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el tiempo de Adviento es el tiempo del Reino de Dios. (Meditación para el Domingo III de Adviento del Ciclo C).

   Meditación.

   El tiempo de Adviento es el tiempo del Reino de Dios.

   (MC. 1, 15). Resulta chocante el hecho de creer que Dios está dispuesto a actuar en este mundo en el que abundan las desgracias para que todos vivamos por su gracia santificante. Si leemos la vocación de Moisés (Éx. 3, 1-4, 17), comprobamos que el citado personaje bíblico se hizo la misma pregunta que nosotros nos hacemos en este tiempo, la cuál es, a saber: Padre Santo: ¿Por qué quieres venir a salvarnos después de haber permitido que se sucedan tantas injusticias teniendo poder para haberlas evitado? Dado que Nuestro Padre común tiene sus razones para actuar cuando cree oportuno hacerlo, seguiremos preparándonos a recibir a Cristo en su Parusía, porque Habacuc escribió, las palabras expuestas en HAB. 2, 4.
   ¿De qué manera se está haciendo realidad el Reino de Dios en este tiempo entre nosotros? (2 COR. 12, 7-9).
   Imaginemos a una ama de casa que, desde que se levanta hasta que se acuesta, sin tener ni diez minutos para descansar, se ocupa tanto de su familia como de su hogar. Aunque muchos de quienes somos hijos y maridos no queremos tratar a nuestras madres y esposas como merecen con tal de evitar las incómodas tareas hogareñas, vemos  que ellas, sin pretenderlo, a base de consentirnos más de lo que deberían haberlo hecho, han logrado que el agradecimiento que merecen se convierta en egoísmo. Las amas de casa que trabajan día y noche sin recibir ninguna recompensa, sólo porque aman a quienes las rodean, son una prueba de que el Reino de Dios está entre nosotros.
   Pensemos en una mujer joven que, después de sufrir un accidente de tráfico, nunca podrá mover la mano derecha. Aunque este hecho no es muy grave, le ha supuesto la pérdida de la posibilidad de trabajar. Esta mujer, que ha de aprender a vivir desde su estado, y, sobre todo, a conformarse con una pequeña cantidad de dinero que recibirá por causa de su enfermedad, es un ejemplo para los que no sabemos valorar lo que Dios nos ha concedido.
   Cual vidente bíblico cuya burra vio al ángel que se le apareció y no se dio cuenta de nada (NM. 22, 22-31), nosotros vivimos inmersos en nuestra rutina, y no nos percatamos de que la Iglesia es el Reino de Dios en la tierra.
   Sigamos preparando el Nacimiento de Nuestro Señor, pues Él, una vez más, vendrá este año a nuestro encuentro para ofrecernos amor, perdón y amparo.
     El primer Domingo de Adviento, al comenzar una nueva andadura litúrgica, consideramos, a través de un texto de la Profecía de Jeremías, el anuncio de la realización del plan salvífico de Dios, por parte del Mesías. La semana pasada, al conmemorar el II Domingo de este periodo de esperanza, meditamos sobre la significación que la Palabra de Dios tiene para nosotros los cristianos. Este III Domingo, cuando estamos en el ecuador de este importante tiempo en el que meditamos las dos venidas de Jesús, vamos a considerar qué es exactamente lo que Dios quiere de nosotros.
   San Pablo les escribió a los cristianos de Roma las siguientes palabras: ROM. 3, 28.
   Dios no nos concederá la Bienaventuranza eterna por el simple hecho de que seamos buenos cumplidores de nuestros deberes cristianos, pues, de ser así, Nuestro Padre común tendría que establecer escalas sociales en el cielo, pues los más pecadores no tendrían tanto derecho a ser santificados, como los que hubieran infringido los preceptos menos relevantes de la Ley de Dios.
   ¿Qué varemos utiliza Dios para concedernos sus dones y virtudes y la Bienaventuranza eterna? Dios sólo se rige por el amor que siente con respecto a nosotros, para concedernos la santificación que tanto deseamos.
   Ahora bien, si el hecho de favorecer a nuestros prójimos no nos sirve para ser salvos, ¿para qué vamos a cumplir la Ley? Agradezcámosle a Dios su amor sirviéndonos a nosotros y a nuestros prójimos.
   ¿Debemos anteponer la consecución de nuestras metas ante el servicio a nuestros prójimos? San Pablo no se cansaba de instar a sus lectores a que estos se consideraran inferiores a sus prójimos, pero, ¿hasta qué punto es conveniente el hecho de dejarnos marcar por esa inferioridad? Sé que algunos hermanos pueden creer de mí que soy egocéntrico, pero considero que no podemos darles a nuestros prójimos lo que no tenemos, así pues, -a modo de ejemplo-, si desconocemos la Palabra de Dios, ¿cómo podremos evangelizar a quienes son parte de nuestro entorno social? Nadie puede dar lo que no tiene. Es necesario que, en todos los campos de la vida, nos cultivemos nosotros, para así poder satisfacer las carencias de nuestros hermanos los hombres. Yo puedo privarme de algunos placeres para ayudar a los pobres, pero no puedo consolar a los que sufren, si no he sido marcado por la experiencia del dolor, viviendo una experiencia que al menos se pueda asemejar a la vivencia actual de las personas que necesitan de mi apoyo Moral, y/o no me formo adecuadamente para ello. Nuestro querido Hermano Jesús, antes de predicar el Evangelio, cuando era formado para ejercer de carpintero por San José, y en sus ratos libres, adquirió una valiosa formación con respecto a las Sagradas Escrituras, los filósofos más conocidos, y varios idiomas, que, posteriormente, le fueron muy útiles para comunicarles a sus oyentes que Dios no se había olvidado de sus hijos más oprimidos.
   En cierta forma, se puede decir de mí que soy un poco egoísta, -pero me gustaría que vuestros conocidos puedan decir lo mismo con respecto a vosotros-, porque me gustaría hacer mía la misión que se le atribuye a Jesús en el libro del Profeta Isaías (Is. 61, 1-2).
   Vamos a pedirle a nuestro Padre y Dios que nos confirme como sus misioneros, y que venga pronto a llevar a cabo su venganza, no contra los pecadores, sino contra el dolor, el error, las enfermedades y la muerte.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com