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Los bienaventurados. (Meditación para el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   Los bienaventurados.

   Aunque San Mateo nos ofrece un estudio muy pormenorizado de las bienaventuranzas en su evangelio, San Lucas, en su primera obra, nos da la oportunidad de saber quiénes pueden ser bienaventurados, al mismo tiempo que nos inculca el deseo de ser fieles seguidores de Jesús. Para estudiar las bienaventuranzas, podemos partir de la idea de que dios nos ama a todos, así pues, cuando Jesús nos dice que nuestro Padre común siente una predilección especial por los que sufren, ello no significa que hemos de ser pobres y que hemos de estar marcados por el sufrimiento para conseguir ser el objeto del amor de nuestro Criador, sino que nuestro Padre común se compadece de quienes sufren por cualquier causa. El cantante Julio Iglesias canta en una de sus canciones que en el mundo todos bailamos al son que se nos marca, y que no nos ocupamos de quienes se caen al soltarse de nuestras manos. Si tenemos la necesidad de aspirar a conseguir bienes recorriendo caminos difíciles, no olvidamos nunca que nuestro mayor deseo consiste en vivir en la presencia de nuestro Padre y Dios. Todos podemos buscar a Dios recorriendo el camino del crecimiento espiritual teniendo en cuenta nuestro estado actual, nuestras relaciones con nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestros amigos de las comunidades religiosas físicas y/o virtuales de las que formamos parte... Tenemos muchas oportunidades para acercarnos a nuestro Padre común, pero hemos de tener muy presentes en nuestras oraciones a quienes sólo cuentan con su dolor e impotencia para dirigirse a nuestro Creador. Ellos necesitan de nuestras oraciones porque precisan ser amados, ya que no podrán superar su estado adverso sin ser ayudados por nuestro criador a vencer la acritud que forma parte de su vida, y porque necesitan de nuestra caridad para que Dios se les manifieste demostrándoles que es misericordioso con ellos por nuestro medio.

   San Lucas nos dice en su primera bienaventuranza: (LC. 6, 20B).

   San Lucas nos dice que todos los que sufren por alguna causa, en atención al dolor que caracteriza su existencia mortal, son coherederos del Reino de Dios. San Mateo concreta más la citada bienaventuranza en su obra, afirmando que Jesús les dijo a sus oyentes en el monte Tabor: (MT. 5, 3).

   Si muchos hermanos nuestros que están marcados por el sufrimiento han aprendido guiados por el espíritu santo a utilizar su dolor como medio para vivir en la presencia de nuestro Padre común, hemos de recordar a quienes, además de no tener fe en nuestro creador, odian su estado actual, e incluso desestiman su vida, porque, lejos de Dios, las miserias que caracterizan nuestra existencia, carecen de sentido. Sólo Dios sabe por qué no puedo ver las imágenes que muchos de mis amigos y lectores me enviáis en reconocimiento al esfuerzo que realizo al dirigirme a vosotros todas las semanas por este medio; sólo nuestro Padre común sabe lo que sufren las madres que ven cómo sus hijos adolescentes se dirigen al precipicio de los vicios y no pueden hacer nada para impedirlo; sólo nuestro Padre común conoce la fe que les es necesaria a quienes tienen a uno e incluso a varios familiares enfermos, y lo único que pueden hacer es verles sufrir hasta que mueren sin poder hacer nada para consolarlos... Oremos por nuestros hermanos que están marcados por el sufrimiento. Yo quisiera pediros que penséis en la posibilidad de establecer contacto con quienes tienen carencias materiales y espirituales, pues ello constituye una experiencia muy bella, tanto para quienes son caritativos con quienes sufren, como para quienes obtienen fuerzas renovadas para seguir luchando, después de comprobar que no están desamparados en el mundo, pues tienen medios para mejorar su vida en todos los aspectos y hermanos en la fe que están dispuestos a atenderlos en algunas de sus necesidades.

   Jesús alaba a quienes tienen la necesidad de trabajar para alimentarse a sí mismos y a sus familiares, especialmente cuando los tales, aunque realicen grandes esfuerzos para sobrevivir, sólo encuentren puertas cerradas en su camino, las cuales les impidan obtener los bienes que necesitan para sacar adelante a sus familiares. San Pablo les escribió a los corintios: (1 COR. 1, 25-30).

   Santiago escribió: (ST: 2, 5-8).

   Para vivir el espíritu de las bienaventuranzas, nos es imprescindible conocer el significado de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando (JER: 17, 5. 7).

   Los católicos sabemos que cuando se nos dice que son malditos quienes no creen en Dios, se hace alusión a la diferencia existente entre nuestra vida y la existencia de quienes carecen de fe en nuestro Padre común. Nosotros sabemos que tenemos que confiar en nuestro Padre común plenamente si queremos ser cristianos practicantes. Os digo esto porque he interrogado a una persona que no cree en nuestro Criador a través de un servicio de Chat, y me ha dicho que si escuchara las citadas palabras de Jeremías en una congregación cristiana, tendría la sensación de estar entre los partidarios de una secta bastante peligrosa. Nosotros nos esforzamos mucho para aprender la gran lección que encierran las citadas palabras del autor de las Lamentaciones, así pues, nunca creemos que nuestra conversión es completa, porque no alardeamos de nuestra constancia a la hora de profesar nuestra fe, y porque puede sobrevenirnos alguna circunstancia por cuya vivencia se tambalee el edificio de nuestras creencias. Hace varios días tuve la oportunidad de hablar con uno de mis mejores amigos, el cual me dijo que le pide todos los días a Dios que le conceda una dádiva que le haría muy feliz. Mi amigo lleva mucho tiempo pidiéndole dicho favor a dios, e incluso piensa que, por causa de ciertas circunstancias, es posible que nuestro Padre celestial no le conceda lo que él le pide diariamente. Yo le dije a mi amigo que mientras nuestra vida es muy limitada ya que vivimos sujetos a las experiencias que nos proporcionan las décadas tan cortas que vivimos en este mundo, nuestro Creador dispone de la eternidad para hacer lo que debe hacer bien hecho.

   Cuando éramos niños deseábamos jugar más rato del que se nos permitía, dado que teníamos que estudiar y ayudar a nuestros padres a realizar ciertas actividades hogareñas. Quizá tuvimos en los años de la adolescencia el deseo de independizarnos de nuestros padres, especialmente si ellos no estaban de acuerdo con algunas de las cosas que queríamos hacer. Quienes desearon ser religiosos se prepararon fervientemente a servir a nuestro Padre del cielo. Quienes conocieron a sus cónyuges, trabajaron duramente para constituir sus familias. La vida avanza y mientras que tenemos deseos de seguir alcanzando metas ello significa que tenemos ganas de vivir, así pues, cuando creemos que no tenemos nada que hacer en este mundo porque hemos vivido el tiempo que teníamos que vivir, empezamos a tener problemas que necesitan ser tratados por un psicólogo. Los cristianos no olvidamos que todo lo que nos sucede en nuestra vida está encaminado a nuestra salvación.

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestra Santa Madre que interceda por nosotros ante nuestro Abba, para que Él nos ayude a ser esos pobres espirituales de los que san Mateo nos habla en su Evangelio, las almas sencillas que viven de Dios, en Dios, y para Dios. Amén.

joseportilloperez@gmail.com

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