Meditación.
1. Jesús fue enviado por Dios al mundo, y ungido por el Espíritu Santo.
Meditación de IS. 61, 1-2A. 10-11.
Cuando los israelitas consiguieron volver a ocupar Israel después de que concluyeran los años del destierro babilónico, descubrieron que las promesas que se les hizo en el segundo Isaías no se habían cumplido, pues se encontraron una tierra desolada, hasta en la que hubieron de reconstruir sus viviendas, y cultivar los campos, para poder vivir. Dado que las promesas referentes a habitar en una tierra paradisíaca no se cumplieron, el autor del tercer Isaías las pospuso para un tiempo posterior, pues no era posible que Yahveh hubiera abandonado a su pueblo.
En el extracto del tercer Isaías que utilizamos en esta ocasión como primera lectura eucarística, se nos recuerda que nuestras circunstancias vitales no siempre son las que queremos, y que no siempre logramos alcanzar las metas que nos proponemos, pero no por ello debemos considerarnos fracasados, para no volver a intentar alcanzar dichas metas, u otras que, por razones obvias, hayan de sustituir a las anteriores, pues a veces nos sucede que deseamos alcanzar lo que no nos es posible, y es necesario que anhelemos conseguir lo que esté a nuestro alcance.
Al interpretar este texto desde el punto de vista del Nuevo Testamento, descubrimos que nuestra salvación es dependiente de Jesús de Nazaret, quien fue enviado por Dios al mundo, y ungido por el Espíritu Santo, para alcanzarnos la plenitud de la dicha.
Los versículos 10-11 de IS. 61, nos recuerdan que, cuando el Señor concluya la plena instauración de su Reino entre nosotros, tendremos una alegría semejante a la dicha de los recién casados, pues las relaciones características de Dios y sus hijos, en la biblia son comparadas con una boda, en la que el Señor es el novio, y la humanidad redimida, la novia.
José Portillo Pérez
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