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Empieza a vivir la vida eterna. (Meditación para el Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   Meditación.

   Empieza a vivir la vida eterna.

   Todos sabemos que, cuando Jesús fue bautizado por San Juan Bautista, nuestro Maestro se retiró al desierto de Judea, donde ayunó durante 40 días, para experimentar la carencia de divinidad que sentimos los hombres, la debilidad humana, para decidir qué había de hacer con su vida, y, sobre todo, cómo tenía que aceptar la voz de Dios que resonaba en su interior. A parte de encontrarse meditando sobre la miseria humana, en medio de su ayuno y las consecuencias físicas y psicológicas del mismo, Jesús, como hombre, experimentó su propia impotencia (MT. 4, 1-11).

   Cualquiera que hubiera vivido aquel retiro espiritual hubiera acabado francamente agotado, pero, Jesús, tras vencer las seducciones que se le pasaron por la mente, se dispuso a servir a Dios. Cuando nos decantamos por la Evangelización, corremos el riesgo de encontrarnos con la oposición de nuestros seres queridos, y con la incomprensión de quienes actúan en nuestro entorno social. Jesús, aparte de que volvió del desierto muy motivado a llevar a cabo su misión, y se encontró con esas dos realidades tan crudas, recibió una dramática noticia: Juan Bautista había concluido su Ministerio en el Jordán, porque Herodes lo había encarcelado por voluntad de su cuñada Herodías, quien se molestaba cuando el Profeta le decía al rey que no cometiera adulterio con la mujer de Filipo de Cesarea, su hermano. ¿Qué hizo Jesús cuando meditó el destino del Bautista y su futuro destino incierto? Nuestro Señor tomó la firme decisión de predicar el Evangelio a costa de su vida.

   Israel fue conquistado por Roma el año sesenta y tres antes de Cristo. Aunque Roma tenía la estrategia de respetar los cultos religiosos de los territorios que conquistaba, con tal de someterse a los habitantes de los mismos, sucedió que el Judaísmo era una religión muy conflictiva, en el sentido de que los descendientes de Abraham, considerando que su fe era la única religión verdadera, y por causa de las conquistas de su tierra llevadas a cabo por otros países en el pasado, llamaban "perros" a los extranjeros, con tal de manifestarles a los tales, tanto el odio que sentían por los mismos, como la fuerza de su espíritu extremadamente nacionalista.

   Difícil es encontrar una ideología que no sea profesada tanto por gente que respeta la misma, como por gente que se adhiere a tal sistema de pensamiento, en virtud de las ganancias que ello le supone. En la tierra de Palestina, la posición de los saduceos era muy interesante hablando irónicamente, porque los tales, al ser la máxima autoridad político-religiosa del país, tenían que esforzarse, con tal de que sus hermanos de raza aceptaran a sus invasores. La historia de la unión entre los saduceos y los romanos, es una de tantas demostraciones existentes, que nos recuerdan que, a corto o largo plazo, la unión de la religión y de la política, solo ha causado problemas de diversa índole. La historia de bastantes de nuestras Iglesias cristianas también es fiel testigo de que las uniones político-religiosas han perjudicado, no solo a los creyentes, sino la difusión de la Palabra de Dios.

   En la tierra de Palestina, los fariseos se oponían radicalmente a los saduceos, de igual manera que muchas denominaciones cristianas se oponen a la realización de las obras de otras. Dado que los fariseos sabían que los saduceos eran demasiado poderosos como para desprenderlos de su posición de gobernantes del país, se limitaban a criticar todo lo que hacían los mismos.

   Retirados del mundo, con tal de evitar las ocasiones de pecar, vivían los esenios, quienes constituían una rama del Judaísmo, dedicada a la vida mística, conocida porque, entre los tales, con tal de acelerar la venida del Mesías al mundo, se ejercía el celibato. Los esenios que se comunicaban con quienes no pertenecían a su comunidad, podían ser expulsados de la misma.

   Como sucede en todos los tiempos, cuanto mayor era la pobreza de los habitantes de Palestina, con más rigor sentían los tales el peso de la dominación romana. Quienes lo perdían todo, porque no podían pagar los impuestos del Templo y de Roma, o bien se resignaban a mal vivir, o bien se unían a los zelotes, los cuales trabajaban incansablemente para liberar a su país del poder imperial. Tales zelotes, con tal de defender aquello en lo que creían, prefirieron morir entre las llamas que arrasaron la Ciudad Santa en el año Setenta, en vez de entregarse a los colonizadores del país.

   ¿Cómo podía la gente sencilla de Palestina creer el Evangelio predicado por Jesús, teniendo en cuenta su dramática situación? Valerio Graco, -el antecesor de Poncio Pilato-, era conocido por la brutalidad con que reprimía a los rebeldes. Aunque Pilato no quiso asesinar a los sacerdotes del Templo de Jerusalén que se opusieron a que en el recinto sacro se instalara la imagen del Emperador, el marido de la hija de Tiberio, con tal de tener de su parte a los miembros del Alto Tribunal de Justicia (el Sanedrín o Sinedrio), no dudó en ejecutar a varias docenas de mesías políticos y/o religiosos. A pesar de estos hechos, el pueblo, siendo consciente de que el Profeta Daniel había vaticinado el Advenimiento del Mesías para aquel tiempo, se dejaba ilusionar por cualquier predicador que apareciera en el país.

   ¿Por qué los pobres se dejaban impresionar por los falsos mesías con más facilidad que los ricos? Mientras que los pobres apenas sobrevivían de sus esfuerzos, quienes aceptaban el poder romano, y tenían una buena situación económica, no tenían nada que temer. Mientras que los pobres solo tenían problemas y fe en Dios, quienes podían aprovecharse de la situación del país para mantener su status social, lo hacían. Teniendo este dato en cuenta, llama la atención el hecho de que Jesús, no solo se granjeó la confianza de algunos ricos, sino de que, a la Iglesia Madre de Jerusalén, lentamente, se agregaron muchos poderosos, unos por amor a Dios, y otros, porque, al ver que los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo de forma visible en Pentecostés, al creer que el mundo se acabaría de un momento a otro, quisieron asegurarse un buen puesto en la presencia de Dios, por lo que decidieron que, dado que el fin se acercaba, más valía renunciar a algunas de sus riquezas, que perecer entre las llamas del infierno.

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Padre común que, en medio de nuestros gozos, y teniendo en cuenta las pruebas que debemos superar, que nos ayude a vislumbrar la luz indeficiente de Cristo, para que sepamos hacer de nuestra tierra el Reino de Nuestro Salvador.

joseportilloperez@gmail.com