Meditación.
¿Es verdad que Dios vendrá algún día a nuestro encuentro?
Estimados hermanos y amigos:
Al leer los primeros capítulos del primer libro de la Biblia, -cuyo título es "Génesis"-, nos percatamos de que Dios creó a la humanidad, con la intención de hacer de los hombres sus hijos, con tal de hacerlos plenamente felices, viviendo en su presencia. A pesar de esto, surgió el mal en el mundo, y se antepuso ante Dios y los hombres, de tal manera que parece ser que el designio de Dios ha quedado interrumpido por la aparición de la citada fuerza que les son contrarias tanto a Él como a sus hijos. A partir del día en que Adán y Eva cambiaron su plena obediencia a Dios, por la vivencia de su soberbia, se creó un abismo entre Dios y los hombres, que, aún en nuestros días, dificulta las relaciones, que podemos mantener con la Suma Divinidad.
Un año más, cuando empezamos a vivir el tiempo de Adviento, la Iglesia nos recordó un hecho que conocemos, pero quizá lo tenemos como rutinario, porque es un anuncio que se nos recuerda anualmente. Permanezcamos alerta cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, porque, cuando menos lo esperemos, Jesucristo volverá repentinamente a la tierra, para concluir la instauración del Reino de Dios entre nosotros.
¿Creemos que Jesús vendrá nuevamente a la tierra, tal como lo prometió en su tiempo?
Cuando Moisés huyó de Egipto por haber asesinado a un capataz, porque Faraón lo buscaba para asesinarlo (ÉX. 2, 11-12. 15), y aún después de que el citado mensajero de Yahveh se casara y tuviera hijos (ÉX. 2, 21-22), el mismo Dios lo comisionó, para que liberara a sus hermanos de raza de la esclavitud (ÉX. 3, 1-4, 17). Siendo tímido y tartamudo (ÉX. 4, 10), Moisés se sentía incapaz de cumplir la misión que recibió del Dios Altísimo.
No permitamos que la Parusía o segunda venida de Jesús al mundo nos coja desprevenidos, tal como le pasó a Moisés, cuando Yahveh lo comisionó, para que fuera su intermediario ante el Faraón de Egipto, para concederles la libertad, a sus hermanos de raza.
Recordemos que Abraham, creyendo que no podía tener hijos, recibió el permiso de su mujer, para que mantuviera relaciones sexuales con una esclava de la misma, a fin de que pudiera tener descendencia (GN. 16, 1-4). Dios no quiso que el hijo de la esclava fuera el heredero de la promesa que le hizo a su siervo de hacerlo padre de los creyentes, porque el hijo de la mujer libre tenía que nacer cuando llegara el tiempo adecuado, y no cuando Abraham decidiera adelantar el cumplimiento de la promesa divina, que le fue hecha en su tiempo.
Quizá nosotros actuamos como si fuéramos dioses, o consideramos como divinas las cosas que han sido puestas a nuestro servicio.
Quizá creemos que con nuestra asistencia al culto dominical y haciendo obras que no nos exigen sacrificio alguno, podemos adelantar la venida de Jesús al mundo, pero el Señor vendrá, cuando juzgue oportuno encontrarse nuevamente con quienes vivan en aquel tiempo, del que no sabemos si dista mucho de nuestros días.
Los habitantes de la Pentápolis eran conocidos por su homosexualidad, lo cual les atrajo su destrucción (GN. 13, 13. 19, 5 y 24-25). Dado que los pastores de Abraham y de su sobrino riñeron, porque no tenían suficientes pastos para las ovejas de ambos, el citado jeque le dio a su sobrino a elegir la tierra en que quería habitar, y éste, sin considerar la fama de los habitantes de la Pentápolis, habitó en la tierra más fértil, por lo que, al mezclarse con quienes según la Biblia hacían el mal, enfrentó consecuencias, que hubo de pagar (GN. 13, 7-11. 19, 1-26).
Quizá no comprendemos a Dios, y desearíamos adelantar la ejecución de sus planes, pero ello no está en nuestras manos hacerlo.
Puede sucedernos que pensemos que Dios beneficia a quienes hacen el mal, y que golpea sin cansarse a quienes hacen el bien, o son demasiado débiles para ser juzgados como buenos o malos, por causa de su gran minusvalía. Dado que el pensamiento de Dios no es coincidente con el nuestro, no tenemos más remedio que esperar que llegue el día en que, Nuestro Padre común, resuelva todas las dudas que tenemos, con respecto a su forma de proceder.
En tiempos de Noé, muchos de entre quienes vieron a dicho siervo de Yahveh afanarse con sus hijos en la construcción del arca en que se salvaron de morir bajo los efectos del diluvio universal, creyeron que los miembros de la citada familia, habían perdido la cordura.
¿Qué razón podía tener el Dios desconocido para ahogar a la humanidad, y salvar a ocho personas de la muerte? (GN. 6, 6 y 8).
Algún día, Jesús vendrá a nuestro encuentro, a concluir la instauración del Reino de Dios en nuestra tierra, y serán muchos los que no conocerán el designio de Dios, lo cuál sólo les reportará sufrimiento, hasta que no concluya el juicio de Nuestro Señor, sobre la humanidad.
Durante los períodos en que los hebreos fueron esclavizados, muchos de ellos, llegaron a creer que Dios los había abandonado, porque no creían que iba a llegar el día en que iban a ser liberados. Igualmente, quienes tienen enfermedades, o problemas de cualquier índole en nuestro tiempo, pueden cometer el error de creer, que Dios los ha desamparado.
No busquemos a Dios únicamente en los grandes acontecimientos históricos, porque fue el hágase sencillo y humilde de una mujer, el que cambió el curso de la historia.
Si en el Adviento recordamos la segunda venida de Jesús a nuestro encuentro, también recordamos el Nacimiento de Nuestro Salvador, pero no lo tenemos presente como un hecho relativo al pasado, pues el mismo repercute positivamente en nuestra vida, porque, de la misma manera que el Hijo de Dios vino hace dos mil años a nuestro encuentro, y ha prometido volver a la tierra cuando menos lo esperemos, creemos que, en el caso de que tengamos dificultades, las mismas no son eternas, pues hemos sido destinados, a alcanzar, la plenitud de la dicha, viviendo en la presencia de Nuestro Padre común.
¿Cómo podremos evitar las ocasiones de incurrir en el pecado, si ni siquiera sabemos qué día vendrá Jesús a nuestro mundo, a concluir la instauración de su Reino de paz y amor entre nosotros? Si creemos que Dios nos ama, y confiamos plenamente en su misericordia, ello nos bastará para evitar, el hecho de hacer el mal, porque aspiraremos a vivir, -tal cual recordamos en las celebraciones eucarísticas-, "por Cristo, con Él y en Él", -es decir-, en la presencia de Dios, por la especialísima gracia de Nuestro Santo Padre, que nos es concedida, porque Cristo murió y venció la muerte, para demostrarnos la grandeza del amor con que nos ama Nuestro Padre común.
Evitemos el hecho de dejarnos atrapar por la red del consumismo excesivo. No existe ningún objeto ni ninguna cantidad de oro que tengan la virtud de hacernos plenamente felices, por más que resuelvan nuestras dificultades a nivel económico. Sólo la fe, la esperanza y el amor, -con respecto a Dios y a sus hijos los hombres-, pueden hacernos plenamente dichosos.
Si confiamos en Nuestro Padre común, este hecho nos bastará para vencer el miedo que nos impide enfrentarnos a la resolución de nuestras dificultades.
¿Quién es Jesús para nosotros?
¿Esperamos realmente el Nacimiento y la segunda venida de Jesús al mundo, o hemos depositado nuestra esperanza en los hombres y en la consecución de bienes materiales?
¿Seremos capaces, no sólo durante el tiempo de Navidad, sino durante todos los días de nuestra vida, de anular nuestra voluntad si lo que deseamos es causa de sufrimiento innecesario, para cumplir la voluntad de Dios, cabalmente?
¿Deseamos caminar por los senderos del Señor sin dudar de Él, desde este preciso instante, hasta la eternidad?
Si decimos que creemos en Jesús, ¿cómo es posible el hecho de que a veces hacemos justo lo contrario a lo que Nuestro Salvador desea? (ROM. 7, 15).
Somos débiles. A veces, cuanto más nos enfrentamos a nuestros defectos, más incurrimos en los mismos, pero, dado que Dios conoce nuestra imperfección, se alegra más de que nos enfrentemos a nuestros problemas aunque fracasemos al intentar resolverlos o sobrevivir a los mismos, que de que dejemos de luchar, por causa de la frustración que nos produce la visión de nuestras dificultades.
Si Jesús ha venido a darnos la vida, ¿Por qué atentamos contra la vida de los no nacidos y de los enfermos desesperanzados, y por qué no superamos los vicios que atentan contra nuestra salud y las relaciones que mantenemos con nuestros prójimos? Hagamos el propósito de ser buenos cristianos, para celebrar debidamente las dos venidas de Nuestro Salvador, recordando que, cuantas veces fallemos en el cumplimiento de la voluntad de Dios, tendremos igual número de oportunidades para levantarnos, porque Nuestro Santo Padre nos ama, y, por ello, no nos desprecia, ni por causa de nuestros pecados, ni por causa de los defectos que nos caracterizan.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com