Conmemoración de los Fieles Difuntos (2 de noviembre).
Ciclos A, B y C.
Fuisteis parte de nuestras vidas, y nos dejasteis un modelo de fe, amor, y constancia, en el cumplimiento del deber. Hoy levantamos nuestras copas por el fruto de vuestros esfuerzos, y porque vuestros fracasos nos enseñaron que fracasar significa que no nos hemos esforzado suficientemente para conseguir lo que deseamos, o que la vida nos reserva algo, quizás mejor, que lo que pretendimos alcanzar.
Ejercicio de lectio divina de LC. 23, 44-49. 24, 1-6.
Lectura introductoria: ROM. 6, 3-4.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Cuando asistimos a la Misa de un familiar o amigo querido antes de que el mismo sea sepultado, no podemos reflexionar sobre la muerte tal como lo hacemos durante la Conmemoración de los Fieles Difuntos, por causa del dolor tan fuerte que nos embarga. Si hace tiempo que fallecieron nuestros seres queridos, hoy tenemos la ocasión de meditar sobre la vida, la muerte, y la resurrección de los muertos, tranquilamente, sabiendo que el dolor que sentimos, más que resignación, se nos cambia por la esperanza de volver a ver a quienes fallecieron, para no separarnos más de ellos.
Jesús vino al mundo, y fue semejante a nosotros en todos los aspectos de nuestra vida, pero no cometió pecado alguno, porque, la impureza, no puede estar relacionada, con Dios. Si el Señor vino al mundo a asemejarse a nosotros, tal como veremos en la perícopa lucana que constituye el Evangelio de hoy, experimentó el sufrimiento y la muerte.
Cuando Jesús murió, ciertos fenómenos naturales, y el hecho de que se rasgara la cortina del Templo que dejó descubierto el Santo de los santos, indicando que Dios y los hombres podían relacionarse, no por los sacrificios de los sumos sacerdotes, sino por la Pasión, la muerte y la Resurrección del Mesías, fueron indicativos, de que la tierra no soportaba, ver morir, a su Creador.
Jesús expiró manifestándole su confianza a Nuestro Padre común (LC. 23, 46). Después de contemplar su estrepitoso fracaso, y de haber sido humillado, maltratado y crucificado, el Mesías se encomendó a Nuestro Padre común, de quien esperaba que lo resucitara de entre los muertos.
Cuando el jefe de la centena de soldados romanos vio cómo Jesús murió, reconoció la justicia del Mesías. Nosotros cada día requerimos de más pruebas científicas para poder creer que Dios existe, y, cuantas menos pruebas obtenemos, menos confiamos en Él. Si nos equiparamos a Jesús, nos falta una gran fe para morir orando, cuando lo más fácil para nosotros es, aún sin vivir el episodio trágico que vivió el Señor, perder totalmente la fe divina.
Mientras los jerosolimitanos iban desde el Gólgota a la Ciudad Santa golpeándose el pecho arrepentidos de no haber defendido la causa de Jesús, los conocidos del Mesías, miraban todo lo que sucedía, a cierta distancia. Oremos y trabajemos para no tener que arrepentirnos de no haber cuidado debidamente a nuestros difuntos, e involucrémonos donde podamos hacer el bien, y no miremos el dolor de quienes sufren por cualquier causa, a una distancia prudencial.
En la mañana del Domingo de Pascua, las mujeres que acompañaron a Jesús durante parte del tiempo que se prolongó su Ministerio, fueron a embalsamar al Señor, conforme a su costumbre, pero, cuando llegaron al sepulcro en que lo depositaron José de Arimatea y Nicodemo, se percataron de que la piedra con que fue sellado el sepulcro fue removida, y, el cadáver del Mesías, había desaparecido. ¿Quién pudo robar el cadáver de Jesús para pedirles a sus seguidores una recompensa si querían recuperarlo? ¿Había resucitado el Señor de entre los muertos tal como lo había profetizado en varias ocasiones?
Los ángeles que estaban en el sepulcro, les preguntaron a las mujeres, por qué buscaban entre los muertos, al que había resucitado. Independientemente de que creamos que Jesús es el vencedor de la muerte, dicha pregunta es muy importante para nosotros, así pues, si tenemos un problema que no nos atrevemos a superar, podemos parafrasearla, de la siguiente manera: ¿Por qué no buscáis la manera de solucionar vuestra dificultad? ¿Estáis haciendo lo adecuado para alcanzar vuestro propósito?
Oremos:
Independientemente de que nuestros pecados sean perdonados en este mundo o en la presencia del Dios Uno y Trino, oremos por nuestros queridos familiares y amigos que han fallecido, y pidámosles que intercedan por nosotros, para que llegue el día en que nos veamos y jamás nos separemos, y vivamos en un mundo, en que no exista el sufrimiento.
Nuestra vida actual y la vida eterna que añoramos, son dos actos de una representación teatral, entre los cuales se cierra el telón representativo de la muerte, para pasar de la primera a la segunda escena, -es decir, de la vida actual, marcada por el padecimiento, a la vida plena de la gracia y la santidad divinas-.
Oremos por los niños que murieron sin tener la oportunidad de crecer en los terrenos espiritual y material.
Oremos por los enfermos cuyo dolor exterminó sus vidas.
Oremos por quienes consiguieron lo que más añoraron, y por los que fracasaron en sus múltiples intentos de crecer, en los terrenos espiritual y material.
Oremos por quienes fueron grandes ejemplos a seguir por nosotros por su forma de actuar y su perseverancia, y por quienes no alcanzaron sus metas, pues también los recordamos con amor, porque tienen un valor personal que nadie les quitará, y son hijos de Dios.
2. Leemos atentamente LC. 23, 44-49. 24, 1-6, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 23, 44-49. 24, 1-6.
3-1. La muerte de Jesús (LC. 23, 44).
Antes de que Jesús expirara, aconteció un eclipse solar por lo que se oscureció la tierra, hasta la hora en que falleció el Mesías. La tierra daba la impresión de no querer contemplar aquel espectáculo. Después de trabajar en la construcción de una sociedad en que no existieran clases marginales, el Señor murió crucificado, no por deseo de los invasores romanos, sino de las clases religiosas dominantes, las cuales se beneficiaban de la dominación romana, y por ello no les incumbía, la situación miserable, que vivían la mayoría de habitantes, de Israel.
3-2. ¿Qué consecuencia tuvo la muerte de Jesús para los seguidores del Señor? (LC. 23, 45).
La ruptura del velo del Templo jerosolimitano, fue indicativa de que el Judaísmo fue sustituido por el Cristianismo. Los Sumos Sacerdotes judíos, dejaron de representar a Dios, para que los creyentes que quisieran relacionarse con Nuestro Padre común, se acercaran a Nuestro Padre Santo, a través de Jesús.
Jesús, por su Pasión, muerte y Resurrección, nos abrió la puerta que accede al cielo. Jesús, mediante tan gran demostración de amor, nos hizo hijos, de Nuestro Padre celestial.
3-3. Jesús murió gritando una oración a pleno pulmón (LC. 23, 46).
Aunque Jesús fue maltratado y llevado al suplicio como cordero llevado al matadero, y permaneció en actitud silente (IS. 53, 7), antes de morir, le encomendó su espíritu a Nuestro Abba, y gritó a pleno pulmón, pero no lo hizo para ser visto y oído por Dios, sino por quienes nos cuesta creer en Él, hasta cumplir su voluntad, como si fuera nuestra. Nos falta fe en Dios porque no creemos en los hombres, y carecemos de fe en los hombres, porque, hasta en ciertas ocasiones, amamos más el dinero y los bienes materiales, que los cuerpos que nos han sido dados, para que en los mismos se refleje la imagen de Dios, cuando hagamos el bien, en beneficio de sus hijos.
Jesús le encomendó su espíritu a Nuestro Padre común antes de morir. ¿A quién -o a quiénes- nos encomendamos nosotros cuando necesitamos ayuda y consuelo?
3-4. El reconocimiento de la justicia de Jesús por parte del centurión romano (LC. 23, 47).
¿Qué movió al centurión a valorar la justicia de Jesús, cuando vio al Señor morir crucificado? Quizás pensamos que no nos merece la pena hacer el bien porque mucha gente no valora nuestro proceder cristiano, pero, ¿qué garantía tenemos de que esta conclusión, que surge más de nuestro desánimo, que del pensamiento de la gente, es veraz? Pensemos: Si los no creyentes no valoran las obras que hacen los cristianos, ¿por qué apoyan a Cáritas, Manos Unidas, y otras organizaciones que ayudan a los pobres?
3-5. La actitud de los habitantes de Jerusalén, ante la muerte de Jesús (LC. 23, 48).
Cuando Jesús expiró, los habitantes de Jerusalén que no lo defendieron, de entre quienes quizás muchos se dejaron convencer por los esbirros de los sanedritas para que le pidieran a Pilato que el Mesías fuera crucificado, regresaron a la Ciudad Santa, golpeándose el pecho, indicando que merecían ser castigados, y por ello se maltrataban, golpeándose fuertemente, con los puños.
Independientemente de que seamos cristianos, estamos persuadidos, de que vamos a morir. Vivamos actuando de manera que jamás tengamos nada que reprocharnos, ni aunque se dé el caso de que haya quienes nos echen en cara, un supuesto mal comportamiento. No es lo mismo sufrir el efecto de una acusación falsa, que lamentar el descuido de los familiares enfermos, u otras circunstancias, que quizás no se pueden solventar (1 PE. 2, 19-21).
3-6. Los que miraban lo que sucedía con Jesús a cierta distancia (LC. 23, 49).
Cuando Jesús fue crucificado y falleció, quienes miraban a cierta distancia para ver lo que iba a suceder con el cadáver del Señor, no podían hacer nada por el Mesías, pero quizás existen situaciones en el mundo, en cuya resolución no colaboramos, porque miramos lo que sucede, a cierta distancia. Si Jesús hubiera visto a los menesterosos de Palestina y no hubiera abogado por ellos, no hubiera sido crucificado, pero tampoco hubiera realizado su aspiración. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, aunque ello sea doloroso para nosotros?
3-7. Cuando las mujeres fueron a embalsamar al Señor, el cadáver del Mesías, no estaba en el sepulcro (LC. 24, 1-3).
Las mujeres fueron a embalsamar a Jesús el primer día de la semana, y a primera hora de la mañana, ya que el día anterior fue festivo, y no estaba permitido, embalsamar cadáveres. Ello contiene una enseñanza útil para nosotros. ¿Qué lugar ocupa en nuestra vida el cumplimiento de la voluntad de Dios?
Las mujeres se percataron de que la piedra con que fue cerrado y sellado el sepulcro de Jesús había sido removida, y de que, el cadáver del Señor, había desaparecido. Ello me induce a pensar si buscamos la felicidad de la manera más adecuada a nuestras circunstancias, en los lugares en que podemos encontrarla, y acompañados de aquellos con quienes queremos relacionarnos.
3-8. El mensaje angélico (LC. 24, 4-6).
Los ángeles que vieron las mujeres estaban vestidos de blanco, porque dicho color es indicativo de la pureza divina.
Las mujeres inclinaron sus rostros a tierra, porque se reconocieron inferiores, a los personajes que fueron a su encuentro.
¿Por qué buscaban las mujeres entre los muertos al que resucitó?
¿A través de qué personas o medios buscamos al Señor?
Busquemos al Señor a través del estudio de su Palabra, la práctica de sus enseñanzas referentes a servirlo en nuestros prójimos los hombres, y la práctica de la oración.
Busquemos al Señor contactando con sus hermanos los hombres, especialmente, con quienes están más necesitados, de dones espirituales y materiales, y, afecto.
3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 23, 44-49. 24, 1-6 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué se entregó Jesús a sus opositores para que lo crucificaran?
2. ¿Por qué no se sirvió Dios de un gesto para simbolizar nuestra redención, que no fuera la Pasión, la muerte y la Resurrección de su Unigénito?
3. ¿Por qué se eclipsó el sol horas antes de que Jesús expirara?
4. ¿Quiénes desearon que Jesús muriera crucificado? ¿Por qué?
5. ¿Por qué no se interesaban muchos saduceos y fariseos en solventar los problemas de quienes vivían bajo el umbral de la pobreza?
3-2.
6. ¿Qué indicó la ruptura del velo del Santo de los santos del Templo de Jerusalén?
7. ¿Por qué dejaron de tener sentido para los nuevos cristianos los sacrificios anuales de los Sumos Sacerdotes?
8. ¿Qué medios utilizó Jesús para abrirnos la puerta del cielo?
9. ¿Cómo logró Jesús hacernos hijos de Dios?
10. ¿Nos amaba Nuestro Santo Padre antes de que Jesús muriera para llevar a cabo nuestra redención?
3-3.
11. ¿Por qué gritó Jesús antes de morir?
12. ¿Gritó Jesús para ser considerado por Dios, o por sus seguidores de todos los tiempos? ¿Por qué?
13. ¿Por qué nos es difícil adoptar la voluntad de Jesús y hacerla nuestra?
14. ¿Por qué carecemos de fe en Dios, en nuestros prójimos los hombres, y, en ciertas situaciones, hasta en nosotros?
15. ¿Qué podemos hacer para que nos convirtamos en reflejos de la imagen de Dios?
16. Jesús le encomendó su espíritu a Nuestro Padre común antes de morir. ¿A quién -o a quiénes- nos encomendamos nosotros cuando necesitamos ayuda y consuelo?
3-4.
17. ¿Qué movió al centurión a valorar la justicia de Jesús, cuando vio al Señor morir crucificado?
18. ¿Debemos hacer el bien para cumplir la voluntad de Dios, o para que nuestros conocidos se admiren de la fe que tenemos y la bondad que nos caracteriza?
3-5.
19. ¿Por qué regresaron los habitantes de Jerusalén a la Ciudad Santa golpeándose el pecho?
20. ¿Tenemos conductas inadecuadas que reprocharnos?
21. ¿Por qué no es lo mismo sufrir el efecto de una acusación falsa, que sobrevivir a los reproches de la conciencia, cuando no cumplimos con nuestros deberes?
3-6.
22. ¿Qué podían hacer por el Señor quienes miraban desde lejos lo que sucedía?
23. ¿Existen situaciones en el mundo en cuya resolución no colaboramos porque las observamos a cierta distancia?
24. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, aunque ello sea doloroso para nosotros?
25. ¿Por qué fueron las mujeres a embalsamar a Jesús el primer día de la semana, y a primera hora de la mañana?
26. ¿Qué lugar ocupa en nuestra vida el cumplimiento de la voluntad de Dios?
27. ¿Qué descubrimientos hicieron las mujeres cuando llegaron al sepulcro en que fue depositado el cadáver de Jesús?
28. ¿Buscamos la felicidad de la manera más adecuada a nuestras circunstancias, en los lugares en que podemos encontrarla, y acompañados de aquellos con quienes queremos relacionarnos?
3-8.
29. ¿Por qué estaban vestidos los ángeles de blanco?
30. ¿Por qué inclinaron las mujeres sus rostros a tierra?
31. ¿Por qué buscaban las mujeres entre los muertos al que resucitó?
32. ¿A través de qué personas o medios buscamos al Señor?
33. ¿Cuáles son las mejores formas de buscar al Señor? ¿Por qué?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos 1 COR. 15, y pensemos si creemos, en la resurrección de los muertos.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 23, 44-49. 24, 1-6.
Comprometámonos a darles a conocer nuestros sentimientos a nuestros seres queridos, y a demostrarles mucho amor, para que, junto a los tales, en la medida que sea posible, tengamos una vida plena.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal: (FLP. 3, 10-11).
8. Oración final.
Leemos y meditamos el Salmo 3, pidiéndole a Nuestro Padre común, que extinga el padecimiento de la humanidad, por medio de sus hijos.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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