Introduce el texto que quieres buscar.

El siervo sufriente y glorificado de Yahveh. (Meditación para el Viernes santo).

   Meditación.

   El Siervo sufriente y glorificado de Yahveh.

   Introducción:

   Estimados hermanos y amigos:

   Un año más estamos conmemorando un gran acontecimiento de la vida de Nuestro Señor que, aunque es recordado detalladamente en cada ocasión que celebramos la Eucaristía, Nuestro Señor lo vive en quienes sufren por cualquier causa todos los días. Desgraciadamente, en el siglo XXI, aún están siendo cambiados los clavos con que se fijan a Jesús a la cruz, y, aunque los torturadores del Mesías siguen teniendo la misma condición que quienes asesinaron al Hijo de María el primer Viernes Santo, no olvidaremos quién es el que muere realmente en cada ocasión que fallece alguna persona siendo víctima de alguna injusticia social.

   ¿Qué podríamos hacer los cristianos para que se acepten nuestras denuncias referentes a las injusticias que se cometen en el mundo?

   ¿Qué podemos hacer para erradicar totalmente la práctica del aborto?

   ¿Qué podemos hacer para ayudar más y mejor a los pobres?

   ¿Qué debemos hacer para evitar ayudar a los enemigos de los débiles a asesinar a sus víctimas?

   Quizás estamos contribuyendo al aumento de la pobreza inconscientemente.

   ¿Cómo podemos hablarle de la cruz a la gente de nuestro tiempo, cuando vivimos en una sociedad que huye del dolor, e intenta disimularlo cuando no puede evitarlo?

   ¿Cómo podemos hablarles de la muerte a quienes intentan evitar el recuerdo de que nuestras vidas serán transformadas cuando Dios nos llame a vivir en su presencia?

   ¿Siguen siendo ciertas las palabras de San Pablo referentes a la sabiduría de la cruz, o podemos decir que las mismas han perdido su sentido, porque el mundo cada día es más nihilista? (1 COR. 1, 21-24).

   Si entendemos bajo la óptica cristiana que la muerte no es el fin de la vida, sino que representa la transformación de nuestra existencia, y que cuando nacemos tenemos pocas certidumbres tan seguras como el hecho de que estamos destinados a morir, cuando queremos saber cómo ha muerto uno de nuestros familiares o amigos, e incluso el mismo Jesús, queremos conocer detalladamente la vida de esa persona. Es esta la causa por la que este año quiero meditar con vosotros los cuatro poemas del Siervo sufriente y glorificado de Yahveh, pues los mismos nos ayudan a reflexionar sobre los aspectos más importantes de la vida y la obra de Jesús.

   Primer poema del Siervo de Yahveh.

   (IS. 42, 1). ¿Cómo sostuvo Dios a Jesús con el fin de que Nuestro señor pudiera cumplir la difícil misión de redimirnos? Antes de que el Hijo de Dios se encarnara en las entrañas purísimas de María, el Verbo divino fue instruido en el cielo, con el fin de que pudiera cumplir su difícil misión, así pues, el Mesías le dijo a Dios Padre en su oración sacerdotal: (JN. 17, 4-5).

   Jesús aguantó sus sufrimientos con la esperanza de vivir en la presencia de Dios nuevamente. Es verdad que Jesús oró en la cruz, diciendo: ""¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?" (MT. 23, 46), pero, si nuestro Señor fue un hombre como nosotros, marcado por su natural debilidad humana, hemos de admirarnos a causa de la manera en que afrontó el sufrimiento.

   Aunque San Juan escribió en el prólogo de su Evangelio con respecto a Jesús el texto de JN. 1, 10, existe un hecho que hacía que Jesús se sintiera apoyado por Dios, lo cuál le ayudó a no desfallecer a la hora de llevar a cabo nuestra redención. El citado hecho se encuentra en la oración sacerdotal de Jesús (JN. 17, 17).

   Yo quisiera que nuestra convicción cristiana fuera tan fuerte como lo era el deseo de Jesús de aferrarse al cumplimiento de la voluntad de Dios, así pues, cuando Nuestro Señor les dijo a sus Apóstoles que lo iban a desamparar, les dijo las siguientes palabras: (JN. 16, 32).

   Jesús tenía plena fe en Dios, así pues, antes de resucitar a Lázaro, Jesús oró, no para que Dios se manifestara y aumentara su fe, sino para que quienes iban a ser testigos del milagro que estaba a punto de realizarse, pudieran creer en Nuestro Padre común, por consiguiente, he aquí las palabras del Mesías: (JN. 11, 41-42).

   ¿Cómo sabemos que el alma de Yahveh se complace en su Siervo? San Lucas recogió en su Evangelio las palabras que Nuestro santo Padre dijo en el monte Tabor cuando Jesús se transfiguró ante sus Apóstoles más aptos para contemplar aquella escena: (LC. 9, 35).

   ¿Cómo sabemos que Dios puso su espíritu sobre Jesús? El Profeta se refiere al Espíritu Santo. Sabemos que el Profeta hace mención del "Ruah", es decir, el espíritu o aliento vital que el Mesías recibió del Padre y que al mismo tiempo procede de Él porque Nuestro Señor es consustancial al Padre, la fuerza vital que nuestro Señor necesitó como hombre espiritual para habitar en este mundo. Quienes no seáis trinitarios no penséis que manipulo las Escrituras a mi conveniencia, porque, con su mera fuerza humana, Jesús no hubiera podido redimirnos, así pues, por su perfección, Nuestro Señor fue mucho más consciente del mal de la humanidad de lo que lo somos nosotros, lo cuál aumentó su sufrimiento de una forma indescriptible.

   ¿Cómo sabemos que Jesús será el Legislador de las naciones? Jesús no vino al mundo a abolir la Ley de Moisés, sino a darle su verdadero sentido, así pues, Nuestro Señor dijo en su sermón del monte: (MT. 5, 17-18).

   (IS. 42, 2). Jesús no les impuso el Evangelio por la fuerza a sus oyentes. Es cierto que en algunas ocasiones Nuestro Señor discutió con sus enemigos con respecto a la interpretación de las Escrituras, pero el Mesías, más que salirse con la suya tuviera o no tuviera razón, deseaba defender a los marginados de la sociedad, a aquellos que eran considerados por sus enemigos como basura. Esto lo atestigua el siguiente versículo del poema del Siervo de Yahveh que estamos meditando: (IS. 42, 3).

   El Legislador de las naciones, cuando sea plenamente instaurado el Reino de Dios entre nosotros, no se aprovechará de su alta posición para aplastar a los más desvalidos del mundo, así pues, Él será el Justo por excelencia a los ojos de Dios.

   (IS. 42, 4). Cuando escribí este texto se lo dejé leer a un amigo ateo, el cuál me dijo irónicamente: Parece que Isaías no previó que el Siervo iba a morir antes de convertirse en Legislador de las naciones. Yo le respondí a mi amigo que la Biblia está inspirada por Dios, y por ello no puede contradecirse. Con respecto al cumplimiento del versículo que estamos considerando, he de deciros que Jesús aún no es un Rey aceptado por todo el mundo, porque Él no quiere coartar el uso de nuestra libertad, y nuestros corazones aún no se han cristianizado como para dejar que Cristo sea Nuestro Legislador (IS. 42, 5-7; 61, 1-3).

   Segundo poema del siervo de Yahveh.

   Jesús se bautizó, vivió el pasaje de las tentaciones que meditamos el Domingo I de Cuaresma, e inició su Ministerio público, predicando con gran alegría en los siguientes términos: (MC. 1, 15). La ilusión de Jesús no duró mucho tiempo, así pues, al ponerse de parte de los más desfavorecidos de Palestina, y al querer utilizar la religión para beneficiar a los creyentes humildes, y no convertir la fe en una carga para ellos, no tardó en tener una serie de problemas con las autoridades, las cuales acabaron crucificándolo. Aunque en un principio éste hecho era indiferente para los romanos, los cuales consideraban al Mesías como carente de facultades mentales, conforme el Cristianismo se expandía por el Imperio, no tardaron en hacerles la vida imposible a los creyentes, porque, la vivencia del Evangelio, al ser aceptada, obliga a hacer cambios en la vida y en la sociedad en muchos aspectos.

   El poema del Siervo de Yahveh que vamos a meditar contiene el mismo mensaje que el poema anterior, pero está adaptado a un Siervo que se sentía cansado de tener enfrentamientos con sus opositores, y cansado de que quienes decían tener fe en Él no dejaran de incumplir la voluntad de Dios. En el poema que meditaremos a continuación, veremos cómo el mismo Dios siguió comprometiéndose a sostener la espiritualidad de su Siervo, lo cuál preparó a Jesús para vivir lo profetizado en los dos poemas siguientes al que meditaremos a continuación, una Pasión, muerte y Resurrección, que se preanuncian en el tercer poema del Siervo de Yahveh que meditaremos posteriormente.

   (IS. 49, 1. SAL. 22, 10-11. IS. 49, 2). Cuando quienes predicamos denunciamos una injusticia, puede sucedernos que se nos ignore o que se nos critique, pero no hemos de olvidar que tenemos a muchos hermanos que viven en países en que son perseguidos porque son cristianos. Jesús predicaba denunciando las injusticias, y ello hacía peligrar su vida, así pues, si en cierta forma Nuestro Señor se sentía satisfecho al cumplir su deber, también sentía que El mismo atentaba contra su vida cuando se esforzaba para darles a las Escrituras su verdadero sentido.

   (IS. 49, 3). Aunque en las Profecías de Isaías Israel es el siervo designado por Dios para ser la nación modelo en la vivencia de su fe milenaria, no fue en su tiempo difícil para los primeros cristianos vislumbrar que en ciertas ocasiones esos poemas se refieren al Mesías, según vemos en los Hechos de los Apóstoles, en el episodio en que el Diácono Felipe le explica el cuarto poema del siervo de Yahveh a un funcionario etíope (HCH. 8, 26-39).

   (IS. 49, 4. CF. MT. 26, 38. IS. 53, 1). Jesús sabía que para creer en Dios no tenemos que servirnos de nuestros razonamientos humanos, pero, ¿cómo podía demostrarles esta certeza a sus contemporáneos?

   ¿Cómo podemos decirles a nuestros conciudadanos que para creer en Dios, más que preocuparnos por comprender lo que no entendemos de la Biblia, necesitamos ocuparnos en aplicar correctamente a nuestras vidas lo que hemos aprendido de la Palabra inspirada por dios? (IS. 6, 9-10).

   (IS. 49, 5). Jesús perdía la noción del tiempo cuando oraba, así pues, este hecho indica que el Señor tenía la costumbre de hablar mucho con Nuestro Padre común. Jesús confiaba en Dios hasta el punto de decir que no le importaba lo que Él ni otros pensaran de Sí mismo, sino el testimonio que el mismo Dios daba de Él, un hecho comparable a la creencia de San Pablo, referente a que todo lo estimaba como basura, con tal de alcanzar a Cristo (FLP. 3, 8. JN. 8, 54).

   Es asombrosa la forma que Jesús tenía de identificarse con Nuestro Padre y Dios, así pues, Jesús les dijo a sus enemigos en una ocasión en que intentaron apedrearle: (JN. 10, 37-38).

   (IS. 49, 6-8). ¿Cómo fue Jesús una alianza entre Dios y los creyentes? (MT. 26, 27-28).

   (IS. 49, 9). Jesús es el buen Pastor que nos alimenta espiritualmente, y de quien esperamos que nos conceda la salvación (JN. 10, 11. 14-15. 17-18).

   (IS. 49, 10-12). Dios concluye este poema mostrándole a su Siervo la muchedumbre de quienes seremos salvos al final de los tiempos, es decir, cuando este mundo sea transformado y llegue a ser el Reino de Dios.

   Tercer poema del Siervo de Yahveh.

   (IS. 50, 4-5). El Siervo de Yahveh vivió como un discípulo, es decir, no se acogió a ningún privilegio que lo diferenciara de cualquiera de sus creyentes, así pues, si muchos cristianos han sacrificado su vida por Jesús y su Evangelio, el Señor fue el primer mártir de nuestra fe. Jesús oraba muchas veces al amanecer según vemos en los Evangelios, y, al disponerse a obedecer al Padre con la humildad que ha de caracterizarnos a sus discípulos, no se resistió a cumplir el designio salvífico de Nuestro Padre común.

   (IS. 50, 6-9). Aunque Jesús tuvo que morir para vencer la muerte desde el interior de la misma, ello hizo que Nuestro Señor, al resucitar de entre los muertos, venciera simbólicamente a sus enemigos, lo cuál significa que, en cada ocasión que alguien se convierte al Evangelio, se ha vencido a un nuevo opositor simbólico de Dios que, en vez de ser condenado, ve que se le abren las puertas del cielo. Muchos cristianos piensan que los ejecutores de Jesús serán enviados al infierno, que se les privará del cielo, pero a mí no me extrañaría nada el hecho de que Jesús perdonara a sus enemigos.

   Cuarto poema del Siervo de Yahveh.

   (IS. 52, 13). ¿De qué manera ensalzó Dios a Jesús, y le concedió el hecho de vivir en su presencia corporalmente, es decir, sin que la fe mediara entre ellos? (FLP. 2, 6-11).

   ¿Cuál es el precio que Jesús tuvo que pagar para redimirnos? (IS. 52, 14-15).

   Jesús tuvo que morir para redimirnos, y Dios lo glorificó por su obediencia. Con respecto a nuestra aceptación del Mesías, Isaías nos dice que, de la misma manera que se admiraron los contemporáneos de Nuestro Señor al ver cómo quedó desfigurado el aspecto del Hijo de María, nosotros nos admiramos al ver cómo la Iglesia ha vivido durante 2000 años a pesar de las dificultades que ha tenido que afrontar, y nos admiraremos cuando podamos decir llenos de júbilo ante la plena instauración del Reino de Dios: (IS. 25, 9).

   (IS. 53, 1-3). Isaías nos describe el sufrimiento que Nuestro Señor soportó durante las horas que se prolongó su Pasión. Nosotros, al no atender a quienes sufren sus enfermedades por causa de su pobreza, también marginamos a Jesús, ya que Nuestro Señor sufre en los más débiles de nuestra sociedad. Santiago les pidió a sus lectores que no marginaran a los pobres, sólo porque no tenían recursos suficientes como para vestirse adecuadamente para poder acercarse a quienes tenían un status social alto, en los siguientes términos: (ST. 2, 1-5).

   (IS. 53, 4). Isaías nos dice que, a pesar de que Jesús murió para redimir a la humanidad, tanto sus contemporáneos como nosotros lo rechazamos, los primeros porque no lo aceptaron como Hijo de Dios, y nosotros porque no socorremos a los pobres, a los enfermos ni a los desamparados de nuestra sociedad. De la misma manera que Jesús nos redimió con su sufrimiento, quienes sufren por cualquier causa, con sus oraciones, nos abrirán las puertas del cielo, pues, cuando veamos a nuestros hermanos que ahora sufren vivir felizmente en el Reino de Dios, tendremos muchas pruebas para creer en la bondad de Nuestro Padre común, gracias a los pobres, a los enfermos y a los desamparados que están sufriendo en nuestros días, a fin de que sepamos reconocer la instauración completa del Reino de Dios entre nosotros.

   (IS. 53, 5). Jesús soportó el castigo por el que podremos vivir en la presencia de Nuestro Padre común.

   (ROM. 6, 16-23). Es necesario que leamos el fragmento de la Carta de San Pablo a los romanos que estamos considerando brevemente entre líneas, ya que, aunque la Biblia afirma que somos pecadores porque somos descendientes de Adán, el primer pecador, nuestros conocimientos filosóficos y psicológicos nos hacen entender que todos los que se han hecho creyentes no son pecadores imperdonables, y nuestra experiencia vital nos recuerda constantemente que muchos no creyentes son más merecedores de alcanzar la santidad que otros tantos cristianos.

   (IS. 53, 6-7). Jesús soportó su Pasión en silencio, y, aunque esta parte de la Profecía de Isaías es muy discutible, porque los crucificados por los romanos gritaban con todas sus fuerzas en cada ocasión que se les clavaban los brazos o los pies a los maderos en que morían lentamente y en silencio, algunos tenemos la costumbre de quejarnos por cosas insignificantes, y, cuando tenemos que afrontar pruebas difíciles, tenemos la sensación de que no vamos a poder superar dichas circunstancias que erróneamente creemos adversas, sin recordar que las siguientes palabras de San Pablo, referidas a la superación de las tentaciones de perder la fe y pecar, pueden aplicarse a nuestros sufrimientos actuales: (1 COR. 10, 13).

   (IS. 53, 8). Jesús fue asesinado mientras que sus contemporáneos preparaban la Pascua. Los sanedritas que odiaban a Nuestro Señor hicieron un buen trabajo, por lo cual muchos de los creyentes no supieron que el Señor había sido crucificado hasta que transcurrió la fiesta de Pascua, que celebraron en la capital de Judea en nuestro actual Sábado Santo. Quizá somos muy religiosos, y cuidamos muy bien nuestras imágenes religiosas, pero no nos damos cuenta de que Jesús muere en nuestros hermanos carentes de recursos y amor para vivir en lo que para ellos es sin duda alguna este valle de lágrimas.

   (IS. 53, 9). Efectivamente, a Jesús se le crucificó entre dos ladrones con el fin de humillar al Hijo de María, dado que sus enemigos no podían afirmar sin mentir que el Mesías era malvado. Jesús fue enterrado en el sepulcro del adinerado José de Arimatea. Con estos dos hechos, se cumplió cabalmente el versículo de Isaías que estamos considerando.

   (IS. 53, 10). El hecho de que Yahveh quebrantó a su Siervo con dolencias, no significa que Dios se complació al ver sufrir a su Hijo amado, sino que nuestro Padre común se sintió orgulloso de ver cómo el Mesías amaba a sus hermanos débiles.

   (IS. 53, 11). Jesús vio la luz en su agonía, es decir, completó su adquisición de la experiencia del dolor humano en su cuerpo y en su alma, de manera que no podemos acusar a Dios de que nos castiga porque desconoce nuestros padecimientos actuales. San Pablo explica este hecho en los siguientes términos: (HEB. 5, 8).

   (IS. 53, 12. 1 TIM. 3, 16).

   Sigamos viviendo intensamente el Triduo pascual, y dispongámonos a recibir, en la noche del Sábado Santo, con el corazón lleno de alegría, a nuestro Señor Resucitado en nuestros corazones, y dejémonos guiar por el Mesías, para que el Señor nos conduzca a la presencia de Dios Padre.

joseportilloperez@gmail.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja aquí tus peticiones, sugerencias y críticas constructivas