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Vivamos como auténticos cristianos. (Meditación para el Domingo XVI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   Vivamos como auténticos cristianos.

   Al meditar el Evangelio de hoy (LC. 10, 38-42), tenemos la sensación de comprobar una notable diferencia entre la actitud de las dos protagonistas del citado relato bíblico, así pues, mientras que Marta se desvivía por servir a sus invitados convenientemente, María sólo se preocupaba por escuchar las palabras de Nuestro Señor. Puede darnos la impresión de que Jesús valoró más la conducta de María que la de Marta, pero, ¿es cierta esta impresión?

   (LC. 10, 38). Es interesante, -a la hora de hablar en defensa de Marta-, comprender cuál era la razón por la que la hermana de Lázaro se afanaba en servir a Jesús y a sus Apóstoles, ya que fue ella quien tomó la decisión de invitar a los mismos a que se hospedaran en su casa. Sé que muchos de nuestros hermanos en la fe consideran que la vivencia en permanente actitud orante constituye nuestra mejor acción, pero, a pesar de ello, no olvidaremos la importancia que Nuestro Señor le da a la acción de quienes se dedican a hacer obras de misericordia, por consiguiente, este hecho queda demostrado en el relato de la resurrección de Lázaro, donde leemos las palabras contenidas en JN. 11, 5.

   El aprecio que Nuestro Señor sentía por Marta es muy digno de ser tenido en cuenta, sobre todo porque, en una sociedad exageradamente machista como la judía, hubiera sido perfectamente comprensible el hecho de que el Mesías hubiera amado más a Lázaro que a sus hermanas, a pesar de que San Juan nos dice que Nuestro Señor amaba mucho a Marta la hiperactiva, en segundo lugar a María la contemplativa, y en tercer lugar a su amigo Lázaro.

   No hacemos mal al creer que, cuanto mayor sea nuestra formación bíblica, más dispuestos estaremos, a cumplir las siguientes palabras del primer Papa: ( 1 PE. 3, 15).

   A pesar de esta realidad, tengamos en cuenta el siguiente detalle que aconteció el día en que Lázaro fue resucitado de entre los muertos por Nuestro Salvador: (JN. 11, 20).

   Contra todo pronóstico, Jesús decepcionó a sus amigas de Betania, por el hecho de no acudir a curar a su amigo enfermo, dejándolo así que muriera, para así poder resucitarlo posteriormente. Dado que María le prestaba más atención a las enseñanzas de Jesús que su hermana la hiperactiva, hubiera sido más lógico el hecho de que ella hubiera corrido a postrarse a los pies de su Maestro mientras que su hermana, quizá siendo víctima de un gran rencor, tendría que haberse quedado en su casa, reprochándole en silencio a su Señor la maldad de haber permitido que su hermano perdiera la vida tontamente, teniendo El la posibilidad de salvarlo. A pesar de ello, fue Marta la hiperactiva la que corrió al encuentro del Señor, no marcada por el rencor, sino creyendo que debería estar cumpliéndose algún designio divino, por el cual Jesús no impidió el fallecimiento de su hermano. Ciertamente Marta le dijo a Jesús que Él podría haber salvado a su hermano, pero no lo hizo con rencor, sino como iniciando la manifestación de su fe ante el Mesías, tal como nos demuestra el citado hecho San Juan en su Evangelio.

   Marta acudió a su hermana para pedirle que la ayudara a convencer a Jesús de que resucitara a su hermano, y, aunque San Lucas no nos describe todos los pormenores de aquella escena evangélica que consideramos en esta ocasión, bien pudo suceder que el Señor le dijera a María que le echara una mano a su hermana, o bien pudo acontecer que Jesús le dijera a Marta que no tenía que preparar un buen banquete, que no se esmerara demasiado en su servicio, pues lo más importante en aquella ocasión era que todos los amigos permanecieran juntos, charlando sobre sus gozos, alegrías, proyectos e inquietudes. Yo creo que todos conocemos gente que trabaja desmedidamente, de manera que olvida a sus familiares, como si el propósito fundamental de su vida fuera la obtención de dinero y de bienes muebles.

   Aunque el relato evangélico leído rápidamente y sin ser meditado adecuadamente nos da la impresión de que el Señor desvalorizó a Marta, creo que Jesús debió acordarse de los desvelos con que su Santa Madre le cuidó, sobre todo durante la prolongación de su estancia de inmigrantes en Egipto y durante los años que duró el cruel enfrentamiento entre Judas el Galileo con el ejército romano.

   La contemplación y la acción no deben considerarse como opuestas, dado que, al mismo tiempo que no necesitamos descuidar nuestra vida de oración, es necesario que convirtamos en obras nuestro cumplimiento de los Mandamientos divinos, pues no ignoramos que nuestras meditaciones y oraciones pueden reducirse a la nada, y que las buenas palabras bien puede llevárselas el viento. Si mediante la contemplación acrecentamos nuestra fe, la acción es la perfecta demostración de que no acudimos a la contemplación para perder el tiempo, sino para vivir en conformidad con el cumplimiento de la voluntad de Dios, Nuestro Padre celestial que, como si fuera uno de nosotros, se nos manifiesta con total naturalidad, según leemos en el primer libro de la Biblia (GN. 18, 1).

   El mismo Dios se le apareció a Abraham, quien no se sorprendió por este hecho, sino que se dispuso a acogerlo como lo hacía con cualquier peregrino que pasaba cerca de su tienda, marcado por el cansancio característico de las víctimas del sol abrasador del desierto exhaustas de pasar muchas horas caminando.

   Nosotros no hemos tenido la oportunidad de ver a Dios con aspecto humano como le sucedió a Abraham, pero tenemos muchas oportunidades de contemplar a Nuestro Padre común en aquellos de nuestros hermanos los hombres que son felices, y, especialmente, en los que sufren por cualquier motivo. El psicólogo Bernabé Tierno, en su libro "Aprender a vivir. Un método práctico para ser feliz", afirma que, según sus investigaciones, de cada cien personas, un promedio de noventa y cinco sufren de depresión por alguna causa. Ya que Dios ha tenido piedad, no sólo de quienes sufren, sino incluso de quienes han cometido crímenes nefandos, seamos fieles a nuestra vocación de ser corredentores del mundo con Nuestro Señor.

   Los cristianos tenemos la dicha de vivir nuestra fe en varios niveles, los cuales todos tienen la misma trascendencia, dado que los mismos nos conducen a la presencia de Nuestro Creador, así pues, recordemos el texto sacro (GN. 18, 3).

   Nosotros, -a imitación de Abraham-, también le pedimos al Dios Uno y Trino, no sólo que comparta nuestra vida, sino que nos haga miembros de Sí mismo.

   Seamos miembros del Cuerpo Místico de Cristo (la Iglesia) reforzando nuestra instrucción religiosa, pero no hagamos esto para no poner en práctica lo que aprendamos, sino para vivir inspirados por el hiperactivismo de Marta que, aunque no estudiaba mucho la Palabra de Dios, tenía el coraje necesario para vivir inspirada por su fe, que en absoluto le escaseaba, como seguro que nos ocurre a más de uno.

   No pasemos por alto las oportunidades de asistir a las celebraciones eclesiásticas ni de recibir los Sacramentos, ya que esas oportunidades nos son necesarias para no olvidar el conocimiento de Dios, y para poner en práctica los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo.

   Fuera de nuestros templos, demos testimonio de nuestra esperanza cristiana -tal como nos lo ha pedido San Pedro-, no aburriendo a nuestros oyentes con sermones largos y complicados de entender y carentes de sentido para los mismos, sino haciéndonos entender, respondiendo las preguntas que nos hagan, y con nuestro buen ejemplo, porque las obras son más fiables que las palabras, esas que muchas veces se lleva el viento.

   En lo referente a nuestra vida religiosa, no olvidemos los tres pilares sobre los que se edifica la misma: La formación constante, la acción positiva y la oración persistente.

   Ya que somos hijos de este mundo en el que Dios redime a los pecadores, no olvidemos las posibilidades que tenemos de desarrollarnos personalmente, en nuestro triple entorno de familia, amistad y compañerismo o sociedad.

   ¿Seremos capaces de vivir como auténticos hijos de Dios, en un mundo en el que es difícil mantener la fe viva?

joseportilloperez@gmail.com

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