Meditación.
4. Jesús bendice a la gente sencilla.
Meditación de MC. 10, 13-16.
Si Jesús hubiera predicado el Evangelio con vistas a ganar poder, riquezas y prestigio, en vez de relacionarse con los pobres, los enfermos, los ancianos y los desamparados, se habría relacionado con la gente rica y déspota, habría justificado las maldades de muchas de esas personas, y hubiera podido jactarse de lograr su ansiado propósito. A pesar de ello, como el Señor no tenía la necesidad de mejorar su posición social, fue duramente criticado por andar con la gente marginada de su país. Recordemos que la predicación de Jesús iba dirigida a todos los estratos sociales palestinenses, pero, solo los desposeídos de bienes terrenos, de salud, y de dignidad, fueron los primeros en unirse a la comunidad que, a partir del día en que los Apóstoles fueron llenos del Espíritu Santo, empezó a llamarse Iglesia.
Los niños necesitan amor, amistad y confianza para sentirse seguros. Recuerdo que en mi primer día de catequista mis niños no sabían cómo acercarse a mí. Sus madres, sabiendo de mi deficiencia visual, los advirtieron para que no me hicieran travesuras con tanta fuerza, que estaban asustados, y sentados en los bancos de la iglesia, mirándome fijamente. Yo pensaba trabajar con ellos por medio de la aplicación de disciplina, aunque no pensaba ser severo, pero sí pedir que estudiaran e hicieran las actividades de su Catecismo. . Como vi a los niños asustados mientras me miraban, jugué con ellos, cantamos villancicos, les dejé tocar mi teclado eléctrico, y así fue cómo dejaron de llamarme maestro, y fui Pepe para ellos.
Cuando pensamos en Jesús, como le desconocemos, no pensamos en el bien que nos quiere hacer porque no podemos concebirlo, y nuestro pensamiento se centra en las dudas que tenemos con respecto a Dios, y, como no nos esforzamos en aclarar tales dudas, se nos muere la fe.
No intentemos requerir de Dios una completa comprensión intelectual, porque ello es imposible para nosotros. Amemos a Dios con la confianza que los niños pequeños aman a sus padres. Para creer en Dios sinceramente, dado que nuestra comprensión de El es finita, no podemos ni necesitamos conocer plenamente todos los misterios divinos ni del universo, sino amar a Nuestro Padre común, como los pequeñuelos aman a sus padres, a quienes a veces no comprenden, y de quienes esperan amor, comprensión, y dádivas.
Concluyamos esta meditación, manifestándole a Nuestro Santo Padre el deseo de que no queremos ser niños inmaduros en la fe, pues deseamos confiar en El, y amarle, con la pureza que lo hacen los niños pequeños, quienes no pueden verlo, pero sienten su presencia, si sus padres les dicen, que Dios está con ellos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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