Meditación.
El 25 de diciembre celebraremos un acontecimiento extraordinario. El día de Navidad no se producirá ninguna transformación en el mundo, a no ser que aceptemos que Jesús no vendrá a nuestra tierra para cambiar la situación actual de los hombres.
Si Dios no viene a cambiar la situación de miseria que todos padecemos en mayor o menor grado, ¿de qué nos sirve esperar la llegada de la citada celebración? Jesús no nacerá para llenar nuestra vida y hacer por nosotros aquello que nuestra incapacidad o nuestro miedo no nos dejan hacer, sino para ser uno más entre nosotros. Jesús no nacerá en nuestro corazón para llenar nuestra vida, porque Él desea que nos inflamemos el corazón de dones y virtudes, siendo conscientes de que tiene una vida plena para compartirla con nosotros. Si en el mundo no existiera la intoxicación interpersonal, si nadie necesitara a ninguna persona exceptuando el caso de ciertos minusválidos como si se tratara del aire para respirar, podríamos alcanzar la gran conquista de dar un paso para aprender a valorar el amor verdadero. Un Hagiógrafo Sagrado, en la segunda lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, nos dice las siguientes palabras de Jesús: (HB. 10, 7).
Jesús nació gritando que había aceptado asumir la naturaleza humana para hacer la voluntad de Nuestro Padre y Dios. Jesús decía las palabras que leemos en LC. 12, 51.
Jesús vino al mundo vacío de su Deidad y de su poder en cierta forma, para ser uno más entre nosotros. Siempre se nos ha dicho que Dios nos dará lo que no podamos conseguir con respecto a nuestra purificación, pero, quienes sabemos que está en nuestras manos la posibilidad de aumentar nuestra santificación porque el Espíritu Santo vive en nuestros corazones, no hemos de extrañarnos al considerar que Jesús vino al mundo para imposibilitar la existencia de nuestra paz inestable. La paz que nos trae el Señor es un don celestial para ricos y pobres, un derecho que nos compete a todos, porque todos somos hijos de Dios. Jesús, al pronunciar las palabras extraídas del Evangelio del médico San Lucas, alertó a los primeros cristianos con respecto a las grandes persecuciones a las que habían de sobrevivir, y nos mantiene pendientes ante las emboscadas que nos tiende el mundo para que renunciemos a la fe sobre la que se fundamenta nuestra espiritualidad.
El tiempo de Adviento se divide en dos partes. La primera parte que comienza el primer día de este ciclo, todos los años en torno al 30 de noviembre, día en que celebramos a San Andrés Apóstol, y culmina el 16 de diciembre. Durante la primera parte del Adviento, nos preparamos para recibir a Jesús en su Parusía. La segunda parte de este periodo de espera comienza el 17 de diciembre y concluye el día de Navidad. Durante la segunda parte del Adviento celebramos Témporas y Posadas, para recordar el viaje que José y María hicieron desde Nazaret hasta Belén para empadronarse, en cumplimiento de la orden imperial y de la Profecía de Miqueas que escuchamos hace unos minutos, con respecto a la Natividad de Nuestro Hermano Jesús en Belén. En estos días recordamos la expectación de María, las dificultades del viaje que hubo de hacer la Sagrada Familia, y la triste y vivificadora vivencia en el Portal de Belén.
Con respecto al Nacimiento de Jesús, nos dice el Profeta Isaías: (IS. 9, 5).
Para nosotros no deja de ser misterioso el hecho por el cual Jesús se hacía llamar "Hijo del hombre" (JN. 3, 13), quizá porque no nos acostumbramos a pensar, en el imperio de la desconfianza en el que nos hemos instalado, que Jesús nacerá en la noche del 25 de diciembre para todos los hombres, sin hacer distinciones marginales con respecto a ningún grupo de personas. Al principio de esta meditación, os dije que Jesús no nacerá en nuestros corazones para hacer lo que nos corresponde a nosotros, así pues, Isaías nos dice con respecto a la idea en torno a la que estamos reflexionando, que el Mesías, Jesús, es para nosotros una ""Maravilla de Consejero", "Dios Fuerte", "Siempre Padre", "Príncipe de Paz"" (IS. 9, 5)
Aún nos faltan escasas horas para celebrar el gran acontecimiento que venimos esperando desde el pasado 3 de diciembre, así pues, oremos:
"¡Ven, Señor Jesús¡" (AP. 22, 20).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com