Meditación.
La fe.
Quizá tenemos la costumbre de asistir todas las semanas a la celebración de la Eucaristía dominical, vivimos las grandes celebraciones religiosas anuales como lo son la Navidad y la Pascua de resurrección, e incluso oramos en algunas ocasiones. La Iglesia, a través de las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, pretende concienciarnos de que vivamos nuestra experiencia de Dios de una forma activa, -es decir, si verdaderamente tenemos fe en nuestro Padre común, actuemos como verdaderos hijos de nuestro Padre Santo-.
En la primera lectura de hoy, nos encontramos que Jeremías se sentía incapaz de cumplir la misión que Yahveh le encomendó, así pues, él era joven y tímido, y sabía que iba a sufrir mucho por causa de su obediencia a nuestro Criador. Dios le dijo a Jeremías las siguientes palabras con la doble intención de consolarlo y de impulsarlo a cumplir su voluntad: (JER. 1, 5).
Todos vivimos nuestra vocación religiosa llenos de alegría porque trabajamos en el campo que creemos que podemos alcanzar la felicidad, pero ello sucede porque nuestro Padre común nos ha dado la posibilidad de servir a la Trinidad Beatísima. Jesús les dijo a sus discípulos la noche en que fue traicionado por Judas, las palabras contenidas en JN. 15, 14-16.
Jesús les dijo a sus seguidores que si hacían todo lo que Él les mandaba, de esa forma le demostrarían su amistad. No hemos de entender la frase de Jesús que estamos meditando como si nuestro Hermano fuera egoísta, así pues, ya que Él nos supera en la posesión de dones y virtudes, es justo que nos sometamos al cumplimiento de la voluntad de dios siguiendo sus indicaciones, pues sabemos que Él nos quiere redimir. Jesús también nos dice que si tenemos fe en Él y le servimos en nuestros prójimos los hombres, nuestro Padre, en nombre de Jesús, nos concederá todo lo que le pidamos cuando oremos, aunque no hemos de entender que podemos sobornar a Dios haciendo unas cuantas obras de caridad con la condición de que nos conceda todo lo que le pidamos, pues no ignoramos que siempre que oramos no obtenemos lo que deseamos de nuestro Padre común por diversas razones, dado que Él sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestra vida.
Dios le dijo a Jeremías que les dijera a los israelitas todo lo que Él le mandara, sin miedo a que sus palabras no fueran aceptas por sus oyentes. Vivimos en un tiempo en que nuestra fe está en decadencia en países cuyas tradiciones están muy relacionadas con nuestras creencias religiosas. En ciertas ocasiones, puede sucedernos a los predicadores que podemos tener la tentación de no hablarles a nuestros oyentes de temas que pueden hacernos quedar mal ante ellos, pero sucede que los católicos no podemos callarnos y no esforzarnos por impedir, por ejemplo, que en nuestra sociedad desaparezca el respeto a la vida, pues ello se traduce en el asesinato de muchos niños no nacidos y en el exterminio de muchos enfermos, aunque dicen que el segundo caso ha de ser denominado muerte digna. Quienes decimos que creemos en Dios no podemos quedarnos callados al ver cómo los valores que consideramos que pueden caracterizar forzosamente a las familias se transforman de manera que las mismas cada día están más divididas. Los católicos no podemos privarnos de denunciar todos los acontecimientos que acaecen en nuestra sociedad que consideramos injustos utilizando para ello todos los medios que estén a nuestro alcance.
Dios le dijo a Jeremías que no tuviera miedo de quienes no le iban a acoger como a un profeta de Yahveh, pues, si se dejaba arrastrar por el temor, el todopoderoso haría que la situación de su siervo fuera más difícil. Necesitamos confiar en nosotros y en Dios para resolver nuestros problemas, así pues, si no confiamos en nosotros, nos será imposible confiar en el Dios invisible, porque, si creemos que somos incapaces de solventar nuestros problemas, ello significa que no reconocemos que nuestro Padre común nos ha dotado con dones y virtudes para que superemos todas las dificultades que marquen los años que se prolongue nuestra vida.
Si en lugar de resolver nuestros problemas convenientemente nos dejamos embargar por el sentimiento de que somos incapaces de hacer bien lo que queremos hacer adecuadamente, cada día nos atormentará más la visión de nuestras dificultades. Hemos sido destinados a recorrer un camino y, aunque tomemos atajos para alcanzar la felicidad evitándonos dolores que creemos estériles, tenemos que reconocer que existen ciertas situaciones a las que hemos de enfrentarnos tarde o temprano irremediablemente.
San Lucas, en el evangelio de hoy, nos relata una experiencia muy triste que nuestro señor vivió en la sinagoga de Nazaret, la aldea en que pasó la mayor parte de su vida. Nos resulta difícil creer el hecho de que nuestro señor no fuera creído por sus convecinos cuando les dijo que Él era el Mesías, así pues, al vivir con ellos durante muchos años, el Hijo de María podría haberse ganado la confianza de los NAZARENOS. Quizá, al reflexionar sobre este hecho, podemos pensar que el Hijo del carpintero descendiente de la dinastía davídica no tenía buena reputación entre sus familiares y conocidos, pero, al leer y meditar el Evangelio correspondiente a esta celebración eucarística, podemos comprender fácilmente que a Jesús le ocurrió en la ocasión que estamos recordando lo mismo que podría sucederle a cualquier predicador religioso o laico que se atreviera a exponer las razones que fundamentan nuestro rechazo del aborto ante quienes defienden la citada práctica. Jesús les dijo a los nazarenos que tanto la viuda de Sarepta como el leproso sirio fueron librados de sus miserias actuales para que tanto ellos como sus contemporáneos comprendieran que el Reino de Dios está entre nosotros, dado que ellos creían que cuando el Mesías los visitara, los libraría de la opresión que caracterizaba sus vidas.
Es para mí una gran satisfacción iniciar esta meditación recordando que nuestro Padre y Dios, el mismo que "por medio de Cristo nos ha bendecido con toda suerte de bienes espirituales y celestiales" (EF. 1, 3) en cuyo honor redunda el que produzcamos fruto en abundancia y nos manifestemos así como discípulos de Jesús (JN. 15, 8), ha hecho de nosotros instrumentos de su paz.
San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a esta Eucaristía, nos ha recordado que todos hemos sido llamados a amarnos a nosotros y a amar a nuestros prójimos profundamente, así pues, según el Apóstol de los gentiles, de nada nos serviría conseguir muchas conversiones al Evangelio ni hacer grandes obras sin la inspiración del amor. El fragmento de la primera Carta a los Corintios correspondiente a esta celebración eucarística es el programa de vida de todos los cristianos religiosos y laicos.
Dios nos ha elegido "por pura iniciativa" (EF. 1, 4), porque "así le pareció" (MC. 3, 13), para que seamos representantes de Jesús entre nuestros hermanos los hombres, sacerdotes reales (1 PE. 2, 9) capacitados para hacer las mismas obras que Jesús hacía. Todos los cristianos hemos sido llamados por Dios para aplicarnos el Evangelio de la manifestación de Jesús como Mesías. Quienes estáis siguiendo las meditaciones que os estoy enviando del Evangelio de San Marcos, habéis observado cómo Jesús empezó su ministerio público sin revelar su mesianismo, actuando como nos corresponde hacerlo a las mujeres y a los hombres de fe, para que todos sus contemporáneos pudieran entender que el Señor era uno más entre sus hermanos de raza.
San Lucas, en el Evangelio correspondiente al Domingo III Ordinario, nos dijo cómo ese Hombre Todopoderoso que actúa como podemos hacerlo nosotros si queremos, en cierta ocasión, en Nazaret, la aldea en que creció y se formó espiritualmente, se manifestó como el Mesías de Dios. No se puede encender una luz y evitar la claridad que emana la citada luz. Los sacerdotes actúan como ministros de Cristo, y los laicos actuamos como seglares. Jesús no desvelaba su mesianismo cuando hacía milagros para no publicitar su potencia divina ni su Persona, pero no podía ocultar su mesianismo para no negar su procedencia divina, pues ello era un hecho que no podía permanecer oculto.
Pensemos por un instante que las Iglesias en que nos reunimos para celebrar el Día del Señor son la Sinagoga de Nazaret. El sacerdote celebrante y los laicos que han proclamado la Palabra de Dios expuesta en las lecturas bíblicas nos han revelado que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, el portador del remedio infalible del dolor, el error, las diversas enfermedades existentes y el exterminio de la muerte. Esta meditación me hace recordar algo que me sucedió cuando tenía 12 años. En aquel tiempo tuve la ocurrencia de leer el Evangelio de San Marcos para estudiar la forma en la que los predicadores manipulan las redes del sectarismo para pescar muchas presas en el mar de las depresiones humanas. ¿Quién me podría haber dicho a mí cuando abrí el capítulo 1 de San Marcos que me iba a encontrar con un pescador que me enredó en mi intento de sofocar la tempestad que yo creía que vivían los navegantes que resultaron ser pescadores de un mar muy sereno?
(IS. 55, 8). Los planes de Dios difieren de los nuestros, de tal forma que, hasta que no olvidamos nuestras seguridades para adentrarnos en el mar de la fe, no podemos comprender la forma de actuar de nuestro Padre.
¿Somos coherentes con la doctrina que practicamos?
¿Somos los evangelizadores de la red tan valientes en nuestro entorno social para defender a nuestro Hermano Jesús como parecemos serlo ante quienes no nos ven la cara de cristianos convencidos respecto de lo que predicamos cuando leen nuestros escritos?
joseportilloperez@gmail.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja aquí tus peticiones, sugerencias y críticas constructivas