Meditación.
1. Consolad a mi pueblo, -nos dice el Señor-
Meditación de IS. 40, 1-5. 9-11.
Estimados hermanos y amigos:
Muchas veces, cuando contemplamos el sufrimiento que caracteriza a la mayoría de los habitantes del mundo, le preguntamos a Dios: Si verdaderamente nos amas, ¿por qué permites que haya tanto dolor en el mundo? No podemos responder las cuestiones relacionadas con el sufrimiento tal como quisiéramos hacerlo, pero, al leer la Biblia, nos percatamos de que Dios nos ha dado la vida, para que, en conformidad con nuestras posibilidades, aliviemos a nuestros prójimos los hombres, del dolor que los caracteriza. Esta es la razón por la que leemos en la primera lectura de la Eucaristía de este Domingo II del tiempo preparatorio de la Navidad: (IS. 40, 1).
Fijémonos en que Dios no nos pide que realicemos obras que superan nuestra capacidad de llevarlas a cabo. Nadie sabe mejor que Dios que, individualmente, no podemos exterminar la miseria del mundo, pero ello no nos impide ayudar a algún necesitado, visitar a los presos y a los enfermos, ni consolar a quienes se sienten desamparados. Es importante para nosotros recordar este hecho, porque, muchos cristianos, al pensar que no pueden eliminar totalmente la miseria del mundo, se abstienen de hacer las obras de caridad que pueden llevar a cabo, pensando que las mismas carecen de utilidad, pues ello no es cierto.
En el tiempo de Adviento, la Iglesia nos recuerda que, si, al ser conscientes de que hemos pecado, nos comprometemos a no hacer el mal, y a adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, Dios nos acoge en su presencia, porque somos sus hijos.
Es cierto que Dios perdona nuestros pecados, en el sentido de que dichas obras no nos impiden acercarnos a su presencia, pero este hecho no significa que Nuestro Santo Padre nos libra de atenernos a las consecuencias de las malas obras que hemos llevado a cabo. Muchos son los que se niegan a reconocerse pecadores, con tal de no hacerles frente a las consecuencias de las malas obras que han llevado a cabo, pues, quienes carecen de humildad, difícilmente podrán recorrer el camino de la reconciliación y la conversión.
(IS. 40, 2). Los cristianos somos colaboradores de Cristo, a quien ayudamos a predicarle el Evangelio a la humanidad, para aumentar el número de los hijos de Dios. En el texto que estamos considerando, no se nos dice que prediquemos de cualquier manera, despreocupándonos por la acogida de nuestro mensaje que harán nuestros oyentes -o lectores-, pues se nos invita a hablarle al corazón de Jerusalén, se nos insta a evangelizar, no sólo a los no creyentes, sino a los hijos de la Iglesia a que pertenecemos, pues es preciso que todos tengamos un profundo conocimiento del Dios Uno y Trino.
El mensaje que le anunciaremos al mundo, consiste en decirle que, aunque afrontaremos las consecuencias del mal que hemos hecho, y de los errores que hemos cometido, Dios nos sigue amando, por lo que aún estamos a tiempo de amoldarnos al cumplimiento de su voluntad, para formar parte de su Reino.
Vivimos en un tiempo en que la pobreza sigue creando inseguridad e inestabilidad, y en que las prisas del mundo en que vivimos nos inducen a marginar a los pobres, enfermos y solitarios, a veces, sin percatarnos de este hecho, pero, a pesar de ello, Dios nos ha prometido que va a convertir la tierra en un mundo en que todos viviremos como hermanos, en que no existirá el sufrimiento.
El hecho de afrontar las consecuencias del mal que hacemos, no significa que Dios nos odia y nos castiga por ello, sino que se nos insta a mentalizarnos de que podemos cambiar de conducta, para que nos sea posible comprender el deseo que tenemos de vivir como hijos de Nuestro Santo Padre, como hermanos que comparten una misma fe.
(IS. 40, 3-5). Aunque el texto que estamos considerando constituye un anuncio de la misión que llevó a cabo San Juan el Bautista, y, -al mismo tiempo-, concluye siendo un anuncio -o profecía- de la completa conclusión de la instauración del Reino de Dios entre nosotros, podemos aplicárnoslo, a nuestra vida de cristianos comprometidos, con el cumplimiento de la voluntad de Dios.
¿Dónde nos dice el Profeta que le abramos camino a Dios? Durante las semanas del tiempo de Cuaresma, vivimos una experiencia que conocemos con el nombre de "desierto", que nos ayuda a concienciarnos de que somos inferiores a Dios, a quien aprendemos a buscar, en la medida que nos concienciamos de que lo amamos y necesitamos.
Vivimos en un mundo marcado por la prisa, el ruido, y el alejamiento de los hombres de Dios. Los cristianos creemos que, si vivimos lejos de Dios, nuestra vida es un desierto, en el sentido de que, la esperanza en el cumplimiento de las promesas divinas, nos concede una felicidad, que no está relacionada con los bienes materiales que podamos acumular, ni con nuestra vivencia de los placeres terrenales.
No toda la humanidad puede disfrutar de abundantes bienes materiales y de placeres. Quienes sufren, y por ello nunca salen de su desierto interior, tienen muchas probabilidades de conocer y amar a Dios, así pues, esta es la causa por la que le dedicaremos grandes esfuerzos a la evangelización de los tales, pues ellos también forman parte de la Jerusalén celestial, -los hijos de Dios-, a quienes, en el inicio de la primera lectura de la Eucaristía de este Domingo II de Adviento, Isaías nos ha pedido que los consolemos de sus aflicciones.
¿Cómo podemos abrirle camino al Señor en nuestro medio social? Ojalá las buenas obras que han llevado a cabo los cristianos a lo largo de sus veinte siglos de historia, fueran tan conocidas como los pecados que han cometido muchos de ellos. Tenemos una imagen muy negativa en el mundo por causa de cristianos ambiciosos que han hecho de todo menos amoldarse al cumplimiento de la voluntad de Dios. Esta es la causa por la que se nos tiene un gran recelo, pero no por ello estamos totalmente impedidos, para abrirle camino al Señor en el mundo.
"Trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios", -nos dice Isaías-. Tracemos un camino para que nuestros prójimos los hombres se acerquen a Dios, que no sea pendiente para que puedan recorrerlo, y que sea recto, fácil de recorrer, que no tenga obstáculos que impidan que se acerquen a Nuestro Creador, aquellos a quienes pretendemos evangelizar.
Preparémonos para contestar las preguntas que, por no haber sido respondidas en base a las necesidades de los hombres, impiden que los tales se acerquen a Nuestro Creador.
"Que todo valle sea elevado", -nos dice el Profeta-. Los que no tienen voz, los que no pueden manifestarse, y todo lo tienen perdido en este mundo, porque no pueden vivir en conformidad con la Ley de su Dios, y se les castiga por ser cristianos, pueden aplicarse las siguientes palabras de nuestro Salvador: (MT. 19, 30).
Nos es necesario prescindir del excesivo orgullo que puede impedirnos amar tanto a Dios como a nuestros prójimos los hombres. Este es el significado de las expresiones referentes a que los montes sean allanados, y a que las breñas se vuelvan planicies.
Cuando Jesucristo concluya la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, se nos revelará su gloria, y todos seremos testigos del amor y poder del Dios Uno y Trino, pues esto es lo que ha prometido la boca de Yahveh, y en ello se cifra nuestra esperanza cristiana.
El siguiente extracto del texto de Isaías que vamos a meditar, fue aplicable a San Juan el Bautista y a Nuestro Señor, pero también se puede decir que se refiere simbólicamente a nosotros, porque tenemos la posibilidad de ser predicadores del Evangelio (IS. 40, 9). El hecho de predicar el Evangelio desde un monte, con una voz potente cuyo mensaje el eco lleve por otros montes, me sugiere la posibilidad que tenemos de poner los medios de comunicación que estén a nuestro alcance, al servicio del anuncio del Evangelio. Si allanamos los montes de la soberbia humana, podremos predicar el Evangelio desde los lugares, medios de comunicación y situaciones, que requieran de buenos predicadores, que sean aptos para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común.
Isaías nos habla de un predicador que es "alegre mensajero para Sión". Mucha gente no cree en Dios por causa de la mala impresión que le damos los cristianos. Es verdad que el bien que hacen muchos cristianos es ocultado por los pecados de otros creyentes, pero hemos de tener en cuenta que, para que el mundo sienta deseos de cristianizarse, necesitamos demostrarle que Dios existe, y que es posible vivir formando parte de su familia, esforzándonos en ayudar a concluir la plena instauración de su Reino de amor y paz en el mundo. Un cristiano que cumple la voluntad de Dios por compromiso, por miedo a condenarse o de mala gana, no es un buen ejemplo, ni para sí mismo.
No predicaremos con voz tímida, sino con una voz poderosa, demostrando la firmeza que caracteriza nuestra convicción cristiana. Imaginaos a un vendedor intentando convencer a sus clientes de que el producto que vende carece de calidad. De la misma manera que tal vendedor fracasaría en su intento de ganarse el pan, así fracasan espiritualmente, los cristianos que tienen una fe débil, y no se esfuerzan, ni por mantenerla, ni por aumentarla.
Digámosle al mundo sin miedo: "Ahí está vuestro Dios". Si predicamos cambiando nuestra fe firme por el miedo al que dirán, a cómo reaccionarán nuestros oyentes -o lectores- al vernos predicar, y a lo que pensarán de nosotros aquellos de nuestros familiares y amigos que no quieren que seamos cristianos, difícilmente podremos hacer un trabajo útil en la viña del Señor.
Dios es celoso. Dios no acepta que le tributemos el culto que Él solo merece a nadie ni a nada que pueda sustituirlo, ni a nuestros respetos humanos. Dios quiere ser todo en nosotros, porque, su conocimiento y aceptación, constituyen el único camino, que, al ser recorrido, nos lleva a alcanzar la plenitud de la felicidad.
(IS. 40, 10). Si somos predicadores carentes de miedo, podremos decirle al mundo que esperamos el día que Dios venga a nuestro encuentro, y concluya la instauración de su Reino entre nosotros. Hace falta mucho valor para anunciarle al mundo que Dios va a venir a nuestro encuentro, pero ello va a suceder, porque, Nuestro Padre común, no puede mentir (TT. 1, 2).
Dios viene acompañado del salario de la salvación con que premiará a sus fieles hijos, y con la paga correspondiente a todos los hombres de todos los tiempos, que será dependiente de la fe que hayan depositado en Él, y de las obras que hayan llevado a cabo.
(IS. 40, 11). Es cierto que Dios nos hará justicia cuando se nos manifieste, y que nos compensará según la fe que tenemos en Él y las obras que hayamos hecho durante nuestra vida, pero no le tengamos miedo al día de la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo para juzgarnos, porque el Dios Uno y Trino es el Dios del amor, que tiene especial predilección por los pobres, los enfermos, los débiles y los desamparados, a quienes, aunque no los libra del sufrimiento en muchas ocasiones, porque se benefician de recorrer esa vía de purificación y santificación, los colmará de bendiciones, y los hará inmensamente felices.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com