Meditación.
Todos recordamos los meses durante los cuales en nuestra niñez fuimos catequizados para comulgar a Jesús por primera vez. Cuando yo ejercía de catequista de niños sucedió cierto día que ayudé a una catequista a inculcarles a los niños el significado de los diez Mandamientos, al mismo tiempo que les explicábamos también que el pecado puede adoptar varias formas, pues se puede pecar con el pensamiento cuando consentimos que nuestras percepciones perversas se hagan realidad. Se puede pecar de palabra, cuando insultamos a Dios o cuando les causamos heridas sicológicas a nuestros prójimos. Se puede pecar llevando a cabo obras improcedentes. El pecado de omisión consiste en eludir nuestros deberes. Cuando aquella mujer comprendió lo que era el pecado de omisión, miró a su hijo, y sonrió. No os podéis imaginar qué mal trago pasó aquel niño de 9 años. Yo me divertía mucho al comprobar que los Mandamientos tercero, cuarto y octavo, eran una carga a veces insoportable para mis niños, así pues, era difícil asistir a la Eucaristía cuando los domingos consumían las últimas horas que tenían para jugar, pues el lunes tenían que ir a la escuela. Si los padres los obligaban a hacer sus tareas escolares a última hora, después de ir a Misa, les costaba mucho obedecer a sus predecesores, de manera que intentaban engañarlos si podían incumplir la segunda parte del octavo Mandamiento, de forma que el lunes incumplían la primera parte del citado precepto legal, afirmando que sus profesores les tenían manía. A veces, un poco de humor, puede ayudarnos a meditar la Palabra de Dios con mucha paz.
En el libro de los Salmos, podemos leer las siguientes palabras: (Sal. 19, 10).
El Salmista nos dice respecto de quienes cumplen la Ley de Dios: (Sal. 37, 25).
Aunque solemos fallar en el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios y solemos hablar mucho de la bondad que debemos vivir que es un don divino en el que no podemos creer en ciertas circunstancias, la vida me ha obligado a aceptar las siguientes palabras de Jesús como don celestial: (Mt. 7, 6; 1 JN. 4, 8). No todos los hombres se identifican con el amor divino. Una de las razones por las cuales los no creyentes se resisten a abrazar nuestra fe, es el empeño que tenemos en inculcar la bondad y considerar que la desconfianza es pecaminosa, cuando todos debemos saber que nuestra negativa a creer en ciertas personas es un don del cielo. No nos contentaremos pensando que Dios castigará a los malos, porque de esa forma seremos perversos anhelando para los demás lo que no queremos para nosotros, pero podemos evitar que nos hieran, intentando actuar como cristianos practicantes, pues una cosa es ver lo que nos puede caer encima e intentar sobrevivir a ello con el menor sufrimiento posible, y otra cosa es hacer desgraciados a quienes consideramos perversos.
Hace tiempo, me escribió una lectora de Colombia las siguientes palabras: "Son muchas las personas que me piden dinero para ayudar a los pobres, y, cuando doy limosna, descubro que me engañan, y se gastan el dinero en vicios, de forma que los pobres no reciben ayuda. Yo, por si sirviera de algo, colaboro".
Yo le respondí a mi amiga: "Contribuye sólo con las organizaciones que ayudan a los pobres, y no les des dinero a quienes piden en la calle. Dirás que soy desconfiado, pero, si te timan muchas veces, cuando los pobres necesiten tu ayuda, no vas a poder hacer nada por ellos, porque te habrán robado todo tu dinero".
A esa mujer le pasan muchas cosas porque la han enseñado a ser muy buena, pero es incapaz de detectar la ociosidad de quienes la manipulan fingiendo ser tan santos como lo es ella. Creo que podré explicitar mejor mi razonamiento bajo la luz de las siguientes palabras con las que Jesús nos pide que ejerzamos nuestro apostolado -o discipulado-: (Mt. 10, 16).
Debido al conocido episodio del pecado original que cometieron Adán y Eva, los judíos consideraban que las serpientes eran muy astutas. Las palomas son extremadamente sensibles, y antiguamente eran usadas para enviar mensajes escritos. Jesús nos pide que seamos astutos para protegernos de las asechanzas del mundo, pero nos pide también que seamos sensibles a la hora de amar a nuestros prójimos.
Ahora bien, si Jesús nos pide que seamos astutos, ¿por qué pronunció en Mt. 7, 7-8, unas palabras que nos infunden tanta confianza? Si yo tengo precaución cuando puedo ser víctima de alguien, ello no significa que mi cuidado se convertirá en desconfianza hacia toda la gente que se cruce en mi camino, pues muchos creyentes y no creyentes son dignos de ser alabados,, por consiguiente, a nosotros nos toca descubrir en quiénes podemos confiar plenamente.
Un amigo me dijo hace varios años que tenía la impresión de que la Ley de Dios era una conjunción de normas insoportable. Para justificar la frase que me dijo Alberto intentando esquivar la conversación para evitar mi respuesta, yo le dije que mi punto de vista respecto de este tema era diferente. También le dije que no necesito saber lo que me sucederá en el futuro, porque, aun en el caso de que me suceda algo grave, Dios me dará la solución de todos los posibles problemas que tenga que vivir. El cumplimiento de los Mandamientos no es complicado, a pesar de que existen ocasiones en las cuales nuestra falta de experiencia puede hacernos dudar cuando tenemos que decidir entre dos opciones, cada una de las cuales contradice un Mandamiento diferente. Raquel quería estudiar Psicología para ayudar a los enfermos mentales, pero sus padres no querían que ella cursara esa carrera, porque decían que tratar con locos no sirve de nada. Raquel se planteó la posibilidad de estudiar Magisterio para no contradecir a sus padres, pero, si obedecía a los tales, no ayudaba a los enfermos mentales, un hecho que para ella significaba atentar contra los Mandamientos primero y quinto de la Ley de Dios. Raquel se hizo sicóloga con el paso del tiempo, sus padres no se lo han perdonado, pero ella ayuda a mucha gente, y se siente feliz.
joseportilloperez@gmail.com
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