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Adán y Cristo. (Meditación de la segunda lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   2. Adán y Cristo.

   Meditación de ROM. 5, 12-19.

   ¿Cómo es posible que toda la humanidad haya sido culpada de la desobediencia a Dios de Adán y Eva? Independientemente de que pensemos que la historia del pecado original es real o imaginaria, y de que pensemos que el pecado de origen no se nos transmitió, dado que el mismo no es más que el intento de explicar la aparición del mal en el mundo, estamos hechos del mismo barro con que Dios creó a Adán, por lo que somos sus descendientes, y somos tentados para que aprendamos a superar las seducciones del demonio, con el fin de que crezcamos espiritualmente. Si Jesús no hubiera iniciado el proceso de nuestra redención, nuestros pecados nos condenarían. Dado que sabemos que Dios nos ama, somos conscientes de que no necesitamos ser tratados con imparcialidad, sino con el amor misericordioso de Nuestro Dios Uno y Trino.

   El cumplimiento de la Ley divina nos atrae la salvación, en el sentido de que nos insta a ser purificados y santificados. El incumplimiento de la voluntad divina, por ser pecaminoso, nos atrae la muerte. Aunque la gente moría antes de que existiera la Ley mosaica, la misma nos hace conscientes de nuestros pecados si no la cumplimos adaptándola al punto de vista que Jesús tiene de la misma. La Ley nos ayuda a percatarnos de cómo ofendemos a Dios si la incumplimos, y nos recuerda la necesidad que tenemos de sentir que somos objeto del amor misericordioso de Nuestro Padre común.

   El pecado nos hace diferenciar entre lo que éramos cuando Dios creó a Adán y lo que somos después de haber experimentado el sufrimiento, el trabajo y la muerte. Dado que la Ley nos hace responsables de los pecados que cometemos cuando la incumplimos, necesitamos ampararnos en Jesús, de quien esperamos que culmine nuestra redención.

   Adán es el representante de la humanidad creada, y Cristo es el representante de la humanidad redimida. La humanidad creada es la representación del pecado, y la humanidad redimida es la representación del pueblo de Dios, libre de su natural imperfección.

   Aunque somos descendientes de Adán, y por tanto semejantes a nuestro ancestro respecto del hecho de que somos libres para incumplir la voluntad divina, gracias a Nuestro Redentor, podemos cambiar la condenación que merecemos por no cumplir puntualmente la Ley, por el juicio de Aquel que, porque nos ama, nos evitará el castigo digno de quienes rechazan el cumplimiento literal de sus preceptos.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com