Introduce el texto que quieres buscar.

San José de Nazaret. (Meditación para la solemnidad de San José de Nazaret, esposo de la Virgen María. 19 de marzo).

   Meditación.

   San José de Nazaret.

   Tenemos muy pocos hechos referentes al Patrón de la Iglesia Universal en la Biblia, pero los mismos, dado el tiempo en que sucedieron, nos hacen pensar que el padre adoptivo de Jesús fue un gran hombre. Busquemos en la Biblia la información existente en sus páginas con respecto al Santo cuyo recuerdo celebramos en este día de Cuaresma.

   (LC. 3, 23). Existe una disparidad con respecto al nombre del padre de san José, pues San Mateo escribió en su obra: (MT. 1, 16). Esta disparidad no tiene por qué hacernos pensar que debemos rechazar nuestras creencias dado que ambos textos no coinciden entre sí, pues la citada diferencia entre los escritos de los citados autores puede ser explicitada.

   (LC. 1, 26-27). Al igual que hemos averiguado algo sobre el posible nombre del padre de san José y que nuestro Santo era descendiente del Rey David, también podemos averiguar cuál era el trabajo del marido de nuestra señora (MT. 13, 55).

   Aunque muchos creen que San José era anciano cuando se casó con Santa María con el fin de justificar la creencia de que él nunca interrumpió el voto de virginidad perpetua de Nuestra Mediadora celestial, es muy probable que nuestro santo tuviera entre veinte y veinticinco años cuando contrajo matrimonio con la Madre del Mesías, mientras que ella debía tener entre quince y diecisiete años.

   Con respecto a la clase social a la que pertenecían los padres de Jesús existen varias hipótesis, ya que unos piensan de los mismos que pertenecían a la alta burguesía de Palestina, mientras que otros piensan que eran pobres.

   José pactó su unión matrimonial con María con san Joaquín, -el padre de nuestra Corredentora-, porque quería compartir su vida con una mujer a la que deseaba amar, y formar una familia. Todos sabemos lo que queremos hacer con nuestras vidas, a pesar de que puede ocurrirnos lo mismo que le sucedió a san José, es decir, que Dios puede transformar nuestros planes de futuro de tal manera que nos adaptemos a las exigencias de Nuestro Criador, ya que el nos quiere salvar, es decir, sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestras vidas. En aquél tiempo, las relaciones de noviazgo se prolongaban durante seis meses y un año, durante el cuál los hombres habían de forjar sus planes para afrontar el futuro. María era mujer, así pues, ella tenía que concienciarse de que tenía que servir y obedecer a su futuro marido, así pues, una vez que se unieran como marido y mujer, él tenía poder legal para romper los votos perpetuos que ella le hubiera hecho a Yahveh, lo mismo que también tenía el citado derecho el padre de Nuestra señora, antes de que la misma se vinculara al carpintero descendiente de la dinastía davídica.

   Hubo un día en el que sucedió algo que descorazonó a José. Joaquín le explicó a nuestro Santo que su hija estaba embarazada. José sabía perfectamente que el Niño que esperaba su prometida no era el compendio del amor que ambos sentían el uno por el otro. El futuro padre adoptivo del Señor pensó que la gente le humillaría apenas se divulgara aquél hecho tan desagradable que le había acontecido. El futuro Patrón de la Iglesia no quería que su desgracia se difundiera, y amaba demasiado a su futura esposa como para privarla del derecho a vivir que todos tenemos porque somos personas e hijos de Dios. José habló con Joaquín para separarse de María secretamente, así pues, ambos acordaron enviar a la joven nazarena a casa del sacerdote Zacarías, el cuál estaba casado con Elisabeth, una pariente de María (LC. 1, 36 y 39-40).

   Nuestro Criador, antes de acabar con las dudas de José, quiso probar lo que dicho Santo haría en aquél caso que era tan difícil de resolver en aquél tiempo. En ciertas circunstancias nos vemos abrumados por los problemas que tenemos, pero llega el día en que Nuestro Padre común nos da la forma de solucionar las cosas que nos preocupan.

   En LC. 1, 56, leemos que María cuidó a Elisabeth durante tres meses, y que se volvió a Nazaret para afrontar su grave problema, para ver si José la aceptaba, la repudiaba intentando que sus convecinos creyeran que se habían separado por el acuerdo mutuo de José y del padre de Nuestra Señora, o para ver si el futuro Patrón de los seminaristas decidía asesinarla, considerando que era una pecadora pública. Existen circunstancias que hemos de vivir sin evitarlas. Las citadas circunstancias pueden ser dolorosas, pero, cuanto antes las vivamos, antes veremos en qué acaba el fundamento de nuestras preocupaciones.

   (MT. 1, 18-25). San Lucas complementa la información del nacimiento de Jesús en los 20 primeros versículos del capítulo 2 de su Evangelio.

   José no sólo superó la tentación de rechazar a un Hijo que no era suyo, sino que vivió las consecuencias de aceptar la paternidad de Nuestro señor. En el capítulo 2 del Evangelio de San Mateo, vemos cómo nuestro Santo, amparándose en las tinieblas de la noche, hubo de huir a Egipto con María y con el Niño, pues Herodes buscaba al pequeño Jesús para asesinarlo, porque quería acabar con la esperanza de los judíos que lo despreciaban de librarse de él fácilmente en el futuro (MT. 2, 13-15). El día siguiente a la crucificción de Jesús, los miembros del sanedrín le pidieron a Pilato que un piquete de soldados romanos vigilaran el sepulcro de Nuestro Señor, (MT. 27, 62-66) con el fin de impedir la difusión de la Resurrección del Mesías, pues temían que el cuerpo del Señor fuera robado por sus seguidores, con el fin de poder inventar que Jesús había vencido la muerte. ¡Qué fácil es abusar de los débiles y acabar con los recuerdos de quienes viven añorando un pasado que sin duda fue mejor que su presente!

   En el capítulo 2 del Evangelio de San Lucas encontramos más hechos relacionados con nuestro Santo. Cuando se cumplió el octavo día del nacimiento de Jesús, la Sagrada Familia fue al Templo de la ciudad santa para circuncidar al Mesías (LC. 2, 21). Aquél acto fue muy importante para José, ya que en el mismo confirmó públicamente su aceptación de la paternidad del Hijo de María. Es verdad que él había previsto vivir en Belén quizás para evitar las molestias que podían causarle los nazarenos al recordarle constantemente que tenía un hijo que no era suyo, pues todos sabemos que hay gente que no avanza en ningún aspecto de su vida que no permite que sus prójimos superen su patético estado de aletargamiento, pero, cuando José fue avisado de que abandonara Egipto porque Herodes había muerto, quiso habitar en Nazaret (MT. 2, 19-23), lo cuál le hizo pensar que no abandonaría al pequeño Jesús bajo ninguna circunstancia, ya que había convivido durante dos años con él, había sido emigrante para salvar la vida del niño de Belén, y no estaba dispuesto a dejar que sus convecinos rompieran el vínculo que le unía a quienes más amaba en el mundo.

   A partir del retorno de Egipto a Nazaret, los Evangelios canónicos no nos ofrecen ningún dato de la más tierna infancia de Jesús. San Lucas cierra el capítulo dos de su Evangelio narrándonos la desaparición de Jesús cuando Nuestro señor celebró la Pascua judía cuando tenía doce años como judío mayor de edad (LC. 2, 41-50), según una antigua prescripción legal. José y María lo encontraron en el Templo después de haberlo buscado durante tres días con una gran preocupación, pues en aquel tiempo podrían haber acaecido hechos muy dolorosos y trágicos como para que un niño de doce años hubiera estado perdido en Jerusalén, en una fiesta en la que el espíritu nacionalista judío podría haber provocado un mortal enfrentamiento con el poder romano que podría haber causado un gran desastre. José no sólo calmó su ánimo al encontrar a Jesús en el Templo, sino que aceptó que su Hijo no vivía para obedecerlo a él, sino para hacer la voluntad de Dios.

   Nuestro santo murió durante los años de la adolescencia de Jesús, siendo consciente de que no vería el cumplimiento de la profecía del anciano Simeón referente a la Pasión de Nuestro señor (LC. 2, 28-32).

   -De San José aprendemos a hacer bien hecho lo que podemos hacer por amor a Dios, a nosotros y a nuestros prójimos.

   -De San José podemos aprender a fiarnos de Dios siempre, incluso en los casos en que parece que nuestras vidas se tambalean y nada tiene sentido. Pensemos en el hombre que confió en un Dios que lo único que hizo cuando peligraba la vida de su Hijo fue confiarle la custodia del mismo a un simple mortal, cuando nosotros, en ese caso, actuaríamos probablemente como animales salvajes cegados por un poder instintivo capaz de salvar,  matar y perderlo todo por todo.

   Nuestro Santo nos enseña que las relaciones matrimoniales son cosas de dos personas que se aman, que los demás pueden dar consejos referentes a la vivencia de las mismas, pero que nadie tiene que interferir en la vida de los que deciden formar familias.

   -Nuestro Santo nos enseña a trabajar sin protestar en circunstancias buenas y adversas. José trabajó en Egipto como emigrante y afrontó épocas de carestía en Nazaret.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com