Introduce el texto que quieres buscar.

Señor, ¿qué podemos hacer por ti? (Meditación para el Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Señor, ¿qué podemos hacer por ti?

   Imaginemos por un momento que podemos hacer algo para beneficiar al Dios Uno y Trino. Al `pensar en ello, recuerdo el siguiente fragmento de los Salmos: (SAL. 50, 12). En este texto se nos recuerda que nuestro criador no tiene necesidad de nosotros, porque es Todopoderoso. No obstante, dado que Nuestro Padre celestial se complace en el hecho de amarnos, desea que cumplamos las siguientes instrucciones del citado Salmo (SAL. 50, 14-15). Los sacrificios de acción de gracias que podemos ofrecerle a Nuestro Creador son muchos, así pues, Nuestro Padre celestial se complace en que oremos y en que le demostremos el amor con que le amamos sirviendo a nuestros prójimos los hombres.

   Aunque Jesús dijo en el sermón del monte las palabras contenidas en MT. 5, 37, no hemos de invalidar lo dicho con respecto al cumplimiento de los votos en el Salmo mencionado anteriormente, dado que, en un principio, el citado texto fue compuesto para que lo utilizaran para orar los hebreos, los cuales estaban sometidos al cumplimiento de la Ley de Moisés, la cuál, con el fin de instar a quienes la cumplían a ser veraces, permitía que los mismos se comprometieran bajo juramento a serle fieles a Dios.

   Al igual que muchos judíos se comprometían en juramento, muchos cristianos también les hacen promesas a Dios y a los Santos, aunque muchas veces tales promesas -todo hay que decirlo-, no son nada más que sobornos, pues no se trata de que muchos de los mismos se comprometen a hacer el bien sin recibir ningún favor a cambio de ello, sino de un intercambio de un gran favor divino, por un insignificante favor humano, el cuál no es necesario, ni para Dios, ni para sus fieles siervos.

   Aunque cada cuál según su conciencia es libre para comprometerse bajo juramento con la intención de sobornar a Dios o de serle fiel hasta la muerte si le fuera necesario padecer en defensa de la fe que profesa, personalmente estimo que no necesitamos jurar nada, pues a Nuestro Santo Padre le basta nuestra sana y firme intención de servirle en nuestros prójimos los hombres, así pues, si Él quiere algo de nosotros, es seguro que hallará el medio adecuado de manifestarnos su voluntad, y nos procurará el mejor modo de servirlo.

   Con respecto al hecho de que glorificaremos a Dios el día que nos libere de la angustia, somos muchos los que tenemos esa experiencia, aunque también son muchos los que, a pesar de que se han acordado de Nuestro Creador para pedirle ayuda cuando lo han pasado mal, no se han acordado de Él para agradecerle los favores que les ha hecho.

   Aunque con respecto a Dios estamos incapacitados para hacer nada por Él, seguramente hemos pensado en lo que le contestaríamos si nos dijera las palabras con que Jesús se dirigió a los hijos de Zebedeo cuando le pidieron que los revistiera de poder, sentándolos, en su Reino, a  uno a su derecha, y, al otro, a su izquierda (MC. 10, 36).

   Con lo que están sufriendo muchos ricos que tienen inmensas fortunas aunque carecen de felicidad, y muchos pobres que carecen de lo estrictamente indispensable para mantenerse vivos, si Jesús nos dijera que está dispuesto a concedernos lo que queremos, -siempre que ello no contradiga el designio salvífico de Dios-, estoy seguro que le pediríamos que cumpliera nuestro más anhelado sueño.

   Si abrimos los ojos lentamente para salir de este maravilloso sueño en que nos hemos sumido instantáneamente, y volvemos a la realidad lentamente para no desilusionarnos por habernos despertado tan rápidamente del sueño que representaba la vivencia del momento más soñado de nuestra existencia, recordamos las palabras que Jesús les dijo a los citados hermanos y a los demás futuros Apóstoles (MC. 10, 44).

   ¿Por qué se empeña Jesús en demostrarnos que si queremos alcanzar la felicidad debemos aprender a sacrificarnos para beneficiar a nuestros prójimos? No nos es necesario aprender que vivimos en un mundo en el que no existe ni una sola persona que sea plenamente feliz, si tenemos en cuenta que, al no haberse concluido plenamente la instauración del Reino de Dios en nuestro planeta, en esta tierra no existe la dicha perfecta según nuestra óptica cristiana. Dado que vivimos en un mundo en que los pobres sufren por causa de sus carencias y muchas veces de la marginación que padecen, y en el que muchos que no son pobres sufren porque no saben hacerse amar, o porque no son comprendidos, o por otras muchas causas, si no aprendemos a considerar a nuestros prójimos tal como nos consideramos nosotros, no podremos hacer absolutamente nada para aumentar nuestra felicidad, así pues, aunque nos agrupamos en diferentes estamentos sociales, Dios lo ha dispuesto todo para que vivamos en comunicación constante, así pues, aunque lo que os voy a decir parezca que no tiene sentido, hemos sido creados para vivir en comunión, y, mientras no venzamos las diferencias que nos separan, seguiremos sufriendo la soledad característica de los caparazones en que estamos encerrados, unos por su propia voluntad, y otros porque no se les permite acceder a un estado de vida más acorde a su dignidad de hijos de Dios.

   Los cristianos practicantes, al pasar todo el tiempo que podemos buscando la forma de aumentar nuestra felicidad, ora mejorando nuestra forma de actuar como personas cristianas, ora mejorando las relaciones que mantenemos con nuestros prójimos los hombres, nunca dejamos de recordar que, con el fin de lograr nuestro ansiado propósito de alcanzar la felicidad, en cuanto ello nos es posible en este mundo imperfecto, que podemos seguir aumentando nuestro conocimiento de Dios, para que podamos ser imitadores de Cristo, según las siguientes palabras del Apóstol: (EF. 5, 1).

   En este mundo de las prisas y el ruido en que vivimos, debemos tener mucha paciencia si queremos mejorar las relaciones que mantenemos con los hombres, dado que, como no tenemos el tiempo que necesitamos para hablar con ellos, este hecho puede ser causa de malos entendidos y de otros problemas causados por el autismo social que nos impone esta forma de vivir que tenemos que no conduce nada más que al dolor y a la ambición desmedida, a no ser que tengamos muy claro lo que deseamos conseguir, y que se nos permita luchar por lo que verdaderamente nos hace felices.

   Son muchos los que piensan que ser cristiano consiste en encerrarse en una burbuja para no pensar en los problemas de la vida diaria y del mundo. Este lujo pueden permitírselo los cristianos que no dan a conocer su fe, pues los practicantes tenemos muy presentes las siguientes palabras de Jesús: (LC. 12, 51).

   San Pablo, quizás teniendo muy presentes las citadas palabras que le dio a conocer a su discípulo San Lucas, les escribió a los cristianos de Corinto: (1 COR. 4, 9).

   Jeremías recoge un texto en su profecía que últimamente estoy utilizando mucho en mis meditaciones dominicales a petición de aquellos hermanos que me dicen que el mismo les es muy útil para soportar sus depresiones (JER. 15, 19).

   Si sobrevivimos a la incomodidad de ser diferentes a la inmensa mayoría de la gente que nos rodea, ello se debe a que sacamos lo precioso de lo vil, es decir, a pesar de que el odio se ha adueñado del mundo, no podemos dejar de creer en la bondad de los hombres, porque Dios nos ha prometido que algún día todos seremos plenamente felices en su presencia, así  pues, Isaías nos transmitió en su profecía las siguientes palabras de Dios: (IS. 45, 21-23).

   Cuando pensemos en lo que más deseamos que Dios nos conceda, dadas las necesidades de este mundo en que muchas veces por necesidad y/o ambición buscamos lo que menos necesitamos a largo plazo, procuraremos pedirle a Dios que nos conceda lo que verdaderamente necesitamos con vistas a habitar en su Reino de amor y paz, esto es, ser verdaderos adoradores de Nuestro Padre común, capaces de servir a Nuestro criador en nuestros prójimos los hombres.

   Quiero concluir esta meditación respondiendo una pregunta de una lectora, a la cuál le voy a responder públicamente, porque considero que la pregunta que me ha planteado es importante. Nuestra hermana ha leído el siguiente texto de San Lucas: (LC. 16, 1-12). Nuestra hermana quería saber por qué nos insta Jesús a sentir, a la hora de confesarnos, el dolor de la atrición, si el mismo es imperfecto, ya que conlleva el interés de salvar el alma del infierno, y no el rechazo del pecado por la maldad característica del mismo.

   De la misma manera que los padres aman más a sus hijos cuando viven varios años con ellos que cuando los tienen recién nacidos debido al hecho de estar vinculados a los mismos durante mucho tiempo, es imposible el hecho de que los que se inician en el conocimiento y ejercicio de nuestra fe amen a Dios con la misma intensidad al principio de su ciclo formativo catequético que cuando llevan muchos años teniendo el servicio a Dios como la principal prioridad de su existencia. Dado que a Dios no le podemos amar cuando le conocemos con la misma intensidad que le amamos cuando experimentamos la vivencia en su presencia aunque sólo sea por medio de la fe que tenemos en Él, Jesús nos insta a que, con el paso del tiempo, el temor a la condenación, acabe desapareciendo, dando paso al rechazo del pecado, por causa de la fealdad del mismo.

   Según deduzco de la lectura de LC. 16, 8, comprendo perfectamente que los no cristianos e incluso los llamados cristianos que no viven para amar a Dios, son mucho más sagaces a la hora de ver las cosas terrenas que los servidores de Dios, dado que, estos últimos, al estar ejercitándose en la práctica de las virtudes divinas, corren el riesgo de no cuidarse de las intenciones de los que sólo piensan en enriquecerse, aunque para ello tengan que aplastar a quienes piensan que les estorban, aun sin considerar que los mismos pueden ser más débiles que ellos.

   Cuando en el versículo 9 del citado texto Jesús nos dice que ganemos amigos por medio de las riquezas injustas, no nos dice que hagamos el mal para ganarnos a la gente, sino que utilicemos las riquezas materiales, que no son nuestras, dado que son del mundo anticristiano, para cristianizar a nuestros prójimos los hombres, y, de paso, para que los tales, cuando nos vean sufrir, vengan en nuestro socorro.

   En los versículos 11 y 12, Jesús nos dice que si no somos fieles a la hora de administrar las riquezas injustas, -es decir, los bienes materiales-, si ello nos beneficia al modo que a los hombres nos gusta ser recompensados, ¿cómo nos confiará Nuestro Padre común sus bienes espirituales, teniendo en cuenta que los mismos, aunque más valiosos, son más difíciles de mantener, porque la posesión de los mismos no nos reporta beneficios amados por los egoístas?

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que se haga su voluntad en este mundo en que mucha gente no sabe a dónde va.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja aquí tus peticiones, sugerencias y críticas constructivas