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La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo... (Meditación para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Reportaje.

   La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo...

   Meditación del capítulo 7 de la primera Carta de San Pablo a los Corintios.

   (1 COR. 7, 1). En el tiempo en que San Pablo escribió la Carta que estamos meditando, concretamente, en el año 55 de nuestra era, mientras permanecía en Éfeso, nuestro Santo creía que estaba a punto de acontecer el final de los tiempos, así pues, al pensar que el mundo se acabaría muy pronto, veía lógico el hecho de que tanto los hombres como las mujeres fuesen castos y se consagraran a Dios. Al sentir un gran fervor por la fe que profesaba, nuestro Santo valoraba más la vida de los religiosos que la vida de quienes se unían en matrimonio a sus cónyuges. A pesar de que los religiosos viven sin tener familias propias, San Pablo pensaba que nos es preferible a todos permanecer solteros, con el fin de evitarnos los dolores de cabeza que puede producirnos el hecho de estar vinculados a unas personas con las que posiblemente podemos tener problemas de diversa índole.

   (1 COR. 7, 2). A pesar de que nuestro Santo tenía en gran estima la soledad que nos es necesaria para meditar la Palabra de Dios para que así podamos aumentar nuestra fe sin que los problemas familiares nos impidan dedicarnos constantemente a cultivar los valores cristianos, el citado Hagiógrafo bíblico, sabiendo que la Ley de Moisés prohibía la masturbación y el hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Ámbito del matrimonio, y sabiendo también que a muchas personas les cuesta un gran esfuerzo el hecho de privarse de mantener dichas relaciones, pensaba que era adecuado que las mismas se vincularan en matrimonio, con el fin de que no transgredieran la Ley de Dios.

   (1 COR. 7, 3). Nuestro Santo fue interrogado por los cristianos de Corinto acerca de la posibilidad de que quienes estaban casados renunciaran al hecho de mantener relaciones maritales con el fin de vivir como religiosos temporalmente. A pesar de que nuestro Santo prefería vivir siendo célibe que permanecer casado, comprendía perfectamente el significado del Sacramento sobre el que estamos meditando, por lo cuál les respondió a sus lectores: (1 COR. 7, 4).

   Nuestro Apóstol entendía que quienes estaban casados debían hacer lo posible para que ni ellos ni sus cónyuges pecaran, pues este es uno de los motivos por los que Dios instituyó la unión conyugal.

   ¿Puede un matrimonio, de común acuerdo, separarse un tiempo determinado para meditar la Palabra de Dios, o para poner sus ideas en orden? (1 COR. 7, 5-6).

   Vemos aquí un ejemplo de la humildad de un Apóstol que, pudiendo abusar de su poder que le fue otorgado por Cristo para manipular a sus lectores, les dejó claro a los mismos cuáles de sus consejos procedían de Dios y cuáles de sus meditaciones eran suyas propias, por lo cuál estas últimas no habían de ser consideradas como dogmáticas.

   Hace varios años viví unos ejercicios espirituales durante los que tuve la oportunidad de conocer a una mujer que se quejaba de que su marido era “un alocado”. Aquella señora se refugió en la lectura de la Biblia durante un fin de semana en que la vi llorar debido a la visión negativa de su soledad. Varios meses después de vivir aquellos intensos ejercicios espirituales, volví a encontrarme con mi amiga, la cuál me dijo que había resuelto todos sus problemas conyugales. A veces los problemas matrimoniales se solucionan mejor mediante la separación temporal de los cónyuges que discutiendo siempre y sin llegar a ningún acuerdo para resolver las diferencias cuya contemplación dificulta las relaciones entre los esposos.

   (1 COR. 7, 7-9). De la misma manera que muchos de nuestros hermanos han sido capacitados para vivir como religiosos, la mayoría de los cristianos han sido capacitados para casarse y constituir familias. San Pablo advirtió a sus lectores –de la misma forma que también lo hace con los creyentes de nuestros días- para que se casaran antes de ceder a sus propias pasiones desordenadas (CIC. n. 2351-2356. 1 COR. 6, 15-20. DT. 22, 23-29. CIC. n. 2387-2391. 2358-2359. ROM. 1, 26-29. 1 COR. 6, 9-10. 1 TIM. 1, 8-11. CIC. n. 2357).

   (1 COR. 7, 10-17). Aunque actualmente la Iglesia permite la separación de los cónyuges y permite que los mismos se casen, por ejemplo, en el caso de que uno de ellos sea estéril, porque entiende que una de las misiones del matrimonio es la procreación, no hemos de olvidar que San Pablo fue fiel a las palabras de Jesús que todos conocemos: (MT. 5, 28-32).

   (1 COR. 7, 18-24). San Pablo sigue insistiendo en que todos seamos castos según el estado actual en que vivimos (CIC. n. 2337. TT. 2, 1-8. CIC. n. 2342-2344;  2350).

   En un tiempo en que tenemos tantos medios para mantener relaciones sexuales sin que las mujeres apenas corran el riesgo de quedarse embarazadas, ¿por qué han de privarse los novios de mantener relaciones sexuales? Dado que ni en el caso de convivir juntos varios años antes de casarse los novios tienen la garantía de que su matrimonio va a ser exitoso, aunque ello aumenta su confianza en que van a ser felices después de casarse, antes de mantener relaciones conyugales, tienen que aprender lo que es la sexualidad vista desde el punto de vista de los cristianos, es decir, han de concienciarse de que la sexualidad les ayudará a manifestarse su amor y mediante la misma contribuirán a la cocreación divina por su futura paternidad, y deben aprender a tratar a sus futuros cónyuges como personas, no como objetos sexuales destinados a producirles placer. Si los novios aprenden a respetarse, también aprenderán a amarse, y a mantener la esperanza de recibirse cuando contraigan matrimonio, es decir, cuando hayan madurado lo suficientemente como para concienciarse de las responsabilidades que le son propias al citado estado de vida.

   La Iglesia les recomienda a los novios que cuiden la manifestación de su afectividad para que no cedan a la fornicación. Si los novios son capaces de privarse de mantener relaciones sexuales hasta el día de su voda, ello no les garantiza la estabilidad perpetua de su unión, pero al menos les sirve como demostración de que son amados por quienes vivirán junto a ellos en el futuro.

   San Pablo escribió respecto de los solteros y célibes: (1 COR. 7, 25-40).

   San Pablo escribió con respecto a las viudas: (1 TIM. 5, 3-16). Ante las palabras de San Pablo, no puedo menos que decir que hay que tratar correctamente a todas las viudas, independientemente de lo que hayan hecho en su vida, pues es Dios quien tiene que juzgar al mundo, no nosotros, pues, en el caso de que algunas viudas sean un mal ejemplo para las jóvenes cristianas, el estar con ellas no incita a imitarlas únicamente, pues en la imitación de las mismas influye la educación religiosa y cívica de nuestras jóvenes.

   Aunque personalmente pienso que San Pablo fue despiadado al hablar de algunas viudas que se vieron obligadas a observar una conducta impropia de cristianas para poder sobreponerse a su trágico estado de pobreza, también pienso que las viudas que viven con sus hijos no deberían representar una carga para los mismos, ya que algunas de ellas se creen dueñas de sus familiares, e intentan manipular a los mismos hasta el punto de que los dominan totalmente, o son expulsadas del seno de sus familias, ya que el trato con ellas es prácticamente insoportable para quienes no pueden hacerles comprender que han de dar consejos cuando lo crean conveniente, pero nunca han de intentar manipular a ninguna persona como si la misma fuese una marioneta.

   Obligaciones de los cónyuges.

   (CIC. n. 1644. 1 TIM. 2, 8-15). Tanto el Judaísmo como el Cristianismo han estado siempre muy marcados por la total sumisión de las mujeres con respecto a los hombres. Por mi parte, vuelvo a repetir que no estoy de acuerdo con el hecho de mantener a las mujeres como si fuesen robots sirviendo a los hombres las veinticuatro horas del día culpándolas totalmente por el episodio del pecado original, por un hecho del que no hace falta tener grandes estudios para llegar a la conclusión de que fue una fábula con un significado moral (1 PE. 3, 1-7. EF. 5, 21-33).

   Es conveniente que los maridos amen a sus mujeres, pero que no lo hagan a cambio de que ellas no tengan libertad para tomar decisiones en el seno de sus familias, pues hay casos en que las mujeres, bajo la ley de la injusta sumisión a sus cónyuges, son más víctimas del maltrato y la discriminación, que objetos de amor y respeto.

   Deberes de los padres para con los hijos y de los hijos para con los padres.

   (EF. 6, 1-4. CIC. n. 2221-2231;2214-2220).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

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