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El perdón de los pecados y la oración. (Meditación para el Domingo XVII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   El perdón de los pecados y la oración.

   1. El perdón de los pecados.

   Llamamos "pecados" a las transgresiones voluntarias de los preceptos religiosos, así pues, si no amamos a nuestros prójimos según está escrito que debemos hacerlo en la Ley, pecamos, al no cumplir la voluntad de Dios. El pecado es contrario a todo lo que podemos considerar que es recto o justo.

   Llamamos "pecados" actuales a los actos con que incumplimos la Ley divina voluntariamente.

   Llamamos "pecados capitales" a aquellas acciones que constituyen el principio de otros pecados.

   Llamamos "pecados de comisión", a las obras, palabras o deseos contrarios a la Ley de Dios.

   Cometemos "pecados de omisión" en aquellas ocasiones en que incurrimos dejando de hacer todo aquello que nos obliga la Ley de Yahveh.

   Los "pecados mortales" nos privan de la vida espiritual y de la gracia divina, nos hacen enemigos de Dios, y por cuya comisión merecemos la condenación eterna.

   Sabemos lo aquí expuesto y más cosas con respecto a los pecados, y no ignoramos que Dios perdona todas nuestras culpas. En la mayoría de las religiones se plantea extensamente el concepto de lo que moralmente  es considerado bueno y malo, pero este pensamiento se desarrolla especialmente en el Judaísmo, en el Cristianismo y en el Islam.

   Muchos de nuestros hermanos en la fe se quejan de que actualmente, en los países en que nuestra religión está siendo objeto de desprecio, muchos predicadores estamos perdiendo la costumbre de hablar del infierno y del purgatorio, pero yo pienso que en bastantes casos eso no sucede porque le tenemos miedo al rechazo que ello pueda provocar en quienes no sienten miedo con respecto a la salvación de sus almas, sino porque no queremos utilizar el miedo para hacer que nuestros oyentes y/o lectores se conviertan al Evangelio, ya que pensamos que sólo hemos de preocuparnos por predicar, ya que Dios es el encargado de hacer que nuestros oyentes y lectores le acepten, cuando crea que ha llegado el momento oportuno para que no le rechacen. Tened en cuenta que el mensaje que estáis leyendo ha sido escrito por alguien que durante algunos años negó nuestra fe con toda su alma, pero Dios le atrajo hacia sí, y se cumplieron en él las palabras de la Profecía de Jeremías: (JER. 20, 7).

   En otro lugar del libro de Jeremías, encontramos estas otras palabras que me ayudan a recordar mi conversión: (JER. 15, 16).

   Isaías nos dice que no hemos de cansarnos de orar, por lo  cual entendemos que tampoco hemos de desistir a la hora de predicar el evangelio (IS. 62, 6-7).

   El testimonio de Jeremías es muy digno de tener en cuenta por quienes podemos tener la tentación de dejar de predicar el Evangelio, al sentirnos incomprendidos en nuestro medio social (JER. 1, 4-8).

   En el Evangelio de San Juan aparecen unas palabras que todos los predicadores hemos de tener muy en cuenta (JN. 4, 35-37).

   Cuando le preguntamos a Dios en nuestros ratos de oración: Padre Santo, ¿por qué permites que no nos comprendan aquellos para quienes predicamos tu Palabra? Nuestro Creador nos recuerda las palabras del Apóstol (1 COR. 2, 7-8), así pues, si el mundo conociera la sapiencia de Dios, nadie juzgaría a la Iglesia por los errores que algunos de sus miembros han cometido en el pasado, pues tendrían la sensatez de juzgarnos a todos los cristianos según quiénes somos y lo que somos, más allá de los criterios del prestigio, la fama y la riqueza sin los cuales no podemos destacar de ninguna forma en nuestra sociedad como gente de bien.

   San Pablo decía: (1 COR. 9, 16). No utilizamos el miedo al infierno para conseguir que los débiles abracen nuestra fe porque sabemos que sólo tenemos que predicar para que Dios lleve a cabo las conversiones que crea convenientes, pues el hecho de predicar es muy necesario para nosotros, porque vivimos anhelando la llegada del momento en que Nuestro Padre común concluya la plena instauración de su Reino entre nosotros.

   Los predicadores deseamos imitar a Jesús, de manera que se cumplan en nosotros las palabras de San Pablo: (COL. 1, 15).

   Nosotros queremos ser en el mundo la imagen del Dios invisible, queremos que a través de nuestro ejemplo de vida cristiana el mundo tenga constancia de que Dios existe, de que Nuestro Padre común habita en nuestros corazones, y de que la humanidad puede comprender que Nuestro criador no podrá concluir la instauración de su Reino entre nosotros, hasta que nuestros prójimos los hombres le abran sus corazones.

   San Pablo le escribió a Timoteo: (2 TIM. 4, 1-5).

   Con respecto al hecho de que Dios perdona nuestros pecados, pensamos que los verdaderos cristianos no han de aprovecharse de la misericordia de Nuestro Padre común para hacer el mal sabiendo que el Creador no les odiará jamás, de la misma forma que muchos niños que son demasiado consentidos por sus padres, hacen todo tipo de travesuras, porque saben que jamás serán castigados. Por otra parte, si Dios nos castigara eternamente al final de los tiempos sin darnos una nueva oportunidad de corregir nuestra conducta, ello significaría que Él es tan imperfecto y cruel como nosotros mismos podemos serlo con quienes son más débiles que nosotros. La doctrina del pecado es muy seria y respetable, así pues, no ha de ser tomada como una representación teatral (me confieso el Jueves Santo y peco después de los actos litúrgicos del viernes Santo), pero tampoco ha de ser utilizada para aumentar los miedos de los débiles ni los complejos de quienes viven obsesionados por causa de su imperfección, o por causa de su real o aparente incapacidad de superar sus dificultades actuales.

   2. La oración.

   Si a medida que el miedo al infierno desaparece de los creyentes, muchos de ellos, al no temer por la salvación de su alma, dejan de cumplir la Ley, ello significa que, nuestros hermanos, al mismo tiempo que dejan de esforzarse por cumplir los Mandamientos divinos, también dejan de orar, dado que su fe se debilita, aunque no tengan la intención de dejar de creer en Nuestro Padre común. Vivimos en un tiempo en que las verdades relacionadas con nuestra fe son aceptadas por nosotros porque nos las han inculcado desde que éramos pequeños y no sabemos vivir sin pensar en ellas, así pues, creemos que Nuestro Padre común se nos ha revelado y ha actuado en nuestra vida en una o en varias situaciones milagrosamente.

   Muchos de nuestros hermanos que han perdido -o aún no han adquirido- la costumbre de orar, me escriben preguntándome:

   ¿Para qué necesitamos orar?

   ¿Para qué quiere Dios que oremos si sabe lo que queremos que nos conceda antes de que tengamos esa idea en la mente?

   San Pablo decía, las palabras que leemos en ROM. 8, 26.

   Dios sabe lo que queremos que nos conceda, pero necesitamos que el Espíritu Santo nos guíe a la hora de orar, porque no sabemos lo que queremos. Queremos un coche mejor que el que tenemos actualmente, queremos salir de nuestra rutina, queremos evitar la resolución de algunos de nuestros problemas por miedo al fracaso... Nos es necesario confiarle al Espíritu de Dios el trabajo de ayudarnos a ordenar nuestras ideas para que sepamos lo que nos conviene en cada momento, para que no dejemos de orar pensando que Dios no nos concede lo que le pedimos, pues el dinero y los placeres no lo son todo, y nos es necesario sufrir y aceptar el dolor y la impotencia, para que podamos ser santificados, sin caer en la resignación, al pensar en las dificultades que no podemos resolver actualmente.

   San Pablo les escribió a los cristianos de Filipos, las palabras que leemos en FLP. 1, 3-11.

   En el Evangelio de hoy, leemos, las palabras que encontramos en LC. 11, 1.

   Nosotros no sólo queremos hacer las obras que hacía Nuestro Señor, así pues, también queremos orar como se dirigía a Nuestro Padre común el Hijo de María. San Lucas escribió en su primera obra que, Jesús, la noche anterior al día en que eligió a sus Apóstoles de entre sus discípulos, "fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios" (LC. 6, 12). El hecho que estamos meditando nos indica que Jesús le consultaba a Nuestro Padre común todo lo que debía hacer, sobre todo cuando lo que pensaba llevar a cabo era acciones importantes, como la elección de aquellos de sus seguidores que habían de ayudarlo a propagar el Evangelio entre todos los que aceptaban la buena nueva de la salvación.

   Jesús nos da a entender que el hecho de orar es muy serio, así pues, cuando Nuestro señor purificó el Templo de Jerusalén, les dijo a los mercaderes, las palabras que hayamos en LC. 19, 46.

   Isaías escribió con respecto al hecho de que la casa de Dios (los templos y nuestros cuerpos) ha de ser una casa de oración: (IS. 56, 1-7).

   Por su parte, Jeremías, con respecto a que la casa de oración de Dios fue convertida en una cueva de ladrones, escribió el siguiente texto: (JER. 7, 8-11).

   Oremos teniendo presentes las palabras de San Pablo: (EF. 5, 8-11).

   Oremos actuando como verdaderos hijos de Dios, como buenos cristianos que desean alcanzar la salvación. Amén.

joseportilloperez@gmail.com

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