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La Ley de la libertad y el pecado. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   La Ley de la libertad y el pecado.

   Estimados hermanos y amigos:

   Al dar a entender en mi última meditación que no queremos cumplir la voluntad de Dios con tal de salvar nuestra alma, sino por amor a Nuestro Padre común y a nuestros hermanos los hombres, inquieté a algunos de mis lectores. El tema que vamos a tratar en la presente meditación, -por exigencia de las lecturas correspondientes a la Eucaristía que celebramos en este día-, es muy polémico, dado que, si bien es verdad que muchos de nuestros hermanos en la fe se lo toman muy a pecho, el mismo, al no ser interpretado en la justa medida por quienes conciben la religión como una pesada e innecesaria carga de preceptos inútiles, se convierte en causa del debilitamiento e incluso de la pérdida de la fe de muchos de los tales.

   No puedo negar el hecho de que quienes somos católicos practicantes tenemos muchas normas que cumplir. En razón de lo aquí expuesto, se me hace necesario recordar lo que afirmé en mi última meditación dominical, es decir, que el cumplimiento de dichas normas nos lo imponemos voluntariamente, y no lo aceptamos bajo ningún tipo de coacción.

   Santiago escribió en su Carta universal o católica, el siguiente texto: (ST. 2, 12). Observemos que, mientras que el citado Hagiógrafo bíblico nos comunica el pensamiento de que cumplir la voluntad de Dios consiste en actuar bajo el cumplimiento de los preceptos de la Ley de la libertad, muchos de nuestros hermanos consideran que dichos preceptos son una carga difícil de soportar. A pesar de ello, Santiago nos sigue diciendo en su Carta: (ST. 1, 25).

   Observemos que, cuando Dios creó a Adán y a Eva, dotó a ambos de libertad, y les dio la posibilidad de vivir como creyentes o de defraudarlo, con tal de que no se le pudiera acusar de no haber hecho libres a los hombres. De la misma manera que nuestros primeros padres tomaron la decisión de prescindir del cuidado amoroso de Dios, nosotros también somos libres para aceptar o rechazar a Nuestro Padre celestial.

   Dios nos dice en la Biblia: (DT. 10, 12-13). Aunque el texto que estamos meditando forma parte del Antiguo Testamento (la primera parte de la Biblia), es conveniente que no dejemos de cumplirlo, porque la Iglesia Católica, -es decir, el pueblo de la familia de Dios-, es el Israel espiritual de Yahveh, es decir, es la congregación de los hijos de Dios, de los cuales no es posible esperarse el hecho de que sean considerados santos, sin que cumplan la voluntad del Dios Todopoderoso.

   Lo primero que se nos dice en el texto del Deuteronomio que hemos recordado, es que "temamos" a Dios. El temor de Dios no es una vivencia del miedo difícil de soportar, sino un don del Espíritu Santo que nos incita a cuidarnos de llevar a cabo las obras que no son conformes con la voluntad de Nuestro Padre común. Los cristianos queremos evitar el pecado, no por miedo a la condenación eterna, sino por la fealdad del mismo, por cuanto contradice al único Ser que se nos ha entregado sin reservas.

   El Hagiógrafo sagrado nos insta a que sigamos los caminos de Dios, así pues, en otro lugar de la Biblia, leemos: (DT. 16, 20).

   En la Biblia, la justicia, no sólo equivale a hacer el bien, sino a vivir las exigencias características de la fe. Para nosotros, vivir bajo el cumplimiento de los preceptos de la Ley de la libertad, significa hacer la voluntad de Nuestro Padre común.

   En la profecía de Amós, leemos: (AM. 5, 24).

   En el texto del Deuteronomio que estamos considerando, se nos dice que Dios nos pide que le amemos. Observemos que el Dios Todopoderoso no se aprovecha de su posición para exigirnos que le amemos, sino que nos pide que le amemos (DT. 6, 5).

   Si no cumplimos la voluntad de Nuestro Padre común porque le amamos y deseamos servirle en nuestros hermanos, ello no nos sirve para nada, así pues, recordemos las palabras del Apóstol: (1 COR. 13, 1-3).

   Se nos pide en el citado texto del Deuteronomio que sirvamos a Dios sinceramente. Recordemos las palabras de Nuestro Hermano y Señor: (LC. 17, 7-10). Jesús no pretende que nos desestimemos al considerar que nuestro cumplimiento de la voluntad de Dios es insuficiente, sino que hagamos rendir al máximo los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo. A modo de ejemplo, que los catequistas no se limiten a darles charlas a sus oyentes sin comprobar que su predicación aumenta la fe de los mismos. No nos conformemos con las buenas obras que hacemos, porque seguro que podemos hacer muchas más, e incluso podemos mejorar las que actualmente llevamos a cabo.

   San Pablo le escribió al Obispo Timoteo, las siguientes palabras: (1 TIM. 1, 19).

   ¿Por qué se nos insiste tanto en la Biblia en que no pequemos?

   ¿Obedece ello a un capricho de Dios?

   Si Dios quiere que no pequemos, ello sucede porque nuestra felicidad radica en el doble hecho de amar y de ser amados, así pues, recordemos las palabras del Apóstol: (COL. 3, 8-10).

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que se nos manifieste, a fin de que aprendamos a amarle, y que, por amor a Él y a nuestros prójimos los hombres, nos sintamos llamados a evitar las ocasiones de pecar, como si de ello dependiera la pronta instauración de su Reino en el mundo. Que así sea.

joseportilloperez@gmail.com

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