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Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio de la solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre).

   Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre).

   Ciclos A, B y C.

   Este es el día de quienes vivieron haciendo el bien en beneficio de sí mismos y sus prójimos, supieron dar y recibir amor, y nos enseñaron a levantarnos cuando nos caigamos, para que sigamos caminando sin mirar atrás para no sentirnos culpables de los errores que cometimos en el pasado, sino para impulsarnos a seguir alcanzando la felicidad.

   Ejercicio de lectio divina de MT. 5, 1-12A.

   Lectura introductoria: EF. 1, 3-4.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Todos los días del año celebramos a los Santos que han sido canonizados por la Iglesia, después de considerar que, al profesar su fe, alcanzaron la heroicidad, en el ejercicio de sus virtudes, y su profesión de fe. En esta solemnidad, sin dejar de tener presentes a tales Santos, recordamos a quienes vivieron su fe desempeñando sus actividades adecuadamente, y, aunque tuvieron defectos y se equivocaron muchas veces tal como nos sucede a nosotros, y no han sido canonizados, su recuerdo nos impide olvidar, que es posible para nosotros alcanzar la realización que añoramos, y dedicar parte de nuestro tiempo y los medios de que disponemos, a ayudar a quienes nos necesitan, para que también puedan seguir superándose, a sí mismos.

   En el Evangelio que meditaremos en el presente trabajo, recordaremos qué han de hacer quienes deseen alcanzar la santidad, pues, las bienaventuranzas, son el programa de vida, de los discípulos de Jesús.

   Los Santos deben ser "pobres de espíritu" (MT. 5, 3). La pobreza de espíritu no es simpleza ni enseñarles a los carentes de bienes materiales que aguanten su situación estoicamente sin protestar y queden a la espera de que llegue el día en que Dios castigue a los ricos por no haberlos ayudado, sino renunciar a tener ciertas posesiones, en beneficio de quienes carecen de los medios indispensables, para vivir. No olvidemos que necesitamos experimentar la salvación en esta vida, por medio de la solución de los problemas que caractericen nuestra existencia. Si nos esforzamos en crear un mundo en que no existan diferencias marginales, no será difícil creer en el Dios del amor, que nos ha prometido solventar nuestras carencias, por medio de aquellos de sus hijos, que están en condiciones de prestarnos su ayuda.

   Los aspirantes a alcanzar la santidad, deben ser mansos (MT. 5, 4). Los Santos no nacen, pues se hacen según aprenden a superarse a sí mismos, sin pisar a la gente con que se relacionan.

   Los Santos aprenden a expresar sus sentimientos ((MT. 5, 5) sin miedo a ser incomprendidos, y buscan la manera de solucionar sus problemas y el modo de ayudar a sus prójimos a solventar sus dificultades, no solo orando, sino ejercitando los dones y virtudes, que han recibido, del Espíritu Santo. Los Santos le piden a Dios que solucione los problemas que los hacen sufrir, pero que lo haga por su medio.

   Los Santos tienen hambre y sed de justicia (MT. 5, 6), y, aunque saben que serán saciados por Dios, actúan como si pudieran extinguir las injusticias del mundo. Ellos saben que por sí mismos no pueden cambiar la manera de pensar y actuar de toda la humanidad, pero, el bien que hagan, evitará sufrimiento innecesario, y por eso no se cansan, de vivir su vocación.

   Los Santos son misericordiosos (MT. 5, 7). Ser misericordioso es compartir los bienes espirituales y materiales con que contamos con quienes carecen de los mismos, y no confundir la compasión con la lástima. La compasión no consiste en llorar con los que lloran para hacerles maximizar la importancia de sus problemas, sino en apoyarlos ayudándoles para que pongan en juego lo mejor de sí mismos, para que les merezca la pena, seguir viviendo.

   Los Santos son limpios de corazón (MT. 5, 8), y pueden ver a Dios, porque, su manera de pensar y actuar, es un reflejo de la manera de ser, del Dios Uno y Trino.

   Los Santos trabajan incansablemente por la pacificación del mundo (MT. 5, 9), porque piensan que el hecho de que todos nos amemos y respetemos como hermanos, más que una utopía, es una realidad que será consumada, cuando, después de superar las experiencias difíciles que tengamos con nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, contribuyamos a crear una sociedad sin diferencias marginales, aportando a tal proyecto, lo mejor de nuestra espiritualidad y nuestra conducta.

   Muchos Santos han sido -y serán- perseguidos por causa de la justicia (MT. 5, 10). Dichos creyentes en Dios soportan sus persecuciones estoicamente, porque las mismas les impiden ambicionar bienes terrenales, fortalecen la fe de quienes las resisten, y sirven de ejemplo, a los cristianos del futuro.

   Jesús llama bienaventurados, felices o dichosos, a quienes son perseguidos por su causa (MT. 5, 11), y San Pedro insta a los cristianos a no afrontar persecuciones por haber hecho el mal, sino por ser discípulos de Jesús (1 PE. 2, 19-20).

   Los Santos saben que su recompensa será grande en el cielo (MT. 5, 12A), pero no hacen el bien para ser premiados, sino por amor a Dios, y a sus hermanos los hombres.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:

   Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.

   Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida: Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.

   Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños: Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.

   Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible: Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.

   2. Leemos atentamente MT. 5, 1-12A, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 5, 1-12A.

   3-1. Introducción a las bienaventuranzas (MT. 5, 1-2).

   Las bienaventuranzas son frases con las que se resume el programa de vida de los discípulos de Jesús, y constituyen el principio del llamado "sermón del monte", que abarca los capítulos 5-7 del primer Evangelio. El hecho de que San Lucas distribuyó en varias partes de su primera obra algunas de las enseñanzas de este sermón, hace suponer que San Mateo, en los citados capítulos de su obra, plasmó las enseñanzas que el Señor les trasmitió a sus oyentes, en diferentes ocasiones.

   Las religiones forzosamente deben adaptarse a las circunstancias históricas en que se predican, con tal de que no se extingan. Tales adaptaciones, en ciertas circunstancias, hacen que las creencias originarias, sean sustituidas, por otras totalmente diferentes. Jesús, con su sermón del monte, quiso que sus oyentes volvieran a abrazar las creencias características de los Profetas del Antiguo Testamento. Mientras que para los fariseos del tiempo en que el Mesías predicó el Evangelio era imprescindible el cumplimiento literal de la Ley y el acatamiento de la Tradición de los ancianos sin someterlas a posibles interpretaciones, y era importante tener una buena posición social, porque ello significaba que se contaba con el favor de Dios por no haber pecado, Jesús logró con el citado sermón del monte que los tales se sintieran gravemente ofendidos, porque, para el Señor, más importante que mantener una buena posición social, y contar con abundantes riquezas, es amar y obedecer a Dios, no para conseguir dádivas espirituales y materiales, sino por amor, tanto a YHWH, como a sus hijos los hombres.

   Mientras que los saduceos utilizaban la religión para hacerse poderosos, ricos y prestigiosos, y los fariseos aprovechaban su influencia de instructores religiosos y la cultura que poseían para ganar dinero fácil a costa de los incultos y quienes sufrían por cualquier causa, Jesús quiso que sus discípulos aprovecharan la autoridad que se les confió, no para beneficiarse a sí mismos, sino, para favorecer, a quienes tuvieran la dicha, de servir.

   Pensemos si nuestros líderes religiosos, y quienes trabajan en la viña del Señor parcialmente, utilizan su sabiduría y la posición que ocupan, para beneficiarse a sí mismos, o para beneficiar a quienes necesitan su sabiduría, su tiempo, su afecto, y sus dádivas espirituales, y materiales.

   Al mismo tiempo que Jesús se hacía popular, muchos de sus discípulos ansiaban el hecho de alcanzar fama y riqueza, a costa del mensaje predicado por el Señor, y la fe de quienes creían en Él. En contraposición a tal deseo, Jesús dijo que sus seguidores debían estar dispuestos a soportar contradicciones, estrecheces, hambre y persecuciones, para probar la fortaleza de su fe, y, todo ello, sin ninguna garantía, de ser recompensados, en esta vida.

   Quienes deseen alcanzar el estado de santidad, no deben aplicar a sus vidas las bienaventuranzas que les interesen, y obviar las demás. Aunque todos no vivamos las mismas circunstancias, y unos sean más felices que otros, necesitamos aceptar el mensaje de Jesús como un todo del que no despreciaremos ninguna parte, sabiendo que nuestras circunstancias vitales, pueden ayudarnos a crecer espiritualmente, si las vivimos adecuadamente. Ello sucede porque las bienaventuranzas describen lo que se espera que lleguemos a ser, si nos consideramos seguidores de Jesús.

   Mientras que para nosotros la felicidad consiste en tener salud, dinero y amor, Jesús no nos promete a sus seguidores que seremos plenamente felices en este mundo, porque para Él la felicidad auténtica consiste en no carecer de fe y esperanza tanto en Dios como en los hombres, aunque, las circunstancias externas, no sean favorables.

   3-2. Los pobres de espíritu (MT. 5, 3).

   Por sí mismas, ni la riqueza ni la pobreza, son impedimentos, para quienes desean formar parte, del Reino de Dios. A pesar de ello, la riqueza les impide alcanzar la santidad a quienes no la comparten con quienes carecen de la misma, y la pobreza también se convierte en obstáculo para seguir a Jesús, cuando, quienes la padecen, son avariciosos, y se dejan arrastrar por un infernal odio, contra los ricos. Esta es la razón por la que, entre los seguidores de Jesús de todos los tiempos, siempre se han encontrado, ricos y pobres.

   Cuando San Juan Bautista envió a varios de sus discípulos a que le preguntaran a Jesús si era el Mesías, o debían esperar a otro, el Señor instó a los mismos a narrarle a su maestro las señales características del Mesianismo del Hijo de Dios y María, entre las que destacó, la evangelización de los pobres (MT. 11, 5). Ello nos recuerda la necesidad existente en el mundo de socorrer a los pobres, y de facilitarles la manera de que puedan realizarse por sí mismos, para que no dependan de quienes deseen ayudarles. Esta es la causa por la que se necesitan pobres espirituales, que tengan satisfechas sus necesidades, y sacrifiquen al menos algunas comodidades o placeres, para evitar que la miseria siga afectando injustamente, a la mayor parte de la humanidad. Recordemos que en el mundo existen bienes para todos los habitantes de la tierra, pero los mismos no son distribuidos equitativamente (SAL. 37, 25-26. 112, 5).

   Quienes deseen alcanzar la santidad, deben desprenderse del dinero y los bienes materiales que les hagan avariciosos y les impidan servir a Nuestro Santo Padre, cubriendo las necesidades de sus hijos los hombres. Quienes vendan sus posesiones con tal de alcanzar la santidad, deben darles el dinero que obtengan por ello a los pobres, y seguir a Jesús (MT. 19, 21).

   3-3. Los mansos (MT. 5, 4).

   Dado que no es fácil ser cristiano en un mundo en que se recuerdan constantemente los pecados de muchos seguidores de Jesús, y por ello bastante gente desconfía de los mismos, y muchos cristianos siguen siendo martirizados, quienes deseen alcanzar la santidad, necesitan ser muy humildes, para soportar las contradicciones que hayan de vivir con paciencia, y no actuar violentamente, contra quienes no estén de acuerdo, con su forma de proceder. Ello es posible para quienes deseen alcanzar la santidad aunque no sea fácil, si siguen el ejemplo, que les dejó Jesús (MT. 11, 29).

   3-4. Los que desean que la tierra sea un paraíso en que se exterminen las diferencias sociales (MT. 5, 5).

   Los cristianos no tenemos poder para cambiar la mentalidad de la humanidad, pero podemos realizar nuestras aspiraciones. A modo de ejemplo, San Pablo no le reprochó a Filemón el hecho de que fuera cristiano y tuviera esclavos, pero sí le pidió que tratara como hermano en la fe, a su esclavo Onésimo, el cual huyó de él, y el Santo Apóstol se lo devolvió, después de haberlo convertido al Señor. Los cristianos no podemos exterminar las diferencias marginales características de la humanidad, pero tenemos muchas posibilidades de hacer el bien.

   Al mencionar a quienes se lamentan por causa de las injusticias existentes, San Mateo hace referencia a quienes muestran su inconformismo con las mismas, intentando exterminarlas, en conformidad con sus posibilidades, a pesar de que las mismas, siempre son escasas.

   Recordémosles a quienes se conforman creyendo que sus oraciones es la única manera existente de que hagan el bien, que Dios nos ha dado cabeza para pensar, manos para trabajar, y pies para ir al encuentro de aquellos de nuestros prójimos los hombres, que tienen mayor necesidad, de nuestros dones espirituales, y, materiales.

   3-5. Los que tienen hambre y sed de justicia (MT. 5, 6).

   Los que anhelan que la justicia se ejecute en el mundo para que dejen de llevarse a cabo injusticias, trabajan para conseguir el citado objetivo, en conformidad con sus posibilidades. A modo de ejemplo, recordemos cómo Gandhi consiguió la liberación de la India del dominio de los ingleses, pacíficamente.

   3-6. Los misericordiosos (MT. 5, 7).

   Los misericordiosos son aquellos que se superan a sí mismos, y sienten compasión de quienes viven situaciones como las que superaron en el pasado, y no desean que haya nadie en el mundo, que no tenga la oportunidad de superarse, a los niveles espiritual, y, material.

   3-7. Los limpios de corazón (MT. 5, 8).

   La pureza es una característica indispensable de los Santos. Dado que no existen los Santos impuros, y quienes desean serlo deben ser inmaculados, San Pablo les recordó a los cristianos de Roma que, en quienes abundó el pecado, sobreabundó la gracia divina (ROM. 5, 20).

   3-8. Los pacificadores (MT. 5, 9).

   Jesús les pidió a sus misioneros que, en las casas en que se hospedaran, les desearan a sus habitantes la paz, la cual permanecería sobre los tales, si eran dignos de ella (MT. 10, 12-13). Tal paz no es la ausencia de conflictos tal como la entendemos, sino la capacidad de vivir como auténticos cristianos, aunque, las circunstancias vitales, sean adversas.

   Jesús no vino a traer a la tierra la paz consistente en la ausencia de conflictos, sino la espada simbólica de la contradicción (MT. 10, 34). Así como no les es fácil vencer sus dificultades a quienes están persuadidos de que son incapaces de superarse a sí mismos, a no ser que se fortalezcan para lograr lo que añoran, no en todos los países del mundo, es fácil seguir a Jesús, sin arriesgar la vida.

   3-9. Los perseguidos por causa de la fe, la justicia y Jesús (MT. 5, 10-11).

   En la Biblia, la justicia hace referencia a la fe, y al hecho de hacer el bien. No es posible tener fe en Dios, y no hacer el bien. El concepto de la justicia empleado en la Biblia, puede ser equiparado perfectamente, al que tenemos en la actualidad. Seguir a Jesús es para nosotros convertirnos en imanes a la hora de atraer problemas, y, si carecemos de dificultades por profesar nuestra fe, deberíamos preguntarnos, si, realmente, somos seguidores, del Hijo de Dios, y María.

   3-10. Las recompensas de los bienaventurados (MT. 5, 12A).

   Dado que los Santos sirven al Señor ayudando a solventar los problemas de sus prójimos los hombres por amor, y no para ser recompensados, he expuesto muy brevemente el significado de las bienaventuranzas, y he dejado para el presente apartado, la exposición de las recompensas a que tendrán derecho, quienes alcancen la dicha eterna, por haber sido excelentes seguidores, de Nuestro Redentor.

   El Reino de Dios -que San Mateo llamó "de los cielos" porque era judío, y por ello no podía pronunciar el Nombre divino-, es de los pobres de espíritu (MT. 5, 3).

   Porque los mansos alcanzan sus propósitos sin hacerles la guerra a sus opositores, merecerán heredar la tierra, cuando la misma sea el Reino, del Dios Uno y Trino (MT. 5, 4).

   Porque los que no están de acuerdo con la manera en que las injusticias afectan a la mayor parte de la humanidad, trabajan incesantemente para conseguir ver realizada sus aspiraciones, serán consolados, -es decir, conseguirán lo que desean, aunque no les sea nada fácil- (MT. 5, 5-6).

   Porque los misericordiosos trabajan para solventar las dificultades de sus prójimos los hombres según sus posibilidades de hacer el bien, serán tratados por Dios, tal como traten a quienes beneficien (MT. 5, 7).

   Los limpios de corazón verán a Dios, porque viven imitando la conducta que observó Jesús, cuando vino al mundo, a llevar a cabo, la redención de los hijos de dios (MT. 5, 8).

   Dado que los pacificadores trabajan para superar conflictos y reconciliar a los hombres entre sí y con Dios, merecen ser considerados, hijos de Nuestro Padre celestial (MT. 5, 9).

   Felices son los que son perseguidos por su fe, porque hacen el bien y creen en Jesús, porque son los dueños del Reino celestial, y su recompensa será grande en el cielo (MT. 5, 10-12
a).

   3-11. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-12. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MT. 5, 1-12A a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Qué son las bienaventuranzas que hemos meditado en el presente trabajo?
   2. ¿Qué capítulos del Evangelio de San Mateo abarcan el sermón del monte?
   3. ¿Por qué es fácil suponer que la narración del sermón del monte de San Mateo contiene exposiciones de la doctrina de Jesús que el Señor llevó a cabo en diversas ocasiones?
   4. ¿Por qué deben adaptarse las religiones a las circunstancias históricas en que se dan a conocer?
   5. ¿Es el Cristianismo actual semejante a la fe predicada por Jesús y a la vivencia de la misma por parte de los miembros de la Iglesia madre de Jerusalén? ¿Por qué?
   6. ¿Por qué quiso Jesús que sus oyentes cambiaran las creencias de los saduceos y fariseos por las de los Profetas del Antiguo Testamento?
   7. ¿Qué diferencias existían entre las creencias de los saduceos, los fariseos, y los Profetas del Antiguo Testamento?
   8. ¿En qué se diferencia el poder de los líderes religiosos que desean poder, riquezas y prestigio, de la autoridad cristiana?
   9. ¿Trabajan nuestros religiosos y laicos en la viña del Señor para conseguir poder, riquezas y prestigio, o para actuar en favor de sus prójimos los hombres?
   10. ¿Qué esperaban alcanzar muchos discípulos de Jesús a costa de la popularidad del Señor y la credulidad de los seguidores del Nazareno?
   11. ¿Qué han de soportar quienes desean alcanzar la santidad sin garantías de ser recompensados en esta vida?
   12. ¿Por qué no podemos vivir las bienaventuranzas que nos interesen y obviar las demás?
   13. ¿Cómo pueden ayudarnos nuestras circunstancias vitales a crecer espiritualmente?
   14. ¿Qué se describe en las bienaventuranzas respecto de quienes consideramos que somos cristianos?
   15. ¿Qué diferencias existen entre nuestro concepto de la felicidad y lo que Jesús cree que significa ser plenamente dichoso?

   3-2.

   16. ¿En qué ocasiones pueden la riqueza y la pobreza ayudarnos a ser buenos discípulos de Jesús?
   17. ¿En qué ocasiones la riqueza y la pobreza nos impiden alcanzar la santidad?
   18. ¿Por qué siempre se han encontrado ricos y pobres entre los seguidores de Jesús de todos los tiempos?
   19. ¿Por qué les habló Jesús a los seguidores de San Juan Bautista sobre la evangelización de los pobres? (MT. 11, 5).
   20. ¿Por qué se necesitan pobres de espíritu en el mundo?
   21. ¿Por qué no se ha exterminado la pobreza del mundo, si existen bienes suficientes para que todos podamos vivir sin estrecheces?
   22. ¿Por qué podrán alcanzar la santidad quienes sirvan a Dios ayudando a solventar las carencias de sus prójimos los hombres?

   3-3.

   23. ¿Por qué desconfía mucha gente de los cristianos?
   24. ¿Debe juzgársenos a los cristianos del siglo XXI teniendo en cuenta el mal que hicieron muchos creyentes en el pasado? ¿Por qué?
   25. ¿Por qué les es necesaria la humildad a quienes desean alcanzar la santidad?
   26. ¿Cómo podrán los mansos conseguir llevar a cabo sus propósitos sin actuar violentamente contra sus opositores?

   3-4.

   27. ¿Cómo podemos conseguir los cristianos realizar parte de nuestras aspiraciones, si no tenemos poder para hacer que la humanidad se adapte a nuestras pretensiones?
   28. ¿Cómo convenció San Pablo a Filemón para que tratara a su esclavo Onésimo como a un hermano en la fe?
   29. ¿Podemos hacer el bien aunque no consigamos exterminar las diferencias marginales?
   30. ¿A quiénes se refiere San Mateo al hablar de los que lloran?
   31. ¿Es orar lo único que podemos hacer para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo? ¿Por qué?

   3-5.

   32. ¿Cómo pueden llevar a cabo su trabajo los que anhelan que la justicia reine en el mundo pacíficamente?

   3-6.

   33. ¿Qué es la misericordia?
   34. ¿Quiénes son los misericordiosos?
   35. ¿Por qué trabajan los misericordiosos en la creación de un mundo en que no exista ningún tipo de exclusión social?

   3-7.

   36. ¿Quiénes son los limpios de corazón?
   37. ¿Por qué no pueden relacionarse la santidad y la impureza?
   38. ¿Puede ser superado el estado de impureza? ¿De qué maneras?
   39. ¿Qué significa el texto de ROM. 5, 20?

   3-8.

   40. ¿Por qué se saludaban los judíos cuando Jesús vivió en Israel deseándose la paz?
   41. ¿En qué se diferencia nuestro concepto de la paz del concepto de la paz que tenía Jesús?
   42. ¿De qué espada habla Jesús en MT. 10, 34?
   43. ¿En qué circunstancias es difícil seguir a Jesús?

   3-9.

   44. ¿Qué relación hay en la Biblia entre la fe y la justicia?
   45. ¿Pueden equipararse el concepto de la justicia que aparece en la Biblia, con el que tenemos de la misma en la actualidad? ¿Por qué?
   46. ¿Por qué no es posible tener fe en Dios y no hacer el bien?
   47. ¿En qué sentido es para nosotros convertirnos en imanes a la hora de atraer problemas el hecho de seguir a Jesús?
   48. ¿Por qué los cristianos podemos ser contestados por nuestros hermanos de fe y/o los no creyentes?

   3-10.

   49. ¿Con qué intención sirven los Santos a Dios?
   50. ¿Qué diferencia existe entre servir a dios por amor a Nuestro Padre común y a sus hijos los hombres, y servirlo esperando alcanzar alguna recompensa?
   51. ¿Por qué San Mateo habla en su Evangelio del Reino de los cielos, y no del Reino de Dios?
   52. ¿Por qué el Reino de Dios es de los pobres de espíritu?
   53. ¿Por qué merecerán los mansos heredar la tierra cuando la misma sea el Reino del Dios Uno y Trino?
   54. ¿Por qué serán consolados los que lloran, y los hambrientos y sedientos de justicia serán saciados?
   55. ¿Por qué serán tratados los misericordiosos por Dios tal como traten a los que beneficien?
   56. ¿Por qué verán a Dios los que tengan sus corazones purificados?
   57. ¿Por qué merecen tener la consideración de hijos de dios los pacificadores?
   58. ¿En qué sentido son felices, dichosos o bienaventurados, los que son perseguidos, por profesar la fe cristiana?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos los capítulos 5-7 del primer Evangelio, diferenciando las creencias judías de las de Jesús, y pensando si, como cristianos que somos, mantenemos las creencias de Jesús, o las de los que asesinaron al Señor.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MT. 5, 1-12A.

   Comprometámonos a no entristecernos este día pensando en nuestros familiares y amigos queridos que han fallecido, y honremos su recuerdo, intentando ser tan felices, como ellos quisieron que lo fuéramos, mientras estuvieron con nosotros.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Ayúdame a gastar la energía que invierto en preocuparme a veces por problemas que no puedo solucionar, en trabajar en la plena instauración de tu Reino de amor y paz en la tierra. Fortalece mi fe, para que siempre pueda contarme, entre tus fieles Santos.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 34, pidiéndole al Dios Uno y Trino, que nos fortalezca la fe que hemos recibido del Espíritu Santo, para que siempre podamos estar, entre sus fieles Santos.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

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