Meditación.
Los Dolores y Gozos de San José.
1. Hagamos una parada en nuestro camino de Cuaresma para celebrar la vida y obra de San José de Nazaret, el guardián de Jesús y María, los mayores tesoros del Reino de Dios. Por la diligencia con que nuestro Santo Patrón cumplió el deber que le fue encomendado por nuestro Santo Padre, José merece ser reconocido por nosotros como Padre de la Iglesia Universal, refugio seguro de quienes no pueden confiar en sí mismos circunstancialmente, Padre de quienes mueren con la satisfacción de haberse esforzado plenamente en cumplir la voluntad de Dios, y Patrón de los cristianos que se preparan para recibir el Sacramento del Orden sacerdotal.
Recordemos los siete dolores y gozos de nuestro Santo Patrón.
2. Son muy pocos los datos que los autores de la Biblia nos ofrecen en sus respectivas obras sobre el Santo que estamos celebrando. San Lucas nos dice que María le fue prometida a José en matrimonio antes de quedarse embarazada por obra y gracia del Espíritu Santo (LC. 1, 27). El compañero de peregrinación del Apóstol Pablo también nos cuenta que María vivió los 3 primeros meses de la concepción de Jesús en casa de su prima Isabel (LC. 1, 56) quizás por causa de José, el hombre de quien San Mateo nos dice que decidió repudiar a María secretamente para evitar rumores molestos (MT. 1, 19). Según una antigua tradición, en aquel tiempo, muchas mujeres de Palestina hacían voto de virginidad para apresurar la venida del Mesías. Esa tradición nos hace suponer que María también hizo ese voto de virginidad perpetua, y que José, cuando recibió el anuncio de la Encarnación del Verbo divino de parte del ángel de su sueño, no quiso perturbar el voto de su joven esposa. Son muchos los escritores y pintores que han pugnado a lo largo de la Historia argumentando la posible vejez de José para que nos sea fácil creer que nuestro Santo no quiso imponerse ante su mujer para romper la supuesta promesa que le hizo a Dios para acelerar el Nacimiento de Jesús. José soñó que un ángel le decía que María no le había sido infiel y, aunque los sueños en ciertas ocasiones encierran en sí mismos una verdad, un miedo o rechazo inocuos o la expresión de un deseo muy anhelado, José tomó la decisión de no alterar su propósito de ser feliz junto a María, a pesar de que no podía olvidar que él no era el padre del Hijo de su prometida. El anuncio de la Encarnación de Jesús le produjo a José un gozo cierto por cuanto María le fue fiel, pero ese gozo tenía que ser aumentado por una fe a toda prueba para que nuestro Santo no decidiera hacerse atrás y renunciar a María y a Jesús.
3. San Lucas nos cuenta detalladamente el Nacimiento de Jesús en el capítulo 2 de su Evangelio (LC. 2, 1-7). Cuando el Niño de Belén estaba por nacer, José tuvo que emprender un largo viaje desde Nazaret hasta Belén junto a su mujer para empadronarse. Los judíos tenían la costumbre de celebrar la natividad de sus hijos, pero José sufrió pacientemente la humillación de ver nacer a Jesús en una cueva que los pastores utilizaban para guarecer sus rebaños en las noches de invierno. Las diversas pruebas que José vivió a lo largo de su vida debieron servirle a nuestro Santo para esperar la instauración del Reino de Dios, así pues, en esta vida no podemos ser plenamente felices y, la felicidad que tenemos, es la consecuencia de aprender a sobrevivir al dolor sin perder la esperanza con respecto a la Parusía de Jesús que acontecerá cuando Dios lo crea oportuno. José fue inmensamente feliz cuando en su pobreza fue visitado por pastores que, aunque no tenían buena prensa entre sus hermanos de raza, festejaron junto a él y a María la Natividad del enviado de Dios. Dios se hizo pobre una noche primaveral y enriqueció espiritualmente a la Sagrada Familia y a los pastores de Galilea mientras los coros angélicos entonaban el Gloria.
4. José sufrió intensamente la circuncisión de Jesús (LC. 2, 21), pero se alegró inmensamente al imponerle el nombre que se traduce a nuestro idioma como "Dios salva".
¿Cómo puede salvarnos Dios encarnándose en la miseria humana? Nuestro Santo Padre se ha empeñado en redimirnos de la ceguera del rechazo del dolor y la impotencia que absorbe nuestra capacidad de reaccionar ante nuestro sufrimiento para que podamos creer que somos "coherederos de Cristo, por cuanto, si ahora participamos en sus sufrimientos, también compartiremos la gloria con él" (ROM. 8, 17).
5. José sufrió un dolor muy agudo al escuchar la terrible predicción de Simeón respecto del sufrimiento que habían de soportar Jesús y María (LC. 2, 29-35), pero se gozó al saber que Jesús es para nosotros la salvación y la resurrección de nuestros cuerpos y almas (JN. 11, 25).
6. José sufrió mucho cuando recibió el aviso del ángel de su sueño de que debía huir a Egipto para salvar la vida de Jesús (MT. 2, 13). El recuerdo de este relato de San Mateo puede hacernos pensar que Dios no podía -o no quería- hacer nada para salvar a su Hijo, pero si Dios quiso hacerse tan débil como nosotros, nuestro Señor tenía que ser uno más de entre todos los niños que a lo largo de la Historia han sido violentados de muchas formas. José pudo soportar este dolor tan amargo porque sabía que Dios y su Hijo estaban con él y la bienaventurada María.
7. Quizás José se sintió confuso al tener sometido al Hijo de Dios. Cuando la Sagrada Familia volvió de Egipto a Palestina y se estableció en Nazaret (MT. 2, 23), José sufrió mucho al verse obligado a instar a su Familia a que hiciera un viaje rápido, largo y peligroso, pero todo aquel dolor se convirtió en alegría y optimismo cuando la Sagrada Familia se instaló en Nazaret.
8. El último de los 7 dolores y gozos de nuestro Santo lo constituyeron la pérdida de Jesús cuando nuestro Señor celebró la Pascua como mayor de edad cuando sólo tenía 12 años, y cuando fue encontrado en el Templo (LC. 2, 41-51). Quizás aquella experiencia le sirvió a nuestro Santo para despertar en su corazón la esperanza respecto de que Jesús vino al mundo con una misión que cumplir que le había sido encomendada por Dios (MT. 2, 21).
9. Permitidme concluir esta meditación pidiéndoles a los padres de familia que imiten a San José. Padres, no pretendáis que vuestros hijos sean vuestras imágenes vivas, recordad que ellos son personas diferentes a vosotros.
También quiero pedirles a quienes cuidan e intentan sanar o aliviar a los enfermos que imiten a José para que quienes están muy graves puedan llegar al cielo con la satisfacción de haber sido amados.
A quienes se dedican a preparar a los nuevos sacerdotes les pido que sigan realizando esa labor tan importante que llevan a cabo para que cada día falten menos vocaciones sacerdotales en un mundo en el que los ministros de Cristo son tan necesarios.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com