencia, podremos probar mejor la fe que tenemos en Él, y nuestra bondad, porque, al no saber cuándo vendrá a nuestro encuentro, tendremos que comprobar si hacemos el bien por rutina, por obligación ante el miedo de ser condenados, o por amor, tanto a Nuestro Padre común, como a nuestros prójimos los hombres.
   Si Dios va a salvar a la parte de la humanidad que lo acepte, nosotros queremos ser miembros del pueblo redimido, y por ello viviremos preparando nuestro encuentro con el Dios Uno y Trino y sus Santos. San Pedro nos dice que, de alguna manera, si tenemos fe en Dios, y hacemos el bien sin desanimarnos, nuestra conducta contribuirá a acelerar la venida del Señor a nuestro encuentro (2 PE. 3, 13-14).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com