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La idolatría y nuestra participación en las asambleas litúrgicas. (Meditación para el Domingo XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   La idolatría y nuestra participación en las asambleas litúrgicas.

   Jesús les dijo en el Templo de Jerusalén a sus oyentes con respecto a los fariseos: (MT. 23, 3). Ojalá no nos suceda esto a los cristianos, especialmente a quienes predicamos el Evangelio.

   En el Éxodo leemos con respecto a la peregrinación de los hebreos: (ÉX. 13, 21-22).

   Más adelante, el autor del segundo libro de la Biblia escribió: (ÉX. 14, 22-29).

   San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto las siguientes palabras: (1 COR. 10, 1). De la misma forma que Dios se les manifestó a los hebreos concediéndoles la libertad y sosteniéndolos durante los 40 años que se prolongó su peregrinación a través del desierto, Nuestro Padre común también se nos manifiesta, a través de la recepción de los Sacramentos, sus predicadores, la Biblia, los acontecimientos que caracterizan nuestra vida ordinaria, y el dolor de los pobres, los enfermos y la difícil vivencia de quienes viven aislados.

   (1 COR. 10, 2). ¿Constatamos que Nuestro Padre común nos aumenta la fe en cada ocasión que tenemos una experiencia por cuya vivencia sufrimos?

   (1 COR. 10, 3. ÉX. 16, 35. 1 COR. 10, 4). Cuando yo trabajaba como catequista instruyendo en el conocimiento de nuestra fe a un grupo de niños de perseverancia, uno de ellos me preguntó con respecto a la meditación que nos ocupa: Si Jesús vino al mundo muchos siglos después de que aconteciera la liberación de los hebreos de la esclavitud, ¿por qué dice San Pablo que Nuestro Señor se les manifestaba a los futuros habitantes de la Tierra prometida espiritualmente?

   No olvidemos que Jesús es la Palabra mediante la cuál Nuestro Padre común creó el mundo, así pues, bajo esta óptica, nos es fácil deducir que Jesús es el Señor de la Historia.

   (ÉX. 17, 5-6. NÚM. 20, 11). Dios sació el hambre y la sed de su pueblo en el desierto, y nos alimenta a nosotros espiritualmente en cada ocasión que celebramos la Eucaristía.

   (1 COR. 10, 5. NÚM. 14, 28-30). Esta situación está explicada en la Epístola a los Hebreos (HEB. 3, 16-19).

   Yo pienso: Si Dios es sumamente perfecto y nos ama, ¿por qué nos castiga cuando transgredimos el cumplimiento de su Ley? A quienes me dicen que Dios nunca nos castiga, les recuerdo las siguientes palabras del Apocalipsis: (AP. 3, 19).

   ¿Nos castigará Dios porque únicamente a través de la vivencia del dolor somos capaces de abrirle nuestro corazón y de cumplir su Ley?

   Recordemos que los castigos divinos no son multas que se nos imponen, sino oportunidades que se nos conceden para que seamos mejores personas cristianas. Este tipo de castigos sólo nos pueden ser aplicados por Dios, ya que Él es el único que conoce nuestros sentimientos y las intenciones que tenemos (1 COR. 10, 6, y en tal sentido es absurdo hablar de castigos).

   Antes de que Dios saciara el hambre de su pueblo alimentándolo con codornices, sucedió el siguiente hecho: (NÚM. 11, 4).

   No tiene sentido el hecho de que quienes celebramos la Eucaristía devotamente transgredamos constantemente el cumplimiento de la Ley de Dios.

   San Pablo nos advierte para que no pequemos (1 COR. 10, 7. ÉX. 32, 6).

   ¿Creemos en el poder, el prestigio, y en la consecución del dinero que tanto ama el mundo?

   ¿Hemos cambiado la adoración del Dios verdadero para vivir ambicionando la posesión de los dioses perecederos? (1 COR. 10, 8).

   A continuación os invito a leer un fragmento del relato del que nos habla San Pablo en el texto bíblico que estamos meditando, pero, antes de abrir el libro de los Números por el capítulo 25, os cito alguna información con respecto a Baal. Entre los pueblos semíticos primitivos, recibían el nombre de “baales”, una serie de dioses locales, protectores de la fertilidad de la tierra y de los animales domésticos. A modo anecdótico os digo que “Belcebú” significa “señor de las moscas”, y fue uno de los nombres con que se denominó a Satanás, dado que la citada deidad beneficiaba con su supuesto poder a los filisteos. Los hebreos aceptaron la adoración baalista de los agricultores cananeos. Las diferentes formas de denominar a los muchos baales existentes nos hace pensar que todos ellos no procedían de una deidad principal (NÚM. 25, 1-18).

   (1 COR. 10, 9. NÚM. 21, 5-6).

   (1 COR. 10, 10. NÚM. 16, 41-49. 1 COR. 10, 11-14).

   Os he comentado los citados versículos bíblicos porque, en este último Domingo de las 4 semanas que la Iglesia nos ha instado a que meditemos sobre el Sacramento de la Eucaristía, podemos constatar que Jesús fue abandonado por muchos de sus discípulos, que creían que el Señor quería morir, para que ellos se lo comieran literalmente. Como no podemos ser cristianos a medias, hoy tenemos la ocasión de decidir si somos de Dios o si somos del mundo.

joseportilloperez@gmail.com

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